“Si algún escritor se siente tentado por un premio, se equivoca”

Fernando Menéndez condensa su obra aforística en "La eternidad del instante" y se presenta como un outsider de la literatura

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Dice Fernando Menéndez en La eternidad del instante (Ed. Senior. Apeadero de aforistas), su última antología de aforismos, seleccionada por José Luis Trullo, que “lo propio del pensamiento es la necesidad de lo inacabado”. Este aforismo resume, quizá, la esencia del género, en una visión que trata de confrontar la razón finita del hombre con el grave sentimiento de la eternidad. Hay en Fernando, profesor de filosofía jubilado, poeta y aforista, esa vocación de monje benedictino que, encerrado en su abadía de libros, pliegos y papeles, tampoco oculta su veleidad con la vida más mundana, cultivada por la amistad, el vino y un buen queso de cabra. Si sondeamos sus coordenadas, encontramos a un jardinero del pensamiento, condensado en aforismos que, como partículas elementales, se desprenden del folio en blanco para ofrecer al lector toda su belleza en un libro.

Qué propone La eternidad del instante en tu ingente y casi permanente labor como aforista?

José Luis Trullo ha visto el tipo de aforismo que hago, muy denso, de una línea, a veces media, que resume, como el título indica, la eternidad de un instante, aunque yo no creo en la eternidad.

Y por qué no crees en la eternidad.

No creo en la eternidad, porque como todo ser vivo, todo perece, nada permanece. Incluso este mundo también perece. No sabemos, es un misterio el nacer y el morir, e incluso todo eso también evoluciona.

Casi es una visión religiosa, mística.

Hay dos tipos de sentido de eternidad a la que aspira un escritor. La eternidad como eterno retorno y la eternidad como un punto omega, en el que hay una evolución que llega a una figura, como podría ser Cristo, o aquella en la que estás en un movimiento continuo. Mi principio es mi fin.

Fernando Menéndez. Foto de David Aguilar Sánchez.

Siempre he tenido la percepción de que los aforistas siempre estáis empezando.

El aforismo es una forma tan breve que recoge un instante, desde un punto de vista irónico, iluminativo, en el que confluye una síntesis de algo que te invoca o sientes.

La eternidad y la soledad están de alguna manera entrelazadas en la forma de comprender tu vida . Dices que no hay nada más honesto que la eternidad, aunque tu no creas en ella y dices que la honestidad termina desembocando en la soledad.

Nacemos solos, aunque sea en el seno materno, y morimos solos. Tendemos hacia la soledad, después a la compañía y terminamos como comenzamos, en la soledad. El sentido metafísico de la persona concluye con su muerte como algo personal, único e instransferible. Hasta ese punto, confluimos con otras personas con las que podemos convivir, pero en el fondo no hay nadie igual. Todos somos diferentes. Estos aforismos despejan la apariencia en unas ocasiones y en otras opacan los sentimientos.

Dices que la honestidad desemboca en la soledad y esta nos hace sabernos diferentes aunque formemos parte de la misma membrana social, política, económica o cultural. Tú has sido un escritor acompañado de unos cuantos amigos, sin caer en el gregarismo en tu oficio.

Me gusta ser independiente, estar o ir a mi bola, sin dejar de estar al tanto de cuanto hay a mi alrededor. La independencia es básica. La soledad va conmigo. La obra de un artista puede ser la amante más perfecta del mundo porque nunca te abandona. Después de un momento determinado, siempre va contigo, es tu sombra. Las concreciones pueden llevarse a cabo socialmente, pero la concreción definitiva siempre es individual.

En este Gijón del siglo XXI los cambios políticos que se han producido en la última década ¿te han hecho sentir más solo o más incomprendido?

El ser humano, aunque es un ser solitario, es un ser social. La política está basada en la necesidad de que haya un acuerdo entre hombres para convivir sobre una idea en común. Hay muchas políticas. El problema de un político es que detrás de su política, siempre hay otra política diferente. Ese político tiene, generalmente, el pegamento en el culo. Nunca admite que lo que está haciendo es distinto de lo que quería hacer. Quiere seguir manteniéndose en la silla. Esa es la gran ironía del político, formulada por el poder y todo poder es corrupto, quiere cambiar para mantenerse.

