“Es legítimo pensar en presionar al PSOE por la izquierda, pero a mí me parece más fuerte estar dentro”

Manuel Vallejo repasa su larga trayectoria política y vital, desde sus inicios en Bandera Roja y el PCE, hasta los servicios sociales de Gijón.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

Acude Manolo Vallejo (Málaga, 1949) a nuestra cita en el café-librería La Revoltosa, de Gijón, con un fino librito bajo el brazo: una historia en catalán de Bandera Roja, el partido al que perteneció, escrita por Jordi Borja. Hay un párrafo aquí —nos dice— que le gustó mucho cuando lo leyó, porque veía en él condensados los trazos de los años más intensos de su propia vida de militante, y de modo más general, los valores que han guiado su más de medio siglo de compromiso político. Abre el libro Vallejo, busca el pasaje, lo localiza rápidamente, lo lee traduciendo simultáneamente al castellano:

«Todos juntos, los que vivimos aquellos años de finales de los sesenta hasta la muerte de Franco vivimos intensamente, entre la rabia y la esperanza, con conciencia de riesgo, pero con buen humor, y sin renunciar a la diversión. Era agotador, pero casi todos éramos jóvenes, de menos de treinta, o, como máximo menos de cuarenta. Fueron unos años estimulantes, bastante exitosos, y había muy buen ambiente. También aprendimos mucho, todos de todos».

Fue intensa, rabiosa, esperanzada, riesgosa, divertida también a ratos, la militancia de este hombre menudo y apacible. Si un algoritmo tradujera su vida en una nube de etiquetas, lo primero que arrojaría sería una catarata de nombres de ciudades: Málaga, Barcelona, Madrid, París, Ginebra, Bucarest, Gijón. Lo segundo, una lista de nombres de partidos: Partido Comunista Internacional, Bandera Roja, Partido Comunista de España, Izquierda Unida, Partido Socialista Obrero Español. Lo tercero, una enumeración de nombres de persona, conmilitones a veces célebres, a veces desconocidos para la gran historia de cuyo devenir fueron cruciales, del combate emancipatorio de la Greatest Generation española. Cuando se pregunta a Vallejo por cualquiera de las fases de su vida, nunca responde sin acordarse de los nombres y apellidos de quienes lo acompañaron, de cuyas historias da pinceladas cuya vivacidad revela el ojo caracteriológico de un amante de la literatura. Esta entrevista que quiere ser las memorias de una persona acaba convirtiéndose, así, en memoria de muchas. Se acuerda uno de aquel verso de Patxi Andión: «No quisiste jamás salvarte solo,/ porque no hay salvación si no es con todos».

Manolo: naces en Andalucía.

En Málaga. Provengo de una familia obrera derrotada en la guerra. Mi padre salió de Málaga en la Desbandá del treinta y siete y no volvió a la ciudad hasta el cuarenta y siete o cuarenta y ocho. Tengo una hermana que acaba de cumplir los ochenta y seis años: nació en el treinta y seis. Yo nazco en el cuarenta y nueve. Ese lapso tan grande se debe a las peripecias de mi padre por Europa. Lucha en la guerra, en el treinta y nueve sale a Francia, allá le pilla la guerra europea, lo capturan los nazis y lo van alejando, alejando. Llega a trabajar en una fábrica de munición en Danzig, la actual Gdansk, en Polonia. Cuando retorna a España, lo retienen en un campo de trabajo hasta que, de alguna manera, obtiene la libertad, y es entonces cuando vuelve a Málaga, que en ese momento es una ciudad destruida, con muy pocos horizontes, y menos para alguien relativamente conocido y señalado como militante de izquierda.

¿En qué organización militaba o había militado tu padre?

No sé si llegó a tener carné, pero los primeros carteles de propaganda electoral que se hicieron del partido comunista en Málaga —donde salió elegido el primer diputado del PCE, Cayetano Bolívar, un médico— llevaban pie de imprenta de mi padre. Aunque él no tenía imprenta: trabajaba de cajista, de tipógrafo. Formaba parte de aquella clase obrera culta que tenía que saber leer, e incluso escribir ortográficamente bien.

Y que tan importante fue en la historia del movimiento obrero español. Pablo Iglesias también era tipógrafo. Por humildes que fueran tus orígenes, vivir entre letras, entre libros, entre gente de la cultura, te culturizaba casi sin querer.

Exacto. De mi padre, que murió cuando yo tenía dieciocho años, yo tengo el recuerdo de que era muy buen narrador oral. Y siempre habló. A otros no les hablaban de la guerra, pero mi padre siempre lo hizo. Nos contaba de su servicio militar en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, que hizo en Melilla; de abril del treinta y uno, que vive ya en Málaga; del frente, de la Desbandá, de cómo bombardeaban los barcos desde el mar… Él era hijo de viuda, y su padre —que había muerto cuando él tenía cinco o seis años— había sido contrabandista: imagino que iría a Gibraltar a coger las cosas y luego las vendería. Yo crecí escuchando estas historias. Era un hombre que tenía una curiosidad innata con todo lo que veía, con todo lo que conocía, y tenía una visión muy positiva de la vida a pesar de las penurias, que creo que en parte he heredado de él: esa idea de que lo mejor siempre está por venir.

Siendo tú muy pequeño, emigráis a Barcelona.

Por lo que te comentaba; la falta de horizontes en Málaga. Yo cumplo ya allí los cinco años y estoy en Barcelona hasta los veintitrés, cuando me voy al exilio a Ginebra.

¿En qué parte de Barcelona vivís?

Primero, en Hospitalet, y más tarde, a partir de las Navidades del sesenta y tres o sesenta y cuatro, en los Nou Barris, donde voy a estar hasta el setenta, cuando la Policía va a buscarme a mi casa y ya me he ido. Una zona de aluvión; de agregación de las distintas emigraciones, pero fundamentalmente las de posguerra. Una zona de voto de izquierdas, primero mayoritariamente al PSUC, luego socialista, y una zona con mucho movimiento. Mi barrio, concretamente, es La Guineueta, uno de los más nuevos, construido en esa época.

¿Cómo era la vida de aquella emigración andaluza en Cataluña? Justo por estos años es cuando Paco Candel escribe Els altres catalans, aquel libro a medio camino entre lo periodístico y lo ensayístico sobre esa otra Cataluña de la que después dirá Pujol que hay que refundir con la originaria a través del aprendizaje de la lengua catalana. ¿Había dos cataluñas herméticas, desconocidas la una para la otra?

No me es sencillo responderte… En mi militancia política encontré gente de todos los lados, pero, si te hablo de mi barrio, la verdad es que había muy pocos catalanes; y si te hablo del trabajo en los clubes juveniles, no recuerdo ningún caso. La movilización, la actividad en mi barrio, las desarrollábamos los charnegos.

¿Os lo llamaban?

No, no mucho, la verdad. Nunca he percibido hostilidad en Cataluña. Es cierto que viví allí desde los cinco años, así que quizá sea normal. Pero mira, en Hospitalet, que era una zona más, digamos, intercultural, donde sí había mucha gente de Cataluña, mi mejor amigo era catalán; un miembro de la clásica pequeña burguesía catalana, cuyos padres tenían una charcutería en el barrio. Otro amigo, hijo de un barbero, también era catalán, y sus padres, también rojos derrotados en la guerra, tenían posiciones catalanistas.

¿Cómo has vivido el Procés?

Soy muy comprensivo con la cuestión de las identidades, pero creo que la dirección política de los partidos independentistas en Cataluña ha sido desastrosa. Metieron un cuchillo en la convivencia cívica que ha tenido consecuencias desastrosas. Hace poco fui a ver a mi hermana a Barcelona, a mi barrio. Un barrio que es fundamentalmente castellanohablante. Todos los jóvenes hablan catalán, pero el sustrato lingüístico es el castellano. Mi hermana es una mujer progresista y que no ha visto mal el Procés; quiero decir que no estaba escandalizada, ni mucho menos. Pero me hace algunas reflexiones muy interesantes sobre cómo alguna gente fue dando pasos atrás a medida que el proceso se radicalizaba. Yo nunca he tenido problemas lingüísticos en Barcelona. No los tuve cuando vivía allá y no los he tenido después, cuando he vuelto. Solo una vez, en un pueblo del norte de Barcelona, Berga, que es una zona de catalanismo duro, viví alguna actitud un poco así, muy risible en todo caso. No he percibido que hubiera un problema lingüístico. Ahora, sí que se ha creado en alguna medida; y allí donde se ha creado ha sido desastroso para la convivencia cotidiana. Por otro lado, creo que agitar esas aguas desde la derecha es hacerle un flaco favor a la recuperación de esa convivencia.

