Los espacios perdidos de Nueva York: las librerías hispanas

La imagen de esta ciudad como un lugar de acogida para los establecimientos libreros en español es ya una fantasía del pasado

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Mucho antes de saber que la calle 14 había sido un pequeño enclave de la comunidad española que fue llegando a Nueva York a finales del siglo XIX, yo había empezado a acercarme los sábados de noche a la sede de Casa de las Américas que quedaba en la misma 14, esquina con la Sexta Avenida, donde se reunían los cubanos que apoyaban la Revolución y defendían la normalización de las relaciones de la isla con Estados Unidos. Comencé a ir porque Sonia Rivera Valdés y Margarita Fazzolari —que acababan de crear La Jiribilla— organizaban allí presentaciones y lecturas una vez al mes, favoreciendo el encuentro de los escritores y artistas latinos de la ciudad y haciendo un esfuerzo para invitar a los que vivían en Cuba. No siempre lo lograron, porque no siempre el Gobierno de Estados Unidos permitió estas reuniones, pero cuando hubo suerte estas dos mujeres nos dieron la oportunidad de conocer a narradores y poetas como Miguel Barnet, Nancy Morejón, Georgina Herrera o Miguelina Hernández. Estábamos casi a finales de los 90 y quedaban muy pocos años para que ese foro de resistencia política y cultural del que era presidente Luis Miranda —un habanero de origen maliayés llegado a Estados Unidos en los 40— tuviera que presenciar su propia desaparición en 1998 cuando lo que no pudieron hacer los atentados y las bombas de las décadas anteriores lo acabó consiguiendo la violencia especulativa del negocio inmobiliario.

A medida que la arquitectura de la ciudad cambiaba, empezaba a popularizarse ese término con ecos de academia que puso nombre a lo que llevaban viviendo en primera persona, desde los 70, cuantos se habían visto de un momento a otro en la calle, sin derecho a queja, y teniendo que reajustar días y noches porque el edificio en el que vivían ardía en llamas. No recibirían mucho más de 200 dólares las pandillas de adolescentes que se encargaron de hacerles el trabajo incómodo a los dueños, asegurándose de que el daño no comprometiera la existencia de los inquilinos pero sin pararse a contemplar qué sería de su vida en el momento en el que a las cuatro paredes que les servían de refugio les prendieran candela. Lo cuenta el escritor ecuatoriano Ernesto Quiñónez en su novela Fuego de Changó, y lo recuerdan quienes fueron testigos y víctimas de la transformación de barrios como el Lower East Side, Williamsburg, Harlem…, de los que tuvieron que acabar borrándose cuando la industria de bienes raíces se comprometió a acomodar en ese mismo código postal a los que le daban oportunidad de seguir enriqueciéndose.

Ernesto Quiñónez, escritor ecuatoriano y profesor universitario en Nueva York. Foto: Jason Koski/Cornell University

La gentrificación, que así se llamó a este proceso de echar a una gente del lugar donde había otros que podían pagar más, arrasaría con una ciudad en la que se fue desdibujando el material genético del que parecía hecha y, aunque el fenómeno acabaría alcanzando a otros centros urbanos, hay constancia de que se ensañó de manera salvaje con la ciudad de Nueva York. Los barrios cada vez se parecen más entre sí, cada vez hay más lugares con aires de suburbio y las zonas comerciales se obstinan en reproducir las cadenas de las grandes superficies que apenas había en los 70.

La misma 14, donde estaban las librerías Lectorum y Macondo cuando llegué a este país, es hoy una calle irreconocible. Supongo que se veía venir, pero yo no pude ni quise anticipar el cierre de estos dos establecimientos —donde había pasado un número considerable de horas— el 29 de septiembre del 2007. Lectorum era en aquel momento el mayor negocio del libro en castellano de los Estados Unidos y, a pesar de su conexión con los departamentos de español de un número importante de universidades, fue incapaz de afrontar la subida del alquiler y puso a saldo sus existencias durante meses. El cierre de Macondo, con escasas horas de diferencia y a muy pocos metros de distancia, sorprendería en principio por la coincidencia, pero también porque Jorge Muñoz, el colombiano que estaba al frente de la librería, se había negado a admitir lo que ocurría hasta que el local fue precintado por orden judicial en cuanto se supo que llevaba todo lo que iba de año sin pagar la renta.

