Un lugar llamado Occidente

Si Asturias fuese una gaita recostada sobre la costa frente al Cantábrico, el roncón apuntaría a Cantabria y el fuelle, el butietso, sería todo el occidente.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

La braña del Campel se asoma al precipicio desde un promontorio que parece una enorme teta verde, una teta de un verde casi nuclear. Alguien, hace mucho tiempo, decidió sembrar cabañas y muros entre el pasto y el resultado es una especie de tablero de algún juego de mesa para que las vacas se muevan entre pizarras y cuarcitas.

El occidente comienza mucho antes, en la línea que marca el curso del Narcea, desde donde la geología abandona bruscamente las calizas que aún afloran impetuosas en las Ubiñas, Babia y Somiedo. Cruzando en Cornellana el que antes de esquilmarlo fuera tan generoso río salmonero y trepando a La Espina, uno ya percibe que cambia el pelaje del territorio, pero es en los montes de Allande donde se aprecia con más vigor ese intrigante poderío de un occidente que se sabe dónde empieza pero al que cuesta mucho marcarle un límite hacia poniente. Hablamos de la comarca vaqueira de Valdés y Tinéu, del Valledor, de los Oscos y de todo ese pegote de concejos que engordan la maza de Asturias. Porque si Asturias fuese una gaita recostada sobre la costa frente al Cantábrico, el roncón apuntaría a Cantabria y el fuelle, el butietso, sería todo el occidente.

Río Narcea.

Pero el occidente no termina en el Navia ni tampoco en el Eo, el occidente se esparce hasta al menos A Fonsagrada, entrando en esas tierras altas de Galicia, y hacia el sur hasta Ancares, los montes de Cervantes, Courel y el alto Sil leonés. Incluso, si estiramos un poco la goma, hasta Cabrera y La Carbayeda, ya en Zamora. Existen lazos paisajísticos, naturales y culturales que cosen esta colección de comarcas con nombres tan sonoros. Toda esa porción de territorio es también una frontera: más a occidente, solo quedan Portugal y la Galicia profunda, el más allá durante tantos años, el Finisterre. Las fronteras tienen su aquel: tierras inhóspitas pero con mucho magnetismo, como esas tascas oscuras que aún usan serrín a las que no podemos evitar entrar.

No lejos de la braña del Campel está la Fana da Freita, un espectacular hachazo a la montaña por la que se cruza el puerto del Palo. Los romanos estuvieron rascando oro de estas laderas -Montefurao da fe de ello- usando el mismo método que en Las Médulas, la ruina montium. Horadaban la tierra con profundas galerías verticales -bueno, la horadaban los curritos, eso no ha cambiado- por las que luego introducían enormes cantidades de agua en cascada que llevaban por canales en un prodigioso trabajo de ingeniería hidráulica. Producido el derrumbe, filtraban los sedimentos en cedazos tejidos con ramas de brezos.

Brezos, carqueixas y escobas. Foto de Ernesto Díaz.

Y es que, además de pizarras, cuarcitas y agua, en el occidente hay brezo, muchísimo brezo. De las raíces de ericas y callunas -los nombres genéricos en latín de las especies de brezo son así de bonitos- que tienen un altísimo poder calorífico y una combustión lenta, se obtenía buena parte del poder de las fraguas en las ferrerías. Agua, brezos, fuego y hierro: más madera, más elementos primitivos por los que sentimos fijación. Por supuesto, sobre esas enormes extensiones de brezal que hoy contemplamos, antes hubo bosques. Los romanos, la industria del hierro y el uso del fuego y el hacha para crear espacios abiertos en los que desarrollar la actividad agrícola y ganadera dieron buena cuenta de ellos.

El aislamiento siempre ha sido -sigue siendo- tema recurrente cuando hablamos del occidente. Desplazarse a estos territorios desde casi cualquier punto del resto de España no siempre ha resultado fácil. Es muy conocido el viaje de Alfonso XIII con el doctor Marañón a Las Hurdes en 1922, con auténtico aire de expedición a lo desconocido, pero no gozaron de tanta repercusión otras comarcas en casi idéntico estado y con las mismas problemáticas, como es el caso de Ibias, o de Cabrera, adonde viajó Ramón Carnicer para escribir una maravilla de libro, ‘Donde Las Hurdes se llaman Cabrera’.

Las montañas. Cangas del Narcea. Foto de Ernesto Díaz.