Hay una retroalimentación de nacionalismos. La radicalización del nacionalismo catalán se ha retroalimentado con la del español; la una ha provocado la otra y viceversa.

Un nacionalismo, además, rancio, del tipo del que se vio en su día en la manifestación de Colón. Que se establezca de nuevo una dinámica política basada en identidades nacionales es muy preocupante; un déjà vu absolutamente fuera del tiempo que no nos conduce a nada bueno.

Volvamos atrás. ¿Cómo comienzas a militar?

El año clave es el sesenta y ocho. Es el año en el que muere mi padre y es también el de Mayo del sesenta y ocho y la invasión de Checoslovaquia. Yo ya venía de una conciencia muy clara de quiénes eran los buenos y quiénes los malos, pero ese es el año en el que acudo por primera vez a una manifestación del Primero de Mayo. Manifestación por llamarla de alguna manera, porque era simplemente intentar concentrarse y salir corriendo cuando llegaran los grises. Primero me implico en un grupo de extrema izquierda de tipo maoísta que se llamaba Partido Comunista Internacional, matriz de lo que luego sería el Partido del Trabajo, pero duro poco. El planteamiento maoísta, en aquella época, era no solamente muy sectario, con toda aquella manía de separarse, de las escisiones, sino muy inútil para abordar la realidad.

Aquellos traslados mecánicos de la realidad china de 1949 a la española de los sesenta, setenta.

En todo inicio de militancia hay un cierto, digamos, deslumbramiento cuasirreligioso. Tiene que haberlo para decidir ir a reuniones clandestinas en las que te juegas cosas: la libertad, la vida incluso. Tienes que sentir que es tu obligación, una misión casi sagrada. Pero luego la realidad es muy tozuda, y, si quieres incidir en ella, tienes que enterarte de lo que pasa en el mundo, tienes que hablarlo con otros, y sobre todo tienes que trabajar con ellos. Mira, estos días he estado releyendo a Bobbio, y me topé con una reflexión que me gustó, sobre el optimismo y el pesimismo. Yo siempre me manejé bien con aquella frase de Gramsci sobre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón; siempre lo consideré el paradigma en el que había que moverse. Había que ser optimista, tirar p’adelante, pero, al mismo tiempo, realista; analizar la realidad sin engañarse.

¿Por qué habías escogido aquel partido en concreto de la paleta de opciones de aquel antifranquismo revolucionario?

Porque fue el primero que se me acercó. La militancia en aquella época, sobre todo en una ciudad como Barcelona, funcionaba así. Posiblemente en ciudades o ámbitos más pequeños la conexión se produjese de otras maneras, por otras razones. Imagino que la militancia en la cuenca minera asturiana en aquellos años funcionase motivada por otros lazos, por la historia del lugar, por el trabajo, por la convivencia codo con codo con la gente que estaba en ello, no sé. En Barcelona eran importantes las parroquias, que era lo que proporcionaba locales y una cierta seguridad. Una vez adquirías un cierto nivel de conciencia, dabas el salto, y lo dabas, si no a lo que te ofrecía el primero que llegaba, al menos al que te caía mejor. Vivías en una cierta nebulosa de saber muy bien que la dictadura era mala y que el capitalismo era malo, pero tenía mucha menos finura a la hora de definir cuál tenía que ser el proyecto político concreto que acabase con ellos. Una cosa que recuerdo de aquel momento es que detectabas fácilmente quién era quién por el lenguaje; las coletillas que usaba cada cual. Si hablaba del «bloque», sabías que era de Bandera Roja; si hablaba del «pacto por la libertad» o de «las fuerzas del trabajo y la cultura», era del PSUC; si soltaba el «aquí y ahora», sabías que era trotskista, etcétera. Le dabas más importancia a los clichés que a los contenidos. Sí participabas de una cierta idea de que lo viejo no servía que formaba parte de aquel clima del sesenta y ocho, y que solía significar un cierto menosprecio hacia el pasado; hacia el PCE, el PSOE… Te parecían poco radicales. Éramos una generación que no había vivido la guerra. Y la vida en Barcelona estaba mucho menos condicionada por el franquismo que la de otras, e incluso Madrid. Era típico, en aquel período, que obras que en Madrid no se podían representar, en Barcelona sí. Estoy acordándome concretamente de una, el Marat-Sade que hace Marsillach: en Madrid dura tres días, porque la prohíben, pero en Barcelona está uno o dos meses.

¿Influía la cercanía a Francia? Guillermo Rendueles, que vivía en Girona en aquel momento, me hacía el día que lo entrevisté una reflexión parecida a la tuya, sobre una sociedad en la que se respiraba más libertad que en el resto de España; y lo atribuía a eso.

Por un lado eso, por otro el diferencial del catalanismo… No era una cosa muy presente en mi militancia, como comentaba antes, pero sí que creaba unos espacios de libertad, como los que teorizaba el PCE, mayores. Yo, cuando lo pienso en retrospectiva, me sorprendo de las cosas que hacíamos y la naturalidad con que las hacíamos. Yo, en un momento dado, estaba en un club juvenil más o menos moderado, y monté otro más cañero en otra parroquia. Aglutinábamos a treinta o cuarenta chavales del territorio, y hacíamos cosas que ahora dirías: «¿Cómo era esto posible?». Montamos una peña de Enrique Morente —éramos mayoría de andaluces—, y una vez trajimos al propio Morente. También a José Menese, que era el otro cantaor de izquierdas, militante del PCE; a Paco Ibáñez dos o tres veces… Eran unos bajos que eran un desastre y que teníamos que acondicionar, pero se nos ocurría, yo qué sé, organizar un recital de poesía y guerra civil, buscando los textos en Losada o aquellas otras editoriales que los publicaban en Argentina o México, y ahí estábamos cuatro o cinco chavaletes de diecinueve o veinte años recitando a Miguel Hernández, a Neruda, a Cernuda o a Alberti para cuarenta o cincuenta personas. Había ese fermento en la sociedad.

Duras poco en el PCI, me decías.

Un poco por eso. Vas conociendo la realidad a través del trabajo en organismos unitarios. Por otro lado, el PCI era un grupo radical hasta peligroso desde el punto de vista de algunas cosas que hacían y que no me gustaban. Así que tomé la decisión de irme.

“Decido que ser bancario no es muy de izquierdas y me proletarizo”

¿A Bandera Roja?

No, todavía no. Estuvimos un tiempo siendo una especie de grupo de apoyo en Nou Barris. Estábamos cerca del polígono industrial de San Andrés, Sant Andreu, donde había fábricas muy importantes, y entre otras una mítica: La Maquinista Terrestre y Marítima. También había muchas fábricas de automoción. Había organización de Comisiones Obreras, y si había que tirar octavillas o repartirlas, íbamos nosotros; si había que hacer un salto o lo que fuera, nos encargábamos nosotros. Pero no estábamos encuadrados en ningún partido. En aquel período conectamos con un grupo de la Universidad que estaba en una situación similar, y que se llamaba Estudiantes Marxistas-Leninistas. Con ellos montamos una cosa rara que se llamó Grupos de Unificación Marxista-Leninista, y que fue con lo que hicimos la travesía del Proceso de Burgos.

Manuel Vallejo en La Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez

1970.

Sí. Antes, había habido una de Comisiones Obreras en la que nos habíamos implicado buscando solidaridad, montando cajas de resistencia e incluso acosando a esquiroles, pero la del Proceso de Burgos es la primera gran movilización general en la que yo tengo conciencia de una participación intensa. Para entonces se había conseguido un cierto grado de coordinación espontánea en las movilizaciones. En el barrio, cada semana, de una forma u otra hacíamos un salto. Saltábamos a la calle, la cortábamos y gritábamos nuestras cosas. Aquel fue también el momento en el que yo di por primera vez un mitin. Fue a la puerta de una fábrica.

Y ¿qué tal?