La primera década del siglo XXI estaba a punto de acabar con un balance amargo para la industria del libro en español en Nueva York, y la imagen de esta ciudad como un lugar de acogida para las librerías hispanas, en las que habían hecho tertulia algunos de los mejores escritores e intelectuales de España y de América Latina, era una fantasía del pasado de la que ni siquiera quedaba recuerdo.

En el verano de 1993, y un poco por casualidad, yo había llegado a conocer la enorme bodega de libros de literatura latinoamericana y española que Eliseo Torres, gallego exiliado en Estados Unidos en los 40, había ido reuniendo con tanta voracidad como pasión desde su llegada al país. El lugar, un edificio de tres pisos revestido con ladrillo rojo en el cruce de la avenida Garrison con la calle Faile del Bronx, sin ningún tipo de placa exterior distintiva, ni un enclave atractivo, no tenía mayor función que la de albergar el millón de volúmenes que este hombre irrepetible, que se asustaba cuando llegaba algún comprador serio, había llegado a acumular. A Eliseo Torres lo imitaría no mucho tiempo después Abelardo Linares, un sevillano tan increíble como él que se vararía un año en las costas de Manhattan —cuando supo de su muerte— para gestionar el traslado de más de 200 toneladas de papel impreso a las naves de la librería Renacimiento de Sevilla.

El mismo verano de 1993 llené cajas de libros, a cinco dólares cada una de ellas, en la Librería Hispano Francesa de la 18 y la Quinta Avenida, que estaba cerrando. Lo hice con la euforia que una transacción económica como aquella podía producir, ignorando que esa escena, con pocas variantes, se copiaría a sí misma a lo largo de las siguientes décadas hasta conseguir un barrido perfecto de las librerías hispanas de una ciudad donde alrededor de tres millones de personas hablan español.

En el 2010, y por motivos en los que no tiene caso insistir, cerraba en el Alto Manhattan la librería Calíope, abierta doce años antes por César González y dedicada principalmente a la difusión del libro dominicano y a la promoción de actividades culturales. Continental, donde compré buena parte de las obras de Juan Bosch cuando vivía en Inwood, lo haría en el 2012, y La Casa Azul, que con tanto empeño abrió en el 2013 Aurora Anaya en el Spanish Harlem, no sobreviviría más de tres años. De la librería Sur, ubicada en el Lower East Side, apenas queda el recuerdo del entusiasmo contagioso con que Ernesto y Amparo Barón la abrieron a finales de los 90, de su insistencia para reunir allí a los escritores latinos, y de lo agraviante que tuvo que haber sido para ellos llenar algunos de sus estantes con latas de aceite de oliva antes de resignarse a echar el candado.

Queda hoy en día Barco de Papel en Astoria, la zona más latina de Queens, y las típicas secciones de español —repletas en su mayoría de textos de autoayuda y de nombres azarosos de la literatura española y latinoamericana— del resto de librerías de la ciudad, proyectos independientes o comunitarios como Strand, McNelly, Word Up, Mil Mundos o cadenas tradicionales que también han visto menguar sus espacios en el nuevo milenio como Barnes&Noble.

Librería comunitaria Word Up, en el West Side de Manhattan. Foto: Word Up Boosktore

Reconozco que en Amazon encuentro lo que quizás no encontraba antes en Lectorum o en Macondo, también a mejores precios, y con la facilidad que nos proporciona hacer click en la tecla correspondiente del ordenador, seleccionar la mercancía y pagarla. Creo que nadie discute las ventajas del comercio virtual, pero con tanta comodidad nos vamos quedando sin el ritual reconfortante de entrar en una librería, rozar los libros, tropezar con la gente que lee las solapas de un poemario o de una novela, reconocer el olor del papel cargado de historias y saborear de antemano la lectura de uno de esos cuentos.

