“Los pantalones estaban destinados a conquistar el mundo”. Así dice Lloyd Llewellyn-
Jones, conocido historiador de la Universidad de Cardiff, en su libro Los persas. La era
de los grandes reyes. Ahí cuenta cómo los nómadas iranios, como los persas y los
medos, fueron quienes introdujeron los pantalones en el mundo. Antes de ellos, dice,
ninguna sociedad al oeste de los montes Zagros se había cubierto las piernas. No lo
habían hecho los griegos, por supuesto, y Llewellyn-Jones recuerda un pasaje de
Heródoto en el que éste habla del “trauma” (exagerando un poco) que les supuso a los
atenienses contemplar esta vestimenta por primera vez cuando se vieron frente a frente
en combate con un enemigo así ataviado. Los persas, en cambio, aparte de disfrutar de
la evidente comodidad que esta prenda les prestaba, la consideraban también un
distintivo de cultura sofisticada que señalaba claramente, además, su vocación ecuestre.
Montar a caballo con cualquier cosa que no se pareciera a unos pantalones sería bastante
incómodo y doloroso. Y los pantalones conquistaron el mundo, sí.
“Llevar los pantalones” se ha convertido en una expresión equivalente a “tener el
poder”, “estar al mando”. Ponérselos es, además, el primer paso para alcanzar una cierta
respetabilidad. Baste recordar que a Ahmed al Shara, antes Abu Mohamed Al-
Golani. presidente de facto de Siria y líder de la plataforma salafista Hayat Tahrir al-
Sham (HTS), le ha bastado recortarse un poco la barba y ponerse pantalones largos para
que gran parte de la prensa y de nuestros representantes políticos dijeran, “ah, bueno,
ahora sí”. Este señor que desde hace nada lleva traje y corbata es líder del grupo
terrorista “Organización para la Liberación de la Gran Siria” y por ahí circula todavía
una foto suya con turbante y con la barba un poco más larga anunciando una
recompensa por parte del gobierno de los EEUU de hasta 10 millones de dólares a
cambio de información sobre él. Pero si ahora a los EEUU y a Israel les interesa que se
haga con el control de Siria, adelante, pantalones y corbata y aquí no ha pasado nada.
Sabemos bien quién lleva los pantalones en el mundo actual. Es más complicado saber
quién lleva consigo un poco de humanidad y de decencia. Resulta muy difícil de asimilar la escena de Donald Trump y Benjamin Netanyahu dentro de sus pantalones, dándose la mano, sonrientes y hablando de la tierra ensangrentada de Gaza como un futuro paraíso para sus negocios.
El primero fue acusado y declarado culpable de treinta y cuatro delitos, uno de ellos falsificación de documentos para encubrir un escándalo sexual; contra Benjamin Netanyahu la Corte Penal Internacional ha emitido orden de arresto internacional por crímenes de guerra. Pero el primero no considera criminal de guerra al segundo y pasa olímpicamente de los organismos internacionales, en cuanto al sionista responsable de un genocidio, los treinta y cuatro delitos del otro le darán la risa.
No por esperable da menos náusea la noticia de que estos dos planean abiertamente
expulsar de sus tierras a los palestinos supervivientes de la carnicería israelí y convertir
Gaza en la “Riviera de Oriente Medio”. Provocan vómito, y resulta frustrante que, ante
una declaración tan clara de sus propósitos criminales, que ellos anuncian con total
impunidad, no pueda yo escribir nada sin grandes esfuerzos de contención porque todas
y cada una de las cosas que se me ocurren serían consideradas delito. ¿Qué decir cuando
se emplea una palabra como “Riviera”, con sus connotaciones de lujo, turismo, resorts,
etc.… para referirse a un lugar regado con la sangre de miles de inocentes? El escenario
de un genocidio, de una limpieza étnica que no empezó el 7 de octubre, que no ha
cesado ni un minuto a pesar del alto el fuego anunciado, es, para estos dos desalmados,
una ocasión de negocio.
Sé que el alto comisionado de la ONU para los derechos humanos ya ha dicho que los
planes de Trump son inviables, que el derecho internacional prohíbe limpiezas étnicas,
prohíbe las deportaciones. ¿Será tarde para recordar estas obviedades? A estos dos
depredadores el camino hasta aquí se lo hemos facilitado entre todos, con la tibieza, por
no decir complacencia, con la que los gobiernos europeos han tratado a Israel, pese a
conocer perfectamente sus propósitos y acciones genocidas. Los EEUU, por su parte, no
necesitan que nadie les ría las gracias, se bastan ellos solos, y el gobierno anterior, de
Biden-Harris, alimentó a la insaciable fiera sionista con generosidad. No parece fácil
pararles los pies llegados a este punto de locura. Nuestro gobierno ni siquiera ha roto
relaciones con Israel.
Bien trajeados, con corbata azul uno, con corbata roja el otro, son la imagen de la
inhumanidad, de la desvergüenza, de la fuerza bruta, de la codicia sin freno, del
narcisismo descerebrado. La limpieza étnica en Palestina es un crimen contra la humanidad y no sería posible sin el silencio cómplice de tantos y tantos cobardes con
pantalones.





























