Lo que no sirve que no estorbe

El Papa Francisco ha dicho que no es una guerra, que es crueldad.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Rodeadas de tanto desastre y desolación, es una pena que polémicas absurdas nos arrebaten las fuerzas. Una de ellas es que vivimos en una dictadura en la que no se permite decir “Feliz Navidad”. Me enteré de esta bobería comprando el pan, en un establecimiento muy pequeño del centro de Málaga. Entró detrás de mí una señora diciendo bien alto “Feliz Navidad”, algo que me parece muy bien, si no fuera porque inmediatamente añadió eso de que “ahora” no nos dejan decirlo, que lo había escuchado ella en la radio y que el gobierno decía que no felicitáramos así las fiestas por si se ofendían gentes de otras religiones. “Si se ofenden, que se vayan a su casa”, remató lanzándome una mirada desafiante y cómplice a un tiempo, esperando un “olé” de mi parte. Sé que por lo absurdo y tópico puede parecer mentira, pero fue así. Iba a decir que lamento haberme limitado a lanzarle una mirada asesina, sin pronunciar palabra, pero no lo lamento, porque seguramente la hubiera insultado, hubiera bajado casi a su nivel.

A esta señora que va a tranquilamente a comprar el pan, ese pan cuyo sabor habrán olvidado ya los miles de refugiados palestinos, le molesta algo que es mentira, pero que ella se cree porque, como mucha otra gente, no tiene nada que aportar, sólo tiene dentro basura y odio y necesita darles salida. Ella, y muchos como ella, estorban porque nos distraen, nos sacan de nuestras casillas, envenenan el ambiente, ponen su granito de arena en el embrutecimiento de la sociedad. No soy nada estoica, lidio mal con la ira y todavía me enfado recordándolo. Debería haberle dicho que tenía una manera sencillísima de demostrarle que estaba preocupada por nada: que fuera a la plaza de la Constitución, a escasos metros de la panadería en la que nos encontrábamos, y gritara varias veces “Feliz Navidad”. Podría comprobar entonces que nadie la llevaría detenida, mientras que si, por ejemplo, gritaba “Los Borbones son unos ladrones”, o “Viva Palestina libre”, seguramente tendría problemas. Y así, de una manera tan sencilla como aquella que tenían Epi y Blas de enseñarnos las diferencias entre “arriba” y “abajo”, “lejos” y “cerca”, llegaría a saber, de verdad, qué se puede decir y qué no y luego irse a su casa tranquila sabiendo que la gente como ella, precisamente la gente como ella, puede seguir haciendo su vida despreocupadamente.

Aunque estoy tan llena de prejuicios como cualquiera, sé que idiotas los hay en todas partes. Pero tiendo a creer que hay menos entre los más desfavorecidos, aquellos que tienen bastante tarea con tratar de sobrevivir como para inventarse enemigos fantasma, los que tienen que sudar mucho para comprar ese pan cuyo sabor me amargó la señora idiota. Idiota en todos los sentidos, en el etimológico (que se ocupa sólo de lo suyo y no de lo público) y en el popular (corta de entendederas). En su idiotez egoísta la acompañan desde alcaldesas de corazón de hielo hasta académicos plagiarios, que después del episodio de la señora un poco sí me he documentado sobre esa polémica ley que se ha aprobado sin yo saberlo y que prohíbe decir “Feliz Navidad”.

Estoy escribiendo esto precisamente el día de Navidad. Las noticias que llegan de Gaza esta mañana son tan horribles que no he podido acabar de leerlas y no tengo ánimo de escribir sobre ellas hoy. Siguen quemando vivos a niños, siguen atacando hospitales con drones. El Papa Francisco ha dicho que no es una guerra, que es crueldad. Lo ha dicho con la voz quebrada, mientras se llevaba la mano al pecho, “tengo que decirlo porque toca el corazón”. Mucha gente preocupada por no poder decir “Feliz Navidad”, como la señora idiota, gente que seguramente irá a misa los domingos por la mañana, no sabrá que el Papa ha dicho esto porque los periódicos monárquicos y católicos prefieren hablar de idioteces y obviar el genocidio y hasta las palabras del Santo Padre, que, si en vez de la matanza en Gaza, hablaran del sexo de los ángeles o del de los gais, vendrían en portada.

La señora idiota y muchos como ella no aportan y estorban muchísimo, contaminan el aire, ensucian la convivencia, nos distraen de lo importante. No puede ser que sus idioteces nos ocupen mientras los derechos humanos han muerto este año en Gaza. Cómo volver a empezar desde la nada, eso es lo que debería ocuparnos.

Simone Weil

Lo que no sirve que no estorbe, con esta máxima que podría ser de cualquiera de esos filósofos griegos que viven en mis estanterías y mis mesas de trabajo, o de filósofas que leo y leo, como Simone Weil, Hannah Arendt o Iris Murdoch, pero que, no les voy a engañar, es de Karol G, les deseo que estén pasando unas felices Navidades y que el año próximo transcurra en paz, pese a los que no sirven y estorban, pese a la mala gente que camina y va apestando la tierra. Mis mejores deseos van para Gaza, donde ojalá suceda lo que hoy parece increíble, que los dioses se lleven la peste y a los demonios sionistas los encerremos con su olor a azufre en mil infiernos, y que colegios y hospitales, mezquitas y panaderías, universidades y parques se levanten de nuevo al sol. Ahora es eso lo que de verdad importa.

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