El Senado, la derecha y los váteres de cisternas pegañosas

Cuanto más sucio el lugar, más sucia la conducta.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

La derecha sufre el peor de los males. No es la depresión económica, ni la amenaza de la guerra, ni el terrorismo. Es peor que todo eso. Es que no gobierna. No hay España ni patria si no está bajo su mangoneo. Porque además la quieren para eso: para mangonearla. Odiaron a Felipe González como a pocos. No era un rojo, pero era invencible, siempre ocurría lo peor: no gobernaban. A Sánchez lo odian porque es desesperante. González era un fenómeno imbatible. Sánchez parece pequeño y parece siempre derrotado. Pero es como esos insectos que corretean pegados a la pared, a los que pisas y vuelven a salir corriendo, los pisas con más saña azotando el zócalo y siguen corriendo. La derecha es así, porque su infancia feliz fue el franquismo y nunca se sacudieron sus miasmas. Fuera del poder se siente agredida y expulsada. Cualquiera de nosotros usaría en situación crítica cualquier cosa como arma contra el agresor. Le lanzaríamos una grapadora, una lámpara o un diccionario. No importa la utilidad o inutilidad del objeto. De pronto, todos serían útiles y todos para lo mismo. Hasta el Senado acaba siendo útil, cuando se padece esa agresión de no poder mangonear. Ese Senado parásito. Cuando oigo la milonga de que «hay que hacer del Senado una verdadera cámara territorial», como en la cita apócrifa de Göring o Goebbels, le quito el seguro a mi pistola. El Senado solo sirve para que haya senadores, para que el que tiene el poder de hacer las listas electorales de su partido tenga más poder añadiendo listas para el Senado. Para la derecha todo es útil y todo para lo mismo. Cualquier trozo del estado sirve contra esos okupas que los arrancan de su infancia feliz.

No es la política la que está polarizada. Dejémonos de ecumenismos. Es la derecha la que está tan tensa que está fuera de la democracia. Es la derecha la que está tan a la derecha que, remedando a Reagan, está fuera del país. El lenguaje público se degradó hasta límites circenses. El personaje lumpen de Mendoza de la cripta embrujada dice que no importa cuál es su nombre, porque todo el mundo lo llama chorizo, rata, mierda, cagallón de tu padre «y otros epítetos cuya variedad y abundancia demuestran la inconmensurabilidad de la inventiva humana y el tesoro inagotable de nuestra lengua». Las derechas llevan toda la legislatura tanteando los límites del tesoro de nuestra lengua rugiendo en tertulias, titulares, manifestaciones o parlamento los insultos más desmedidos y chirriantes que les salen de las tripas bajas. Juntan bulos en tal cantidad y a tal velocidad, que parece que quisieran formar un suelo argumental a base de juntar muchos y apretarlos bien. Descendió su moralidad por debajo de los niveles de supervivencia ética. La efeméride del 11 M nos hizo recordar la infamia que se añadió a la tragedia: Aznar había dicho que, salvo el PP, todos eran de ETA; mientras sonaban los móviles dentro de las bolsas de los cadáveres, Aznar dio la orden de que la autoría fuera de ETA, porque así todos los demás eran culpables; no era ETA, pero convenía que fuera ETA, así que truñaron contra la exitosa instrucción del caso para que quedaran libres los asesinos y se acomodara el bulo de que era ETA y que Zapatero era culpable (nunca terroristas fueron de gobierno tan bien servidos); después hostigaron a las víctimas, por inútiles para sus afanes. Se les hizo el favor de llamar a todo esto «teoría de la conspiración», etiqueta que siempre pecó de piadosa. Todo sería pasado, si no persistieran en reafirmarse en tanta bajeza. Por lo mismo, Franco sigue sin ser pasado.

