“La juventud tiene que organizarse ya para plantar cara a la militarización”

Antonio Escalante, militante antimilitarista, presentó en Asturias, invitado por el Conceyu Abiertu pola Paz, algunas alternativas para la reconversión de la industria bélica.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

A veces, un gesto pequeño explica mejor un compromiso político que muchos discursos. Antonio Escalante quiso empezar por ahí. Durante su reciente visita a Asturias, invitado por el Conceyu Abiertu pola Paz, un gesto espontáneo del fotógrafo Pablo Lorenzana —acudir sin que nadie se lo pidiera con cables y baterías para ayudarle a resolver un problema urgente— le permitió salir de un apuro. Para Escalante, esa forma de ponerse en el lugar del otro dice más sobre cómo transformar la sociedad que muchas consignas.

Nacido en Madrid, con tres años de vida en Asturias y desde hace más de tres décadas residente en Vitoria-Gasteiz, Escalante forma parte del colectivo antimilitarista Gasteizkoak. Es uno de los impulsores del libro Conversión de la industria militar en Euskal Herria. Para no fabricar más guerras (ZAPateneo kultur elkartea), donde analiza el crecimiento de la industria armamentística y propone su reconversión en producción civil de utilidad social. Coincidiendo con las presentaciones del libro, la web del colectivo ha sido recientemente hackeada y permanece inoperativa.

El libro pone el foco en la conversión de la industria militar. ¿Por qué defiende que este debate es hoy más urgente que hace quince o veinte años?

Porque la propuesta de conversión que planteamos ahora no es la misma que se hacía entonces. No hablamos solo de pasar de una producción militar a una civil, sino de una conversión hacia una producción civil de utilidad social que, además, cuestione el sistema productivo. Desde el antimilitarismo nos dimos cuenta de que durante años cometimos dos errores importantes. El primero fue considerar a las plantillas de las empresas militares como parte del enemigo. No eran el enemigo principal —ese papel corresponde a empresarios, accionistas e inversores—, pero tampoco las veíamos como aliadas. Hoy defendemos justo lo contrario: las trabajadoras y los trabajadores son protagonistas imprescindibles del proceso de conversión, porque conocen las capacidades técnicas, los materiales y las posibilidades reales de producción alternativa. El segundo error fue una visión muy estrecha del antimilitarismo. Nos especializamos en detectar el militarismo, se disfrazase como se disfrazase —uniformes, policía, ideología en las escuelas—, pero perdimos de vista que nuestras sociedades tenían otros problemas estructurales igual o más graves.

¿A qué problemas se refiere cuando habla de esa visión limitada?

A los colapsos múltiples que atravesamos hoy: ecológicos, medioambientales, de materias primas, de cuidados, de sostenimiento de la vida. No podíamos plantear una conversión industrial que no tuviera en cuenta todo eso. Todos esos colapsos tienen un elemento común: un sistema productivo capitalista que los genera y los reproduce. Por eso nuestra propuesta no puede ser sectorial ni exclusiva del antimilitarismo. Tiene que construirse desde los movimientos populares en su conjunto. El feminismo tendrá que definir cómo situar los cuidados y la vida en el centro; el ecologismo tendrá que plantear qué producir y cómo hacerlo sin repetir los mismos errores; y el sindicalismo tendrá que jugar un papel clave dentro de las fábricas. No vale pasar de fabricar tanques a fabricar molinos de viento sin más, inundando montes y territorios con nuevas infraestructuras que reproducen el mismo modelo extractivo. Eso no resuelve nada.

“Las armas solo sirven para dos cosas: para la guerra o para el desperdicio.”

¿Por qué proponen empezar precisamente por la industria militar y no por otro sector?

No decimos que tenga que empezar necesariamente ahí, pero creemos que es un buen punto de partida por dos razones muy claras. La primera es que la industria militar es el único sector que vive exclusivamente de presupuestos públicos. No vende a particulares: vende a estados y gobiernos. Es decir, funciona con nuestro dinero, vía impuestos. Si ponemos el dinero, deberíamos tener capacidad de decisión sobre su uso. La segunda razón es que se trata de una producción cuya inutilidad social es evidente. Las armas solo sirven para dos cosas: para la guerra o para el desperdicio. O se utilizan para matar o se almacenan hasta que se deterioran y se tiran. Desde el punto de vista social es una producción absolutamente improductiva.

El lobby armamentístico y el miedo a la guerra

¿Qué factores explican que en las últimas décadas haya aumentado tanto el número de empresas vinculadas a la industria militar?

