“Es compatible llevar hiyab y defender los derechos de las mujeres”

Txell Feixas presenta "Aliadas", libro que cuenta cómo el baloncesto se volvió herramienta de resistencia para niñas refugiadas en Shatila.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Este viernes, La Revoltosa de Xixón acogió la presentación de “Aliadas”, el libro de la periodista catalana Txell Feixas (Mediona, 1979), publicado en catalán en 2023 y recién traducido al castellano. Allí habló de deporte, infancia y feminismo en un lugar donde nada de eso parece posible: el campo de refugiados palestinos de Shatila, en Beirut (Líbano), marcado por la masacre de 1982 y por condiciones de vida extremas. En ese escenario de oscuridad estructural —sin agua potable, sin electricidad, sin apenas derechos— ha brotado una inesperada revolución: el primer equipo femenino de baloncesto del país.

Txell Feixas lo ha seguido durante años. Fue corresponsal en Líbano durante más de un lustro y conoció Shatila en una de sus primeras crónicas. Volvió. Y volvió. Descubrió una historia que parecía menor —unas niñas botando una pelota en una quinta planta— y encontró una de esas realidades que no caben en el periodismo de paso. “Lo que vi me transformó”, diría luego.

Habla con voz suave, sin apenas muletillas, y convierte cada respuesta en un relato. En esta entrevista desgrana lo que significa resistir siendo niña, mujer y refugiada. Defiende la capacidad transformadora del periodismo. Y no olvida algo esencial: que contar una historia también es una forma de estar a la altura de quienes te la han confiado.

Una revolución en la quinta planta de Shatila

Has trabajado como corresponsal en algunos de los lugares más complejos de Oriente Medio. ¿Qué fue lo que te atrajo de Shatila, ese pequeño gran laberinto dentro de Beirut?

Me atrajo porque fui a parar al campo de personas refugiadas de Shatila, en los suburbios de Beirut, por una de mis primeras crónicas como corresponsal en Oriente Medio. Me llegó la noticia de que ahí había un equipo de baloncesto de niñas. No era solo el primero de Shatila o de Beirut, sino el primero de todo el país. Shatila me resonaba por la masacre, por el genocidio del 82, donde asesinaron a miles de palestinos con Israel detrás. Me explotó la cabeza: que en un lugar tan hostil, conservador y patriarcal pudiera nacer una experiencia tan revolucionaria como esta. Ser corresponsal te permite volver a los sitios, profundizar. Y al final descubrí que detrás de ese equipo había un acto de amor y protección de un padre hacia su hija que se había convertido en una auténtica revolución feminista.

Antes de entrar en Aliadas, quería preguntarte por el campo de refugiados en sí. ¿Qué sentiste al entrar por primera vez en Shatila? ¿Fue un choque emocional o un proceso más progresivo?

Fue ambas cosas: un shock inicial y luego una progresión. Con Shatila experimenté lo que muchos medios hacemos con la región, con Palestina, y ahora con Gaza: la explicamos solo desde la destrucción, la muerte, la violencia —que existen—, pero no desde la esperanza, la resistencia, el feminismo… que también están ahí. No es el típico campo de refugiados que uno imagina, con tiendas blancas. Es una mini ciudad densísima, como una favela vertical. Se diseñó para 3.000 personas —refugiados palestinos tras la limpieza étnica que siguió a la creación del Estado de Israel— y hoy malviven entre 30.000 y 40.000. Físicamente es durísimo: no toca el sol, el agua es salada, casi no hay luz, solo generadores, y el cableado colgante mata cada año a niños electrocutados. A nivel humano, también es duro: las mujeres apenas salen si no tienen permiso de los hombres. Y emocionalmente, pesa mucho: se respira que allí ocurrió algo terrible, el genocidio, y como no hubo justicia, la herida sigue abierta. Al principio me tiró completamente para atrás. Pensé en irme. Pero por suerte no lo hice. Caminando por esas callejuelas, tratando de mirar con otros ojos, descubrí que había más de una luz: no solo una cancha improvisada en una quinta planta, sino muchas otras formas de resistencia y dignidad en otros rincones del campo. Una vez más, me estaba dejando llevar por los prejuicios, por lo que había oído sobre Shatila, y no por lo que realmente era.

