“Ya no soy cristiana, pero el cristianismo me sirvió para concienciarme”

Procedente del catolicismo social, Carmina Garrido formó parte de las Comisiones Obreras del antifranquismo y fue jurado de empresa en ENSIDESA.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Carmen Garrido (Folgueras, Pravia, 1934) pide disculpas cuando nos sentamos en una de las mesas de una cafetería castiza de Oviedo, cercana a su casa: últimamente, y a raíz de haber contraído el coronavirus, le falla algo la memoria. Comprobaremos que no es cierto: esta sindicalista de ochenta y ocho años conserva intacta toda su lucidez. Suenan Gloria Lasso (“Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche, nunca sabré el milagro de amor que ha nacido por ti”) y Demis Roussos (“Bailaré, bailaré, cantarás, cantarás”) en este bar de camareros trajeados mientras Garrido evoca los hitos de su vida. La charla dura una hora: Carmina tiene que irse a una manifestación de las trabajadoras de ayuda a domicilio.

Carmina: naces en 1934 en una aldea praviana. ¿Cómo fue tu niñez?

Nací en una aldea de Pravia que se llama Folgueras. Mi familia tenía una de aquellas tiendas en las que se vendía de todo, desde una aguja hasta licores, pasando por alpargatas, y también trabajábamos una explotación agrícola muy modesta, para consumo nuestro y la venta de un pequeño excedente. Mi madre siempre nos enseñó a ser austeros y, por lo tanto, teníamos pocas necesidades. Las necesidades te las va creando esta sociedad de consumo.

¿Familia creyente? Te lo pregunto por tu militancia cristiana posterior.

No sé si mi madre era creyente. Nos educó dentro de la Iglesia, pero, pensándolo en retrospectiva, había un contraste entre la educación que nos dio y lo que, de hecho, hacía. Si hubiera cumplido las normas que tenía aquella Iglesia, no nos hubiera educado como nos educó.

Te envían a estudiar a Madrid, lo que no es precisamente habitual para una familia humilde de aquel momento, mucho menos con una hija.

Bueno, mis abuelos maternos habían emigrado a Cuba, y en el pueblo habían destacado por su preparación y por ser socialistas. Mi madre nos contó muy poco de la guerra, pero sí nos dijo que mi abuelo se murió diciendo: “Marcho muy tranquilo, porque dejé la República ya implantada en España”. En Madrid estuve tres años estudiando en la Escuela Central Superior de Comercio. Yo tenía allá a mis otros abuelos, los paternos, y me fui a vivir con ellos.

Carmina Garrido. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Eran de origen asturiano?

Mi abuelo era oriundo de La Espina, y mi abuela paterna, del País Vasco. Me figuro que se hubieran conocido allí. Mi abuelo tenía una carbonería en la calle Santiago, y mi abuela, como la mayor parte de las mujeres en aquel momento, trabajaba en casa. Con ellos estuve hasta que murió mi padre y tuve que regresar a Folgueras para aliviar la carga de mi madre y una tía que también se fue a vivir con ella. Luego decidió venirse a Oviedo de cara al futuro nuestro, y yo me vine con ella, claro. Mi madre era una mujer muy trabajadora y muy abierta. Tuvo que costarle tomar una gran decisión como aquella; dejar la casa de la aldea. No era cualquier cosa en aquel momento.

¿Qué recuerdas de aquel Madrid de los años cuarenta?

Mis abuelos vivían muy cerca de la plaza de Oriente, y aquello era terrible. ¡Unas manifestaciones…! La plaza y varias calles adyacentes llenas. Yo no tenía mucha conciencia entonces, pero veía aquello y me impresionaba. Me sigue impresionando hoy. ¿Cuántos millones de trabajadores hay en la Comunidad de Madrid, y cómo puede ser que voten a la derecha?

De vuelta en Asturias, trabajas en una tienda de la calle Uría: Almacenes Galán.

