El nombre de Dios en vano

Imaginen a un arzobispo diciendo que acoger inmigrantes es “buenismo”, sin que le duela ni un poco saber que tenemos un mar lleno de muertos que huían del hambre, de las guerras

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Durante mucho tiempo se consideró una idea indiscutible, al estudiar la historia del pensamiento griego, que se había pasado de una cultura de vergüenza a una cultura de responsabilidad. Resumiendo mucho la historia, una “cultura de vergüenza” sería aquella en la que lo que nos impediría cometer injusticias, hacer el mal, sería el reproche de los demás, de manera que de todo aquello que hagamos sin ser vistos nuestra conciencia no tiene por qué preocuparse. En una “cultura de responsabilidad”, en cambio, los límites los pone una cierta idea de justicia, o de bien, que funciona siempre, actuemos o no a la luz del sol.

Teníamos las pruebas de esta evolución: en Homero, cuando los héroes hacían algo por lo que sufrían castigo o, al menos, reproche, se disculpaban, es cierto que a veces con un desparpajo pasmoso, diciendo que no habían sido ellos, sino los dioses, los responsables; en la tragedia, en cambio, podíamos asistir a las reflexiones en directo de heroínas y héroes que dudaban sobre qué decisión tomar y que sufrían imaginando las consecuencias que tendrían sus acciones. Y en esa duda, en ese conflicto, está la esencia de la tragedia. Esta nueva mentalidad habría nacido, cómo no, como tantas otras cosas, en el siglo V a.C. en Atenas.

En esta historia hay verdades y mentiras. La tragedia griega continúa siendo un lugar privilegiado para reflexionar sobre cuestiones filosóficas básicas, entre ellas, la idea de responsabilidad, pero, si en Homero veíamos a los héroes culpando a los dioses de sus errores, esto quiere decir que tenían, obviamente, una idea de lo que era la “responsabilidad” y, en cualquier caso, lo que es seguro es que, en este asunto al menos, la explicación evolucionista estaba equivocada. No hay sustituciones, sino convivencia de mentalidades, entonces y siempre. Habrá ocasiones en las que nos muevan más unas razones que otras y habrá casos también de personas a las que sólo anime una de esas dos razones, o la vergüenza de ser vistos cometiendo acciones reprochables, o una conciencia educada y alerta.

Imaginemos ahora el colapso ético de una sociedad en la que no existieran ni la vergüenza ni la responsabilidad. Imaginen ustedes que alguien, por ejemplo, decide quién y quién no tiene derecho a recibir asistencia médica en una situación extrema, como una pandemia, y emplea criterios no médicos, sino clasistas y económicos, y lo deja por escrito, abiertamente (sin vergüenza) y no asume las consecuencias, “se iban a morir igual” (sin responsabilidad, ríanse ustedes de Agamenón). Imaginen que alguien que ha decidido ponerse al frente de los destinos de un país y es elegido para ello afirmara que la gente no va a ser tan idiota como para “no poder decidir no morirse de hambre”, imaginen que quien dice eso no considera su responsabilidad de tratar de evitarlo y llama idiotas a los hambrientos al tiempo que habla con su perro muerto. Imaginen a un señor arzobispo de la Iglesia católica (¿sabrá el significado del término “católico”?) diciendo que aquí no cabemos todos, que acoger inmigrantes es “buenismo”, hablando así ante un micrófono, sin vergüenza, sin sentido de la responsabilidad, sin que le duela ni un poco saber que tenemos un mar lleno de muertos que huían del hambre, de las guerras. En fin, pensará el arzobispo, idiotas a los que no se les ocurrió cosa mejor para escapar del hambre que echarse al mar.

Ni vergüenza ni responsabilidad. La vergüenza la pasamos los demás cuando escuchamos estas cosas, y sabemos además muy bien cuánta responsabilidad tiene tanto cretino, aunque no la asuma. Muchos que, me temo, no han movido un dedo ni dicho una palabra sobre las muertes en las residencias durante la pandemia, sobre los hambrientos que a diario mueren en nuestro planeta, sobre el genocidio de los palestinos, fueron, sin vergüenza alguna, a rezar el rosario a las puertas de la sede de un partido político en plena jornada de reflexión. Y lo harán con todas las bendiciones, y no lo rezarán bajo palio porque no lo han pedido. He leído algunos comentarios sobre la posibilidad de que los familiares de los muertos en las residencias pidieran ir a rezar ante otras sedes en la misma jornada de reflexión, he escuchado las dudas sobre si, en ese caso, se les concedería permiso. Lo dudo, pero de lo que estoy segura es de que jamás se les ocurriría hacer tal petición, porque, aunque no todo el mundo tenga vergüenza, los afectados por los protocolos infames sí la tienen y jamás se permitirían un uso espurio de su dolor.

La Vergüenza (Aidós) y la Justicia (Díke), esto también lo decían los griegos, son el pegamento de la política y Zeus se había encargado de repartirlas a partes iguales entre toda la humanidad. Otras virtudes podían estar distribuidas de forma desigual, pero estas dos eran necesarias universalmente para que pudiera existir la vida en sociedad. Obviamente, el reparto no funciona bien, pero esas virtudes todavía no han desaparecido de la faz de la Tierra.

Recuerdo una frase que una vez leí, aunque no recuerdo quién la escribió, sería una filósofa, un filósofo… un humorista: “el primer hombre que se murió debió de quedar muy sorprendido”. Igual de sorprendidos se quedarán todos estos si, cuando se mueran, se encuentran cara a cara con ese Dios cuyo nombre toman en vano cada día, pero en el que en verdad no creen.

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