Anita Sirgo: escenas de la lucha de clases en el valle del Nalón

Sabedora del papel que podía jugar como transmisora de un legado histórico, su última batalla fue la de la memoria obrera y democrática.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Sobre quién fue Anita Sirgo dice mucho que festejara su boda con Alfonso Braña, un minero comunista de la cuenca del Nalón, con los guardias civiles sitiando el lugar del banquete, en un intento por amedrentar a novios e invitados. “Sabíamos que estaban los guardias civiles escondidos por les tenaes y por todas partes, y en aquella época la gente tenía que tener miedo a la fuerza, pero no home no. Allí no marchó nadie. Hubo una juerga terrible: allí se cantaron cantares y se bailaron la conga, la raspa y de todo. Y todos diciendo: Hala, hijos de puta, seguid ahí guardados, seguid, aguantad ahí“. Era el año 1949, las cartillas de racionamiento seguían en vigor, la guerrilla antifranquista daba en los montes asturianos sus últimos coletazos, y Anita y Alfonso dos hijos de la clase trabajadora que había perdido la Guerra Civil, iniciaban una vida en común.

Anita había nacido en enero de 1930 en El Campurru de Lada, en la comarca del Nalón, en un hogar minero y campesino, sin baño, agua corriente, ni zapatos, pero como muchos más en aquella década, con una inquebrantable fe en el comunismo y el triunfo de la clase obrera. Una clase que en 1931 había echado abajo a la Monarquía, en 1934 había intentado sin éxito la revolución social y en 1936 había defendido con las armas a la República del Frente Popular, gobernando durante 15 meses una Asturias bombardeada por la aviación de Hitler y Mussolini, y progresivamente sitiada por el Ejército de Franco.

El final de la República en Asturias le pilla con siete años. La revancha de los ganadores se abate sobre su familia. Su madre es encarcelada y su padre se echa al monte. Ella y su hermano inician entonces un largo periplo que les lleva primero a Barcelona y luego a Andrín, Llanes, con unos tíos que trabajan en el campo. Allí viven hasta la liberación de su madre y el regreso a una casa vacía, saqueada por los falangistas locales en un acto más de venganza que de rapiña. Anita contaba que en la Transición, cuando se disolvió el Movimiento, descubrieron sus muebles, e incluso una muñeca de trapo, en los locales de la Falange en Lada.

Obligada desde niña a trabajar limpiado suelos, con un padre fugao al que sólo pudo ver una vez, cuando ya tenía 12 años, antes de su desaparición, se cree que asesinado en algún lugar del Oriente asturiano y arrojado a una fosa común – “Yo voy a todos los monolitos de memoria histórica que hay, porque mi padre puede estar debajo de cualquiera de ellos” – Anita conoció desde muy pronto las humillaciones en cada registro de la Guardia Civil a su casa, pero también el valor de la lucha, la solidaridad y la unidad. Va al monte a dar de comer a los guerrilleros y desde cría aprende quién es el amigo y quién el enemigo. Aprende también el camuflaje, los dobles fondos y a burlar a las partidas de la Guardia Civil que buscan, entre otros, a su tío Fidel. En 1948 es apresado y fusilado. Anita acaba de cumplir 18 años.

Carboneras del valle del Nalón. Foto: Valentín Vega.

En 1948 el Telón de Acero caía sobre una Europa dividida entre capitalismo y socialismo, y Alfonso y Anita se conocían en el bar Dionisio de Sama. Por esas fechas, las del Gobierno laborista en Gran Bretaña, el golpe de Praga o el atentado contra el comunista Palmiro Togliatti en Italia, Anita, ya con novio, estrenaba sus primeros zapatos: “Antes sólo andaba con alpargatas y con madreñes. Tenía un par de madreñes para bajar por aquellos caminos y abajo tenía otras limpias que limpiaba con ceniza de la cocina y a las que sacaba brillo”.

Langreo, 1951. Foto: Valentín Vega.

El periodo que discurre desde el final de la guerrilla, a principios de los años 50, hasta la primavera de 1962, sería de una profunda negrura para el antifranquismo. Aunque las emisiones de Radio Pirenaica y los ejemplares clandestinos de Mundo Obrero alimentaban la esperanza de una pronta caída del franquismo, la realidad era mucho menos alentadora. En diciembre de 1955 España ingresaba en la ONU dentro de un proceso de normalización de la dictadura, dentro y fuera del país. A pesar de puntuales fogonazos de protesta, la paz social reinaba en la España de Franco. Por eso el movimiento huelguístico iniciado en las cuencas mineras asturianas sería tan importante. Las huelgas del silencio romperían, paradójicamente, el silencio. Juntos, Anita y Alfonso participarían en 1962 en la primera gran movilización obrera desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Una huelga lo suficientemente larga y masiva como para que la dictadura tuviera que admitir públicamente su existencia, y que despertaría simpatías y solidaridad más allá de los tradicionales círculos antifranquistas.

