Socialistas por la gracia de dios: sobre el Reglamento de Laicidad

Uno de los pilares de cualquier institución democrática moderna debe ser la separación entre religión y gobernanza.

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Marcos Sandoval
Marcos Sandoval
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Hace escasos días la ley francesa de separación entre Iglesia y Estado cumplía 117 años. Poco después de este aniversario nos enterábamos de que el lado socialista del Ayuntamiento de Xixón volvía a dejar el Reglamento de Laicidad fuera de sus prioridades para este mandato. Perdonen el chascarrillo, pero más que franceses, se han hecho los suecos.

Quizás esto no sea una sorpresa para muchos. Al fin y al cabo, estamos hablando del PSOE-FSA, un partido que hace gala de una voluntad reformadora progresista líquida en la oposición y gaseosa en el ejecutivo. Pero no por menos sorprendente deja de ser una decepción, máxime cuando forma parte del acuerdo de gobierno que los socialistas mantienen con IU y es una reivindicación que Asturias Laica lleva ejerciendo desde su formación en 2010.

La decepción es aún mayor por incomprensible: hasta hace bien poco la postura de los de Monchu García estaba muy inclinada a dar, por fin, salida a este asunto. ¿Qué ha sucedido para justificar este volantazo? Si van a ceder ante las amenazas vacías con aroma a naftalina de la campaña basada en falsedades y medias verdades que puso en marcha la retrógrada Fundación Española de Abogados Cristianos, estaría bien saberlo.

Hay quien aún a estas alturas preguntará si no hay temas más urgentes sobre la mesa del consistorio. Claro que los hay, y se están tratando, pero el Reglamento de Laicidad no por menos urgente deja de ser importante. Los motivos son muchos y fáciles de entender.

Para empezar, uno de los pilares de cualquier institución democrática moderna debe ser la separación entre religión y gobernanza. La sociedad asturiana, y la gijonesa por extensión, es plural y diversa en todos sus aspectos, algo de lo que tenemos que sentirnos orgullosos. Las religiones organizadas, por el contrario, son excluyentes en su naturaleza: te dicen qué puedes o no puedes hacer, a quién puedes – o no – amar… y si formas parte de una, no puedes formar parte del resto. Está bien participar de ellas a título individual, pues a todas las personas nos ampara el derecho a la libertad de culto, pero cuando se celebran actos religiosos en calidad de cargo público se está negando esta diversidad.

“Si no les gusta el argumento ético, pueden recurrir al práctico: no podemos dispensar trato de favor a una confesión y no atender a las otras”

Si no les gusta el argumento ético, pueden recurrir al práctico: no podemos dispensar trato de favor a una confesión y no atender a las otras. Los principios de igualdad y justicia que rigen nuestro ordenamiento jurídico dicen que si destinamos tiempo y recursos a un determinado culto estamos abriendo la puerta a destinárselos a todos los demás. Esto es una peligrosa pendiente resbaladiza por la cual podrían irse el tiempo de nuestros representantes y el dinero de nuestras arcas, que necesitamos invertir en políticas para el bien común y no solo de los que recen a este u otro dios.

Así pues, parece de cajón que lo más sensato pasa por que las instituciones municipales adquieran una posición neutral, manifestada en sus Ordenanzas y Reglamentos, sin discriminaciones lesivas ni privilegios injustos.

Esta voluntad de gobernar Xixón desde el progresismo secular para todas las personas que lo habitan – sin excepciones – se destila en el Borrador del Reglamento de Laicidad. No se está hablando de limitar la libertad religiosa de nadie. Al contrario. Son cosas tan lógicas y normales como que, si se quiere celebrar un acto religioso en un edificio municipal, la agrupación que lo oficie tendrá que pagar lo mismo que cualquier entidad privada y quien acuda a ella deberá hacerlo como persona privada, no como cargo público. Igualdad de trato sin importar sus creencias.

Por estas y por muchas otras razones, ya va siendo hora de tener un Xixón laico. Porque lo religioso es personal y lo público es de todos. Así de simple. Tanto, que en el país de al lado lo entendieron ya hace más de un siglo.

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