Queipo en la encrucijada

El líder de la derecha se enfrenta a tres posibles escenarios con respecto a la oficialidad del asturiano.

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Nicolás Bardio
Nicolás Bardio
Es politólogo, escritor y creador de juegos de rol.

El debate sobre la oficialidad del asturiano en Asturias no solo es un tema lingüístico y cultural, sino también un desafío estratégico de primer orden para el Partido Popular asturiano. El presidente del Principado, Adrián Barbón, ha propuesto someter a votación la reforma del estatuto para declarar la cooficialidad del asturiano, y la postura que adopte el PP será crucial no solo para el futuro del idioma, sino también para el panorama político asturiano y sus propias expectativas de hacerse algún día con el gobierno.

La derecha no puede ganar sólo con sus votantes las elecciones; y es algo que Queipo no ignora. No hay que olvidar que fue hablando de “Asturias como país” y con constantes guiños al asturianismo como se hizo con la victoria electoral el Foro de Francisco Álvarez-Cascos en 2011; en un crecimiento espectacular que rebasó las propias bases electorales del PP, el llamado “voto cautivo” o, dicho de otra forma, los que van a votar al PP indistintamente de si el candidato es Canga, Cherines, Díaz o Queipo.

Los votantes asturianos premian el asturianismo y castigan el sucursalismo. Pasó en 2011 cuando Cascos venció a Javier Fernández; pero pasó también en 2015 cuando Podemos irrumpió con 9 escaños hablando de asturianía y oficialidad mientras Javier Fernández conseguía la cifra más baja del PSOE en unas autonómicas hablando, principalmente, de Cataluña.

Los votantes asturianos premian el asturianismo y castigan el sucursalismo

Lejos de corregirse, esta tendencia, es algo que se va acentuando con el tiempo. Tiene lógica, si examinamos cómo los complejos identitarios y lingüísticos van desvaneciéndose poco a poco a medida que se produce el relevo generacional. A los que nacimos después de la fundación de la Academia de la Llingua (1980), del estatuto de autonomía (1981) o del comienzo de la escolarización del asturiano (1984) nos entra la risa floja cada vez que sale algún dinosaurio en prensa diciendo que “el asturiano no existe”, que “nadie lo habla” o que “es un invento”; argumentos que en los 80 tuvieron mucho recorrido entre las personas educadas durante el franquismo y analfabetas en su propio idioma. Al propio Queipo, por edad y por las declaraciones que le hemos visto hacer, le debe de pasar lo mismo que nos pasa a los millennials y les pasa a los jóvenes.

Queipo, Feijóo y Canteli. Foto: Iván G. Fernández

Como decía, los votantes – y especialmente los que decantan la balanza – son cada vez más asturianistas, menos acomplejados y castigan más el sucursalismo. El mayor ejemplo de esto, lo tenemos en las pasadas elecciones autonómicas asturianas. En ellas, con una debacle generalizada del PSOE en toda España que las generales de julio sólo consiguieron remontar parcialmente – aunque no pudo gobernar, Feijóo sacó más votos que Sánchez – en Asturies la FSA-PSOE siguió siendo primera fuerza. Las causas no se le escapan a nadie: La defensa firme y sin complejos de Asturies, de su bandera, de sus lenguas (usadas en vallas, cuñas y carteles) y de su autogobierno fueron temas de campaña clave para el PSOE. El voto asturianista apuntaló el gobierno de Barbón en una de las coyunturas más negativas que tuvo nunca la izquierda asturiana. Y quiero insistir en este punto. No fue la coyuntura, no fue la suerte, no fueron las rentas: Fue el compromiso sólido con los valores asturianos de nuestro Presidente Adrián Barbón. No fue que Asturies “sea más de izquierda que España” (que sí, que lo es), sino que resistió a una marea de derechas gracias al asturianismo. ¿La prueba definitiva? Cuando unos meses después el PSOE se recuperaba tímidamente en el resto de España respecto de las autonómicas, aquí empeoraba los resultados. La FSA asturianista ganó las autonómicas, el PSOE no ganó las generales en Asturies el mismo año y en una coyuntura ligeramente mejor.

La centralidad de la oficialidad y el dilema de Queipo

Queipo sabe que el voto asturianista le puede dar la victoria electoral (y por eso ha hecho las declaraciones que ha venido haciendo). Sabe también que el tema de la oficialidad es, a día de hoy, determinante para conseguir ese voto. Esto no es 1998 donde podían arañarse unos pocos miles de votos hablando de “uso y promoción”. En aquel entonces aún era creíble que hubiese una igualdad o unos derechos básicos para los hablantes de asturiano fuera de la oficialidad. Hoy ya sabemos que no lo hay. El asturianismo, heterogéneo él en casi todo, ha madurado mucho y en la cuestión de la oficialidad lo tiene claro y actúa“a bloque”. Y eso también lo sabe Queipo: no va a haber victoria electoral del PP que no pase por un apoyo a la oficialidad como pasó en Galicia.