En Aliadas narras cómo un equipo de baloncesto femenino se convierte en algo mucho más grande que un deporte. ¿En qué momento pensaste: “Aquí hay una historia que merece ser contada con profundidad”?

Creo que fue cuando grababa esa primera crónica para TV3 y Catalunya Ràdio. Recuerdo a una chiquilla de unos 12 años que me decía emocionada: “Antes de botar esta pelota, mi sueño era ser una buena esposa y una mejor madre. Ese era el sueño de mi casa. Yo no sabía que tenía otra opción. Ahora quiero estudiar y salir del campo de Shatila”. Y lo ha hecho. Otra chica me contó: “El baloncesto me ha salvado la vida. Mientras venía a entrenar, había una cola de hombres —que podían ser mis padres o mis abuelos— esperando para casarse conmigo o con mi hermana”. Tenía solo 12 años. Para ella, entrenar era un momento para respirar, para rezar que sus padres no la hubieran prometido a ninguno. La primera vez que quedé con Magdi, el hombre del que seguro luego hablamos, me llevó a ver la pista de baloncesto. Caminamos por callejuelas cada vez más estrechas y subimos por una escalera de caracol llena de piedras y escombros. Pensé que nos habíamos confundido. Pero al abrir la puerta, allí estaba: una pista improvisada en la quinta planta de un edificio. Un invento, sí, pero un verdadero refugio para esas niñas. Lo que me marcó fue ver a unas 15 chavalas, de entre 7 y 10 años, jugando por primera vez. Literalmente no sabían lo que era jugar. Empezaron a descubrirse a través del juego. Reían, lloraban, corrían, se tiraban por el suelo… por fin estaban experimentando lo que significa ser niñas. Ahí entendí que tenía que contar esta historia. Porque ese día, empezaban a soñar con las mujeres en las que querían convertirse.

Txell Feixas en La Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez

Feminismo a partir del amor de padre

Magdi es el germen de esta revolución. Un padre que quiere proteger a su hija. ¿Te sorprendió que fuera precisamente un hombre quien pusiera en marcha un cambio con un impacto tan feminista?

Sí. Magdi era pintor de fachadas en el campo y entrenaba a un equipo de niños. Pero cuando su hija mayor, Rasan, cumplió 11 años, vio que muchas de sus amigas desaparecían porque las casaban. En Líbano, el matrimonio infantil es legal: hay 18 confesiones religiosas, y algunas permiten casarlas con 9 años, o tras la menstruación, o cuando aparecen signos de pubertad. Magdi pensó: “No quiero que mi hija pase por eso. No quiero que se quede embarazada, muera en el parto, se enganche a las drogas, o acabe encerrada como esclava doméstica”. Y se preguntó: “¿Cómo le abro una ventana?”. Así creó un equipo de baloncesto. Fue casa por casa, suplicando a los padres que dejaran jugar a sus hijas. Lo que no imaginaba era que, al salir a la calle con chándal y pelota, serían silbadas, perseguidas, escupidas. Tuvo que buscar espacios protegidos donde pudieran jugar. Magdi no se define como feminista. No hemos debatido sobre eso. Pero tiene sentido común. Y eso le llevó, sin saberlo, a ejercer como tal: aplicó una acción feminista sin nombrarla. Su hija Rasan también se rebela contra él. Le dice: “Tú crees que esto es lo mejor para mí, pero yo no lo veo así. Voy a hacer lo que a mí me dé la gana”. Ahí nace Rasan, mi heroína en el libro.

“En Líbano, el matrimonio infantil es legal: hay 18 confesiones religiosas, y algunas permiten casarlas con 9 años”

¿Y cómo reaccionó la comunidad ante esta propuesta de crear un equipo femenino de baloncesto? ¿Fue muy difícil el camino?