Estaba nervioso, nervioso… No es fácil dar un mitin, además de viva voz, sin altavoz ni nada. No sabes qué decir, improvisas. Pero bueno, imagino que mal del todo no me saldría, porque al día siguiente pararon. De todo aquel período, yo recuerdo pasar muchísimo sueño; una época de vietnamita, de editar y tirar octavillas, de diseñar dónde tirarlas para que no te viese el coche de la Policía de la derecha o el de la izquierda, porque estaba todo copado para que no hubiese agitación. Todas las semanas había una o dos manifestaciones en el barrio o fuera de él. Y entonces fue cuando conectamos con Bandera Roja, que había hecho un proceso muy interesante que consistía, sobre todo, en dar el salto a la realidad. En aquella época te leías a Althusser, te leías los manuales de Marta Harnecker, te leías cosas que te llevaban a posiciones absolutamente fuera de la realidad. Y en Bandera, la dirección política de Jordi Solé Tura, Jordi Borja, Alfonso Carlos Comín, etcétera, había impreso no solo una visión más humanista de la política, sino más pegada a la realidad, con un lenguaje político más cercano a la población que a los dogmáticos. Alguna verborrea maoísta siempre había, porque era muy difícil escapar de ella; era el lenguaje político de la época. Pero teníamos esa frescura. Nosotros no tuvimos que romper ataduras ni con la Unión Soviética, ni con el pensamiento dogmático; nacimos ya con los postulados de la modernidad que venía. Y también era un partido muy organizado. Recuerdo la preparación de las manifestaciones: hacíamos encuadres, no voy a decir militares, porque nada más lejos, pero sí muy disciplinados; tal grupo taponaba la calle tal, el otro la calle cual, el acento se ponía aquí, los cuatro gritos los daba este… A las asambleas de barrio, de enseñantes, etcétera, mandábamos gente a participar y siempre con ese lenguaje fresco que rompía de alguna manera con los clichés del momento.

¿Qué hay de tu vida laboral? Mientras desarrollabas esta militancia, ¿de qué trabajabas?

Empecé con quince años de botones de banca, en una banca financiera que se llamaba López Quesada y tenía el capital de una empresa que importaba maquinaria pesada para toda la obra pública de Barcelona. Imagínate lo que era eso en aquel período: un pelotazo. Además, se dedicaban a la bolsa. Todo era muy artesanal. Íbamos todos los días a la bolsa, y el trabajo consistía en que había uno de la banca que estaba en una especie de cabina telefónica desde la que se comunicaba con Madrid y Bilbao —que eran las otras dos bolsas abiertas en España— y me daba órdenes apuntadas en papel que yo tenía que llevar a los distintos corros y viceversa: «compra», «vende», etcétera. Recuerdo hacer copias con aquellas cintas engrasadas, una prensa, unos secantes, etcétera. O cortar cupones con las acciones y demás con unas tijeras. También tenía que llevar bocadillos a los oficiales y esas cosas. Bueno, empecé ahí, y a los dos años, teniendo yo diecisiete, saqué una oposición de auxiliar administrativo del Banco Popular. Fíjate: mi padre había empezado a trabajar con doce años. Yo, con quince. Cuarenta años después, el ascenso social, por llamarlo de alguna manera, eran nada más que dos o tres años de prórroga en el empezar a trabajar. Es verdad que tampoco era lo mismo, porque yo, al fin y al cabo, sí que tenía el bachillerato elemental; un nivel de conocimiento posiblemente superior al que él tenía. Pero fue después, con la generación siguiente a la mía, cuando se notó de verdad el cambio.

No duras mucho en el Banco Popular, si no me equivoco.

En un momento dado, hacia el sesenta y nueve, que es el año en que muere mi padre, decido que ser bancario no es muy de izquierdas y me proletarizo, como decíamos entonces: me voy a trabajar a una fábrica. Estando yo allí, hay una caída en mayo del setenta; alguien canta, me delata, y van a buscarme. Habían avisado a mi madre, y cuando llego a casa, veo a mi madre en la ventana: «pasa algo», me digo, y efectivamente. Mi madre me dice que van a venir a por mí, me da una bolsa con mis cosas y me voy. A esa casa ya no volví hasta muchísimo tiempo después.

Háblame de tu madre.

Siempre digo que yo he tenido una madre-abuela y una hermana-madre. Yo nací cuando mi madre tenía cuarenta años. Cuarenta años de esa época, que no son los cuarenta de ahora. Había nacido en 1909. Una madre maravillosa, imagino que como todas. Era prácticamente analfabeta y era modista; cosía muy bien. Recuerdo llevar sus encargos e incluso intentar cobrar a los clientes a los que les hacía la ropa. Siempre la vi cosiendo en casa. También cocinaba muy bien. Tengo una memoria muy viva de sus guisos, de sus sabores… Algunos los sigo haciendo. En mi época de militante maoísta más tremenda, vivíamos solos, ella y yo. Y yo, mientras ella cosía, le leía cosas de Mao Tse-Tung o de Lenin. Cuando lo pienso ahora, me digo: «¡Qué tortura!» (risas). A ella, con buen criterio, aquello le importaría tres narices.

Pero se tomó bien tu militancia, por lo que veo.

Tendría sus angustias con el tema, claro, pero sí. Durante un tiempo, además, hacíamos reuniones en casa; aquellas reuniones en las que se fumaba: esa es toda una cultura que afortunadamente desapareció. Recuerdo reuniones en mi habitación de las que, luego, para sacar el humo, había que abrir todas las puertas y ventanas de par en par. Mi madre nunca nos puso problemas. Cuando me exilié en Ginebra, del setenta y dos al setenta y tres, mi madre, que era una persona que nunca se había movido de Málaga y Barcelona, vino a verme. Y cuando vuelvo clandestino a Madrid, en otoño del setenta y tres, se viene a vivir con nosotros un tiempo; con María José, a quien había conocido en Ginebra, y conmigo. Después es mi segundo exilio, del setenta y cuatro al setenta y seis. Y a principios del setenta y siete, mi madre muere de una pancreatitis fulminante. Aquel quizá haya sido de los momentos más depresivos de mi vida. Venía de un periplo tremendo: desde el setenta y dos en que me voy de Barcelona hasta el setenta y ocho en que me instalo aquí en Gijón, vivo un año en Ginebra, unos meses en París, un año en Madrid, de nuevo un año en Ginebra, ocho o nueve meses en Bucarest, cuando vuelvo me voy a Palma de Mallorca a hacer la mili… Un período lleno de cosas muy felices, pero también de riesgos y situaciones límite, con la muerte de mi madre como guinda.

Volvamos atrás; a ese momento del año setenta en el que ves a tu madre en la ventana, coges tus cosas y te vas. ¿Adónde te vas?

Voy viviendo en un piso y en otro, con otros clandestinos. Me buscaban. Lo de ir a buscarme a casa lo repiten varias veces. Aunque se daban situaciones impensables hoy. La Brigada Político-Social me busca por mis actividades políticas y, al mismo tiempo, la Guardia Civil está haciendo un informe para librarme de la mili por ser hijo de viuda, preguntando a los vecinos, que afortunadamente no dicen nada: «Es un gran chaval», y tal.

No había intercomunicación entre cuerpos.

No la había, no. Y lo mismo ocurría con los temas de empleo. Cuando me fui, trabajaba en una fábrica muy cabrita que se llamaba Iberia Radio, en la que, si me hubiese quedado, me hubiesen pillado, porque los dueños eran muy fachas. Luego, de hecho, acabaron en una de estas situaciones de la picaresca española, quemando la fábrica para cobrar el seguro. Bueno, me fui de ahí y luego fui trabajando donde podía. Donde más tiempo estuve fue en una fábrica del polígono de San Andrés que se llamaba Cumbre Ibérica y hacía maquinaria industrial: tornos, fresas… Pero iba saltando de una a otra a medida que me avisaban de que me estaban buscando, a veces los propios dueños. Trabajos duros, a veces, en turnos de día o de noche. Trabajé también en una textil del Poble Nou que hacía unas sábanas que todavía existen, las de Burrito Blanco. Cuando tuve que reconstruir toda mi vida laboral para preparar mi jubilación, descubrí empresas de las que ni me acordaba, en las que había estado un mes, dos meses…

Acabas yéndote a Ginebra.

En el setenta y tres.

Allá conoces a María José Capellín, otra histórica de la izquierda asturiana, y tu esposa.

Aquel año hubo mogollón de estudiantes que se fueron a Ginebra, y ella estaba entre ellos. Yo había montado, con Bandera Roja y el PCE, un comité de solidaridad con España, y cuando percibimos que había aquel aluvión, convocamos una asamblea antifranquista.

¿Para politizar a aquellos estudiantes?

Bueno, politizados, en gran medida, ya estaban. A la altura del año setenta y tres… Pues bueno, en esa asamblea es donde conozco a María José. Después hay varias asambleas, manifestaciones… Todo se juega en el espacio corto; hay una urgencia de la movilización. Los ginebrinos debían de estar pasmados. La conexión entre Bandera Roja y el PCE era ya relativamente grande, y coincidía, además, que uno de los representantes del PCE es primo segundo mío; hijo de un primo hermano de mi madre. Su abuela era hermana de mi abuela y también tenía su historia: había sido una de las participantes en una de las grandes revueltas de Málaga, la de las faeneras de 1918. Este nieto suyo, primo segundo mío, militante del PCE, era un poco mayor que yo, pero estaba en Ginebra, por lo que la conexión era lógica y fue inmediata, aunque yo estuviera en Bandera Roja. Los dos partidos trabajaron bien juntos. A fin de cuentas, se trataba de politizar a la emigración española y actuar con los izquierdistas suizos para denunciar todas las barbaridades de la dictadura.