Ayuso y Queipo con un simpatizante. Foto: PP

El episodio de Ayuso sigue hundiendo las aguas éticas de la derecha en la inmundicia: Ayuso diagnosticó como terminales a 7291 personas (yo vi mal varias veces a mi padre; solo supe que era terminal cuando nos lo dijo un médico; en Madrid no hizo falta médico, y el diagnóstico fue colectivo: van a morir, así a ojo, yo diría que todos); se les negó el derecho a la medicina paliativa y se dejó que murieran arañando las paredes de desesperación (usted no puede abrir una tumba y jugar con los huesos; la ley protege la dignidad de los muertos; aquellos 7291 estaban aún vivos); mientras tanto se vistió de negro y fingió llorar por los muertos; mientras tanto repasaban ella y su pareja folletos de Maserati y buscaban muebles para piso y ático; mientras tanto su hermano se forraba con las mascarillas, su pareja se forraba aún más, robaba al fisco, enredaba con el grupo Quirón y el grupo Quirón recibía más dinero que nunca de nuestros bolsillos. Es solo una síntesis. Ahora MAR amenaza a periodistas y medios. Nadie debe sorprenderse de sus modales borrachuzos y macarras, porque siempre fue un macarra borrachuzo. Y porque Ayuso, con modales chonis ya había pedido un PP pandillero y callejero. Y ahora aprietan más la masa de bulos y usan el Senado como una piedra para inventarse investigaciones delirantes contra la mujer de Sánchez. Si alguien cree que esto es nuevo, que revisen las tácticas de Feijoo en Galicia, que revisen aquella fantasmada de que Anxo Quintana maltrataba a su mujer. Pongan en Google «Anxo Quintana maltrato» y verán que la película que están viendo es un remake.

Por supuesto, la indignidad destiñe. Los retretes de nuestra hostelería a veces dejan que desear, pero mejoraron. No hace tanto tiempo que en muchos sitios no te pedía el cuerpo ni tirar de la cisterna. No solo es que a veces la cisterna era una cuerda pegañosa amarillenta que anunciaba los peores augurios, sino que el tono y tufo del baño hacían de cualquier esfuerzo higiénico una extravagancia. Cuanto más sucio el lugar, más sucia la conducta. Cómo no se va a degradar el tono político cuando las derechas llevan a las instituciones las maneras de una pocilga y las convierten en estercoleros. Que destiña no quiere decir que nos iguale. Un editorial reciente de El País deploraba la macarrería de la derecha y su lenguaje, para inmediatamente lamentar el contrapunto de Óscar Puente. No es la primera vez que el grupo PRISA, queriendo fingir altura de miras y ya se sabe que no se tiene altura de miras si se es parcial, blanquea a la ultraderecha. En el primer confinamiento de la pandemia los ultras alcanzaron niveles de deslealtad y sabotaje desconocidos en Europa. La cadena SER se esforzaba en censurarlos con frases que pudieran ser simultáneamente aplicables a Vox y a Podemos, con el efecto obvio de blanquear a Vox. Porque Podemos no es el equivalente de Vox en la izquierda (¿a qué equivale el racismo, la homofobia y el machismo en la galaxia izquierdista?). Óscar Puente no es la contraparte del PP, hay que perdonar y blanquear mucho al PP para que Puente sea su equivalente sanchista.

Tomás Sánchez Santiago.

Son tiempos para que prendan en la gente la ansiedad y la ira. La ansiedad surge por factores que no están bajo tu control. La ansiedad induce desasosiego, pero también precaución, reflexión y evitación del conflicto. La ira induce aproximación al conflicto, se produce por factores que crees controlables y anula la reflexión y la prudencia. Cuando las cosas van mal, y a mucha gente le van mal, la ansiedad se convierte en ira si consigues hacer creer a la gente que los factores están bajo su control y son identificables, si les das al malo. Lo más fácil es transferir la ansiedad a su identidad simbólica: lo que te pasa es que eres lo prohibido: español, blanco, heterosexual, varón. Y desplazar las causas de la desazón a una amenaza a esa identidad: inmigrantes, negros, maricas, feministas. Así la ansiedad se hace ira y el humilde odia y culpa a otros humildes, mientras las oligarquías agitan el hielo de su copa y sus perros de ultraderecha lamen las migajas, como buenos gandules. Es lo que estamos viendo estos días. En POEX Tomás Sánchez Santiago leyó un poema que incluye estos versos: «[…] hay hombres que // conversan, dicen // palabras tirantes, con peligro asomado // por las barandillas de sus sílabas. // Dicen «negros», // dicen «moros» y luego, encabritado ya // el lenguaje que los demás clientes dan // de paso, caen afirmaciones que encienden // como fósforos secos —a la primera— otros rostros // agitados por la desazón». Lo más sombrío del poema había quedado atrás, en el título: «Viene otro tiempo».

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