Sí. No toda la comunidad reaccionó igual, pero una parte —la más conservadora y extremista— llegó a amenazar de muerte a Magdi y a su familia. La evolución, sin embargo, ha sido clarísima. Padres que al principio prohibían a sus hijas entrenar, las amenazaban o incluso las golpeaban, hoy las acompañan a los entrenamientos, las aplauden cuando encestan y hasta las llevan al aeropuerto cuando viajan a jugar amistosos en otros países. No solo han cambiado las niñas, también los padres y la comunidad. Ese cambio también se ve en que ahora ya no es Magdi quien va casa por casa a buscar jugadoras, sino que son las propias niñas las que llaman a su puerta: “Queremos jugar contigo”. Magdi, además, es valiente y provocador. Como sabía que el fútbol se asociaba demasiado a lo masculino, eligió el baloncesto, un deporte menos popular entre los adultos del campo. Cuando ya había calmado a los padres, empezó a colgar sacos de boxeo en la pista para que las niñas aprendieran defensa personal. Volvió a tener a muchos padres en contra: “¿Por qué nuestras hijas tienen que aprender boxeo?”. Y él respondía: “Para defenderse no solo en la calle o en el campo… también, tristemente, en muchas de vuestras casas”. Al principio era más odiado que respetado. Ahora es un líder querido. El campo ha cambiado, y también lo han hecho quienes lo habitan.

Shatila aparece casi como un personaje más del libro. ¿Crees que lo que sucede allí refleja dinámicas comunes en otros contextos del Líbano o incluso de Oriente Medio en general?

Sí. Creo que los lugares explican muchas veces a las personas que los habitan, las violencias que sufren y también las resistencias que generan. Para mí, como bien dices, Shatila es un personaje más. Las violencias estructurales allí son durísimas, sobre todo para las mujeres: hay violencia, armas, drogas, pobreza, machismo… Pero no es más machista que otros lugares de Oriente Medio. Es simplemente un lugar aislado, un agujero negro del que es difícil que entren o salgan personas o ideas. Yo siempre digo que el libro no busca criminalizar, sino mostrar la luz que también existe en ese campo. Porque aunque esté castigado y cerrado al mundo, allí hay personas con una fuerza y una dignidad impresionantes. Como Magdi, como las niñas, como tantas mujeres: las aliadas.

De ser “la mujer de” a soñar con ser “la mujer que es”

En el libro se plantea el deporte como una herramienta de liberación. Me interesa saber más de cómo cambia la mirada de las niñas que se incorporan al equipo. ¿Qué descubren allí que no podían encontrar en otros espacios del campo?

Descubren otra manera de vivir. Para muchas, lo normal es ir —con suerte— de casa a la escuela, y de la escuela a casa. O quedarse encerradas, ayudando a sus madres, esperando a que las casen a los 9, 10, 11 años. Pasan a ser “la mujer de”, “la madre de”, pero nunca “la mujer que es”. En esa pista improvisada en la quinta planta encuentran su tribu. Aprenden a jugar, a ser colectivas, a imaginar otras realidades. El deporte es una excusa, sí, pero también una vía de transformación. Magdi crea —sin pretenderlo— un proyecto inclusivo: niñas palestinas, sirias y también libanesas entrenan juntas. Algo impensable en el mundo adulto. Cuando yo vivía allí, muchos vecinos me decían: “¿Qué haces yendo a ese campo de terroristas?”. Hoy hay libanesas que pisan Shatila porque no encuentran equipo en su barrio.Y lo más bonito: ahora tienen referentes. Quieren ser como Noa, Rola, Amena. Lo dicen con claridad porque ven que se puede. Rola, la capitana, ha estudiado finanzas. Amena es fisioterapeuta y entrena a nuevas generaciones. Marwa se graduó en educación especial. Me escribió: “Fue hace un año, pero quería volver a celebrarlo. Fue tan importante para mí”. Por otro lado, descubrí otro equipo: uno de críquet. Al principio me costaba que las niñas de Magdi verbalizaran las violencias que sufrían. Muchas las tenían normalizadas. Otras me veían como una periodista occidental, quizá una amenaza. Justo cuando pensaba dejar el libro, vi a una niña con un bate. La seguí hasta un edificio donde entrenaba un equipo de críquet dirigido por Kadria, una refugiada siria. No solo entrenaba, también trabajaba con ellas la inteligencia emocional. La primera chica que entrevisté me dijo algo que me atravesó: “En mi casa me pegan cada día por venir a jugar al críquet. Pero prefiero morir en una de esas palizas que seguir encerrada en la cárcel que es mi casa. Si muero así, servirá para que otras niñas puedan ser lo que deben ser: niñas.”Y lo decía con la cara morada, pero con una dignidad inmensa. Había entendido —por fin— lo que significa ser niña.