Manuel Vallejo. Foto: David Aguilar Sánchez

De Ginebra, a Madrid.

Nos venimos juntos María José y yo, tras pasar por Barcelona y haber hecho una pequeña escala en París, donde coincidimos con Manolo Castells. Estuvimos un tiempo en su casa con otra gente. Castells también era de Bandera Roja.

Recuerdo que, cuando Castells fue nombrado ministro, Enric Juliana escribió sobre Bandera Roja, comentando que había sido un partido numéricamente pequeño, pero muy influyente en la política española.

Sí. Fíjate que en el grupo de Madrid, que es con el que yo estuve trabajando aquel año, estaba Martín Palacín, que era un tipo muy interesante, que provenía de los movimientos cristianos de El Pozo del Tío Raimundo, había vivido en chabolas y tal, y luego fue del PCE, salió elegido diputado en el setenta y nueve y luego pasó al PSOE, donde tuvo algún problema porque estaba en el grupo de Barrionuevo y Vera. De vez en cuando, nos mandamos alguna cosa. Yo no tengo Facebook, pero María José sí, y a veces contactan. Estaba también José Luis Malo de Molina, que fue director técnico del Banco de España durante mucho tiempo. Estaba Pilar del Castillo, la que fue ministra de Aznar; estaba Álvaro Marchesi, que fue secretario de Estado de Educación con Felipe González, y que en aquella época era cura… Cuando yo me escapé en Madrid, de hecho, me fui a su casa; a la casa parroquial en la que estaba. Estaba Miguel Ángel Gullón, que era un dirigente sindical de Pegaso y luego fue alcalde de San Fernando de Henares durante un tiempo. Estaba su mujer, que también era dirigente sindical de la empresa CASA, de Getafe, Construcciones Aeronáuticas, y también fue concejala en Getafe durante un tiempo…

Por Bandera Roja también pasó Celia Villalobos.

Sí, pero en Málaga. Igual la conocí en alguna reunión. Yo estaba en la dirección estatal. Hacíamos las reuniones en una casa de El Escorial que tenía uno. Y en fin, sí: éramos un grupo no muy numeroso, pero influyente.

¿Más cuadros que bases?

Bases teníamos algunas, pero en Barcelona. En el Bajo Llobregat, Bandera Roja tenía un peso muy grande en Comisiones. Había habido unas inundaciones tremendas hacia el año setenta y uno o setenta y dos en las que los miembros de Bandera se habían remangado y habían acudido a ayudar a quitar el barro y a sacar a la gente. Luego, el PSUC consiguió la alcaldía de Cornellá de manera arrolladora, y también ganó en otros sitios del Bajo Llobregat con una diferencia grande. Mira, otro del que me acuerdo mucho es Josep Solé Barberà, uno de los abogados con los que trabajábamos. Vivía en Barcelona, pero era natural de Tarragona; de hecho, fue diputado por esa provincia en las primeras generales. Tenía mucha educación y mucha planta; era un hombre alto, con gafas, bien vestido siempre. Recuerdo, sobre todo, dos anécdotas suyas. La primera es de una vez que, en una asociación de vecinos —mejor dicho: de padres de familia, como se llamaba entonces— de un barrio de la Obra Sindical del Hogar en el que se había montado una lucha para garantizar su mantenimiento, alguien le preguntó: «Señor abogado, ¿esto que hacemos es legal?». Y él respondió: «Mire, estas cosas son relativas: hay cosas legales y cosas justas, y a veces no todo lo justo es legal». Con eso, no decías nada y a la vez lo decías todo, ¿no? Y la otra es de cuando estaba viendo mi sumario. Me pedían diecisiete años de cárcel por una chorrada: propaganda ilegal, asociación ilícita y no sé que más, con la coletilla aquella de «en grado de dirigente». Le recuerdo diciéndome: «Mira, te piden esto, pero yo creo que, haciéndolo regular, te queda en la mitad, y esto está al caer». Te estoy hablando del año setenta o setenta y uno; yo tenía veintiún años recién cumplidos o sin cumplir: todavía quedaba un cacho para que la cosa cayera (risas). En aquel momento fue cuando decidí irme.

En el pasaje del libro de Jordi Borja que me leías antes, se mencionaba la alegría como uno de los vectores de vuestra militancia. Con mucha frecuencia, la militancia en la izquierda revolucionaria se ha caracterizado por lo contrario; por un ascetismo férreo; por la idea de que esto es una cosa muy seria en la que uno no puede pasárselo bien.

Ese ascetismo tremendo yo lo conocí en la gente que vivió la guerra: en Horacio [Fernández Inguanzo], en Ángel León, en Mario Huerta —el viejo, el de Trubia—, en López Raimundo, en Miquel Núñez… Ellos sí sabían lo que uno se jugaba; igual nosotros no lo sabíamos tanto o, en todo caso, teníamos la vida por delante. El famoso poema de Gil de Biedma viene a decirlo bien.

«Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde».

Ese, sí. Nosotros aquel período lo vivimos con veinte años. Ángel León viene clandestino a Asturias en el sesenta y tres o sesenta y cuatro y ya tiene cuarenta y tantos. No ves las cosas igual a los veinte que a los cuarenta y tantos. Por otro lado, el caldo de cultivo de aquellos años, por lo menos en Barcelona, era de una efervescencia cultural, social, política, muy grande. Recuerdo que hubo una huelga de una empresa que se llamaba Harry Walker —no Johnny: Harry (risas)— que hacía algo así como complementos para surtidores de gasolina que duró varios meses, con una movilización muy fuerte. En aquel momento, en aquellas fábricas, si tú controlabas tres o cuatro puestos de la cadena parabas la producción entera. Y mientras tanto descubrías la cultura, la música, el teatro, el cine… Las editoriales empezaban a publicar cosas que no se habían publicado nunca. Yo leía mucho: había leído a Galdós prácticamente entero con diecisiete años, me encantaba Baroja… Pero, cuando yo tenía quince o dieciséis años, lo más avanzado lo encontrabas en la colección Reno de Plaza y Janés, que de vez en cuando colaba alguna cuestión que te sorprendía, pero que no pasaba de ser gente tipo Knut Hamsun. Literatura un poco más comprometida tenías que buscártela por otras vías.

¿Qué lecturas de esas que emergían de la clandestinidad te marcaron especialmente en aquella época?

Me marcó mucho toda la literatura sobre la guerra civil. Me impactó mucho El laberinto español de Gerald Brennan, que publicó Ruedo Ibérico en París; también el de Jackson, e incluso el de Thomas.

En Madrid, en el año setenta y cuatro, escapas de milagro de la policía.

Iba con tres camaradas a una reunión en Getafe cuando nos paran en plena autopista; debían de tenernos controlados. Nos preguntaron de dónde venían y adónde íbamos, pero no se nos había ocurrido preparar una coartada, así que respondimos con contradicciones que les alertaron. Entonces se pusieron a registrarnos. Yo lo que hago es echar a correr mientras los otros los entretienen, porque si me detienen comprometo a mucha gente, y llevaba encima documentación falsa que me hacía especialmente vulnerable. Recorro varias callejuelas y consigo entrar en un portal con la suerte de que el sereno no me vea, y lo cierre conmigo dentro. Desde allí, escucho hablar al sereno con los policías: «¿Has visto a un tío corriendo?», «No, no he visto a nadie», «Pues tiene que estar aquí», «Imposible, estoy haciendo la ronda y, si se hubiera metido aquí, lo hubiera visto». Los policías entonces se fueron a buscarme a otra parte, y yo pasé la noche en aquel portal. También tengo la suerte de que, en esos días, la atención está puesta en la caída de un grupo de notables de la derecha: Ruiz Giménez, Ridruejo… Un grupo de estos, que están acercándose a alguna de las plataformas de unificación democrática, cae ese día o al siguiente.

Después, te vas a Ginebra.