Adrián Barbón. Foto: FSA

No obstante, esto no va de ganar las elecciones, sino de gobernar. La ecuación para él es más compleja de lo que parece, porque además de aspirar a conseguir esa mayoría social por su flanco izquierdo, compite con la extrema derecha por el derecho. El resto de partidos políticos democráticos asturianos no tienen prácticamente fugas electorales o “vasos comunicantes” con esa formación. Además, fuga de votos al margen, el PP los necesita para una hipotética mayoría de gobierno. ¿Qué hacer? ¿Buscar los votos del asturianismo de centro a costa de dificultar un posible pacto en el futuro? ¿Resignarse a no crecer por la izquierda para que el voto útil esperable haga que Vox se reduzca aún más? Este va a ser un mes de encargar encuestas en

Los escenarios

Escenario 1: Oponerse a la oficialidad: La opción en la que parecen ser la “opción por defecto” y en la que llevan instalados desde que en tiempos de Gabino defendiesen la oficialidad para nunca más volver a hacerlo: Votar no o abstención a la propuesta de reforma. Una opción que busca sobre todo contener las posibles fugas de voto hacia la extrema derecha. En esta alternativa se fiaría el posible crecimiento y la posible victoria a un desgaste del PSOE. Alejaría al PP del centro, de la constitución y de las posturas que tienen en otras comunidades autónomas y que su líder nacional define como “bilingüismo cordial”. También lo alejaría – y quizás sea lo más preocupante para el PP – del electorado más joven a quien le cuesta entender (también a los conservadores) esta oposición a una idea tan (neo)liberal como la de que “cada uno use la lengua le que dé la gana”.
El problema de esta posición es que cortaría de cuajo las posibilidades de que el PP pueda crecer más allá de lo que los “vientos nacionales” lo puedan empujar y dificultaría la absorción de una buena parte del electorado de Foro o de disputar electorado al PSOE; dos cosas fundamentales para el PP si en algún momento pretende ganar.

Escenario 2: Apoyar la oficialidad: La opción más lógica y coherente con la que ha sido la trayectoria del PP en el resto de comunidades autónomas. Apoyar la oficialidad tal y como manda la Constitución y participar activamente en la negociación de su implementación y la política lingüística consiguiente. Esta opción les da pie a conseguir muchos votos de centro, a atraer para sí al espacio electoral que representa Foro (y que de haber tenido consigo les habría hecho ganar un escaño en el centro y otro en el oriente) y que en la última elección recogió la FSA-PSOE. Además de contribuir a darles una imagen de gobernabilidad, altura de miras y presidenciabilidad; cosa que hoy por hoy no tienen por más que lo intenten (es importante recordar que Queipo intentó hacer una “ronda de contactos” con alcaldes asturianos en esta línea).

Es cierto que esta opción puede hacerles perder electores por la derecha que se vayan a las filas de Vox. Cabe esperar aquí que los estrategas del PP deberán identificar si el factor del odio al asturiano es el que determina el voto entre ambas formaciones o si por el contrario son otros elementos como el racismo, el medio rural los que hacen decantarse a estos electores por esta formación.

Escenario 3: La cuadratura del círculo: La tercera opción y también la más difícil de conseguir es a su vez la mejor de todas para el PP. Consistiría en aprobar la oficialidad (con lo que habría las ventajas del escenario 2), pero, al mismo tiempo, introducir una serie de “medidas de salvaguarda” (con lo que no habría fuga hacia otras opciones). Si el PP no pacta la oficialidad en esta legislatura, no habrá oficialidad esta legislatura, tal vez tampoco no en la que viene. Pero la “sombra de la oficialidad” va a estar siempre ahí. Ni es algo nuevo (lleva en la agenda política desde antes de la autonomía), ni parece que la izquierda tenga la más mínima intención de quitarla de su programa (ni una sola enmienda contraria a ella en el último congreso de la FSA), ni va a menos (actualmente la mayoría del parlamento es favorable a ella). Además, en política los ciclos son cada vez más cortos. Las cosas dan muchas vueltas y tal vez en 2027 ó en 2031 vuelva a haber 27 escaños de la izquierda como los hubo ya en 2015 y en ese momento se apruebe una oficialidad que no guste nada al PP. Frente a esta posibilidad, el PP puede optar por hacer valer su minoría de bloqueo actual, imponer sus términos en el modelo de oficialidad y garantizarse que el debate se cierra de una vez por todas y que en 2027 ó 2031 no vaya a salir otro modelo que no les guste. En esta línea, ya han hablado de cómo les preocupa la “obligatoriedad” que ciertos modelos establecen. Si consiguen cerrar, por ejemplo, una oficialidad en la que el asturiano no sea requisito sino mérito en la administración, o en la que los padres elijan libremente la lengua curricular de sus hijos, podrían tal vez beneficiarse de los puntos positivos de ambas opciones.

En todo caso, del voto a favor o de la abstención o voto negativo (ambas opciones son lo mismo en este caso) dependerá no sólo la oficialidad, sino en gran medida las posibilidades de la derecha de hacerse con el gobierno y la reconfiguración del mapa de partidos.

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