Ejemplar de La eternidad del instante de Fernando Menéndez. Foto de David Aguilar Sánchez.

-En un entorno más cercano. Vuelvo a formularte la pregunta. En este Gijón te sientes más solo o más incomprendido.

No me siento ni más solo ni más incomprendido. El escritor tiene que preocuparse por la obra. Si algún escritor se siente tentado por un premio se equivoca. Es una cuestión que se resuelve en la ética del escritor. Esa ética se hace solube, en su caso, llevando a cabo su obra: un cuadro, un libro, la materia. Que sea mejor o peor es otra cuestión. Lo importante es la obra, los principios solubles en su trabajo.

El aforismo, por su brevedad, es el arte de lo prístino, siempre está nuevo, siempre transmite pureza, un despegue.

Y sutileza. El aforismo es el arte de lo sutil y la sutileza es, muchas veces, la belleza y la ambigüedad. No es lo categórico, ni lo real. Pero lo que determina el aforismo es la captación de un momento determinado. Lo que no es un aforismo, es eternamente verdadero. Una frase para un momento determinado que no vale para ninguno más. No hay una categorización. Y eso es lo difícil y lo bello de un aforismo. Los aforistas han estado al margen del mundo esplendoroso de la literatura. Cuando el aforismo se encuentra en ese mundo, pierde su función. En una librería me encuentro libros normales, pero de pronto me encuentro un libro de un aforista, a penas cuarenta páginas. Y esa es su belleza, tiene más ángulo.

El aforismo es el hermoso rincón del jardín.

Efectivamente. A veces pasa desapercibido y otras te lo encuentras, como una flor en un jardín. Un pétalo, un pájaro, algo que te puede alumbrar un pensamiento. El aforismo no es un juego, no es un truco. El “trucare” es, como dicen los italianos, maquillar, cuando un aforismo es ingenioso es malo. Muchos aforismos que juegan con palabras…quedan particularizados en ciertos lenguajes.

Fernando Menéndez. Foto de David Aguilar Sánchez.

Siempre te has crecido y recreado en la marginalidad

Hago cosas con amigos, estoy al tanto, pero siempre voy a mi bola.

En esa marginalidad, está la manufacturación de los libros.

Es una etapa importante de mi obra: los manuscritos. Si no tuviera esa marginalidad y estuviera permanentemente haciendo esa vida social, no podría escribir. La obra exige una metodología, tener un cierto esquema de trabajo, si no, no podría, estaría en el circuito, pero el circuito no me da esto. De dónde sacas el tiempo, me preguntan. El tiempo es eso. Lo más importante, lo que está por encima de todo, es la obra.

Tengo la impresión de que se fraguan sobre un hecho moral muy poderoso que es la amistad. Si no tuvieras a amigos como José Luis Argüelles, a Julio Cesar Iglesias, a Álvaro Díaz Huici, los manuscritos no existirían.

Efectivamente. Yo comencé los manuscritos tras la muerte de Aníbal Núñez, uno de los mejores poetas que tuvo la generación del 70, gran poeta salmantino, maldito y reconocidísimo. A Anibal le gustaba mucho el grabado. Y así comencé con Azul marino, con motivo de su muerte. A partir de ahí, descubrí que con el manuscrito estaba probando nuevas técnicas, se me ocurrían nuevas ideas, y con el tiempo me di cuenta que necesitaba hacer poemas más cortos, porque los largos me resultaban muy trabajosos. Y por ahí me sumergí en el haiku. Tuve la suerte de conocer a unas estampadoras japonesas que me enseñaron un poco la técnica. Y con el haiku y el aforismo concluí que podía elaborar manuscritos sin mucho trabajo. Eso me dio pie a hacer manuscritos. Me siento realizado, me vienen ideas, hago lo que me da la gana. Soy dueño de lo mío. Soy artesano. Me siento feliz.

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