En el libro analizamos cómo, a principios de este siglo, el lobby militar-industrial europeo empezó a organizarse de forma sistemática. Venía de unos años de caída del gasto militar y decidió copiar el modelo estadounidense. En torno a 2003 o 2004 se crea la principal organización de lobby armamentístico europeo y, a partir de ahí, comienza un proceso muy bien documentado de influencia directa sobre las instituciones comunitarias. No es conspiranoia: hay informes, estudios y documentos oficiales que muestran cómo la Unión Europea, que durante años se negó por principios a financiar la industria militar, ha ido cambiando su política. En apenas quince años se ha pasado de no apoyar este sector a crear presupuestos propios, comisiones específicas y mecanismos de financiación a través del Banco Europeo de Inversiones y de la banca privada. Todo ello acompañado de un discurso que intenta legitimar ese giro.

Ejército del Aire. Foto: España en la OTAN

¿Qué papel juega el miedo en ese cambio de discurso?

Un papel central. Para que ese rearme no fuera rechazado socialmente, se ha instalado un mensaje constante: “viene la guerra”. Se repite una y otra vez, aunque nunca se aclara quién es exactamente el enemigo. Ese miedo sirve para justificar recortes en otros ámbitos y para diluir debates fundamentales sobre los verdaderos problemas que tenemos como sociedad y como humanidad.

Frente al argumento de que la industria armamentística genera empleo y desarrollo, ¿qué alternativas reales de producción de utilidad social plantean?

Lo primero es desmontar ese argumento con datos. La inversión en industria militar genera menos empleo que la inversión en otros sectores. En el libro citamos varios estudios. Por ejemplo, uno de 2017 del Instituto de Economía Política de la Universidad de Massachusetts señala que por cada millón de dólares invertido en defensa se crean 6,9 empleos. Si ese mismo dinero se invierte en energías limpias, se crean casi 10; en sanidad, más de 14; y en educación, más de 19. Además, se habla de “industria de defensa”, pero al menos en el Estado español el 70% de la producción se exporta. Si se exporta al 70%, ¿a quién se está defendiendo? En un contexto en el que ni siquiera está claro quién es amigo y quién enemigo, ese argumento se cae por su propio peso.

“No hemos sabido leer a tiempo la velocidad a la que avanzaba la militarización social.”

Lenguaje, juventud y futuro del antimilitarismo

En el libro rechazan el concepto de “industria de defensa” y hablan de “producción para el desperdicio y la guerra”. ¿Por qué es tan importante disputar el lenguaje?

Porque se intenta cambiar la realidad cambiando las palabras. No es una industria de defensa si vende la mayor parte de su producción fuera. Tampoco genera riqueza social ni seguridad. Produce muerte o residuos. Llamarla “producción para el desperdicio y la guerra” ayuda a nombrar lo que realmente es y a desmontar el relato de seguridad que se nos quiere vender. Además, esa militarización social sirve para ocultar debates esenciales sobre cuidados, desigualdad o crisis ecológica. En ese sentido, creemos que hay que recuperar ideas que ya se defendieron en otros momentos. Como recordaba Xuan Candano tras la presentación del libro en Oviedo, evocando incluso canciones como Cruzar los vados de Víctor Manuel, hubo un tiempo en el que se cuestionó socialmente el papel del militarismo y se construyeron alternativas desde abajo. La insumisión, hace más de treinta años, fue una de esas experiencias.

Foto: Pablo Lorenzana.

¿Cree que el antimilitarismo ha quedado rezagado, especialmente entre la juventud?

Sí, claramente. No hemos sabido leer a tiempo la velocidad a la que avanzaba la militarización social. Hemos seguido funcionando con esquemas antiguos, con dinámicas repetidas, y eso no ha resultado atractivo para las nuevas generaciones. Por eso esta propuesta de conversión también es una autocrítica. Necesitamos replantear nuestras formas de organización, abrir el debate y hacer un llamamiento directo a la juventud. Los colectivos antimilitaristas estamos formados mayoritariamente por gente de alrededor de 60 años. No vamos a ser quienes libremos esta batalla en primera línea.

¿Qué papel deberían asumir entonces las nuevas generaciones?

Organizarse ya y empezar a plantar cara al militarismo en todas sus formas: ideológica, presupuestaria, industrial. Recuperar ideas que ya funcionaron, como las de la insumisión, y adaptarlas a la realidad actual. El debate no puede esperar a que la militarización sea un hecho consumado.

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