Salvador Puig Antich: los ecos asturianos de una ejecución

En medio de una gran pasividad y de una fuerte represión, algunos grupos de izquierdas, tratarían de denunciar el caso, del que se cumple medio siglo.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Se cumple medio siglo de la ejecución a garrote vil del anarquista catalán Salvador Puig Antich. Criado en una familia barcelonesa de clase trabajadora, Puig Antich había sido cofundador en 1971 del Movimiento Ibérico de Liberación, un pequeño grupo armado que con sus atracos a sucursales bancarias financiaba luchas obreras en la Barcelona metropolitana y algunas publicaciones libertarias de la editorial clandestina “Mayo del 37”.

Detenido en una redada policial en el verano de 1973, el joven pagaría con su vida la venganza del franquismo por el asesinato del almirante Carrero Blanco, cometido por ETA en diciembre de ese año, estando ya Salvador en la cárcel a la espera de juicio. “ETA me ha matado” llegaría a decir a sus abogados y hermanas en una visita a la cárcel, consciente de que un Consejo de Guerra realizado bajo el efecto del atentado mortal al presidente del Gobierno no se resolvería de manera favorable para él, acusado de matar a un policía, Francisco Jesús Anguas, durante el tiroteo en el que fue detenido.

Portada del entierro del policía Francisco Jesús Anguas.

El 2 de marzo de 1974 Salvador Puig Antich sería ejecutado con garrote vil, el más cruel de los métodos de ejecución, el mismo día y a la misma hora que Heinz Chez, un delincuente común, condenado también a la pena capital para quitar carga política al caso del joven anarquista.

La pena de muerte a Salvador Puig Antich no levantaría la ola de movilización del Proceso de Burgos, en 1971, el Proceso 1001, a los sindicalistas de CCOO, en 1973, ni de los últimos fusilamientos de la dictadura, en septiembre de 1975, a militantes de ETA y del FRAP. Aunque el PCE, principal fuerza de la oposición, condenaría la ejecución del anarquista, el partido no pondría la energía de otras ocasiones para impulsar movilizaciones anti-represivas, y sin su concurso la respuesta antifranquista sería muy tenue.

Portada de El Caso.

El historiador Pau Casanellas, autor del libro, “Morir matando. El franquismo ante la práctica armada, 1968-1977”, señala que el MIL era un grupo “pequeño y desconocido fuera de los ambientes anarquistas”, y que eso pesaría en su contra desde el punto de vista de la solidaridad. “No participaba en los organismos unitarios de la oposición y su fama realmente llegaría a raíz del proceso a Puig Antich”, apunta Casanellas, que señala que las movilizaciones para salvar la vida del joven libertario no tendrían punto de comparación en Catalunya con las vividas en otros momentos de la lucha antifranquista.

Manifestación en Francia contra la ejecución a Puig Antich.

Si en Catalunya la movilización fue débil, en Asturies donde apenas nadie sabía del MIL, el activismo fue muy limitado. Sólo en la izquierda radical y el incipiente movimiento anarquista el caso Puig Antich tendría algún eco. El Movimiento Comunista, con implantación en toda la zona central, regaría de panfletos las principales localidades asturianas y llenaría de pintadas las paredes. Los dirigentes Miguel Rodríguez Muñoz, Javier Carnicero, Toño Rodríguez y Cheni Uría participarían en aquella acción para salvar la vida del militante libertario.

Boni Ortiz, militante gijonés de las Comunas Revolucionarias de Acción Socialista, recuerda aquellos días “con mucho miedo”: “Hacía poco había sido lo de Carrero y había mucha policía por todas partes. La Político Social estaba muy presente”. Pese a que “estábamos muy acojonados”, en Xixón se realizaron pintadas y “creo recordar que algún salto cortando el tráfico en Los Campos o en Cuatro Caminos”, señala Ortiz.

Fundada por el filósofo libertario José Luis García Rúa en CRAS, que encaraba su fase final y estaba a punto de disolverse, practicaban un comunismo libertario en el que unos tiraban más por lo comunista y otros más por lo libertario. A pesar de las dificultades que la clandestinidad imponía a la circulación de las ideas y los contactos políticos, Ortiz sí recuerda que en CRAS sabían de la existencia del MIL: “Teníamos referencias teóricas comunes enganchadas al operaismo italiano de los consejos obreros y todo el movimiento del otoño italiano del 69. Además de las herencias del anarquismo de la Guerra Civil y del rollo libertario en general”.

Propaganda de CRAS.

En un anarquismo asturiano que estaba comenzando a reorganizarse al margen de la desaparecida CNT estaba Alberto Rosón. Estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo/Uviéu, Rosón y otros militantes de los incipientes Grupos Autonómos, con presencia en varias facultades, optarían por pasar a la acción “ante la pasividad de los partidos de izquierdas”. Un grupo de autónomos llenarían la capital asturiana de pintadas contra la ejecución de Puig Antich y acusando de “asesina” a la dictadura. Aunque la acción se desarrollaría con éxito, Rosón tendría la mala suerte de que en Mieres también habían aparecido pintadas, luego supo que obra de un militante del Movimiento Comunista, y la policía se les atribuiría a él.

Cartel contra la ejecución de Puig Antich.

“La policía registró mi casa estado yo fuera. No encontraron propaganda ni nada que pudiera implicarme, pero se llevaron libros”. Hasta entonces no estaba fichado, pero a partir de ese momento decidió que lo más prudente para él y su familia era pasar a la clandestinidad. Llamó a su madre y le dijo que no iría a dormir ese día. Realmente la cosa iba a durar mucho más. “Lo de Puig Antich nos obligó a mi y a otro compañero a escondernos. Pasamos una temporada larga cambiando de ciudad, viviendo en Santander, Burgos y Madrid, en casas de gente que nos acogía” rememora Rosón, que poco tiempo más tarde participaría en la reconstrucción de la CNT asturiana.

Para Pau Casanellas el papel jugado por organizaciones armadas como el MIL, ETA o el FRAP en el final de la dictadura fue contradictorio: “Por un lado las acciones armadas provocaban una represión que dificultaba la actividad de la oposición antifranquista, pero también en algunos momentos ejercían de catalizador de la lucha contra la dictadura. Además, ejecuciones como la de Puig Antich generaron mucho rechazo social en Europa e impidieron la normalización internacional de la dictadura”. La combinación de oposición violenta y movimientos de masas pacíficos terminaría agravando la crisis de un régimen que llegados a 1974, hace ahora 50 años, se había convertido en un pesado lastre para la integración en el mercado europeo del empresariado español.

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