La casa en la que vivíamos María José y yo, y en la que también estaba mi madre, acaba saltando, cayendo, por otra casualidad. El hermano de uno de los detenidos va a preguntar por él a la comisaría y allí se encuentra con un policía de su pueblo, un pequeño pueblo castellano, al que da la dirección del piso en que vivíamos. La policía va a aquella casa y los recibe mi madre, que tenía un aspecto muy de señora mayor andaluza, que generaba confianza, y a la que le dicen: «Todo lo que sea suyo, póngalo en su maleta, que vamos a mirar lo demás». Ella mete en su maleta todo lo que puede, suyo y mío, y, cuando se va la policía, coge la maleta, se va a Atocha y de ahí a Barcelona. Llega a Barcelona sin que le hayan pedido el carné, ni la hayan identificado, ni nada, porque la policía no sospecha de ella: son estas cuestiones que también hablan de cómo era la policía en aquel momento. Eso hace que se corte toda la conexión. La casa estaba alquilada a nombre de María José, que en aquel momento estaba trabajando en una empresa de oficinista mientras terminaba la carrera. Un compañero la llama y le dice: «No vengas, que están por aquí». Entonces nos escondemos durante uno o dos meses en Madrid, en distintas casas, y después salimos con una muy buena amiga que murió ya hace un tiempo: María del Carmen García-Nieto, catedrática de historia en la Complutense, de origen catalán. Nos lleva a Barcelona, pasamos allí las Navidades del setenta y cuatro y, a principios del setenta y cinco, salimos para Ginebra. Primero pasamos un tiempo en París, algo así como un mes. Allá nos recoge el PCE; Marcos Ana y Leonor Bornao, que eran los que estaban en la estructura de, digamos, acogida en París. Nos proveen de fondos y nos dan una casa. Y al poco tiempo, nos plantamos en Ginebra, donde ya entramos en el PCE de manera formal. En aquel momento, había una minicrisis en la estructura del PCE en Ginebra. Y Santiago Álvarez, un dirigente gallego que era el responsable de esas cosas, me propuso que yo fuera el responsable del partido en Ginebra. Salimos de España como miembros de Bandera Roja y llegamos a Suiza como miembros del PSUC y del PCE (risas).

Pero no como una decisión personal vuestra, sino por la decisión de Bandera de integrarse en el PCE, ¿no?

No se integró toda Bandera Roja, pero sí una parte significativa.

¿Con Jordi Solé Tura al frente?

Solé Tura, Jordi Borja, Alfonso Carlos Comín, Manolo Castells…

“Enviar a la gente al riesgo me reconcomía”

¿Cómo recuerdas la clandestinidad; esa vida vertiginosa de camuflajes y evasiones?

Tengo muy mal recuerdo de ella, sobre todo porque las tareas de actividad política me costaba mucho mandarlas. Enviar a la gente al riesgo me reconcomía. Recuerdo que, cuando la flebitis de Franco del verano del setenta y cuatro, estuve repartiendo propaganda en Getafe y en algún otro sitio.

¿Podías mandar a alguien, pero preferías ir tú?

Sí. Evidentemente, venía más gente conmigo. Pero yo no me sentía bien no arrostrando el riesgo que arrostraban los demás. Era un poco irresponsable, porque yo tenía una documentación falsa que además era muy mala, pero no me quedaba a gusto mandando hacer cosas que comportaban peligro. En aquel momento, además, habíamos decidido que las octavillas había que repartirlas en mano en lugar de echarlas a volar en la puerta de la fábrica o a la salida del metro. Empezamos a subir al autobús o entrar a los bares a darlas, porque no es lo mismo dar una octavilla en mano que tener que agacharte a cogerlas.

¿Cómo era la vida en Ginebra?

Por una parte, tenía un aspecto muy lúdico. Éramos jóvenes y de pronto teníamos un nivel de vida mucho más alto, porque, aun trabajando a media jornada, tenías para mantenerte más o menos bien. Por otra parte, una militancia muy intensa. Veías que todo se aproximaba; que la democracia iba a llegar; no sabías cómo, pero iba a llegar. La movilización contra las penas de muerte del setenta y cinco fue enorme. Hubo grandísimas manifestaciones en Ginebra en las que estábamos todos: estaba el PCE, estaba el PSOE, que ya tenía algo de organización, estaban los grupos de extrema izquierda, MCE y demás… Y también los partidos y los sindicatos suizos, con los que la relación de la emigración española era muy fluida. Siempre recuerdo que, en un momento dado, en el sindicato del metal en Ginebra, el presidente era un italiano y el segundo un español. Lo bueno de Ginebra era el aire fresco después de un año de clandestinidad en Madrid. Era actuar a cara descubierta.

¿Cómo es esa mili que haces en Palma?

Me había ido librando por ser hijo de viuda, como te conté, y luego murió mi madre, pero entonces era prófugo. La ley de amnistía me quitó las causas penales, pero también me obligó a hacer la mili. No fue muy dura. Me metieron de furriel, y la pasé bien. El comandante que tenía estaba convencido de que la democracia estaba ya ahí y el par de veces que vino María José a verme me dio unas semanas de permiso. En cuanto llegué, conecté con la gente del PCE en Palma, lo que me permitió mantener una actividad militante durante ese tiempo. Recuerdo cosas como ir a dar cursos de formación a pueblos del interior de la isla; gente casi siempre bastante mayor a la que te veías contándoles el comunismo y no sé qué más; una situación un poco estrambótica. En Palma hice un montón de amigos, tanto mallorquines como de otros lugares, compañeros de mili. Vivíamos en una casa, porque me metieron en un cuartel en el que no dormía ningún oficial ni ningún suboficial. Y en ese piso, coincidí un tiempo con Joaquín Sabina, que también estaba haciendo la mili en Palma. La fiesta de la legalización del PCE la viví con un grupo amplio en el que estaban él y su mujer de entonces.

¿Qué tal la relación con él?

Bien, bien. Íbamos a verle y a animarle a un antro cutre en el que cantaba, en una zona que ha cambiado radicalmente.

Esto ya es el setenta y siete. ¿Cómo habías vivido la muerte de Franco?

Estaba en Ginebra. Durante el tiempo en que estuvo enfermo, que fueron dos meses o así, cada semana teníamos una comida para celebrarlo en la que estábamos tres jovencitos; dos compañeros del PCE de allí y yo. Uno ahora está en Madrid, otro en Palencia, y yo estoy aquí. Y luego había una representación —no porque estuviese pensado, sino porque había salido así— de gente que había pasado la guerra o una posguerra muy dura. Estaba Baldomero Cordón, que era hermano del biólogo Faustino Cordón, había sido de las juventudes comunistas ya por el año treinta y tres o treinta y cuatro y en aquel momento trabajaba en la Organización Mundial de la Salud. Estaba otro, Dorín, que era pintor de coches, y que había estado un tiempo en la cárcel por tirar octavillas y montar una manifestación allá por el cuarenta y tres o una cosa así. Lo pillaron, estuvo en la cárcel y cuando salió se fue al exilio. Era una persona muy entrañable. Había también un poeta de la generación del treinta y seis, Herrera Petere, que era un tipo del Quinto Regimiento, que durante la guerra había escrito poemas en aquella revista que se llamaba El Mono Azul y alguna otra. También había un valenciano del que no recuerdo el nombre, pero que también era pintor; pintor de brocha fina: aparte de ganarse la vida, pintaba. En fin, una comida muy heterogénea. Recuerdo que Herrera Petere, cuando se le subía un poco el alcohol, acababa todas las comidas entonando el Dies irae, dies irae. ¿El día que murió Franco? Pues lo que a mí se me ocurrió fue sacar un boletín: escribirlo como un loco, imprimirlo y hacer que se repartiese por toda Ginebra, en los núcleos en los que había españoles. Y los días siguiente, con otro amigo que también provenía de Bandera, Máximo Loizu, ir al consulado a pedir el pasaporte —que no nos dieron— como un acto de reivindicación.

Más tarde te vas a Bucarest.

En el setenta y seis. Habíamos montado en Ginebra un comité de solidaridad con España del que la cara visible era yo. Fue un trabajo muy grato, que significó entrevistarme, en reuniones más cortas o más largas, con gente como Valente o la Zambrano, que vivía cerca de Ginebra. Con María Zambrano recuerdo que me entrevisté dos veces, una de ellas para un homenaje que le hacemos a este Herrera Petere. Bueno, en ese período, María José había ido a Bucarest a una escuela del PCE; una escuela que acabó desmontándose porque apareció una denuncia de la prensa española. Los rumanos, en aquella época, tenían relaciones diplomáticas con España, y decidieron disolver aquello, porque además la cosa involucraba lo que aquella prensa había exagerado como formación militar, que en realidad eran unas cuestiones de autodefensa.

¿Los profesores eran rumanos?

No, no. El curso lo hacía el PCE, y los profesores eran del PCE. Estaba, por ejemplo, Damián Pretel, que es uno que luego fue concejal en Granada; un niño de la guerra de los que fueron a Moscú, hijo de dirigente granadino del PCE, que luego estuvo en Cuba en tiempo y acabó en Rumanía.

Tú, a Bucarest, te vas a trabajar en la Pirenaica, ¿no es así?

