Teatro Campoamor, octubre de 1994: cuando la paz en Oriente Medio parecía irreversible

Yasir Arafat e Isaac Rabin, galardonados con el Premio Príncipe de Asturias, tendrían un final tan trágico como el proceso que alumbraron en los 90.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

El 21 de octubre de 1994, el Teatro Campoamor acogió una ceremonia cargada de simbolismo político. Yaser Arafat, el histórico líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), alguien considerado un terrorista hasta hace no tanto por los gobiernos de la mayoría de países occidentales, recibía, vestido con su habitual kufiya, recibía el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia junto al presidente de Israel, el laborista Isaac Rabin. Vista hoy, más de 30 años después, la imagen parece imposible. Sin embargo, en aquel momento, contemporáneo de la elección de Nelson Mandela en Sudáfrica y el derrumbe del apartheid, muchos daban por hecho que el conflicto palestino-israelí no era más que otro de esos rescoldos de la Guerra Fría que estaban llamados apagarse en el mundo del llamada “globalización feliz”. Nadie podía imaginar que hoy la ONU estaría definiendo como genocidio la invasión de Gaza por el Ejército israelí.

El galardón asturiano a los dos mandatarios, que sería un gran salto en la internacionalización de los Premios Príncipe, venía precedido del Premio Nobel de la Paz a Arafat, Rabin y Shimon Peres, ministro de Asuntos Exteriores de Israel, y se inscribía en el contexto de los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 y saludados internacionalmente como el inicio de un proceso irreversible hacia la paz en Oriente Medio.

Arafat en el Teatro Campoamor.
Rabin durante su intervención.

El asesinato de Rabin y el ascenso de Netanyahu

El ambiente optimista de aquel octubre de hace ahora 31 años no tardaría sin embargo mucho en enturbiarse. Apenas un año después de que en la ceremonia del Teatro Campoamor Isaac Rabin afirmase que “tenemos que trabajar, en ocasiones, en contra de la naturaleza humana, que busca venganza”, el mandatario sería asesinado en Tel Aviv por un sionista de extrema derecha. Rabin, tiroteado mientras bajaba de una tribuna, acababa de participar en un multitudinario mitin que bajo el lema «Sí a la paz, no a la violencia», pretendía demostrar el apoyo social favor de los acuerdos de Oslo, muy contestados por la derecha israelí, y en especial los colonos, como una humillante claudicación a los palestinos.

Los Acuerdos de Oslo introducían la creación de la Autoridad Nacional Palestina, un gobierno regional, muy limitado, con ciertas competencias en Gaza y Cisjordania. Si bien el trato firmado por los laboristas, el centro-izquierda israelí, no tocaba ninguna de las piezas centrales de la colonización sionista, como el regreso de los refugiados palestinos o la devolución de Jerusalén Este, la derecha haría una fuerte campaña por la revisión del proceso de paz. Un proceso que en Palestina encontraba además la oposición armada de una fuerza emergente, Hamas, cuya campaña de atentados suicidas en vísperas de las votaciones favorecería el crecimiento electoral de los partidos israelíes contrarios a los Acuerdos de Oslo.

Si bien el acuerdo firmado por los laboristas no tocaba ninguna de las piezas centrales de la colonización, la derecha haría una fuerte campaña por la revisión del proceso de paz

Si bien los laboristas partían como favoritos en las elecciones celebradas en 1996, tras el asesinato de Rabin, el desarrollo de la campaña solo les haría perder apoyos hasta llegar a la derrota de Shimon Peres frente al derechista Benjamin Netanyahu, un ultraconservador partidario de la mano dura frente a los palestinos, y que sabría sacar provecho político a la ola de atentados de Hamas.

La larga agonía de los Acuerdos de Oslo

A pesar de la oposición interna en Palestina e Israel a los Acuerdos de Oslo, a trancas y barrancas, con avances y retrocesos, estos tendrían su continuación en la Cumbre de Camp David, EEUU, celebrada en julio de 2.000 durante la presidencia del demócrata Bill Clinton. Una paz frágil, ya agonizante, que se rompería a la vuelta del verano, con la represión israelí a una manifestación palestina y el estallido de la Segunda Intifada, un levantamiento popular en los territorios ocupados. Más de 4.000 personas, en su mayoría palestinos, perderían la vida a lo largo de cinco años de enfrentamientos que abonarían el crecimiento del islamismo en Palestina y de la derecha en Israel.