Algunas comunicaciones y el intercambio con el exterior se incrementaron cuando comenzamos a explotar el carbón en las cuencas del Narcea, del Sil y del Bierzo, donde la actividad minera y la construcción y funcionamiento de las centrales térmicas de Soto de la Barca en Asturias, y de Anllares y Compostilla en León, generó una enorme demanda de trabajadores. Sirvan como ejemplo los casos de Ponferrada, donde en 1950 casi el sesenta por ciento de la población había nacido fuera del municipio, o de Villablino y Villaseca de Laciana, localidades en las que se estableció una importante comunidad de trabajadores venidos muchos con sus familias incluso de Portugal y Cabo Verde. Esta actividad llevó también una lluvia de pasta: Ponferrada era conocida como la ciudad del dólar -en 2018 se celebró con ese título una exposición en la capital berciana rememorando aquella época de esplendor económico-; y Degaña, un minúsculo concejo en el extremo suroccidental asturiano, fue durante muchos años el municipio con mayor renta per capita regional.

Con excepción de episodios como el de la minería -que mantiene una actividad muy lesiva ligada a la explotación de pizarras en Valdeorras y Courel, en Galicia, y Cabrera- las comarcas occidentales han compartido ese halo de aislamiento al que contribuyeron decisiones como el cierre de la línea férrea que unía Ponferrada y Villablino, hoy en proyecto de rehabilitación gracias al apoyo de fondos del Instituto para la Transición Justa.

Junto a la expresión de la España Vaciada, hoy puja otra: zonas de sacrificio. No me atrae demasiado esta descripción, pero si echamos un vistazo objetivo, a estas comarcas las hemos sacado hasta el túetano. Embalses, minería, deforestación -y reforestación durante el franquismo con fines de aprovechamiento maderero-, explotación cinegética y un furtivismo galopante durante años… El occidente ha sobrevivido por la insistencia de una naturaleza tenaz, no por los cuidados que le hayamos deparado. Hoy, con un despoblamiento que bate todos los registros a nivel europeo, seguimos exprimiendo lo que esas tierras tienen, y aunque de su barriga mineral ya apenas se extraen recursos, tomamos el viento. La industria renovable ha puesto sus ojos en estas apartadas lejanías para instalar complejos eólicos, no pocos con un impacto ambiental muy elevado. No puedo resistirme a citar el entorno de esa bucólica braña del Campel: uno de los primeros parques eólicos de Asturias, el de Los Lagos, en Allande, se instaló en área de distribución de urogallos y de osos. Tenemos el reto, pero sobre todo la obligación, de mimar al occidente; hemos cometido demasiados agravios y cada iniciativa que tomemos en esta necesaria nueva forma de explotar los recursos ha de ser realmente verde -activemos las alertas con el greenwashing– y justa.

Cortín, en el Valledor (Allande). Foto de Ernesto Díaz.

En Tsaciana, el alto Sil, llaman gabuzo a la rama seca de brezo que antiguamente servía para elaborar un efímero candil con el que alumbrarse en la noche. De las ramas de esos gabuzos brotan en estos días de abril las flores brezunas que tiñen de lila los montes del occidente, ambrosía para las abejas. Esos mieles de brezo -sí, el miel es masculino en estas tierras- los elaboraban las abejas en trúebanos que se instalaban en cortinosalbares y alvarizas en Galicia-, fortines de piedra en seco para defender los colmenares de los osos, unas construcciones únicas en el mundo, hoy en desuso, y que tienen en esa encrucijada entre Asturias, León y Galicia su hotspot de abundancia y diversidad de tipologías.

En los ochenta la empresa Intercar, filial del emporio ALSA, operaba la línea regular que unía Cangas del Narcea con Madrid en aquellos autobuses Pegaso que algunos llamaban de dos pisos, aunque en realidad eran de piso y medio. El logotipo de la empresa era un urogallo. Cuando el autocar enfilaba el morro en el alto del Manzanal, dejando atrás las arcillas de La Maragatería leonesa y asomando en el horizonte las soberbias cumbres de la sierra de Gistredo, ya olía a occidente, ya olía a pizarras, a brezales, a un viento que sopla desde el Atlántico, a cuarcitas, a un país del que casi han desaparecido los urogallos que lucían aquellos autobuses pero que tiene una potencia salvaje que solo se puede apreciar en los lugares más remotos del planeta.

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