Sí. Se lo proponen a María José, y ella dice que vuelve a Rumanía si voy yo, porque no quería que estuviéramos casi cinco meses separados. Le dicen que sí y nos vamos los dos. Pusimos la condición de que estaríamos allí hasta que me diesen el pasaporte. Fue una experiencia interesante. Trabajábamos mucho, porque todo el grupo de la Pirenaica no éramos más de diez u once, y teníamos que hacer toda la información que nos venía vía París con los periódicos y revistas españoles; los teletipos de France Press, los italianos, los españoles; la información que llegaba de los distintos sitios de España… Pero conocimos a gente que eran trozos de la historia de España; gente que había vivido la guerra, que había pasado tiempo condenada a muerte, que había estado veinte años en Burgos… El director, Mendezona, era muy buen periodista y muy buena persona. Y recuerdo que, en un momento dado, leímos no recuerdo qué libro de Tuñón de Lara en el que se contaba el golpe de Casado, y se hablaba más o menos de pasada de una reunión en la que no me acuerdo si estaba Miaja o Vicente Rojo y también había estado Mendezona. A la mañana siguiente, corrimos a preguntarle: «¡Cuéntanos qué pasó en esa reunión!». Y nos dijo que aquel general, ya digo que no recuerdo si Miaja o Rojo, en aquel contexto en el que se quería entregar a todo el sector más izquierdizante a Franco —al PCE, vaya— había dicho: «Estos chavales han venido conmigo a la reunión y salen de aquí conmigo». Trabajabas y compartías el día a día con gente que era historia viva de España.

¿A qué otros camaradas recuerdas con especial cariño?

Me acuerdo mucho de Teo Carrascal, que era un tipo entrañable que había estado veinte años en Burgos y conocía mucho a Carrillo, porque era del radio, como se decía entonces, de Cuatro Caminos, igual que él. Juliana, en Aquí no hemos venido a estudiar, habla de las madres, que era como se conocía en la cárcel a los que garantizaban la intendencia, la comida, estas cosas. Este Carrascaldecía: «Yo soy una madre», y yo pensaba que era un concepto general; no me enteré hasta mucho tiempo más tarde de que venía de ahí. Este, efectivamente, hacía de madre, porque a las nueve y media o así de la mañana, cuando ya llevábamos nuestras tres horas trabajando, nos paraba a todos y nos hacía un té con galletas, unos bocadillos o lo que fuera. También me acuerdo de Pedro Felipe, que era un tipo vasco, hijo de un fundador del PSOE, y que tenía una vis cómica muy grande. Todo lo veía desde la perspectiva del humor, y nos contaba cómo fue la revolución del treinta y cuatro en Bilbao y se descojonaba él solo contándolo. Recuerdo a Palmira, que era especialista en Galdós y daba clase en la Universidad de Bucarest; a un cuñado de Santiago Álvarez que antes había estado mucho tiempo en Praga; a un antiguo aviador de la República del que todo el mundo decía que era de la KGB, pero era mentira…

¿Qué tal la relación con la sociedad rumana? ¿Cómo era la Rumanía de 1976, 1977?

Las cosas en Rumanía no estaban tan mal como lo estuvieron luego. Era aquel momento en el que Ceauşescu había hecho un cierto alejamiento de la Unión Soviética, después de lo de Praga. ¿La sociedad? No teníamos mucha conexión con ella, aunque sí que hicimos un grupito de amigos de allá. Pero teníamos con ellos una relación muy esporádica, porque trabajábamos mucho. Íbamos a trabajar a las seis o siete de la mañana y nos poníamos a buscar la información, editarla, escribir… María José hablaba mucho más que yo, porque era de las pocas mujeres que había por allá y además tiene buena voz radiofónica, y para eso Mendezona tenía ojo. Yo me dedicaba más a escribir. Hacíamos artículos de fondo y lo que fuere. Y por la tarde, hacíamos una guardia en la que estábamos pendientes de los teletipos y del teléfono por si llegaba alguna información jugosa. Al final trabajabas sábados, domingos…

O sea, que no conocisteis mucho el país.

Bucarest sí, porque la curiosidad siempre la tienes. Estuvimos como de febrero o marzo a noviembre. Pero era una sociedad que nos costaba entender. Por una parte estaba el problema del idioma, que por muy latino que sea es endiablado, con una base eslava muy grande y el tema de la declinación, que siempre dificulta cualquier idioma que estudies, y si se parece algo al tuyo, peor. Estudiar, estudiamos rumano: ya que estábamos allí, lo aprendíamos, y llegamos a tener lo suficiente como para manejarnos en la calle, comprar o ir a comer un restaurante. Recuerdo que a veces, al ver que no eras de allí, te preguntaban de dónde eras, y al decir que eras español, te preguntaban: «¿De la embajada o de los otros?». Y decías: «De los otros» (risas). Por otra parte, era una sociedad paradójica. Ibas por la calle y había un edificio que era de la Seguridad, y tenías que cruzar de acera, y teníamos referencias de gente cercana de que las conversaciones telefónicas estaban controladas, pero controladas de una manera tan abierta que a veces, cuando se cansaba, el controlador intervenía. La injerencia era manifiesta. Sin embargo, también pasaba que ibas a comprar y de repente te encontrabas al tendero criticando abiertamente al régimen. María José y yo lo comentábamos sorprendidos, comparando aquello con lo que conocíamos en España, donde, para que en una tienda te soltasen algo contra Franco, tenías que tener mucha confianza y conocerte de otra cosa. Allí era todo así de abierto: ¡y eso que les decíamos que éramos de los otros! (risas). Luego oías justificaciones curiosas, que también hubo en España: «Ceauşescu es bueno, pero no se entera de lo que hacen los cabrones que tiene al lado».

Yo eso me lo he topado mucho en defensores de Stalin. Es una figura eminentemente monárquica, que viene del Medievo; de aquel «viva el Rey, muera el mal gobierno». El rey no es malo: lo son sus consejeros, y hay que conseguir que el rey se entere de lo que pasa, porque, en cuanto se entere, cortará las cabezas que tenga que cortar y acabará con ello.

Sí, eso es.

¿Teníais relación con el Partido Comunista de Rumanía?

La teníamos, pero nosotros no la manejábamos; la manejaba Mendezona. Fíjate, de vez en cuando venía algún dirigente: Carrillo, Ignacio Gallego, Ballesteros… Siempre que un dirigente venía, se organizaba algún tipo de reunión. Y un par de veces vino Dolores, y fuimos a comer con ella todo el grupo de la Pirenaica y los demás españoles de Bucarest. Eso se organizaba a través del PC rumano, y una de las veces dijimos: oye, ¿por qué no hacemos un menú español? Tortillas, una paella, y tal. Pero no hubo manera: los rumanos no nos dejaron (risas). Pasaban esas cosas.

En 1978, llegas a Gijón.

María José había venido un año antes, porque Horacio Fernández Inguanzo le había propuesto incorporarse como secretaria suya. Yo, en aquel momento, estoy haciendo la mili. Cuando la acabo, vengo y me incorporo al partido, con tan buena suerte que se produce el proceso de Perlora.

Un partido, valga la redundancia, partido en dos, del que se va un grupo grande en protesta por el abandono estatutario del leninismo. Eso hace que te conviertas en secretario de Organización del partido en Gijón nada más llegar.

Gerardo me propone que sea yo, sí. Yo me resisto; acabo de llegar a un sitio con una organización grande que no conozco. Vengo con la aureola de venir de donde vengo, pero no lo tengo claro. La cuestión es que no hay nadie. Y al final, acepto.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Qué Asturias se encuentra aquel andaluz de Cataluña? ¿Qué te parece la región?

Ya había estado antes, debido a mi relación con María José. Había venido varias veces en el setenta y cuatro, que además fue el año en que nos casamos, y nos casamos aquí. Fue una cosa, digamos, instrumental: si hay una caída, que ella pueda venir a verme en calidad de cónyuge, que era más fácil que si era una mera camarada. Había conocido bien el núcleo de Bandera Roja que se montó en Gijón con María José y algunos antiguos compañeros del CRAS y de alguna de las células en las que ella se había movido antes de irse para Ginebra, con más amigos que tenían. ¿Qué Asturias me encuentro? Pues una Asturias de aluvión, con un protagonismo grande de la minería tanto en la región como en el propio partido; y en cuanto a este, una organización grande, muy militante, también en Gijón.

En 1979, participas en las negociaciones para la formación del primer gobierno democrático de la ciudad; un pacto PSOE-PCE.

