El independentismo catalán se ganó a pulso en los dos últimos siglos la dignidad de su causa en las calles y en las barricadas, en la clandestinidad, en las cárceles y delante de los pelotones de fusilamiento (Lluis Companys, entre otras y otros muchos, entregó su vida por Catalunya y por la libertad en una tapia del cuartel de Montjüic).
Es insólito que Carles Puigdemont, que pierde el culo huyendo cada vez que hay una situación de peligro, pretenda adueñarse de toda esa herencia. Este tipo no ha hecho otra cosa que incumplir su palabra sistemáticamente. Prometió que dejaría la política si no ganaba las elecciones, prometió que estaría en la sesión de investidura en el Parlament, prometió que no volvería al Estado español en una visita urgente para después salir corriendo...
Puigdemont es un cobarde. Y el problema son todos sus palanganeros, que piensan que este personaje puede representar siquiera remotamente la causa de la libertad, ya sea la de Catalunya o la del mundo entero.



