Estuve unos meses, primero en la oficina y luego en la caja. Al principio recogía lo que vendían los dependientes: traían el talón, repasaba los talones mentalmente y los punteaba para que la cajera solo tuviera que cobrar. Era un trabajo que me ponía muy nerviosa, porque había que ser rápida; el jefe era muy exigente con la velocidad. No estaba muy agusto. Del año que estuve allá, estuve tres meses sin asegurar, y cuando me aseguraron, me aseguraron con una categoría que no era la mía. A mí, además, me parecía que valía para otra cosa. Yo sabía de derecho tributario, de matemáticas, había preparado unas oposiciones de Hacienda para las que había estudiado mucho…

¿Cómo llegas a ENSIDESA?

Me puse a preparar oposiciones y, en el cincuenta y siete, saqué dos: una en ENSIDESA y otra en la Telefónica, pero como mi hermano Ramón, que había conseguido una plaza de jefe de telégrafos en Correos, estaba en Avilés, me resultó más fácil marcharme para allá. Viví con él, en su casa, unos años, hasta que se vinieron a Oviedo para que sus hijos estudiaran en la Universidad.

¿Qué te encuentras? ¿Cómo era aquella fábrica?

En aquel momento tenías que aportar un documento para entrar; una especie de certificado de buena conducta que expedía algún organismo militarizado, no me acuerdo ya. Recuerdo que, cuando venía  Franco a la fábrica —porque vino en algunas ocasiones—, a la gente a la que consideraban revoltosa la mandaban para casa. El control político que tenían era tremendo.

Entras de mecanógrafa.

Cobrando mil doscientas pesetas, que para mí representaron un cambio enorme: venía de cobrar quinientas en Almacenes Galán.

“Tengo que decir que todos mis compañeros me respetaron al máximo”

¿Cómo es, en aquel momento, ser una mujer en un espacio casi exclusivamente de hombres?

Era la única mujer en los organismos unitarios. Delante de mí, había habido otras dos que también venían, como yo, de los movimientos especializados de la Iglesia, pero en aquel momento estaba yo sola. Tengo que decir que todos mis compañeros me respetaron al máximo. Yo estaba encantada con ellos. Nunca me faltaron al respeto: todo lo contrario. Aprendí muchísimo con ellos. Tardé en formarme con respecto al tema de las mujeres. Muchos años más tarde fui concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Avilés, del noventa y uno al noventa y nueve, y allí me tropecé con una compañera de IU, Marisa, que un día me habló de que a algunas mujeres les pegaban los hombres: sus maridos, sus compañeros, quien fuera. Le dije: “Pero bueno, Marisa, ¿cómo me dices eso?”. No tenía ni idea. Claro, luego vas palpando y te das cuenta de que sí, de que eso sucede y es gravísimo. Y te pones al lado de la gente que sufre, como no puede ser de otra manera.

Tu primera militancia se desarrolló en los movimientos cristianos de base. En tu biografía, Enrique Antuña comenta que esta es «una de las peculiaridades más interesantes de [tu] biografía. En la España de mediados del siglo XX, […] la fe religiosa no lelgará a nuestra biografiada a través de la escuela, ni por tradición familiar».

Era la Iglesia de Tarancón, tan distinta de la actual.A mí me influyó mucho gente como José Manuel Díaz Martínez, un maestro de la vida sindical, que me abrió los ojos al mundo obrero. Al principio me impresionaba el compromiso que tenía; le decía: “José Manuel, piensa en tu familia…”. Pero él me decía: “Lo primero es lo primero. Para que mi familia pueda vivir, tendré que estar yo donde sea”. Era muy severo consigo mismo. Un día, en el setenta y cinco, lo detuvieron de camino a casa por negarse a firmar un convenio que perjudicaba a los trabajadores. Yo me presenté ante la dirección para solicitar un permiso en su nombre. Era mi obligación; era un compañero. Pero la dirección me dijo que ni permisos, ni vacaciones, ni siquiera una excedencia; estaba claro que querían despedirlo. También me influyó mucho Francisco Medina Gestoso, un trabajador de ENSIDESA, militante de la HOAC, que estaba en el grupo administrativo, al que de hecho yo accedí porque él dimitió. Un hombre muy trabajador, que siempre estaba apoyando a todo el mundo, de lo más humilde, y muy, muy honesto. Llevaba un control de todas las cosas extraordinario. Recuerdo que iba recogiendo recortes de prensa de todo lo que se estaba haciendo de cara al cambio político en España. La Iglesia, en aquel momento, se preparaba para la Transición.

