Hermanos Campal, los últimos sastres de pueblo

Una sastrería en Nava persiste en la práctica de un oficio artesano en declive

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Una de las calles principales de Nava, por donde hasta hace unos años transcurría la autopista desde el centro de Asturias hacia Infiesto, Llanes o Santander. Ahora es casi una vía muerta en las tardes de invierno entresemana, desangelada y oscura, con bares y comercios vacíos. Entramos a uno de ellos guiados por el dandi, ensayista e historiador de la elegancia masculina Michel Suárez (Pola de Siero, 1971). Es una tienda de ropa de pueblo de ambiente vintage, que dirían los modernos, con moqueta granate y las paredes forradas de terciopelo verde aceituna. Pero no es a esto a lo que venimos. Suárez anda por aquí como por casa. Nos guía hasta detrás de la caja y abre una puerta en la esquina del fondo del local:

—Bienvenidos a la máquina del tiempo.

Lo que encontramos al otro lado es una estancia con suelo de baldosas, paredes blancas y ventanas enrejadas con vistas a un patio interior. Allí trabajan los gemelos Aurelio e Ignacio Campal-nacidos en Bimenes, hijos de un minero del Pozo Solvay- inclinados sobre unas mesas de madera lisa y reluciente, afanándose con sus vetustas máquinas de coser-“esta la usamos solo para remayar”– y pesados tijerones de acero. Para Míchel son simplemente “los maestros”.

FOTO: Iván G. Fernández

“A nuestro padre no le gustaba que fuéramos para la mina, porque de aquella enfermaba y era peligrosa”, cuenta Ignacio. Él les compró su primera máquina de coser para que aprendieran el oficio en el año 65, “cuando éramos críos”. Ahí sigue la máquina sobre una de las mesas del taller: “Hace ya más de cincuenta años que no se fabrican, pero hay uno en Oviedo que las arregla”.

“Aprendimos con un sastre de Bimenes, que entonces tenía tres o cuatro sastres por lo menos”, rememora Aurelio, “de aquella había en todos los sitios porque toda la ropa se hacía en sastrería, no como hoy día”. Una vez adquiridos los rudimentos del trabajo alquilaron este local en Nava, donde llevan trabajando desde 1976. Por entonces tenían competencia en el pueblo: “Había dos sastres, y alguno que venía de fuera los sábados, cuando había mercado”. Hoy no es que no tengan competencia en Nava, es que no la tienen en toda Asturias. “La lucha de las máquinas contra las oficios”, como la caracteriza Suárez, la van ganando de largo las primeras.

FOTO: Iván G. Fernández

“Radicalmente antieconómico”

“Aquí el trabajo ye muy manual”, explica Ignacio, “la máquina usesla para hacer la costura, porque nun tendría sentido hacerla a mano. La máquina en realidad ya usábase cuando empezamos, todo a mano tampoco era, pero usábase muy acompañada”. Prescindir de la máquina para hacer un trabajo manual y a medida conlleva tiempo: “El horario nuestro ye diferente de 8 horas, echamos más. Ye difícil de contabilizar, pero solemos estar aquí desde las 6 de la mañana”.

Hacer una chaqueta completa, por ejemplo, son sobre “40 y algo de horas”, estima Ignacio, mientras que en fábrica se despachan en pocos minutos. Michel me hace fijarme en el dobladillo de las solapas de una chaqueta: “En las prendas industriales, esto lleva un pegamento y, con un termofijado, se hace el pegado en cinco segundos. Ellos tardan tres horas en coserlo a mano. Es radicalmente antieconómico”. Y tal vez por eso sea tan bello y distinguido.

