La última sonrisa de ‘Maricuela’

Muere, a los 105 años, Ángeles Flórez Peón, símbolo de la resistencia antifascista en Asturies. La última miliciana volvía siempre, con su ejemplo “a los diecisiete, después de vivir un siglo”.

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Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

Cuando ya más de un siglo se cernía sobre su enjuto cuerpo, Ángeles Flórez Peón seguía recordando todas las historias de su vida. La más feliz, aquella en que, con doce años, a mediados de un mes de abril, su madre le explicó lo que era la República. “Me dijo que era la libertad; y, entonces, le dije: ‘¡yo soy republicana!’”. Lo decía siempre, con tablas de comunicadora profesional, la sonrisa convirtiéndole la cara en un arcoíris y una energía envidiable, la histórica miliciana de Blimea, socialista de cuna, exilio y retorno que hoy, en plena primavera, ha muerto en Xixón.

Volver a los diecisiete

Solo había un recuerdo con el que Ángeles bajaba la voz. Uno que le entristecía contar. Para ella ‘volver a los diecisiete’, como cantaba ‘La Negra’, Mercedes Sosa, no era fácil. Fue a sus diecisiete cuando el golpe de estado fascista quebró los sueños de libertad de una Ángeles adolescente, que en aquellos momentos representaba el personaje de ‘Maricuela’ en la obra ‘¡Arriba los pobres del mundo’ con un teatrillo organizado por las Juventudes Socialistas, a las que se había afiliado tras el asesinato de su hermano Antonio, uno de los mártires de Carbayín que pagaron con su vida el haber participado del proceso revolucionario de octubre del 34.

En 1936, en julio, la reacción vino de África y en Asturias alcanzó un ritmo vertiginoso. El Frente Norte cayó en septiembre de 1937, y en el interín, Ángeles Flórez, reconvertida ya en ‘Maricuela’ (un nombre que nunca le gustó), se hizo miliciana, pero no de las de agarrar un fusil. Lo fue de intendencia, y enfermera; organizó almuerzos, vendó heridas, y, como la vida, sobre todo a los diecisiete, sigue inexorable, también se ennovió. Él se llamaba Quintín. Duró poco. En octubre, pocas semanas después de la victoria sublevada en Asturias, a Ángeles la arrestaron con su hermana.

“De mí dijeron que había matado a un soldado”, recordaba ochenta años después. No era verdad. No había abogados, los testigos mentían, los consejos de guerra ejemplarizantes hacinaron, a partir de entonces, las cárceles. A Ángeles le pidieron la perpetua y, al final, le cayeron 15 años, casi tantos como los que llevaba de vida. Trasladada a la prisión de Saturrarán, de ella recordaba las chinches, los cocos en las legumbres, las mujeres a las que llamaban al alba para nunca volver. Nunca volvió a saber de aquel novio que había tenido en el 36. Tardaría todo un paso por la cárcel, un exilio y un retorno en saber que Quintín le había pedido a su madre, en la última carta que le mandó antes de ser fusilado, que tratase a Ángeles como a una hija cuando él ya no estuviera.

‘Se va enredando, enredando’, cantaba Mercedes Sosa en aquella canción. Como en el muro la hiedra, así se le enredaba también a Ángeles en el alma el recuerdo de Quintín al contar su historia.

Por eso siempre bajaba la voz al llegar a esa parte del relato.

Maricuela FOTO: David Aguilar Sánchez

Una vida de amor y exilio

Ángeles Flórez pudo salir en libertad vigilada en 1941. Salir en libertad vigilada no quería decir ser libre. Muchos años después, en 1947, un juez se encargó de dejárselo claro al poco de nacer su hija, cuando, de forma inmediata tras el parto, no se personó ante la Guardia Civil, como debía hacer mensualmente. “Hágase la idea de que usted no va a volver a ser libre, como mínimo mientras viva Franco”. Las autoridades les seguían los pasos a ella y a su marido, Graciano ‘Chano’ Rozada, destacado militante socialista y ugetista con el que ‘Maricuela’ se casó en 1946. Solo había una posibilidad: el exilio. ‘Chano’ se marchó primero, y Ángeles, con un bebé de teta, le siguió poco después, escondidas ambas bajo el hule de una barca del puerto de Pasaia, en el Jueves Santo de 1948. Al otro lado, Francia. Llegaba, por fin, la ansiada libertad.

Ángeles enviudó a principios del siglo XXI. Con 85 años cumplidos, casi treinta después de la muerte de Franco, anunció a los suyos que deseaba regresar a Asturias. No lo haría sola. Aquí en Xixón, tenía ‘Maricuela’ otra gran familia: la socialista, y todos aquellos quienes se aproximasen a conocer su historia. Le llegaron hasta doctorandas japonesas interesadas por una vida única que pronto se hizo libro, y, en 2013, las Juventudes Socialistas Asturianas la volvieron a readmitir como presidenta honorífica. La de más edad que haya tenido nunca una organización: tenía casi 95 años, pero una vitalidad desbordante y la voz contundente como para decirle, a cualquiera que la escuchase, que era necesaria la unidad de las izquierdas para progresar.

“Volver a los diecisiete después de vivir un siglo”, cantaba ‘La Negra’. La vida nos regaló un siglo más un lustro del ejemplo de Ángeles Flórez Peón, ‘Maricuela’, última de las milicianas, sonrisa eterna, republicana porque a ella, si algo le gustaba más que echarse un baile, eso era, sin lugar a dudas, la libertad.

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