Yo entiendo que, en aquel momento, la Iglesia, sabiendo que el cambio político era irreversible, tenía también claro que tenía que distanciarse de la dictadura, de tal manera que el nuevo régimen fuese benevolente con ella.

Exacto, sí. Nosotros nos figurábamos que las elecciones democráticas que se celebrasen iban a ganarlas las izquierdas, porque de la dictadura ya estábamos hasta la cabeza. Las cosas, luego, fueron como fueron. Pero nos formábamos para esa hipótesis.

Pablo Batalla con Carmina Garrido. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Cómo era aquella militancia en lo cotidiano?

El «compromiso temporal», como decíamos entonces; el compromiso sociopolítico. ¿Qué dice el Evangelio? Esto. Hacíamos lo que se llamaba «revisión de vida», que consistía en ver, jugar y actuar. Juzgábamos el contraste entre la sociedad y cómo funcionaba y el Evangelio, y, luego, nos comprometíamos con trabajar para que la sociedad se pareciera al Evangelio. El Evangelio es muy exigente, ¿eh? Se planteaba un problema (de otra persona, del grupo o tuyo) y las personas del grupo lo analizaban preguntándose sus causas y qué haría Jesús de Nazaret en aquella circunstancia, cómo actuar sobre ellas. Ante una enfermedad que medicinas contra la fiebre no curan, acabas dándote cuenta de que la fiebre es una consecuencia de la enfermedad, no la enfermedad misma, y entonces el médico pone un tratamiento más profundo, que vaya a la raíz del problema. Esa era nuestra idea.

Alguna vez has dicho que te consideras filosóficamente cristiana y económicamente marxista.

Creo en el mensaje del Evangelio, que no es el de la Iglesia; una institución autárquica formada por personas y que funciona como funciona. En la doctrina de Jesús de Nazaret. Hoy por hoy no soy una persona cristiana, pero en aquel momento, aquella doctrina sirvió para concienciarme; para poner en marcha la vida mía, que con sus luces y sus sombras ahí está.

Te implicas pronto en labores sindicales.

Ingresé en ENSIDESA en el cincuenta y siete, y en 1967 me presento a las elecciones del Vertical. Nuestra idea era destuirlo desde dentro. Entro en el jurado de empresa como enlace sindical por el personal administrativo. En aquel momento, la representación estaba vinculada a los grupos profesionales; no era como ahora. Medina Gestoso, que había llegado a Avilés desde Madrid, era secretario del jurado.

¿Cómo era aquel Avilés de aluvión, al que llegaban en tromba miles de emigrantes de otros lugares de España? Los movimientos cristianos también jugaron un papel destacado en el trabajo en favor de aquellas bolsas chabolistas y barrios apresurados que proliferaban sin los servicios más elementales.

Figúrate que yo, que ya ves qué formación tenía, daba clases en una escuela que había en San Francisco, la iglesia que me correspondía cuando vivía con mi hermano, a grupos de hijos de obreros. El derecho a la enseñanza no existía y, en aquellas casas, las mujeres trabajaban como podían para traer algo más de dinero a la familia. Y Avilés era una ciudad a la que tú llegabas y te encontrabas, donde el puente Azud, un olor pestilente de una fábrica de harina de pescado a la que llamaban La Fedionda.