Aliadas en Shatila.

¿El deporte, en este caso, sirve también para empoderarse no solo a nivel físico, sino emocional?

Sí, totalmente.

“Casar a una niña no es maldad: es amor equivocado”

Uno de los hilos que atraviesa Aliadas es el matrimonio infantil. ¿Hasta qué punto sigue siendo una práctica extendida en el Líbano y en los campos de refugiados?

Está muy extendido. Y más aún cuando aprieta la pobreza. Para muchas familias, casar a una hija joven es una vía de supervivencia. En cierto modo, la venden. En el libro quise ponerme en la piel de esos padres. Casar a una niña a los 9 años no es un acto de maldad, sino el resultado de pensar que eso la beneficiará. Y eso es lo más duro: entender que lo hacen desde el amor, pero desde un amor equivocado. Conocí a Ali, un padre de otro campo, que estuvo a punto de casar a su hija. Me dijo: “Pensaba que así estaría protegida de posibles violaciones en la calle. Pero luego entendí que en realidad estaría autorizando a otro hombre a violarla legalmente cada noche”. También pensaba que la dote ayudaría económicamente a la familia. Pero luego se dio cuenta de que esos matrimonios no suelen funcionar: devuelven a la niña divorciada, marcada de por vida, y ya nadie quiere casarse con ella. Ali también pensaba que el Islam lo permitía, que era “lo que decía el Corán”. Después entendió que no hay ningún texto que lo justifique. La desinformación es brutal. Pero cuando se informa, muchos padres revierten la decisión. En el libro hablo de una ONG formada principalmente por padres que van de tienda en tienda y de piso en piso intentando convencer a otros de anular matrimonios infantiles. Porque, tristemente, muchos hombres solo escuchan a otros hombres. Solo en un año que estuve cerca de ese proyecto lograron frenar unos 200 matrimonios. Son 200 niñas literalmente salvadas de una vida rota. Era curioso, además, porque esa ONG se definía como feminista y laica. Pero la realidad del terreno les obligó a incorporar hombres —porque eran quienes podían convencer a otros— y también a líderes religiosos, para explicar que el Islam no avala estas prácticas. Fue un ejercicio de pragmatismo: adaptar el discurso a la realidad para conseguir resultados. Así que sí, el matrimonio infantil sigue siendo una realidad muy presente, especialmente en contextos de pobreza extrema. Pero también hay personas —mujeres, y cada vez más hombres— que luchan cada día para frenarlo.

¿Has sentido que, desde una mirada occidental, a veces se simplifican o malinterpretan las luchas feministas en estos contextos?

Totalmente. De hecho, me lo han cuestionado incluso por la portada: “¿Cómo puede un libro feminista tener a una jugadora con velo?”. Para mí, no hay ninguna duda. Es completamente compatible llevar hiyab y defender los derechos de las mujeres. Lo he visto durante todos los años que he trabajado en la región. Sí, reconozco que el pañuelo puede ser un símbolo de opresión cuando no hay libertad para decidir si llevarlo o no. Negarlo sería absurdo. Pero de ahí a simplificar y asumir que una mujer con velo no puede ser feminista… eso es falso. He visto mujeres con hiyab haciendo un trabajo feminista inmenso, accediendo a espacios a los que otras no podrían llegar. Por eso es peligroso que desde aquí decidamos qué es o no es feminismo, sin siquiera preguntarles a ellas por qué lo llevan. Al final, eso es lo esencial: escuchar. Y que sean ellas —no los hombres de su comunidad ni las voces externas— quienes decidan qué hacer con sus cuerpos y sus símbolos.

Txell Feixas. Foto: David Aguilar Sánchez

Contar bien: ni salvadoras ni víctimas

A menudo se habla de “la mujer árabe” como si fuera una categoría única y homogénea. ¿Qué otros clichés crees que deberíamos desmontar desde los propios medios de comunicación?