Juntos, Anita y Alfonso participarían en 1962 en la primera gran movilización obrera desde el final de la Segunda Guerra Mundial

Más allá de la famosa historia de Anita y otras mujeres organizadas en piquetes, con palos para amenazar a los esquiroles, esparciendo maíz a sus pies para llamarles pites -gallinas-, y mandándolos otra vez de vuelta a casa, las huelgas del 62 demostrarían que el régimen y sus patronos no eran invencibles, y que en España estaba surgiendo, aunque fuera de manera lenta y subterránea, una nueva clase trabajadora capaz de organizarse, dar la batalla y en ocasiones ganarla. Algunos, como Anita y Alfonso venían de familias de izquierdas, derrotadas en la Guerra Civil, otros no tenían grandes antecedentes políticos o sí los tenían era en organizaciones católicas de base. Todos ellos confluirían en Comisiones Obreras, un movimiento nuevo, de carácter asambleario, que aglutinaba a los sectores más combativos de la clase trabajadora, y que eclosionaría en toda su potencia en la siguiente década.

Portada de Mundo Obrero sobre las huelgas del 62.

La victoria del 62, en la que el franquismo tuvo incluso que sentar a un ministro a negociar con una comisión obrera, no podía quedar impune. 1963 sería un nuevo año de conflictividad laboral en las minas de carbón, pero también de represión. Detenciones, despidos, torturas, cárcel y destierro. Siempre a cara descubierta, practicando lo que hoy llamaríamos desobediencia civil, Anita y otras mujeres de las cuencas mineras organizan acciones de solidaridad, recaudan dinero para las familias e incluso protagonizan un encierro en la Catedral de Oviedo. Tiene en ese momento 33 años.

Reunión de mujeres de despedidos.

Cada vez más conocida por su activismo, ella y su marido son detenidos y torturados por la Guardia Civil, que busca el paradero de Horacio Fernández Inguanzo y otros militantes que desde la clandestinidad dirigen el PCE en Asturias: “Me dio por decir que estaba embarazada cuando me estaban pegando. Era mentira, claro, pero se me ocurrió que a lo mejor eso los ablandaba. ¿Sabes qué me dijeron? «Un comunista menos»”.

Rememorando las humillaciones sufridas por las mujeres rojas en la postguerra, Anita y su compañera Tina Pérez son rapadas al cero. El hecho motiva una protesta de intelectuales demócratas que adquiere incluso repercusión internacional. El régimen trata de normalizarse en el exterior, pero la represión del 63 vuelve a recordar a los europeos que en España sobrevive una dictadura fascista contemporánea en su origen de la Alemania nazi y la Italia fascista.

Concentración en Bruselas en solidaridad con las huelgas de 1962.

Las palizas dejarán secuelas profundas. Pérez morirá dos años después por problemas de salud asociados a los malos tratos sufridos en comisaría, a Anita el paso por el cuartel le supondrá una pérdida de audición para el resto de su vida. También su marido sale desfigurado por los golpes y destrozado físicamente por dentro. Ninguno ha cantado y eso es motivo de orgullo, pero Alfonso, despedido de la mina, y apuntado en las listas negras de la patronal por rojo tendrá que sobrevivir con empleos precarios.

Anita Sirgo, histórica militante comunista y protagonista de las huelgas del 62. Foto: Pedro Timón.

Una concentración en Sama que acaba con la intervención de la policía da pie a otro de los momentos estelares de la vida de Sirgo, cuando lanza un zapato a un policía que trata de prenderla y se da a la fuga camino de un tren al exilio: “Luego me enteré de que mujer que detenían, mujer a la que le probaban mi zapato para ver si le encajaba. Lo llamaban el zapato de Cenicienta. Yo calzaba un 42, así que no le valía a nadie”. La historia daría pie a un cortometraje y a una canción de Dixebra, “A golpe de tacón”.

Exilio en París. Anita, su marido, su hija Etelvina y la hija de Tina, Blanca.

