Extrabajadores de La Vega se suman a la defensa del recinto fabril: “Es una joya que se quieren cargar de un plumazo”

Javier Ordás, Víctor Treviño y Adolfo Vigón sienten, como ovetenses y exempleados, que "perder la fábrica es perder una parte de nuestra identidad"

Recomendados

Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

La inmensa mayoría de los ovetenses no han puesto jamás un pie en la Fábrica de La Vega. Pero hay otros-como Javier Ordás, Víctor Treviño o Adolfo Vigón-que han pasado varias décadas de su vida entre los muros del recinto. Ordás entró en el 72 en la Escuela de Aprendices y trabajó en la fábrica de armas, como su padre, hasta el 87. Treviño, también hijo de un trabajador, lo hizo entre 1976 y 2020; y Vigón entre el 1977 y el 2019. Ahora los tres forman parte de la plataforma Salvemos La Vega, un espacio crucial de su memoria personal, pero también de la memoria colectiva de la ciudad. Este sábado 28 saldrán a manifestarse contra el protocolo que contempla el derribo de una parte del que fue su lugar de trabajo durante años.

Ya jubilados los tres, recuerdan cómo la fábrica fue perdiendo trabajadores hasta su cierre definitivo. “En el año 77 éramos 800 y pico trabajadores y acabamos siendo poco más de 300”, cuenta Vigón, “entre la fábrica de Oviedo y Trubia éramos más de 2000 trabajadores, y cuando se fusionaron las dos en 2010 no llegaban a 500”. Fue en los 90, recuerda Treviño, cuando “se empezó a perder empleo con la mecanización: primero se jubiló a los de 65, luego a los de 62 y acabaron jubilando a los de 50”.

Los tres entraron a trabajar con apenas 20 años, con la dictadura franquista recién terminada y bajo la atenta vigilancia de sus padres, que eran veteranos en la empresa, y de los militares que dirigían la fábrica. “Era una empresa muy paternalista con una tradición, ya desde mediados del XIX, de que los hijos entrasen a trabajar con los padres”, explica Ordás, “y eso creaba una dependencia a la hora de hacer reivindicaciones pues, aparte de a tus jefes, tenías a tu padre diciéndote que no revolvieses mucho”.

FOTO: Iván G. Fernández

Formaron parte de la primera sección sindical que se montó en La Vega, por Comisiones Obreras: “El cambio era total respecto a la generación de nuestros padres. Había otra mentalidad, pues hasta entonces hablar de sindicatos estaba más que prohibido, era algo prácticamente clandestino. De hecho, las primeras elecciones sindicales ganaron por mayoría los independientes, que eran los antiguos del Sindicato Vertical”.

“Mi padre era sindicalista del Vertical”, cuenta Treviño, “y cuando se enteró de que iba en las listas por CCOO andaba arrancando los carteles para que no vieran que el hijo estaba en el sindicato de los rojos. Imagínate la bronca que tuve en casa…”

Con el paso de los años se fue normalizando la actividad sindical y los trabajadores obtuvieron pequeñas victorias. “Cuando entramos apenas había seguridad de ningún tipo”, cuenta Treviño. Pero la nueva generación aportó “una visión de la seguridad industrial, pues antes se perdieron muchas manos y muchos dedos en las presas por aplastamiento. Había carteles por la fábrica que decían: Los dedos no crecen en los árboles”, rememora Vigón. Aunque en un principio la dirección se resistió a implantar medidas de seguridad, pues suponía una merma de la producción, la presión sindical logró importantes avances en ese aspecto.

Tirar los muros de La Vega

“Se trata de salvar no solo el conjunto fabril”, señala Treviño, “sino también la zona residencial de los mandos y los chalets”. “No tienen ni idea del patrimonio industrial que hay ahí y no quieren respetarlo”, se indigna Vigón, “quieren meter hormigón y hormigón. Es una locura”.

Una de las naves que será derribada, explica Ordás, “fue construida por Sánchez del Río en los años 40 con el hormigón cerámico y modular que tenía patentado. Todo eso no lo tiene en cuenta el protocolo, igual que no tiene en cuenta el valor del conjunto. Desde el punto de vista del patrimonio industrial, es el mejor conservado de Asturias, y quizás de España. Tiene la fisonomía de una factoría de mediados del XIX, que en Oviedo supuso el inicio de la revolución industrial. Perder eso es perder una parte de nuestra identidad”.

Y continúa: “Era una ciudad dentro de la ciudad. Con economato, escuela, comedor, botiquín, imprenta, carpintería, viviendas…Un todo estructurado con sus avenidas. Una joya que se quieren cargar de un plumazo. Y no se trata solo del recinto de la fábrica, también del antiguo monasterio de Santa María, que a su vez está donde estuvo el palacio de Alfonso II El Casto. No se valora el gran potencial cultural, industrial y artística del lugar. Se prefiere construir casas, en definitiva, especulación”. “Son 120.000 metros cuadrados en el centro de la ciudad, es un terreno muy goloso”, apostilla Vigón.

¿Qué les gustaría que se hiciese con este espacio? “Por el momento tirar los muros, nada más”, responde Treviño, “que esté abierto y que la gente vea lo que hay y lo disfrute, porque media ciudad no conoce La Vega”. Para Ordás lo ideal sería crear un espacio que contenga “el patrimonio físico y oral que es parte de la historia de Oviedo. Que se tiren los muros y que se integre en la ciudad. Podría haber un centro de interpretación que recogiese todo: la historia industrial, de las monjas y el palacio de Alfonso II. Podría ser un espacio impresionante para Oviedo, pero no interesa darle la importancia que tiene”.

¿Son optimistas sobre el futuro de La Vega? Treviño, tajante, dice que “para nada”. Ordás quiere “pensar que sí, porque creo que se confiaron mucho pensando que no iba a haber contestación ciudadana. Está en nuestras manos. Los ciudadanos podemos frenar esto”.

Actualidad