FOTO: Iván G. Fernández

Aunque tiene también su cuota de sufrimientos: el dolor de cuello por las largas horas encorvados sobre las telas, o los problemas de vista tras décadas cosiendo y enhebrando agujas. Pero se dedican a ello con gusto y un alto sentido del deber hacia sus creaciones: “A mí me han dicho en alguna ocasión que no pueden dormir si saben que hay una arruga o un dobladillo mal hecho en una de sus prendas”, dice Michel. Es casi devoción monástica por un oficio que se desempeña en silencio, solo interrumpido cuando un cliente entra a la tienda y, contrariados, tienen que dejar el trabajo para atenderlo: “Te fastidia que piquen”, reconocen, “porque ya estás en una marcha. Cuando estamos solos nos turnamos para salir una vez cada uno”.

Ahora casi nunca están solos. Además de Ignacio y de Aurelio, en otra de las mesas trabaja José Ignacio Campal, el hijo treintañero de Ignacio que, tras graduarse en Económicas, se metió al taller para continuar la tradición: “Porque ye lo de casa, sino no creo yo que hubiese llegado a esto. El trabajo ye desconocido para los de mi edad, y yo lo aprendí aquí, como antes, de mi padre”. No se libró de la bronca al bajar al taller, como cuenta su padre: “Bronca lo mismo del tío que del padre, porque ye un trabajo duro, esclavo y muy sacrificado para lo que te da”.

FOTO: Iván G. Fernández

También es parte fundamental del negocio Vidalina, la esposa de Ignacio, y su hija Mayra. Se ocupa, como ella dice, “de todo lo mundano, que alguien lo tiene que hacer. Ir al banco y todas esas cosas”. “Ella es el alma del taller”, confirma Michel, “la que se encarga de cobrar y ese tipo de cosas, porque a los maestros no les gusta tratar de dinero. Y es cierto que gran parte del peso de estos oficios recaía sobre la mujer”

“Esto es un reducto medieval”, continúa Suárez, “padre, madre, hijo, hija, tío…Muy pocos oficios hay en España en el que se tenga a un hijo aprendiendo en el taller. En sastrería, al menos, yo no conozco ningún caso así, con esta transmisión del saber entre generaciones”.

“Cuando vinieron los chinos”

“Antes”, este es un adverbio que aparece mucho en la conversación con los hermanos Campal, “en sastrería se trabajaba todo. Hoy en día, no. Viene gente de Oviedo, de La Pola, de La Felguera incluso”. Los encargos son sobre todo chaqués y trajes completos para bodas, “y alguno queda que trabaja de oficina y va de corbata, pero cada vez menos”. Aunque, puntualiza Michel, el paisanaje de la tienda es muy variado: “Puede venir por aquí un tratante de ganado con un fajo de billetes para hacerse un pantalón de mahón”.

Pasaron años difíciles, con una clientela menguante, pero en los últimos tiempos “subió un poco otra vez”. En cualquier caso, se trata de un negocio muy golpeado por lo que los Campal llaman “la llegada de los chinos” ¿Y a qué se refieren con eso? “Fue cuando todas las marcas empezaron a llevar la producción a China porque se hacía más barato”, explica Ignacio, “paezme que el golpe empezó cuando Zara, que fue la primera que empezó a hacer allí para traerlo aquí. Igual hai treinta años de eso, hacia el 90”.

FOTO: Iván G. Fernández

Es un modelo de producción a gran escala, totalmente mecanizada, con uso extensivo de mano de obra y materiales baratos: “Eso ye otro mundo, nada que ver con lo nuestro”, dice Aurelio. “Por ejemplo”, prosigue, “esos trajes son de tela sintética, que no tienen nada que ver con una lana como esta”, y me invita a tocar. “Esas telas pueden valer a 1 o 2 euros el metro, y estas, una buena, puede costar 95 o 100 euros. Y después los forros, la mano de obra…Igual pueden hacer un traje en una hora, muy guapamente. Ye otro mundo totalmente distinto”.