Sacamos cuatro concejales, un resultado bueno, y el PSOE trece: una mayoría de izquierdas muy consistente. En las siguientes, en 1983, el PSOE sacó mayoría absoluta, diecisiete, pero nosotros sacamos tres. Es decir, el avance del PSOE no se produjo a costa del PCE. Es fue una tónica general en toda España: casi todos los alcaldes revalidan con mayoría absoluta. Aquí en Asturias, en Candás, en Grao, que tenían alcaldes comunistas, Pelís y José Sierra revalidaron. Anguita, en Córdoba, lo mismo. El cambio en las ciudades fue tan radical entre el setenta y nueve y el ochenta y tres que la población contestó premiando a quien había estado a la cabeza de ese cambio, fuera del PSOE, del PCE o de UCD. A las ciudades les sentó muy bien la democracia. En Gijón la mitad de las calles, véase El Coto, La Calzada, El Llano, estaban sin asfaltar. Una de las crisis más importantes del franquismo venía de esa desidia. Las ciudades eran opresivas; tenían unos problemas tremendos. En Gijón, a poco que coincidía una marea alta con que lloviera un poco, había inundaciones en la Puerta de la Villa y más zonas. Había carencia de autobuses, estaba pendiente organizar el tema de las basuras… La democracia rehízo las ciudades. A veces la profundidad del cambio, en realidad, no era tanta, pero el cambio de tendencia, de ambiente, era tan claro que la gente lo percibía y lo premiaba. Yo participé mucho en eso y fue una gran satisfacción.

“El cambio en las ciudades fue tan radical entre el setenta y nueve y el ochenta y tres que la población contestó premiando a quien había estado a la cabeza de ese cambio”

¿Qué lectura haces hoy, en general, sobre la Transición? ¿Se hizo lo que se pudo, pudo hacerse más…?

La historia no avanza en función de lo que quieres hacer en cada momento, sino de lo que permite la correlación de fuerzas. Tú tienes que querer lo máximo posible, pero harás lo que puedas. Hace un par de semanas volví a ver un documental que hizo Pere Portabella en torno al año setenta y seis o setenta y siete, y que era un fresco de la España del momento: Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública. Salen las movilizaciones en protesta por los muertos de Vitoria, una reunión de obreros y sindicalistas en Barcelona, una entrevista muy interesante a Gil-Robles, reuniones de aquellas en las que se fumaba y en las que la vestimenta, las pintas, te dan el tono de la época, etcétera. Y también salen conversaciones entre políticos del momento: una entre Raúl Morodo, Ramón Tamames y Felipe González; otra entre Simón Sánchez Montero, Tierno Galván y Ruiz Giménez; otra entre Nicolás Redondo, Marcelino Camacho y uno de la USO que no era Zubiaur pero del que no recuerdo el nombre… Es interesante verlo hoy. Muchas de las cosas que esa gente dice en esas conversaciones las he dicho yo; te ves reflejado en muchas cuestiones. También en lo encorsetadas que estaban muchas posturas y las dificultades que había para armar un espacio común, e incluso un lenguaje común. En la entrevista de Morodo, Tamames y Felipe González, González dice una cosa divertida y acertada. Morodo está haciendo una disquisición sobre el socialismo y Felipe le dice: «Eso es un juego de palabras». De esos tres, es el más pragmático, aunque también suelta alguna. ¿Se pudieron hacer las cosas mejor? Siempre se pueden hacer mejor, pero ¿cuánta gente había manifestándose en España en 1975, 1976, 1977? ¿Dos, tres millones? Eso es mucha gente, pero en España había muchísima más gente. Yo creo que las elecciones del setenta y siete reflejaron dos cosas: una fue el arrinconamiento de las posiciones más franquistas, y otra, que era inevitable un pacto con el posfranquismo de Suárez; que con el antifranquismo no se ganaban elecciones, una lección que para nosotros fue muy dura. ¿Fue la Transición injusta con quienes se habían sacrificado por conseguirla? Pues sí. Pero es lo que hay; fue lo que hubo.

Años ochenta: crisis del PCE, la OTAN, fundación de Izquierda Unida… ¿Cómo vives todo eso?

A finales del ochenta y uno o principios del ochenta y dos, ya no recuerdo, soy elegido miembro del Comité Central del PCE. Y en el ochenta y cinco paso de la dirección local de Gijón a la regional. Un período muy duro, tanto aquí como en Madrid, que fue la debacle del ochenta y dos, la dimisión de Carrillo, su sustitución por Gerardo, la tensión que condujo a que Carrillo fundara su propio partido… Y sí, la fundación de Izquierda Unida, cuya gestión en Asturias la hago yo. Antes había coordinado, y dirigido políticamente en gran medida, toda la campaña por el referéndum de la OTAN: organizar a las plataformas que se montan por Occidente, por Oriente… Son las dos cosas más significativas de ese período y las dos me salieron relativamente bien. Pero empecé a separarme de una cierta visión oficial; de la idea de mantenella y no enmendalla que empezó a prender en un partido muy cerrado a partir de los resultados del ochenta y dos. Uno de los análisis más recurrentes fue que los pactos del setenta y nueve nos habían llevado a fracasar en el ochenta y dos.

Los pactos municipales con el PSOE, entiendo.

Sí. No tenía nada que ver: simplemente sucedía que la formulación de políticas a la izquierda del PSOE era muy complicada, y si se hacía desde un nivel de sectarismo muy grande, llevaba a un gran aislamiento. Más tarde, llega toda la posición antieuropea de Anguita, el discurso de las dos orillas, etcétera, que es lo que termina de romper para mí los elementos clave de la izquierda en la que yo creía.

Formas parte de grupo de críticos con Anguita que fundan, primero, el Partido Democrático de la Nueva Izquierda, y finalmente se integran en el PSOE. Ese paso al PSOE, ¿lo motivó el anguitismo, o respondió a inquietudes que ya venían de antes?

Lo desencadenó fundamentalmente el anguitismo. Anguita se situó en una lógica con la que me encuentro muy enfrentado. Cuestionar Europa en una época en la que Europa era el salvavidas me parecía estar muy fuera del mundo, y produjo sectarismos y posiciones hiperideológicas. Es algo que hemos vuelto a ver en la última década, con todo el periplo que va del 15-M y la creación de Podemos, con un discurso muy antisocialista, a la asunción que vemos hoy, en la iniciativa que está montando Yolanda, de la idea de que una mayoría de izquierdas solamente es posible hacerla con el PSOE. Mira, otra cosa de los ochenta fue el 23-F. El PCE llamó a ocupar el Ayuntamiento, y fuimos a ello. Allí había concejales del PCE y del PSOE que, juntos, dijimos: «Aquí estamos». Todavía veo a Mazuelas, que era dirigente sindical de Comisiones de ENSIDESA, preparando la octavilla para llamar a la huelga al día siguiente; o veo a Manolo Antuña, de La Camocha. Todos los dirigentes sociales de la ciudad estaban allí. A mí me parece bien que todo el mundo mantenga sus perfiles, sus características. Pero tiene que haber una vocación unitaria a la hora de conformar programas con propuestas que respondan a los intereses de la mayoría. ¿Nueva Izquierda? Me pilló en Madrid. No tenía trabajo aquí y me había ido para allá; trabajaba de gestor sanitario, profesión a la que me incorporé en el año noventa o noventa y uno, en el Hospital de la Paz.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Fundáis Nueva Izquierda ya con el PSOE en mente?

No, lo del PSOE entra después. Nosotros, inicialmente, nos planteamos como corriente de Izquierda Unida, ni siquiera como partido, pero Izquierda Unida corta por lo sano y prácticamente nos expulsa. No hay un expediente neto de expulsión, pero nos echan, y entonces es cuando se plantea algún tipo de alianza con el PSOE. Yo, en principio, no lo tenía muy claro, pero el PSOE acabó convirtiéndose en la salida lógica. Si quieres trabajar por mejorar de forma significativa la sociedad y estás convencido, como yo lo estoy, de que cualquier mayoría de izquierda tiene que pasar claramente por el PSOE, lo más lógico es estar en él. Es legítimo pensar que sea mejor presionar al PSOE por la izquierda, pero a mí me parece más fuerte estar dentro, influir desde dentro. Me incorporé al PSOE creo que en el 2000, así que ya son veintidós años.

Y ¿te has sentido a gusto en el PSOE? ¿Has sido un militante, digamos, entusiasta, o lo has sido con la melancolía de pensar que ojalá las cosas en Izquierda Unida hubieran sido de otra manera?

Ha habido períodos en que me he sentido muy cómodo y períodos en los que no tanto, pero no he tenido grandes problemas. ¿Entusiasmo? Eso pertenece más a la primera militancia, a cuando eres joven, y más si eres un joven que, como yo, vive un período tan estimulante como el que va de finales de los sesenta a la muerte de Franco. Pero siempre he mantenido un determinado nivel de compromiso y he actuado cuando he sentido que tenía que actuar.

¿Cómo ha sido la relación con los socialistas pata negra? Otros excomunistas del PSOE hablan a veces del recelo que generaban en los socialdemócratas de primera hora, partícipes de una tradición que ha sido muy anticomunista.

