¿Fascismo o extrema derecha? Una aclaración

Un recorrido histórico por un concepto político persistente.

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Javier Ugarte Pérez
Javier Ugarte Pérez
Es filósofo, autor, entre otros libros, de "Placer que nunca muere: sobre la regulación del homoerotismo en Occidente" y "Competencia o cooperación".

¿Qué es el fascismo?

La editorial Metaxis acaba de publicar un libro interesante sobre el asunto. En mi opinión, el fascismo es un movimiento político que hunde sus raíces en el Antiguo Régimen, por lo que se identifica con valores propios de la Edad Moderna. El periodo se caracterizó por las monarquías absolutas, que lo mismo consintieron psicópatas como Enrique VIII de Inglaterra que monarcas ilustrados como Carlos III de España. Anclar el fascismo en el Antiguo Régimen resulta arriesgado, pero entre el liderazgo de Adolf Hitler y Benito Mussolini, por un lado, y la monarquía absoluta de la Edad Moderna por el otro, las coincidencias son importantes. Entre otras: expansionismo de la mano de militarismo; caudillismo y negativa a abandonar el poder; corporativismo; exaltación de la virilidad y la maternidad (no de las mujeres); censura de la libertad de expresión; persecución de los oponentes y desconfianza hacia los extranjeros; economía al servicio de la política.

El corporativismo conecta con la jerarquización, puesto que el Estado se concibe como dividido en cuerpos complementarios que colaboran en un objetivo común. No obstante, en la práctica, cada cuerpo o eslabón se extralimitaba en sus funciones con el propósito de parecer más eficaz y granjearse las simpatías del líder, por lo que el sistema resulta menos operativo de lo que postula. Durante el Antiguo Régimen, la desconfianza hacia los extranjeros se basaba en sus ideas religiosas, pero en la actualidad se sostiene sobre sus costumbres o tradiciones. En cualquier caso, tanto los monarcas del Antiguo Régimen como los caudillos fascistas quieren que las fronteras de sus países resulten impermeables a influencias externas.

El factor más problemático es la subordinación de la economía a la política, lo que deriva de un programa expansionista y militarista. El Antiguo Régimen necesitaba sostén financiero para sus iniciativas, al igual que los caudillos fascistas; ahora bien, las grandes empresas y los millonarios no ven motivos para apoyar un sistema dirigido por líderes incontrolables que subordinan el crecimiento económico a objetivos políticos. Tal diferencia de intereses colapsó el Antiguo Régimen mediante una serie de revoluciones burguesas que sacudieron Europa durante los siglos XVIII y XIX; la Revolución francesa es la más conocida.

Reunión de Vox en Madrid. Foto: Vox

Ciertamente, Hitler recibió el respaldo de grandes industriales como los Krupp y los Thyssen, al igual que Mussolini fue apoyado por capitalistas italianos. Ahora bien, en ese periodo existía el riesgo de revoluciones comunistas, como la Revolución rusa de 1917, a lo que se sumaban las secuelas generadas por la crisis de 1929; la conjunción de ambos factores cuestionaba la continuación del modo de producción capitalista. Ante ese peligro, la clase alta no dudó en favorecer a los caudillos. Así, los terratenientes, banqueros e industriales españoles apoyaron Francisco Franco y los austriacos a Engelbert Dollfuss.   

Las derechas

De manera muy resumida: existen dos derechas democráticas, una liberal y otra extrema o, lo que es similar, tradicionalista. La derecha liberal asume el programa de Adam Smith, quien defendía que la libertad para hacer negocios y el individualismo bien entendido creaban unas dinámicas beneficiosas para la colectividad. Ello sucedía merced a una mano invisible que equilibraba los deseos de unos y las necesidades de otros, al mejor precio. Para el liberalismo, la política debe someterse a los imperativos económicos, así que los Estados deben ser reducidos, lo que a su vez conlleva la ventaja de resultar baratos, puesto que se sostienen con pocos impuestos. En la España reciente, el partido político de implantación nacional que mejor encajó en este modelo fue Ciudadanos.

Luego se encuentra la extrema derecha, que en la España del siglo XIX se identificaría con el Partido Carlista, organizado como Comunión Tradicionalista; en el siglo actual, el segundo gobierno presidido por José María Aznar (2000-2004) refleja estos valores. La extrema derecha europea idealiza el periodo comprendido entre, por ejemplo, 1870 y 1913 y su modelo de dirigente sería el Canciller del Imperio alemán Otto Von Bismarck, aunque también admira al Primer ministro británico Winston Churchill. La admiración por Bismarck se debe a que el canciller fue un militar muy competente, que además levantó un gran Estado, pero a bajo coste; excepto el ejército y las universidades, el Estado alemán que legó era comparativamente pequeño, al menos si se comparaba con el francés. Las derechas detestan los impuestos, pero la extrema derecha proyecta la difícil tarea de organizar Estados poderosos, a la par que baratos.