Eso se nota en el precio. En El Corte Inglés de Pola de Siero se puede comprar un traje completo por menos de 100 euros, mientras que uno confeccionado en el taller de los Campal puede andar cerca de los 1000. “Y la gente se queja, que sois unos ladrones y tal…ye que no da”, lamenta uno de los hermanos. “Pero es que esto es artesano”, defiende José Ignacio, “aquí viene el cliente y se le hace pa él na más”

¿Y hay clientes dispuestos a pagar el precio, o es un oficio irremediablemente condenado a la extinción? Los Campal no son tan pesimistas como parecía en un principio: “Pensábamos que iba al exterminio total, pero estos últimos años empezó a resurgir”, dice Ignacio. “A mí paezme que no va a la extinción, que siempre queda alguien que siga el tema”. “Para estar condenado a la extinción”, remata José Ignacio con sorna, “nosotros no salimos de aquí. Hay poca gente que lo pide, pero no hay nadie más que lo haga”. Un razonamiento impecable.

FOTO: Iván G. Fernández

El arte de ponerse un traje

Michel Suárez tiene alrededor de cien corbatas-“casi todas del rastro, de entre 1 y 3 euros”-y un libro con un título de 41 palabras: De re vestiaria: Defensa del saber hacer de los maestros sastres artesanos y el elogio del arte de vestirse para guía y disfrute de elegantes, seguidos de abundantes comentarios críticos sobre su decadencia en la era del narcisismo y las máscaras (Trea, 2023). Poco más que añadir.

“Tiras de un traje y te viene encima toda la condición humana. Es un espejo del mundo, porque vestirse es un acto cotidiano”, reflexiona. El ritmo de consumo actual impone “el querer algo rápido y barato, que se pueda sustituir. Pero esto es un proceso de coproducción, en la que entra mi relación con ellos y con mis trajes. Es una educación del gusto. El capitalismo nos vende todo como una experiencia, como una falsa experiencia, porque es una falsedad. No tienes ninguna experiencia, solo consumes. Venir aquí no tiene nada que ver, porque es fundamental la conversación”.

FOTO: Iván G. Fernández

Como es lógico, “aquí hay dinero, pero es lo menos importante, aunque no vamos a ser demagógicos: un obrero no puede pagar esto”. Dentro de los elevados precios, no obstante, la sastrería de los Campal es de las más económicas: “Les estoy agradecido, porque de no ser por ellos yo no podría haberme hecho ni un chaleco”. El coste, añade, puede quedar compensado por la calidad de la prenda: “La ropa, como todos los objetos, es un lugar de memoria, pero para que haya memoria tiene que haber durabilidad, que es una de las características de las sastrerías. Yo me sigo poniendo trajes de hace quince años, y espero que duren hasta los treinta”.

Para Suárez los hermanos Campal son sin duda “artistas, porque crean formas. El traje es belleza”. Eso se va perdiendo con “la proletarización de los artesanos”, que produce prendas intercambiables y de baja calidad, además de “un despilfarro atroz, que es devastador en términos ecológicos”. En su libro recoge multitud de referencias históricas y artísticas en torno al poderoso simbolismo de la ropa.

“He encontrado muchísimas cartas de fusilados que en su testamento se acuerdan de sus trajes: ¿por qué, en el último halo de tu existencia, te acuerdas de un traje? El mismo Ferrer i Guardia, antes de que le fusilasen, escribió una carta muy indignada quejándose de que no le dejaron cambiarse de traje para el fusilamiento”.

FOTO: Iván G. Fernández

O, por ejemplo, “durante el crack del 29: ves esas imágenes de la gente haciendo fila para una sopa, pero con una dignidad, y tan bien vestidos…Iban a mendigar un mendrugo de pan, sí, pero iban como el Gran Gatsby”.

Y más aún: “Hay referencias en Hannah Arendt, o en Joan Didion, que se preguntan qué hacer con los trajes de su marido o de su padre muerto. Ósip Mandelshtam está deportado en la URSS, y está aferrado a su abrigo, porque podía renunciar a todo menos a su abrigo. Y lo mismo Oscar Wilde, cuando estaba en la cárcel de Reading, que solo pensaba en su abrigo”.

Michel es algo más pesimista que sus maestros, y no oculta que ya está inquieto por si llegase el día de la extinción.

-Y no sé qué será de mí cuando no pueda hacerme un traje de estos.

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