El primero, sin duda, es esa idea limitada de “la mujer árabe” como velada, sumisa, sin formación. Eso no se ajusta a la realidad. En el libro intento romper también con otro cliché: el del hombre árabe o musulmán como machista por defecto. No todos lo son, y personajes como Magdi lo demuestran. Aliadas invita a cuestionar el relato dominante que tenemos en Occidente. Es un libro que te empuja a escuchar a las protagonistas, no a reforzar lo que ya creías desde fuera. Y esos clichés no los rompo yo —que soy occidental—, sino que los rompen ellas, con sus voces, con sus vivencias. Yo solo las acompaño.

Por insistir en la autocrítica: ¿crees que el periodismo occidental ha sabido contar bien estas realidades, o sigue cayendo en miradas estigmatizantes y reduccionistas?

Creo que hay de todo. Cada vez hay más periodistas que hacen bien su trabajo, pero el reto es enorme cuando narras una realidad que no es la tuya. Ahí hace falta humildad: dejar que las protagonistas hablen. En Aliadas, dos capítulos muy importantes —los de la relación entre Magdi y su hija Rasan— están contados por ellos en primera persona. Porque era la manera más honesta de hacerlo, con sus contradicciones, sin reducirlos a “buenos” o “malos”. Intentamos alejarnos del etnocentrismo, del orientalismo, del paternalismo… pero están ahí. Y como periodistas occidentales, es fácil caer en esas trampas. Solo siendo honesta, humilde y respetuosa con quienes tienes delante, puedes evitarlas. En este caso, además, tenía un vínculo muy fuerte con estas personas. Las admiro, las quiero. No podía permitirme fallarles. Me habían regalado su historia, y tenía que estar a la altura. Y, sobre todo, devolver algo. El periodismo tiene que ser transformador, pero también justo con quienes te confían lo único que les queda: su palabra.

“El periodismo tiene que ser transformador, pero también justo con quienes te confían lo único que les queda: su palabra”

La rabia de Gaza

¿Cómo se vive la guerra de Gaza en un campo como Shatila, con una herida histórica tan presente como fue la masacre que sufrieron en 1982?

La memoria de lo que pasó en el 82 pesa muchísimo. Las cicatrices de ese genocidio están en cada calle del campo, no solo físicamente, sino también en la memoria de quienes lo vivieron y de quienes lo han heredado. Magdi, por ejemplo, se salvó por los pelos. Su padre tuvo la intuición de huir de un refugio en el que al día siguiente asesinaron a todos. Es muy fuerte cómo algo tan traumático puede convertirse, con los años, en motor de vida. Para ellos, el eco de Israel persiguiéndolos —en 1982, en Gaza hoy, o en los bombardeos sobre el sur del Líbano— es constante. Lo viven como una pesadilla cíclica. Lo que está ocurriendo en Gaza lo viven con mucha rabia, frustración y memoria. Magdi siempre me dice que cada bomba que ve caer por televisión sobre Gaza le recuerda a las que cayeron sobre Shatila en el 82. Para él es exactamente la misma pesadilla, cíclica, que vuelve una y otra vez. Pese a lo traumático, ese recuerdo también se ha convertido en su motor vital. Me escribía cuando Israel bombardeaba cerca: “We are at war again”. Y en uno de esos mensajes me dijo: “Mis abuelos huyeron de Palestina. Yo nací aquí, mis hijos han nacido aquí. Prefiero que me mate una bomba israelí a volver a huir de mi pequeña Palestina”. Y se quedó. Cuando muchos vecinos se marcharon por miedo, él no se movió. “Esta limpieza étnica no volverá a repetirse en este kilómetro cuadrado”, me dijo. Viven todo esto con una enorme ansiedad… y también con una profunda decepción hacia Occidente. Cada vez que hablo del libro, él me dice: “Cuenta la historia de Aliadas, sí, pero por favor habla también del genocidio en Gaza. No nos olvidéis”. La sensación es la del abandono absoluto. De ver cómo se asesina a miles de personas no tan lejos, mientras el mundo mira a otro lado. Y cómo eso, además de matar cuerpos, deshumaniza. A ellos, y a nosotros. Israel, además, ha impedido deliberadamente que los periodistas internacionales entren en Gaza. Yo estuve allí en varias ocasiones mientras era corresponsal. Cuando puedes entrar, puedes escuchar, mirar a los ojos, acariciar una mano. Humanizas. Pero ahora, sin acceso, lo único que nos queda son cifras, fuentes por WhatsApp… pero no humanidad. Y eso es terrible, porque sin ese contacto directo es mucho más fácil caer en la deshumanización, incluso sin querer.