Reunión de Vox en Madrid. Foto: Vox

El motivo de elegir las décadas que van de 1870 a 1913 radica en que los países europeos expandieron enormemente su industria (lo que incluye el subsector bélico), así como su población; la suma de ambos factores les permitió soñar con imperios coloniales por todo el planeta. Afirmar que su periodo de felicidad concluye en 1913 es una manera de decir que la Primera Guerra Mundial, que se desató en 1914, convirtió el sueño anterior en pesadilla, puesto que las derechas que gobernaban todos los países europeos se lanzaron unas contra otras, a degüello. La Revolución rusa de 1917 logró que, por primera vez en la historia, un partido comunista gobernara un inmenso Estado y se mantuviera en el poder, pese a todas las adversidades; tal hecho hizo que la pesadilla comunista se volviera recurrente.

Fascistas y liberales detestan el comunismo porque expropia a los adinerados y nacionaliza las propiedades. Sin embargo, el tradicionalismo aborrece aún más al comunismo porque este también atenta contra la religión, que es una de las esencias de la extrema derecha. Por ejemplo, los bolcheviques nacionalizaron latifundios y empresas, a la vez que cerraban los templos y obligaban a los monjes a trabajar. Por su parte, el nazismo alemán, el fascismo y el liberalismo mantienen relaciones más distantes con las iglesias que los tradicionalistas, aunque sin oponerse a ellas.

No obstante, en países de mayoría católica se instauró un entendimiento entre fascismo e Iglesia romana en base a su coincidencia sobre aspectos importantes; esa entente se denomina “fascismo clerical” o “nacionalcatolicismo”. Entre las coincidencias destacan el natalismo, que a los fascistas les interesa para conseguir obreros y soldados, pero la Iglesia lo fomenta con el fin de que el número de católicos se incremente; de lograrlo, el peso político de la Iglesia en la esfera internacional aumentará. Por supuesto, fascismo y catolicismo coinciden en la jerarquización y centralización del poder, sea como caudillos o papas romanos. Otra coincidencia relevante es el respeto a la propiedad privada, lo que resulta más importante para la Iglesia que para los caudillos, puesto que estos últimos nacionalizan algunas empresas en nombre del bien común, pero la institución religiosa es dueña de gran cantidad de suelo e inmuebles. En España, tras el Estado, la Iglesia católica probablemente sea el mayor propietario inmobiliario; además, no paga el Impuestos de Bienes Inmuebles (IBI) por sus posesiones, por lo que se opondrá fieramente a la desamortización. Finalmente, caudillos y papas coinciden en limitar o censurar la libertad de expresión para evitar que se cuestionen sus objetivos o los motivos de su comportamiento.

El fascismo actual

Como un siglo no pasa en balde, algunos rasgos del fascismo actual difieren del pasado, cuando la amenaza bolchevique era real, un porcentaje importante de la población pasaba graves penurias y los propios capitalistas dudaban de su capacidad para resolver los problemas. Por lo tanto, entre todos los rasgos que mencioné al principio, dos resultan especialmente relevantes para distinguirlos, ya que los fascistas raramente se aplican ese epígrafe en la concurrencia electoral, dados los horrores que provocaron en las décadas de 1930 y 1940; de igual manera, nadie se presenta a sí mismo como asesino en una fiesta. Por lo tanto, la tarea de diferenciar el fascismo actual de la extrema derecha es importante, a la vez que ardua.

El primer rasgo a considerar es la negativa de los líderes fascistas a abandonar el poder. Los fascistas aceptan la democracia cuando los aúpa al gobierno, pero se niegan a aceptar su derrota electoral; cuando esto ocurre, los fascistas acusan a sus oponentes de cometer fraude. La segunda característica es la persecución de los opositores, a quienes los fascistas amenazan y persiguen; algunos son asesinados como advertencia para los demás. Ambas características se muestran en Vladímir Putin, 2º y 4º Presidente de la Federación de Rusia, quien amaña las elecciones para continuar en el cargo o designa como sucesor a quien sigue sus dictados, como fue Dimitri Medvédev, cuando ejerció como 3º Presidente ruso. Por añadidura, los oponentes de Putin son víctimas de asesinatos que no se esclarecen o sufren accidentes inexplicables. La invasión de varias regiones ucranianas fronterizas con Rusia también constituye el acto característico de un líder fascista.

Por su parte, Donald Trump (45º Presidente de los Estados Unidos) se negó a aceptar la derrota tras las elecciones celebradas en su país en noviembre de 2020; la misma postura adoptó el brasileño Jair Bolsonaro (38º Presidente de Brasil) en relación con su derrota en las elecciones que tuvieron lugar en octubre de 2022. En coherencia con la actitud de ambos mandatarios, los seguidores de Trump y de Bolsonaro asaltaron las instituciones que iban a nombrar a los sucesores de sus líderes para bloquear el reemplazo gubernamental. Aún se desconoce la implicación de ambos expresidentes en las revueltas. Si los tribunales deciden que fueron responsables entonces se les podría considerar fascistas, aunque de menor nivel que Putin. Si se revelaran inocentes entonces quedarían englobados como extrema derecha, en un listado donde Donald Trump seguiría la estela, por ejemplo, de su antecesor en el cargo Ronald Reagan, 40º Presidente de Estados Unidos. El paralelismo viene porque ambos presidentes coinciden en sus políticas belicistas y reductoras del Estado, a la par que racistas, antifeministas y homófobas. El problema es que el pelaje de un político se desconoce hasta que se hace con el gobierno de la nación, en especial cuando su ideología es fascista.  

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