Floro: el último hurra

Este domingo, casi 1200 afiliados decidirán quién será el próximo candidato socialista al Ayuntamiento de Gijón

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Desde el principio se había descartado un mirlo blanco. En las comidas, círculos y reuniones del Partido, el nombre de Pedro de Silva siempre irrumpía en más de una ocasión. El problema de los mirlos blancos es que nunca se manchan las alas y Gijón es una ciudad demasiado compleja, con muchos frentes abiertos, un verdadero barrizal. Un plan de vías, un Plan de Movilidad, la reforma del Muro, multitud de licitaciones pendientes de fondos europeos para hacer la ciudad más sostenible, una brecha social cada vez más grande, una dirección política liberada del aparato del SOMA en una escalada creciente de desplantes. La incertidumbre e, incluso, la fatalidad, estarán presentes en el curso del próximo mandato. Serán cuatro años apasionantes, convulsos, tan intensos como las aguas bravas de un río que se pueden llevar a cualquiera por delante, incluso a los mirlos blancos, que son majestuosamente blancos porque nunca se manchan las alas.

Otro nombre también comenzó siendo mencionado tanto más como un arquetipo antes que como una posibilidad real. Se buscaba un concepto difícil de explicar pero que todo el mundo comprendía cuando la frase terminaba con un “alguien como Floro”. Tras el último congreso local, la candidatura de Luis Manuel Flórez se fue pergeñando como una opción material, con la misma templanza de las esculturas que se van moldeando lentamente en el barro por las manos del escultor, dotándola de forma y significado hasta hacerla plausible y, finalmente, concluir que es ella y no otra la que debe ser. Se buscaba un candidato para partido en reconstrucción, un hombre sencillo, fraguado en la tolerancia, en esa idea que subyace bajo “una segunda oportunidad, también pegado a la realidad social de una ciudad abierta, para un discurso político eminentemente social y abierto; alguien que aún conservara el palpito de la vida cotidiana y la energía necesaria para sorprenderse y ser capaz de ofrecer un nuevo impulso a la ciudad, un último hurra en la vieja estirpe de otros nombres que le precedieron como Tini y Paz.

Durante el proceso de primarias, su nombre fue adquiriendo más fuerza y solidez junto al de otros que llenaron de negritas los periódicos. Una estrategia llena de picaresca que ponía en juego las vanidades internas y que trataba, primordialmente, de distraer la atención de los periodistas, el lector y los aparatos. Lo importante en ese momento era conseguir los avales y después, si todo había salido bien, pensar realmente en quién podría encabezar una lista al Ayuntamiento de Gijón por el Partido Socialista Obrero Español. Y así fue como después de evitar la tentación de una negociación que se prestaba fallida desde el principio, su nombre cristalizó un domingo de hace dos semanas.

Es difícil no recurrir al cine para encontrar arquetipos de políticos que llenen de significado estas primarias. Como buen fordiano, no encuentro otro personaje más recurrente que el de Frank Skeffelton, interpretado por el viejo Spencer Tracy en El último hurra! dirigido por John Ford en 1958. Políticos de la vieja escuela, acostumbrados a patearse las calles, hablar con la gente, definir realidades con un lenguaje sencillo, practicable, comprensible para cualquier vecino, adheridos a la realidad social como una segunda piel desde hace más de treinta años en el oficio y que reducimos a una solo adjetivo: veteranos. Sin lugar a dudas, la de Floro es una apuesta arriesgada y desde un punto de vista sociológico fascinante. Porque si el fundador de Proyecto Hombre es elegido este domingo el candidato de los socialistas al Ayuntamiento de Gijón, se pondrá a prueba un carácter del siglo XX a las puertas de concluir el primer cuarto del siglo XXI.

Spencer Tracy en El último hurra dirigida por John Ford en 1958.

En la candidatura de Floro hay algo primordialmente poético, desarmantemente crepuscular. La vieja política que desaparece toma la escena para salvar los muebles del barrio. El viejo mundo del siglo XX aún puede ofrecer alguna respuesta para las preguntas del XXI. Las suyas hablarán de la dignidad, de la humildad, de la experiencia, de esas pequeñas cosas que hicieron grande a Gijón en otro tiempo y que vivieron solapadas bajo las hojas de un calendario implacable con todos nosotros.

Lo cierto es que esta campaña está siendo absolutamente fordiana, dominada por la mirada de un mundo que se desvanece vertida sobre un retrato de la tolerancia, empezando por el propio Floro, que no milita en ningún partido y ha tratado de ser caricaturizado como el de un extraño o un intruso.

En la película de Ford, Frank Skeffington era un viejo alcalde de Boston hasta cierto punto conservador, que trataba a la gran ciudad con la misma vocación y cercanía que a los habitantes de un pequeño pueblo. Deberá enfrentarse a las nuevas técnicas electorales dominadas por la propaganda de la televisión en su última campaña para repetir en la Alcaldía. Me gusta ver a Floro como al viejo Frank, ese candidato que puede ser un relevo y que tiene que enfrentarse a candidatos más tramposos y populistas que dominan mucho mejor que él las estructuras del partido y que gozan del apoyo del aparato regional. Pero Floro representa de un modo genuino al último hombre roosveltiano, rodeado de tiburones por doquier, acompañado por otro hombre de barrio, “Monchu“, mucho más joven que él.

Luis Manuel Flórez en el barrio de Laviada, acompañado por presidente de la Asociación de Vecinos de Laviada, Florencio Martín y Carlos Zapico.

Floro es una personalidad completa. La otra candidatura es una marioneta. Floro puede inclinarnos hacia el lado más melancólico del ser humano, pero el propio Floro puede ser Ford, el Juez Priest, el doctor Arrowsmith, esos personajes llanos, sin dobleces, cálidos y carismáticos que viven siempre con ese halo de cotidianidad que nos regala el encuentro diario con la gente conocida. Hay algo de esto en su timbre de voz que anticipa un sentido de la cercanía y, como sucede con Spencer Tracy, nos empuja a saludarlos si no los conocemos y, de pronto, nos lo encontráramos por la calle. Consigue que todo sea de una extremada sencillez y que todo lo que diga sea verdad. Tiene más autenticidad humana y más verdad que mucha gente a la que nos encontramos todos los días.

Creo que a Floro le he visto en El hombre que mató a Liberty Valance, también me lo he encontrado en Innesfree, otros se lo han topado en un campamento recibiendo a la familia Joad en la estremecedora Las Uvas de la ira, algunos afirman que ya formaba parte de la compañía del viejo Jack en Fort Apache antes de que fuera candidato en Boston. Floro no es un mirlo blanco, tampoco es un tramposo. Es Ford, el cine y la palabra de nuestra infancia, ese hombre capaz de ser generoso en la victoria y glorioso en la derrota. Cómo se puede agradecer a un hombre por un millón de sonrisas. La primera respuesta la tienen los socialistas el domingo. Hagan sus apuestas.

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