La Vía Láctea tiene nombre ucraniano

Ucrania es una galaxia espiral dibujada por las rutas y las etnias que han cruzado su geografía e historia, y se resiste a los análisis simplistas y a las revisiones monolíticas propias de las propagandas bélicas.

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Luigi Carinci
Luigi Carinci
Cooperante durante una década, colaborador de organizaciones sociales y de la economía solidaria. Escribo a ratos sobre derechos humanos.

Los chumaky eran los comerciantes que desde el siglo XII llevaban la sal desde las costas del Mar Negro a Ucrania. Fueron el principal medio de transporte durante siglos y creadores de las rutas que en la actualidad son las principales arterias de conexión del país. Expertos navegadores utilizaban la Vía Láctea como referencia para sus travesías. Es tal su influencia en la cultura ucraniana que la traducción de la Vía Láctea es la ‘ruta de los Chumaky’ (Чумацький шлях).

Ucrania, de por sí, es una galaxia espiral dibujada por las rutas y las etnias que han cruzado su geografía e historia. Su evolución histórica, la antropología política y social del país se resiste a los análisis simplistas y a las revisiones monolíticas propias de las propagandas bélicas. Las fronteras son difusas.

Aún así, queda meridianamente claro que los Chumaky impregnaron el sentimiento nacional ucraniano y que su tenacidad, desarrollaron tácticas de defensa que fueron de inspiración para las artes marciales actuales, se refleja en los rostros de los ucranianos y las ucranianas bajo el asedio ruso.

Vimos esa tenacidad en abril de 2022 cuando bordeamos la frontera sur que separa Ucrania de Rumanía para acompañar un convoy de ayuda humanitaria proveniente de España y la hemos vuelto a ver ahora un año después.

Entonces, cuando la actual guerra ruso-ucraniana prácticamente acababa de empezar, había dos emergencias a resolver. Por un lado, garantizar un corredor seguro para la evacuación de los desplazados y, por otro,  aprovisionar de comida y medicamentos aquellos que se quedaban.

FOTO: Álex Zapico

La Unión Europea, más allá de los desmanes diplomáticos, cumplió con la acogida de los desplazados. Millones de ucranianos y ucranianas han encontrado refugio en los países de la UE de forma rápida y eficaz, a salvo de la guerra y de las bregas administrativas y legales. Muchos otros refugiados quisieran tener la misma suerte, sirios, afganos, subsaharianos. Lo que si se ha demostrado que los corredores seguros son viables y que la cooperación internacional puede regirse por la confianza en los países terceros, es cuestión de voluntad política.

Ahora, tras un año del comienzo de la invasión rusa en Ucrania hemos vuelto al país para conocer in situ las condiciones de vida de la población civil.

Lo primero que impacta es la fuerza y la resistencia de los descendientes de los Chumaky. Llevan tiempo organizados y se nota en la capacidad de respuesta a las necesidades de la población civil propias de un conflicto bélico.

En Kyiv, Kharkiv, Sloviansky o Zaporiyia hemos podido corroborar la solidez del pueblo del ‘granero de Europa’.

En el óblast de Zaporiyia, las continuas incursiones de las fuerzas armadas rusas han encontrado un digno adversario, dispuesto a resistir en los llamados ‘puntos de invencibilidad‘, los refugios puestos en pié por los voluntarios y las voluntarias.

En esta provincia, visitamos un pueblo a solo 5 kilómetros del frente duramente atacado por la artillería rusa (se omite el nombre de la localidad por cuestiones de seguridad). Con una población censada de 14.200 habitantes ahora no suma más de 1.500 vecinos.

Como en todo centro poblado, los voluntarios mantienen viva la esperanza de los vecinos que se han quedado, unos por ser demasiado mayores de edad por marcharse y otros por puro convencimiento y amor a la tierra.

En uno de los sótanos improvisados a refugios, quedamos sorprendido por la eficacia organizativa de este sistema de ‘invencibilidad’ diseñado por la resistencia civil autóctona. Los vecinos tienen acceso a comida caliente en un comedor montado con todo detalle, sirven cientos de comidas diarias.

FOTO: Álex Zapico

En otra sala hay duchas y lavadoras para limpiar la ropa. Incluso hay una habitación utilizada como cafetería-sala de estar donde poder informarse a través de la televisión fijada en una de las paredes o mediante la red wifi (el servicio de internet es uno de los orgullos patrios) y mientras tanto tomar un café caliente o un dulce típico de la Pascua ortodoxa.

Los vecinos se evaden consultando la pantalla de sus móviles, compartiendo el tiempo y charlando. Es inevitable comentar los daños del último bombardeo o las dolencias por la falta de descanso pero también hay espacio para hablar de la llamada mantenida con familiares y amigos de otras regiones o alegrarse por una nieta que ha encontrado trabajo en Kyiv poco después de haber terminado la carrera.

La artillería rusa suele atacar en las horas diurnas así que pasan gran parte del día en el refugio a la espera que llegue la noche para regresar a los sótanos de sus viviendas e intentar descansar.

Mientras hablamos con los voluntarios que nos enseñan un pozo de 42 metros de profundidad que han cavado para poder tener acceso al agua, llega al reparto de comida un grupo de mujeres mayores acompañadas por un hombre, también mayor, conductor del pequeño coche que les ha transportado hasta el edificio.

La coordinadora del refugio, trabajadora incansable y con una sonrisa a prueba de bombas, nos cuenta que vienen de la zona norte del pueblo, aún más cerca del frente. Que llegan al refugio cuando pueden mover el único coche a disposición para cargarlo de ayudas y volver al sótano que donde viven con 15 vecinos más.

FOTO: Álex Zapico

Los voluntarios han cargado el coche de comida, no queda espacio para los pasajeros. Proponemos a la coordinadora de acompañar las vecinas con nuestro coche hasta su refugio.

Ellas acceden. Subimos al coche, pasamos un punto de control de la milicia, una fabrica destrozada por los bombardeos y llegamos al edificio.

Nos invitan a bajar al sótano, las seguimos, se abre una puerta y luego otra, entramos en una habitación en la oscuridad más absoluta.

Encienden una pequeña lámpara de energía solar, entonces focalizamos algunos rostros de otras mujeres todavía más mayores sentadas cerca de una estufa.

Nos comentan que llevan ahí un año, desde el principio. Que hace unos días volvieron a golpear la fábrica cercana pero que esta última vez todas las ventanas del edificio saltaron por la onda expansiva de la deflagración. Que se han acostumbrado al silbido de los misiles y que aún así cuando deben ir a recoger la ayuda es una lotería. Hablan ruso mezclado al ucraniano. Son parte de la ruta de los Chumaky, parte de una tierra surcada por las guerras.

Resisten porque su historia es resistencia, pero a la vez su tragedia es la única verdad de todas las guerras.

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