Exiliada en París con pasaporte falso, aprovecha el tiempo en Francia, refugiada en casa de compañeros del partido, para aprender a leer y escribir, ya que la guerra y la postguerra le habían privado de asistir a la escuela. En 1965, harta de vivir como una emigrante clandestina, alejada de su familia, regresa a España y tras cuatro meses en la cárcel provincial de Oviedo es liberada. Sigue participando en el partido y en los movimientos sociales que este impulsa, como el asociacionismo vecinal y el Movimiento Democrático de Mujeres. No se considera feminista, como las militantes más jóvenes del partido, pero sus valores y su estilo de vida no tienen nada que ver con el conservadurismo que dicta el régimen para las mujeres españolas. Tiene 45 años el día que muere Franco.

La Transición será para Anita un periodo agridulce. A la euforia por la recuperación de las libertades y la legalización del PCE seguirán los mediocres resultados electorales del partido y el dramático cisma de los comunistas asturianos en el Congreso de Perlora de 1978, una crisis que separa a amigos y camaradas que lo habían sido todo durante la clandestinidad. Dos años después llegará algo todavía más doloroso, la muerte de su marido Alfonso Braña en un accidente de tráfico, “el mi home”, como solía referirse a alguien que se había ido demasiado pronto, justo cuando la pareja podía empezar a vivir la vida con un poco más de tranquilidad. Tiene entonces 50 años.

Anita Sirgo y la socialista Ángeles Flórez “Maricuela”. Foto: David Aguilar Sánchez.

Activa siempre, ya fuera cocinando una fabada en la fiesta del PCE, en las movilizaciones contra el cierre de la minería, acompañando a las Marchas de la Dignidad, o participando en las campañas electorales de las izquierdas, Sirgo fue redescubierta tras el 15M por una nueva generación de militantes en busca de referentes históricos. Tanto el feminismo como el movimiento en defensa de la memoria democrática la convirtieron en un ícono transversal, por encima de organizaciones. Tiene 89 años cuando se termina por completo la minería de carbón en Asturias, el mismo 2019 en que se forma en España el primer gobierno con ministros comunistas desde la Guerra Civil.

Más allá de unas siglas a las que siempre se mantuvo fieles, las del PCE, IU y CCOO, Sirgo fue, sobre todo en el último tramo de su vida, un patrimonio de toda la izquierda social y política asturiana. Las muestras de cariño que hoy pueden verse en las redes sociales son prueba de ello. Sabedora del papel que podía jugar como transmisora de un legado histórico que consideraba injustamente tratado por el relato oficial del país, su última batalla fue la de la memoria obrera y democrática. Así se encargó de recordar las veces que hiciera falta, y donde fuera necesario, que la movilización popular y la lucha de clases, y no las élites franquistas, fueron los motores que impulsaron la democratización del país: “¡La democracia se trajo en la calle! Yo me pongo mala cuando oigo decir que la democracia la trajo Suárez. ¡Es mentira! ¡La democracia la trajo Horacio, y la trajimos las mujeres, y la trajo la gente luchando en la calle, y lo pagamos muy duro, porque lo pagamos muy duro, y estaban las cárceles llenas de maridos nuestros por luchar, y nos dieron palos, y nos cortaron el pelo, pero lo conseguimos!”. Su participación en 2013 junto a Vicente Gutiérrez Solís, Gerardo Iglesias y otros históricos antifranquistas en la llamada Querella Argentina fue una muestra más de este compromiso con el movimiento memorialístico.

Veteranos de las huelgas del 62. Foto: David Aguilar Sánchez

La máxima de que si la clase trabajadora cesaba sus lucha perdía todo lo conseguido sería otra de las ideas fuerza que Sirgo repetiría una y otra vez en sus abundantes homenajes, entrevistas e intervenciones públicas, siempre con una voz fuerte y un tono vehemente, reflejo de una pasión política que la acompañó toda su vida y que probablemente también dio sentido a ella. “Cuidao que vien una muy gorda” advertía en un homenaje celebrado en vísperas del 23J, las elecciones que derecha y ultraderecha estuvieron a punto de ganar. Este martes, cumpliendo con su última voluntad, una manifestación partirá a las 17h de la sede de CCOO en La Felguera acompañando su féretro hasta el Pozu Fondón.

* Las declaraciones de Sirgo son extractos de una larga entrevista del historiador y periodista Pablo Batalla. Puede leerse íntegra aquí.

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