Todas las miradas en Rafah

Las masacres perpetradas por el estado de Israel en Palestina son incontables, pero el quemar vivos a los refugiados en sus tiendas agota los calificativos y va mucho más allá de lo soportable

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Estos días ha circulado por internet una imagen creada por la Inteligencia Artificial que ha dado mucho que hablar. Se ven en ella infinidad de tiendas de refugiados y un lema escrito en letras de gran tamaño: “All eyes on Rafah”, “Todos los ojos en Rafah”. Incluso yo, que no tengo redes sociales, la he visto. Las masacres perpetradas por el estado de Israel en Palestina son incontables, pero el quemar vivos a los refugiados en sus tiendas, como ocurrió hace unos días, agota los calificativos y va mucho más allá de lo soportable. Esta imagen, tan aséptica como se espera de una imagen de ordenador, parece haber funcionado mejor para denunciar y concienciar sobre lo que está ocurriendo en Gaza que las imágenes reales que pocos se atreverían a contemplar.

Irritados por el éxito de la fotografía creada por la IA, los sionistas han creado otra en la que se muestra a un terrorista de Hamás amenazando con una pistola a un niño israelí. Aparte de tener un impacto en redes infinitamente menor, lo que ha sucedido con esta imagen es que, al contemplarla, de manera instintiva e inmediata, lo que vemos es un soldado israelí armado y un niño palestino indefenso. Ellos son los que están dejando morir de hambre, enterrando bajo los escombros, quemando y mutilando niños. No hay propaganda, ni imágenes, reales o irreales, que puedan convencernos de otra cosa. Gaza está siendo borrada, quemada viva, pero hay un lugar, el de la conciencia, en el que Palestina ya ha vencido.

La imagen con el lema “All eyes on Rafah”, Rafah, el último refugio de los palestinos, el lugar en el que se ha cometido la salvaje masacre que ahora Israel califica de “error”, ha sido compartida por la cantante Dua Lipa en Instagram. Este gesto, como el de la actriz Cate Blanchett en Cannes, luciendo los colores de la bandera palestina en su vestido, puede provocar sentimientos confusos. A mí me ha ocurrido, es como si se mezclaran el dolor insoportable por un genocidio perpetrado bestialmente ante nuestros ojos y la banalidad de una alfombra roja. Sin embargo, cada gesto cuenta y cada uno de ellos, en su contexto, es valiente. Al fin y al cabo, así vivimos, en esa combinación de lágrimas y alegrías que a veces se mezclan bien y, otras, descolocan nuestra conciencia. Hace poco, hablando con una amiga muy querida, supe cómo su hijo, ahora veinteañero, le contó (y sólo ahora, años después, se lo contó) que cuando era muy pequeño, poco después de perder a su padre en un accidente de tráfico, se sentía mal al reírse, al jugar con sus amigos, y se paraba y se preguntaba cómo era capaz de reírse si su padre había muerto. Y yo pensé en mi propia experiencia, que había sido la misma tras perder a alguien muy importante en mi vida hacía unos años, y me dolió mucho que el hijo de mi amiga hubiera vivido esa experiencia siendo sólo un crío. Pero luego seguimos y vencemos la contradicción y volvemos a reírnos porque no hay más camino que ese. Y de la disparidad entre el terror y el glamour, del contraste entre una bandera palestina en el vestido de Cate Blanchett y una alfombra roja, queda el gesto de apoyo a los refugiados, y que Dua Lipa al reproducir la famosa imagen no diga “conflicto”, sino que emplee el término genocidio, importa, cuenta, ayuda.

Y mientras nosotras lidiamos con nuestras contradicciones, Israel a lo suyo, a sembrar muerte con una determinación y una frialdad que espantan, y a hacerse selfies mientras se ríen y se comportan como bestias. Existe un tipo de furia, de locura bélica que requería un valor casi sobrehumano atribuido en ocasiones al consumo de drogas alucinógenas, a la que los indoeuropeos del norte llamaron furia berserker. El guerrero comenzaba a echar espuma por la boca, se sentía inmune al cansancio y al dolor, los instintos más bestiales se imponían a la conciencia. La tradición literaria griega recuerda a algunos personajes asimilables a los guerreros vikingos con los que se asocia el término berserker. Así, se cuenta que el héroe Tideo, uno de los que atacaron la ciudad de Tebas, la de las Siete Puertas, herido de muerte por su oponente Melanipo, quiso recuperar el ánimo vital sorbiendo los sesos de la cabeza de su rival, una vez que éste fue también muerto por otro de los combatientes. Tideo, con esa muestra de bestialidad, se atrajo la cólera de una Atenea horrorizada que, aunque hasta entonces lo había defendido, lo abandonó ahora a su suerte y lo dejó morir.

Fuera cual fuera el origen de este furor, el valor en el cuerpo a cuerpo era necesario y los guerreros berserker eran capaces de combatir incluso desarmados y a mordiscos, mientras que para hacer las brutalidades que está haciendo el ejército de Israel en Gaza, para espanto de dioses y hombres, desde una superioridad bélica infinita, no hace falta ningún valor, ni sé si existen drogas que adormezcan hasta ese punto la conciencia y, caso de existir, expliquen lo que estamos viendo. Quizá debamos pensar que, en el espacio que debiera ocupar el cerebro, estos soldados y quienes los apoyan tengan un coprolito y, en ese lugar en el pecho que suele albergar el corazón, otro.

Actualidad