Pasar página

La agresividad de las campañas contra el Gobierno de coalición nos ha obligado a defender posiciones que muchas veces no eran las nuestras.

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Silvia Cosio
Silvia Cosio
Fundadora de Suburbia Ediciones. Creadora del podcast Punto Ciego.

Quiero criticar al gobierno, en mí habita uno de esos ancianos de los Teleñecos que desde el palco del teatro ponían a caldo a todo quisque. Lo necesito. Es mi carácter. Conócete a ti misma, decía Sócrates, y yo tengo que reconocer que dentro de mí vive una repunante que grita en rebeldía. Pero no me dejan. Lo ponen imposible. No hay manera. Cuando no es jota es fandango. Cuando no es la derecha perdiendo los nervios a la mínima, son las autodenominadas referentes del feminismo español arrojadas en los brazos del pensamiento transexclusivo o los lilipardistas preocupadísimos por la pérdida de los valores de la izquierda tales como la familia tradicional, los roles de género, la patria y las vacaciones en el pueblo. Todo ello aliñado por unos medios de comunicación, especialmente los televisivos, que deben de utilizar el libro blanco de la deontología profesional para calzar la mesa que cojea en la oficina.

La aprobación en el Congreso de la llamada ley trans antes de Navidad ha servido para parar la ofensiva transexclusiva, salvo alguna pataleta el ruido de fondo ha parado y, aunque es evidente que la campaña de odio contra las personas trans y las alianzas peligrosas entre ciertas feministas con elementos de la (extrema) derecha, han dejado una profunda herida en el feminismo español, también es refrescante haber podido soltar lastre con una forma de entender el feminismo desde posicionamientos profundamente burgueses y eurocentristas que hacía tiempo que se habían mostrado ineficaces para dar respuesta a los desafíos de una realidad mucho más diversa y compleja de lo que aquel está dispuesto a reconocer. Es necesario poder salir de una vez de esta política de trincheras en la que nos han obligado a operar estos últimos tres años, reduciendo la mayoría de las cuestiones a posicionamientos básicos, a defensas sin matices y apresuradas de las políticas feministas del Gobierno, sometidas como están al escrutinio implacable de las fuerzas reaccionarias y objeto de todo tipo de campañas de acoso y manipulación. Esto nos ha colocado a muchas feministas en un lugar incómodo pues hemos tenido que salir a dar la cara por posicionamientos que no son exactamente los nuestros, bien porque recurren a perspectivas excesivamente punitivistas en el caso de la llamada ley del sí es si, bien porque se quedan cortos y no son capaces de trascender el binarismo, como en el caso de la ley trans que ha dejado fuera a les persones no binaries y que no nos han dejado poner el foco otros problemas igualmente graves, como el de poner en cuestión las medidas contra la violencia machista que se están mostrando, a la luz de los datos, ineficaces e insuficientes para salvar vidas.

“La aprobación en el Congreso de la llamada ley trans antes de Navidad ha servido para parar la ofensiva transexclusiva”

Estos ataques sin tregua ni sentido han sido la norma durante toda la legislatura y, aunque el Ministerio de Igualdad parece ser el blanco favorito de las derechas y la reacción, el resto del gobierno y ministerios no han salido mejor parados, tal vez quizás con dos excepciones: Trabajo e Interior. El Ministerio de Trabajo parece haberse beneficiado del carácter conciliador de la Ministra Díaz pero también de la evidencia de unos datos tozudos que, pese a los vaticinios apocalípticos, demuestran que las medidas tomadas por el Ministerio como los ERES durante la pandemia, la subida del salarío minimo o los cambios -mínimos- en la reforma laboral se han traducido en cifras de empleo y estabilidad muy difíciles de negar. En cuanto a Interior, con la Ley Mordaza a pleno rendimiento y las políticas migratorias de Marlaska, la derecha no tiene mucho margen de maniobra, pues las políticas de uno y otros son las mismas.

Aprobación de la Ley Trans. Foto: Fundación Triángulo

Al igual que el feminismo toda la izquierda parece prisionera de esta polaridad burda que no da pie a los matices. Es difícil poder expresar cualquier crítica legítima a las políticas gubernamentales sin que acabe siendo interpretada como una alineación con las posturas reaccionarias o que acabe contribuyendo involuntariamente a la algarabía en la que la derecha ha convertido la vida política e institucional. Lo vivimos durante la pandemia, cuando cualquier posicionamiento crítico a a las políticas y medidas del Gobierno era inmediatamente catalogado como “negacionista”, empobreciendo el debate pero también la propia democracia y la convivencia. Los cantos apocalípticos de la derecha con respecto a las medidas adoptadas para contener las consecuencias de la guerra en Ucrania y la inflación parecen cerrar la posibilidad de centrarse en el análisis exhaustivo y crítico de dichas medidas, en un eterno retorno de los posicionamientos de suma cero. Sin embargo es realmente importante y necesario centrar el debate entorno a la pertinencia y la efectividad de las medidas pues hay que volver a recuperar narrativas en defensa de la intervención del Estado en la economía y escapar de la estrategia defensiva para volver a traer al debate público las consecuencias de la aplicación ortodoxa e intergrista de las políticas neoliberales, el desmantelamiento del Estado de Bienestar, las secuelas de los recortes de la era Rajoy y la necesidad de impulsar políticas que controlen los precios y los desorbitados beneficios empresariales -los verdaderos causantes de la inflación- más justas y efectivas que los retoques en el IVA.

Irene Montero. Foto: Twitter de Irene Montero.

La actitud de las derechas, dispuestas a emborronar la discusión pública y a sustituirla por exageraciones y bulos, mutila la posibilidad de insistir, desde posicionamientos progresistas, en avanzar hacia políticas que realmente protejan a las clases desfavorecidas y no solo parches que nos permitan sortear -mucho mejor que nuestros socios europeos, todo hay que decirlo- los retos a los que nos enfrentamos. Con una derecha sumida en posicionamientos tan reaccionarios en lo político, lo económico y lo social se nos olvida que las últimas reformas en el Código Penal suponen un peligro para la protesta social y que la política migratoria de este gobierno está lejos de respetar los derechos humanos de las personas migrantes.

Pero una izquierda cautiva y amordazada es inútil e inoperante porque la complaciencia y el silencio son la tumba de los derechos sociales. La tarea es complicada pero es el momento de poner sordina a las provocaciones de la derecha y pasar página. Dejemos salir al repunante que llevamos dentro.

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