Dicen que cuando la librería estaba cerrada, Eliseo Torres llegaba al Bronx desde su casa en Long Island y se paseaba solo entre los anaqueles repletos de libros, enfundado en capas de ropa los días más fríos de invierno para no gastar en calefacción, y arropado por el calor de esa colección de volúmenes por la que tuvo que sentirse cobijado. Reproduciría esa misma escena Abelardo Linares el año que se pasó en Manhattan, protegido también por esa colección de mundos posibles resguardados en papel y anticipando, quiero creer, el día en que pudiera hacer lo mismo en su Sevilla natal. Cuando en el otoño del 94 me vine a vivir a Nueva York, no me preocupé de trasladar más cosas que una pequeña parte de mi reducida biblioteca y, durante años, arrastré por los aeropuertos una maleta negra sin ruedas que había comprado la primera vez que fui a Argentina, y en la que repartía, a proporciones iguales, el peso de la comida que me ponía mi madre y el de los libros que yo acababa metiendo. Dejé de hacerlo cuando me tuve que ajustar al apurado espacio del piso en el que vivo —aunque soy de las que cree que siempre hay hueco para un libro más— y cuando fui consciente de que la presencia física de esos libros también me hacía falta cuando volvía a Grullos.

Quince años después del cierre de aquellas dos librerías de la 14, sigo sintiendo una especial fascinación por esta calle que recorro con la misma mirada con la que la recorrí a finales de los 90, neutralizando cualquier tipo de emoción cuando veo el espacio baldío que queda en el edificio donde estuvo Lectorum, o haciendo un esfuerzo para superponer la imagen de Macondo a la tienda de arreglos comestibles que la ocupa ahora y quitarle la importancia, que seguramente no tiene, al hecho de que el mismo Gabriel García Márquez hubiera presenciado su inauguración en 1972. También hay serenidad en mi recuerdo cuando llego a la esquina de la 14 con la Sexta Avenida y me pregunto siempre, porque siempre me olvido, en qué portal de ese tramo que acaba en la Séptima Avenida estuvo Casa de las Américas, y cuando sigo caminando y caigo en la cuenta de que también ha desaparecido La Rampa, aquel restaurante cubano regentado por chinos de la isla donde te daban una comida criolla por menos de diez dólares. Reconozco que manejo bien la nostalgia y, cada vez que regreso a esa calle, me queda la satisfacción de saber que en cuanto salga del metro en la Octava Avenida, a pocos metros, voy a pasar por lo que a finales del siglo XIX fue la Sociedad Benevolente Española, el único vestigio hispano del área que no ha sucumbido de momento al avance de la gentrificación; y que a medida que vaya hacia el Este me iré aproximando a Union Square, la principal plaza de resistencia de Nueva York y el único lugar que me recuerda a una de esas plazas españolas que aquí no existen, con puestos de frutas y verduras locales cuatro días a la semana, stands de artistas y artesanos callejeros, toda suerte de activistas, y aficionados y profesionales del ajedrez que te invitan a jugar si los miras más de dos segundos seguidos. Y no muy lejos, y después de esquivar la presencia inevitable de Whole Foods, Duane Reade, Nordstrom o Sephora, el imponente edificio de Strand, la librería independiente más antigua del país, la única que sigue llena a pesar de la crisis que estuvo a punto de hacerla desaparecer durante la pandemia, y en la que aún se encuentra una selección simbólica de libros en español en el sótano del local.

Librería Strand, en el East Village de Manhattan. Foto: Strand Bookstore

No voy a Strand para comprar libros en castellano, pero cuando decido darle una oportunidad a las ofertas en este idioma bajo las escaleras despacio, distraída con los imanes y postales que tapizan las paredes, y pensando que el sótano es el lugar más tranquilo de la librería. Me acerco a la esquina donde está la sección de lenguas extranjeras —cerca de la de música—, dedico unos quince minutos a leer todos los títulos que ocupan esos cuatro o cinco estantes, esquivando los que solo ofrecen diccionarios y gramáticas en español y, sin ningún tipo de sentimiento encontrado cuando no acabo hallando ninguna cosa, me acerco a la caja de esa misma planta, donde la espera es más corta que en las del primer piso, y pago los dos o tres libros en inglés que me voy a llevar.

Y cuando salgo de la librería, incluso en los días más cortos de invierno en que ya es de noche, en vez de coger el metro en Union Square, que me queda más cerca, lo hago en la esquina de la Octava Avenida con la 14 para poder recorrer otra vez esta calle que me gusta mucho y que me complace mirar, como en la canción de Sandro, con los ojos del recuerdo.

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