El síndrome de estrés postraumático, que hace presa no sólo en las víctimas sino también en los victimarios, empieza a ser objeto de reportajes sobre soldados del ejército de Israel. En un artículo publicado en CNN se habla de Eliran Mizrahi: “se fue de Gaza, pero Gaza no se fue de él”, ha dicho la madre de este soldado israelí que se quitó la vida superado por el recuerdo de su experiencia en esto que algunos siguen llamando guerra y que es puro genocidio, exterminio, limpieza étnica. Eliran Mizrahi estuvo destinado en Gaza, regresó a su casa por una herida de granada en la rodilla, que pudo ser tratada, pero con heridas invisibles e incurables en su ánimo. Dos días antes de reincorporarse al ejército se quitó la vida de un disparo en la cabeza.
La historia se repite, las declaraciones de los soldados se repiten (“¿cómo puedo volver a casa después de esto?”, “¿cómo voy a abrazar a mis hijos después de lo que he visto?”), las quejas de sus familias se repiten: (“nadie sabe cómo ayudarlos”, “sienten que nadie los entiende”). Y esta vez se añade algo que no debería de pasar desapercibido: los soldados del ejército de Israel afectados por este síndrome dicen que esta guerra es muy diferente, que han visto cosas que no se vieron nunca en campañas anteriores. Precisamente, entre otras cosas, porque no se trata de una guerra, habrá que seguir insistiendo en esto.
“Se fue de Gaza, pero Gaza no se fue de él”
El infierno que este ejército completamente fuera de sí ha creado y al que ha condenado a la población palestina en Gaza y Cisjordania (ahora también en Líbano) encuentra acomodo también en sus mentes. Se trata del peor infierno, el infierno interior. Esta puede ser una de las maneras de entender aquella frase tan famosa atribuida a Sócrates: mejor sufrir la injusticia que cometerla. Mejor sufrir el mal que causarlo. Parece imposible imaginar una suerte peor que la de los refugiados, los cientos de refugiados, que el ejército sionista ha quemado vivos en tiendas de campaña. Pero es evidente que estas llamas no las van a olvidar tampoco los verdugos.
En Gaza se está exterminando a miles de civiles, de niños a los que se les dispara en la cabeza, deliberadamente, como ya se ha denunciado infinitas veces. Esta semana se ha hablado de un niño en concreto, un niño de once años al que le han disparado en el corazón por lanzar piedras contra un blindado en Nablus. No debe de ser fácil olvidar una imagen así, por supuesto para los padres del niño, pero tampoco para quien aprieta el gatillo. Arrastrar y destrozar con excavadoras toneladas de basura sin importar que entre esos restos se encuentren cadáveres, y quién sabe si también seres humanos malheridos, es también un tipo de escena en absoluto infrecuente y que reaparecerá en los sueños de sus responsables. Lanzar bombas sobre un hospital o una escuela es una infamia, impedir el acceso de medicamentos a aquellos a los que previamente has herido, quemado, mutilado, es más que una infamia, es un recuerdo que debería perseguir, hasta hacerles perder la razón, a sus responsables. Por no hablar de algo que siempre me ha resultado un impensable: la tortura. ¿Se pueden olvidar los gritos de un ser humano torturado? Lo dudo.
La magnitud de los crímenes de guerra que está cometiendo Israel es insondable. La indolencia de Europa para condenarlos de manera contundente también. Israel ya ha dicho claramente cuál es su intención, arrasar Gaza, expulsar a todos los palestinos y anexionarse el territorio. “Esta tierra nos pertenece”, ha dicho el ministro israelí de extrema derecha Ben Gvir. Si para demostrar que esa tierra les pertenece tienen que matar o expulsar a todos sus habitantes lo harán. Han convertido Gaza en un infierno. Pero en Europa, en el mismísimo Parlamento Europeo, provoca más escándalo que una diputada lleve un pañuelo palestino en solidaridad con el pueblo masacrado, que el hecho de que la masacre, el genocidio, esté teniendo lugar. Europa, convertida en un infierno de inmoralidad, no ha declarado todavía un embargo total de armas a Israel, para nuestra vergüenza.
Y a pesar de todo, el peor infierno, las llamas más vivas, que nadie dude de que arden en la cabeza de estos soldados que no encuentran descanso, que son incapaces de dormir y de olvidar el horror causado. Algunos de ellos acaban quitándose la vida, otros se la arrebatan a sus amigos o familiares, algo habitual en los pacientes de síndrome de estrés postraumático. La historia se repite. Tampoco sobre esto se podrá decir que no lo sabíamos.































