En el adiós a David González

Halló un público fiel más allá de los focos convencionales, siempre atento, sincero y amistoso a quienes le apreciamos en cada uno de sus pasos.

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Manolo D. Abad
Manolo D. Abad
Es escritor y periodista.

Este 6 de febrero de 2023 decíamos adiós a David González, uno de los escritores asturianos más importantes y prolíficos de las últimas décadas, que fallecía a los 58 años – no como erróneamente se ha publicado 59, que hubiera cumplido en el mes de octubre – víctima de un demoledor cáncer de páncreas. Hacía solo unos días que había visto la luz su último trabajo, el poemario “La luz de la luciérnaga”, donde se atisbaban ya las sombras de la muerte y del hastío, como expresó en el poema que cierra el libro “La última palabra”: “ Cuando la vida/ se te pone en contra/,/ pensar en luchar contra ella/ no es más que otra de esas utopías/ solo la muerte/ tiene la última palabra./ Solo la muerte, repito,/ tiene la última palabra./ La palabra/ que cierre/ el último poema. / Fin”.

Era David González un poeta autodidacta, cuyas letras transitaban por el filo de la supervivencia, esa que se encuentra a un paso del abismo. Descarnado, real como la vida al cabo de la calle, lejos de los inofensivos jueguecillos poéticos de pusilánimes acomodados, dirigiendo desde sus pseudointelectuales torres de marfil exhibiciones vacuas de rimas y de paisajes inermes, sin medio atisbo de lo que es la existencia diaria, solo falsos colores para satisfacción anoréxica de su insatisfecho e impotente ego. En David se encontraba una verdad que disgustaba a quienes veneran las operaciones estéticas en forma de poemas, cuando lo que rezumaba en sus versos eran todas y cada una de las cicatrices que va dejando la vida y todas las zanjas que socavan los sentimientos en el corazón maltratado por el olvido y el silencio.

Su experiencia carcelaria le impulsó hacia el camino literario en esa travesía autodidacta que tantos otros han atravesado (pienso en el gran Edward Bunker) y que acaban por dibujar un retrato de esa maltratada palabra que es “autenticidad” y a la que él rindió honores. Y que tan poco gusta a los círculos de la supuesta “alta cultura”, con una poesía dura, contundente, real, muy alejada de amaneramientos formales, de vacuos juegos de palabras estéticos (o dermoestéticos) que tanto gustan a determinados caciques culturales-

Ninguneado como tantos otros en esta tierra de Asturias donde prima la pose, el compadreo, el peloteo más falso y vil, y el intercambio de favores entre los mediocres que oscurecen cada luz que osa alumbrar lejos de esas terribles sombras de mentira, David González halló un público fiel más allá de los focos convencionales, siempre atento, sincero y amistoso a quienes le apreciamos en cada uno de sus pasos y que hoy, aún compungidos por el dolor, le decimos, adiós.

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