“Todos esperábamos de la Transición más cosas de las que hubo”

¿Cómo vives la muerte de Franco?

Con alegría. Yo estaba ya de jefe administrativo en uno de los departamentos que llevé: fluidos energéticos, oxígeno y aguas. Estaba yo en la oficina mía y alguien, no recuerdo quién ahora mismo, me dijo: “¿Sabes que se murió Franco?”. “¡Meca, qué alegría! Bueno, cambiará esto”. Todos esperábamos de la Transición más cosas de las que hubo.

El desencanto.

El PSOE tiene una parte social que no tiene el PP, ni muchísimo menos: eso es innegable. El PSOE sigue manteniendo sus valores en ese campo. Pero desde el punto de vista económico, las privatizaciones que hubo en España las empezaron ellos. Para que haya un equilibrio en la sociedad, es imprescindible actuar en la fiscalidad. Pero el PSOE no se atreve a dar el paso de que las rentas superiores sean fuertemente gravadas; de una redistribución verdadera de la riqueza. Me figuro que no sea sencillo, pero esto hay que plantearlo.

En un momento dado, retomas los estudios.

Soy una mujer inconformista, y un día me dije: “¿Por qué voy a pasarme la vida machacando una máquina de escribir, si a mí me gusta otra cosa?”. Pedí el traslado del expediente de Madrid a Oviedo y terminé perito mercantil. Y después, empecé empresariales. Conjugar el trabajo con los estudios no fue fácil. Venía a Oviedo todos los días en el Seiscientos, y luego me iba a Avilés, a trabajar. ¿Cuándo estudiaba yo? Los fines de semana. Dividía los cursos en dos partes y una la sacaba en junio y la otra en septiembre. Pero no pude acabar la carrera. Me faltó la asignatura de análisis matemático. Caí con una persona a la que le comenté mi situación; que no podía venir a clase, porque la daba por la mañana, y yo por la mañana trabajaba. En ENSIDESA hacíamos jornada continua. Le pregunté si podía examinarme libre y me dijo que no, que qué va. Y así quedó la cosa.

En la biografía de Enrique Antuña cuentas que en un momento dado empezó a seguirte un somatén.

Sí, sí. Todos los días, desde que salía de casa por la mañana, lo tenía ahí plantado, y luego seguía mis pasos, veía adónde iba y adónde no iba. Todo el día aquel paisano ahí detrás, igual un mes. Era uno al que llamaban el Ruso. La dictadura, la privación de libertad que tenías, era tremenda.

Carmina Garrido. Foto: David Aguilar Sánchez

Antes ya habías pasado por comisaría.

Se presentó una denuncia contra mí. Me lo avisó Servando Sánchez Eguíbar, delegado provincial de Sindicatos, jefe de personal en aquel momento y representante de la empresa en el jurado. Me acusaban de pertenecer a un grupo subversivo que operaba dentro de ENSIDESA. Tuve que ir dos veces a la comisaría que había en la calle Galiana, donde me entrevistaron dos policías que trataban de convertir la mentira en verdad, insistiendo en preguntarme sobre las actividades del jurado de empresa y sobre Medina Gestoso. Me dijeron que tuviera cuidado. Y aquel mismo verano me negaron el pasaporte para unas vacaciones en Francia que iba a hacer. Tuve que ir a la comisaría de Oviedo, donde repitieron el interrogatorio que me habían hecho en Avilés, después lo cual, no sé por qué, terminaron dándome el pasaporte. Yo creo que me trataban mejor que a otros compañeros por mi militancia cristiana.

Pero también llegaste a recibir un anónimo amenazante.

Sí: “Ya llevamos mucho tiempo aguantándote. Si no abandonas Aviés, tu vida peligra”. Una cosa así. No sé quién me lo envió. En ENSIDESA hubo mucha gente trabajando para el régimen, muchos de ellos militares retirados.