Eso ha sucedido a veces, sí. Pero yo siempre me he movido con un sector más abierto. Me siento muy reconocido en muchas cosas de Tini [Areces]. Fíjate que yo había tenido con él la pelea de Perlora, pero luego me identifiqué mucho con su tirar para delante, con su idea de que lo que no puedes hacer es plantear recetas viejas para momentos nuevos, sino que tienes que adaptar tus políticas al momento en el que vives. Sin olvidar el pasado, por supuesto, pero mirando para delante. Yo no soy un forofo de la memoria histórica; no lo soy de que atraviese toda la política de izquierda.

¿Por qué?

Le veo mucho riesgo de convertirse en visiones muy parciales de la realidad. Estos días leía que en algún sitio, no sé si Castrillón, se ha hecho en el Ayuntamiento una propuesta de reconocimiento de las víctimas de la guerra y del franquismo que incluye a las, digamos, víctimas de la República. Me gustó. La política de reconciliación nacional que saca el PCE en el cincuenta y seis está dentro de esa percepción. Se entendía que las grandes víctimas de nuestra guerra habían sido, en lo político, todos los sectores de la República, pero en segundo o primer lugar, la población; la población en general, que sufrió situaciones demenciales de violencia, de represión política, de pobreza… Hace poco he estado unos días en Alemania, en Baviera concretamente. Visitamos unos paisajes preciosos y unas ciudades de cuento, pero también estuvimos en el memorial de Dachau y nos hacíamos la reflexión de que, sí, aquello era precioso, pero esto otro había ocurrido allí. El pueblo alemán si ha sabido ajustar cuentas con el pasado. La identidad de la nueva Alemania se fundamentó en la reconstrucción. No solo en la física, sino también en la moral; en una asunción colectiva tanto del sufrimiento padecido por todo el pueblo alemán como de responsabilidad en lo ocurrido que permitió mirar hacia delante. Aquí no hemos hecho eso. Cuarenta años de dictadura dificultaron que se hiciera con normalidad, claro. Pero no lo hemos sabido hacer. Hemos regresado a dos culturas del pasado basadas en dos memorias tan emocionales y tan diferentes que hacen muy difícil la cohesión.

Entre 2002 y 2008, diriges los Servicios Sociales en Gijón, en los que permaneces hasta 2009.

Desde que empecé a trabajar en la sanidad pública, siempre he entendido —no sé si es petulante decirlo— los servicios sociales como una especie de militancia. Los servicios sociales resuelven problemas de la población y lo hacen a muy corto plazo. Si tú tomas una decisión en ese campo, sus consecuencias se notan al día siguiente. Se pone una máquina nueva en un quirófano, y a la mañana siguiente operan con ella en ese quirófano. Implantas el salario social, y la gente empieza a cobrarlo mañana. Esa cuestión, al menos para mí, es muy estimulante; esa relación directa entre lo que haces en un despacho y lo que ocurre luego en la práctica. Es crucial que organismos tan importantes para la vida cotidiana y el bienestar de la gente estén bien engrasados y dirigidos. Yo me esforcé todo lo que pude, y me satisfizo mucho aquella etapa. Conocí la ciudad desde otro prisma. Muchas de las cuestiones ya las conocía, pero las conocí desde otro prisma. El otro día coincidí con un chaval al que había conocido en aquel momento porque era usuario del centro que había en Castiello para personas con discapacidad. Fíjate que ya han pasado más de quince años, pero este hombre, al verme, me dijo: «¡Adiós, señor Vallejo!». Son cosas que te emocionan.

¿De qué logros concretos te sientes más orgulloso en lo que respecta a esa etapa?

Sobre todo, de dos. Una fue la implantación del salario social, que no fue sencilla, pero cuando se consiguió, se hizo rápido y bastante bien. Partíamos de un sistema de ayuda a mujeres solas con cargas familiares que se había ideado con la dirección de María Antonia Fernández-Felgueroso; consistió un poco en ampliar eso a partir de las mismas ideas, y fue un proceso muy intenso. Nos permitió conocer mejor la ciudad; saber dónde estaban las carencias. Es verdad que aquel era un período con un nivel aceptable de empleo, lo que hacía que el alcance fuera menor que el que tiene ahora, y que también fuera más fácil sufragarlo. Por otro lado, también recuerdo con especial cariño algunas de las iniciativas referentes a la tercera edad; el apoyo y la relación con asociaciones de jubilados y pensionistas de los distintos barrios y, fundamentalmente, el tema de la ayuda a domicilio. El tema de las alarmas ya estaba funcionando, pero en ese período se incrementó de forma significativa. Tuvimos alguna que otra incomprensión con el tema de la ley de protección de datos, porque una cosa que hicimos fue enviar una carta a toda persona mayor de ochenta años que vivía sola o en compañía de otra mayor de setenta o setenta y cinco, no recuerdo bien, para preguntarles si querían alguno de los servicios que ofrecíamos. Pero es que había un porcentaje enorme de personas octogenarias que vivían solas, algo que se había ido multiplicando y que ha seguido haciéndolo hasta hoy. Yo estoy muy satisfecho de aquella etapa. Tuvimos concejalas que apretaban en la buena dirección. También alguna tensión, como en todo trabajo que recae en humanos.

¿Cómo ves a la izquierda hoy?

Me preocupa la fragmentación. Estamos en un momento de vocación por identidades cada vez más fragmentadas y en el que cada vez es más difícil articular un discurso global. Entiendo que la especificidad de muchas políticas es necesaria. La fragmentación es un problema, pero lo contrario, cerrarse en banda a la diversidad, negar necesidades porque afecten solo a una minoría, también lo es. Lo que creo que no debe suceder es que una identidad que recoge necesidades de un sector minoritario se convierta en el eje central de la política de izquierdas y eso acabe facilitando que todo cambie para que todo siga igual; un momento lampedusiano. Supongo que es en parte inevitable y tiene que ver con el momento del capitalismo: el otro día leía yo a Lassalle, que se preguntaba en qué capitalismo estábamos y cuál venía. El movimiento obrero histórico, el sueño del comunismo, el sueño del socialismo, extraía su fuerza del hecho de que estaban todos juntos ahí trabajando y generaban entre ellos unos lazos que facilitaban la movilización en pos de un objetivo muy sencillo, que era la emancipación de la clase trabajadora. Esas movilizaciones acababan siendo globales. Esta es otra cosa en la que pienso. El Primero de Mayo nace en Chicago; el Día de la Mujer, en Rusia. Hay una novela muy interesante de Kirmen Uribe que se titula Lo que mueve el mundo, que trata de los niños que salen del País Vasco para el exilio en 1937, y donde en un momento dado se menciona que en Amberes hay una calle dedicada a Ferrer i Guàrdia. ¿Qué hace un dirigente de la Semana Trágica de Barcelona de 1909 teniendo una calle en Amberes?

Había una conciencia de lucha internacional, de que las victorias que el movimiento obrero conseguía en cualquier parte del mundo afectaban al mundo entero, y un martirologio común.

Sí. ¿Por qué había manifestaciones sobre la guerra de España en la India?

Cuando se lee sobre la Güelgona de 1962, es muy emocionante leer sobre la solidaridad moral y económica que los mineros huelguistas recibían de sindicatos indonesios, kenianos…

Eso, en gran medida, se ha perdido. También ha sucedido otra cosa: una supuesta humanización de las grandes figuras que lo que ha acabado haciendo es anular su poder ejemplificante. No se trata de creer en santos como los que nos enseñaban a venerar en nuestra época infantil. No hay figuras incontrovertibles. Pero es importante tener héroes y admirar a gente que fue capaz de enfrentar situaciones de ilegalidad y de represión con una determinada honestidad; convertirla en un imaginario social. Yo, de adolescente, leía mucho el periódico. Mi padre lo compraba todos los días; yo siempre he visto periódicos en casa. Cuando empecé a trabajar podía hacer el trayecto desde mi casa en autobús o andando, pero prefería hacerlo andando y comprarme El Noticiero Universal. Tardaba más, pero tenía mi periódico. Bueno, tengo el recuerdo, no sé si distorsionado, de que había mucha más información internacional que ahora. Yo me sabía todos los nombres de los dirigentes africanos de la época, líderes de las luchas por la independencia: Nkrumah en Ghana, Sékou Touré en Guinea, Senghor en Senegal, Jomo Kenyatta en Kenia… Yo ahora leo las noticias sobre quién gana las elecciones en Uganda y me puedo enterar más o menos de la dinámica del país, pero ya no se te quedan los nombres.

Una reflexión interesante para terminar. Ha sido un placer, Manolo.

Muchas gracias, Pablo.

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