Laura Tuero, Txell Feixas y Olga Muñiz en La Revoltosa. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Qué ha significado para ti personalmente convivir y narrar estas formas de resistencia cotidiana? ¿Qué te estás llevando tú de esta historia y de estas niñas?

Para mí ha sido una lección de vida y de humildad. Me siento afortunada de haber acompañado, durante tantos años, la lucha y el crecimiento de este equipo. Recuerdo algo que me dijo Basma, la mujer de Magdi y madre de Rasan, que me marcó. El libro pivota entre ellas dos, pero sin querer acabó siendo también un retrato de las infancias en Oriente Medio. Cuando nos conocimos, me dijo con dureza:“Tú serás una más de esas periodistas que han pasado por aquí. Nos prometen un libro, un documental, una película… y nunca llega. Se instalan en nuestras casas, duermen en uno de los pocos colchones que tenemos, comen nuestra comida —aunque a veces solo hacemos una comida al día— y luego se van. Ni siquiera nos mandan el link del reportaje.” Eso me atravesó. Me prometí que, aunque el libro saliera mal, al menos lo mandaría. Y lo hice. Cuando se publicó en catalán, un compañero llevó ejemplares al campo. Luego, hicimos una campaña de Navidad en Cataluña y recaudamos unos 100.000 euros. Gran parte fue a Shatila. El equipo entero viajó a Cataluña 15 días: visitaron el país, jugaron con chicas de escuelas e institutos. Ese fue el mínimo retorno que debía haber. Magdi me dijo: “El retorno no es solo el viaje. Es que hablen de nuestra historia, de Palestina, de Gaza, de otra forma. Solo escucharte hablar de nosotros no como víctimas, sino como supervivientes, ya es una forma de dignidad. Ya es suficiente.” Poder contar la historia de este colectivo con justicia y respeto ha sido un privilegio. Y una gran responsabilidad.

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¿El libro está previsto que se traduzca a más idiomas?

Por ahora está en catalán (con Mara Llibres) y en castellano (con Capitán Swing, desde mayo). Estamos luchando para que se traduzca a otros idiomas, como inglés o francés. Pero no es fácil, porque son editoriales pequeñas. Aun así, ellos mismos me cuentan que quienes visitan Shatila piden el libro en otros idiomas. Ojalá llegue.

Claro, una historia así merecería una traducción al inglés, ¿no?

Totalmente. Me encantaría. Pero cuesta. Las editoriales que han apostado por el libro no tienen los medios de las grandes. Aun así, estoy muy feliz. En Cataluña, por ejemplo, se vendieron muchos ejemplares. Recuerdo que, durante la campaña, llamé a Magdi y le dije que habíamos recaudado 100.000 euros. Se echó a llorar y colgó, de la emoción. Luego me dijo: “¿Tú sabes lo que puedo hacer con ese dinero?” Finalmente fueron 80.000, porque 20.000 se destinaron a una biblioteca secreta en Afganistán, también mencionada en el libro. Con ese dinero, Magdi pagó sueldos a entrenadores de defensa personal, psicólogos, cursos de inglés para las niñas… Todo eso da calma. Porque aunque vivas allí, nunca llegas a ser “uno más”. Y menos en un lugar como Shatila. Pero si al menos puedes dar algo, reducir esa culpa de estar cerca de tanto dolor, y saber que lo contado puede transformarse en algo real, entonces ha valido la pena. Recuerdo cuando las niñas vinieron a Cataluña. Algunas chicas catalanas las recibieron con sus nombres escritos en los brazos, en bolígrafo. Les decían: “Sois mis heroínas”. Y las palestinas lloraban. “¿Cómo que heroínas? Si solo somos supervivientes”, decían. Pero para esas niñas catalanas, saber que otras de su edad se jugaban la vida por botar una pelota… era algo fascinante.

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