Tardas en entrar en el PCE.

Tardé, sí. Me daba apuro. En el PCE había gente muy esforzada, muy castigada; yo los conocía, y me daban respeto. Había visto las heridas con las que volvían de los interrogatorios. Donde sí estuve fue en Izquierda Unida desde su fundación.

¿Cómo vives la reconversión industrial?

Fue un proceso muy duro, un golpe tremendo para Asturias, que acabó con las minas, con el sector naval… Pero a nosotros, en la parte que afectaba a la siderurgia, la reconversión en principio nos pareció bien. Nos tocó la fusión de UNINSA con ENSIDESA; llegamos a ser veintiséis mil trabajadores. Y percibimos que eso era lo que permitiría que la siderurgia se mantuviese, como así fue.

¿Cómo ves a la izquierda hoy? ¿Qué mensaje, qué lección, qué consejo darías a partir de tu larga experiencia a las jóvenes generaciones progresistas de hoy?

Hay que luchar por la participación. Yo estoy en la Plataforma en Defensa de la Sanidad Pública de Asturias, y el otro día entregamos un escrito en la Junta General del Principado, reclamando la participación en la toma de decisiones. Es importantísimo. Hay una ley del ochenta y cuatro, creo que la 4/1984, que señala la posibilidad de la participación, pero aquí no se ha hecho nada de cara a este tema. Los jóvenes deberían implicarse en esto, pero hay un pasotismo grande. Nadie se preocupa. Ha cogido un rumbo la sociedad capitalista con el tema del individualismo, con el tema de que lo de los demás no me preocupe a mí, que es tremendo.

La política se va delegando en una clase especializada.

Y se critica a diestro y siniestro, a veces en cosas que hay que criticar, pero no todo es negativo. Yo siempre digo —esto lo aprendí en el Ayutamiento—: «Si me dices que esto está mal, ¿qué podría ser mejor? Propónme una solución». Es fácil criticar a la legua. Hay un sálvese quien pueda que es terrible. Las organizaciones políticas tienen todos los fallos que tienen, pero no puede ser este criticar, criticar, criticar. Su afiliación no es muy elevada. Si tú quieres mejorar una institución, tienes que estar dentro de ella. Desde fuera no vas a solucionar sus problemas.

¿Cómo ves en este momento lo que se está moviendo en, digamos, la izquierda a la izquierda del PSOE, esta tribu tan mal avenida con tanta frecuencia?

No logramos ponernos de acuerdo. Cuando llega el momento de las elecciones, hay una cantidad de grupos absurda. ¿No nos podemos poner de acuerdo, si en definitiva luchamos por lo mismo? No sé si es personalismo o qué. Lo tengo sin resolver, ese tema. Pero es un problema. La derecha sí sabe unirse. Y nosotros deberíamos estar más unidos que nunca: no hay más que ver lo que ha pasado en Italia. Pero es un problema viejo. Me hace acordarme de cuando, en ENSIDESA, queríamos cerrar el abanico salarial, que estaba muy abierto. Tener más categorías profesionales dentro de un determinado nivel salarial. Aquello no salió adelante porque la gente de cabecera, cuando íbamos a hacer las asambleas, decía que su trabajo era muy duro, y que no podía significar cobrar lo mismo que los de las líneas de acabado. Es verdad que era duro. Yo nada más que fui una vez al horno alto y estaban colando. Me quedé admirada: el ambiente era insoportable. Llevaban unos trajes que entonces eran de amianto —la empresa debía de saber con toda seguridad lo que era el amianto— todos mojados. Es verdad que la laminación no te plantea esos problemas. Y entonces me decían: “¿Cómo voy a estar yo en el mismo sitio que no sé quién?”. Les decía: “Pero ¿tú no te das cuenta de que, en la medida en que juntes, vas a estar mejor, vas a tener más fuerza?”. Pero no lo percibían así.

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