Soldados israelíes reprimen una manifestación en Cisjordania durante la Segunda Intifada.

Para el catedrático de historia contemporánea Francisco Erice Oslo supuso una paz muy precaria ya en su momento: “Por parte de Israel nunca hubo voluntad de cumplir lo acordado”. En opinión del profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu, aunque las cosas “todavía se complicarían más” al perder en 1996 las elecciones los laboristas y ganarlas la derecha sionista, con unos u otros en el poder, Israel no dejó en ningún momento de consolidar su colonización del territorio palestino, si bien los ritmos de esta podían diferir en función del carácter más progresista o conservador de los gobiernos israelíes.

Para los críticos con aquel proceso de paz, la agenda oculta de Israel pasaba por lograr la desmovilización política de la población palestina y sobre todo la cooptación de las élites de la OLP, progresivamente enfangadas en la corrupción, implicando además a la Autoridad Nacional Palestina en la represión a su propio pueblo. ¿A cambio de qué? De promesas y de prácticamente nada más. Hamas, organización contraria a la firma, capitalizaría la creciente sensación de rabia, frustración y estafa de amplios sectores de la población de Gaza y Cisjordania, así como el malestar con el acomodamiento y el clientelismo de los políticos de Fatah, el partido de Arafat, principal fuerza de una OLP apolillada, sombra del vigoroso movimiento de liberación nacional que había sido décadas atrás.

Daniel Barenboim y Edward Said en Oviedo/Uviéu.

En el bando palestino no solo los islamistas se opondrían a Oslo, sino también algunos sectores laicos, minoritarios, como el ala izquierda de la OLP, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, en horas bajas desde el fin de la URSS. También el intelectual palestino-estanoudidense Edward Said, partidario de un movimiento pacífico de resistencia a la colonización israelí, y uno de los fundadores de la llamada tercera vía democrática, el partido Iniciativa Nacional Palestina. Said, que 2002 también estaría en Oviedo/Uviéu para recibir el Premio Prínicipe de Asturias de la Concordia junto al director de orquesta arentino-israelí Daniel Barenboim, consideraba que los acuerdos no tocaban ninguna de las estructuras del colonialismo sionista y solo podrían llevar tarde o temprano al colpaso. El tiempo daría la razón a las palabras que escribía en 2001 en la New Left Review: “La función de los acuerdos de Oslo consiste en enjaular a los palestinos en un deshecho de sus propias tierras, como si fueran internos de un manicomio o una cárcel”.

El final de Arafat

En noviembre de 2004 el otro protagonista de la foto del Teatro Campoamor, Arafat, fallecía en su residencia de Ramala, Cisjordania, donde permanecía en la práctica encerrado por Israel. El Arafat de 2004 no era aquel distinguido invitado al que en 1994 se recibía con honores de jefe de Estado en los elegantes salones del Hotel Reconquista de Oviedo/Uviéu, sino un apestado al que la comunidad internacional daba la espalda tras su abandono de la política de colaboración y pactismo con Israel.

La muerte del líder de la OLP, que pudo ser envenenado por Israel, así como la Segunda Intifada, supusieron el definitivo fracaso de unos Acuerdos de Oslo muertos y enterrados, y de los que probablemente el líder de la OLP se terminó arrepintiendo. ¿Por qué los firmó entonces? Según Francisco Erice el líder palestino “tenía miedo de acabar como los indios americanos del siglo XX” y consideró que aquel precario y vago acuerdo era lo mejor que se podía arrancar a los políticos israelíes en un mundo posterior a la desaparición de la Unión Soviética, y en el que la resistencia palestina, sin grandes apoyos internacionales, parecía condenada a la marginalidad y la extinción.

En opinión del historiador el acuerdo ofrecido ahora por Trump y respaldado por Netanyahu “es una estafa”, por eso lo define como “mucho peor que Oslo”. Una vuelta de tuerca en la colonización y el expolio de los palestinos. Sin embargo, para Erice, muy poco optimista con la situación de Palestina, no cabe descartar que Hamas termine aceptando esta u otra oferta muy parecida, “probablemente por la presión de su propio pueblo, que está agotado por el sufrimiento”.

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