A las siete de la mañana, antes de que abran muchos bares y cafeterías en ciudades y pueblos de todo el país, muchas trabajadoras ya están en marcha. Limpian casas, cuidan mayores o encadenan turnos en la hostelería. En su mayoría son mujeres migrantes. Su trabajo sostiene buena parte de la vida cotidiana, pero apenas tiene presencia en los espacios donde se negocian sus derechos. Esa ausencia resume una de las brechas que atraviesa hoy el mercado laboral y el propio sindicalismo.
Este Primero de Mayo pone el foco en esa paradoja. Mientras la presencia de trabajadores migrantes crece en sectores esenciales, su peso dentro de las estructuras sindicales sigue siendo limitado. En algunos ámbitos, especialmente los más precarizados, la distancia es aún mayor. “No nos sentimos representadas”, resume Rafaela Pimentel, activista de Territorio Doméstico, organización referente en la defensa de las trabajadoras del hogar, y clave en la lucha para que la pasada legislatura España ratificase por fin el Convenio 189 de la OIT sobre los derechos de un sector que emplea a más de medio millón de personas, en su mayoría mujeres migrantes.
Una integración incompleta
Desde una perspectiva más amplia, Gonzalo Wilhelmi, historiador y sindicalista de CGT, introduce matices, pero no elude la crítica. A su juicio, la responsabilidad recae en buena medida en las propias organizaciones sindicales. “Quien no ha hecho su parte lo suficiente han sido los sindicatos”, sostiene. Sin embargo, añade que el problema no es solo migratorio, sino estructural, ya que el sindicalismo tiene más dificultades para llegar a los sectores más precarizados, donde también se concentran muchos trabajadores autóctonos.
Esa dificultad explica una integración parcial. Los trabajadores migrantes están presentes en el mercado laboral, pero no siempre dentro de las estructuras sindicales. La concentración en sectores con peores condiciones —cuidados, hostelería, empleo doméstico o transporte— actúa como barrera de entrada a la organización colectiva y limita su capacidad de participación.
Asturias: pocos, pero en sectores clave
En Asturias, el fenómeno tiene una dimensión propia. La comunidad no ha sido históricamente un gran polo de atracción migratoria, lo que se refleja también en la afiliación sindical. Según datos de Comisiones Obreras de Asturias, de sus cerca de 31.000 afiliados, unos 800 son extranjeros, lo que representa apenas un 2,5%. La mayoría proceden de países como Perú, Colombia o Rumanía. Una buena noticia en este sentido ha sido la reciente huelga de Glovo, liderada por CCOO y con fuerte presencia de migrantes.
“Hay una realidad objetiva: Asturias no ha tenido un gran empuje económico que atraiga población inmigrante”, explica su secretario general, José Manuel Zapico. A ello se suma otro factor determinante mencionado por Wilhelmi: la precariedad. “Muchos trabajan en economía sumergida o con miedo a ser expulsados, y eso limita muchísimo la capacidad de organización sindical”, señala.
“Nuestra fortaleza está en sectores con empleo estable y derechos consolidados, que no suelen ser donde los inmigrantes encuentran trabajo”
Las dificultades no son solo económicas o administrativas, sino también estructurales. El propio Zapico reconoce que los sectores donde se concentran más trabajadores migrantes son, precisamente, aquellos con menor tradición sindical. “Nuestra fortaleza está en sectores con empleo estable y derechos consolidados, que no suelen ser donde los inmigrantes encuentran trabajo”, explica. Y añade un elemento adicional: “Estamos hablando de una triple explotación, por ser mujeres, trabajadoras y personas racializadas”.
Precariedad, cuidados y autoorganización
Esa triple condición se hace especialmente visible en el ámbito de los cuidados y el empleo doméstico, donde la presencia de mujeres migrantes es mayoritaria. Durante décadas, este trabajo ha permanecido invisibilizado, fuera del foco sindical y, en muchos casos, también fuera del reconocimiento social. “El trabajo de cuidados nunca se consideró trabajo”, denuncia Rafaela Pimentel, que subraya cómo esa falta de reconocimiento ha dificultado la conquista de derechos básicos.
Ante estas limitaciones, muchas trabajadoras han optado por organizarse fuera de los sindicatos tradicionales. Colectivos como Territorio Doméstico o el sindicato SINTRAHOCU han impulsado algunas de las principales mejoras del sector en los últimos años. En Asturies Muyeres Pachamama, fundada en 2018, trabaja para convertirse en un referente de apoyo mutuo para las migrantes en el Principado, ofreciendo servicios como asesoría legal y laboral, pero también un espacio en el que compartir información, alegrías y penas.



Para Gonzalo Wilhelmi, este fenómeno responde a una lógica clara: “Cuando hay colectivos que no encuentran su sitio en las estructuras existentes, es normal que creen sus propias organizaciones”. Aunque advierte de que estos espacios tienen también límites y que, a largo plazo, será necesario articular formas de coordinación más amplias dentro del conjunto del sindicalismo.
El papel sindical frente al racismo y el reto del futuro
La autocrítica empieza a abrirse paso en el propio sindicalismo. José Manuel Zapico reconoce que sectores como el empleo doméstico o los cuidados han estado tradicionalmente fuera de su radio de acción y asume parte de la crítica. “Compartimos esa reflexión”, afirma, aunque insiste en que el sindicato no es una estructura ajena, sino “la capacidad organizativa de los propios trabajadores”.
Donde sí existe un consenso más amplio es en el papel que han desempeñado los sindicatos frente al racismo en el ámbito laboral. Desde los años noventa, su intervención ha contribuido a frenar la penetración de discursos xenófobos en los centros de trabajo. CCOO cuenta desde esa década con Centros de Información a los Trabajadores Extranjeros, siendo el asturiano, abierto en 1991, uno de los primeros de España. En Asturias, aunque se detectan casos de discriminación o explotación, no constituyen la norma general. “Sigue siendo una tierra de acogida solidaria”, sostiene Zapico.

El reto, sin embargo, está lejos de resolverse. La transformación del mercado laboral obliga a repensar el papel del sindicalismo en una sociedad cada vez más diversa. “El futuro del sindicalismo pasa por llegar a los sectores más precarizados”, advierte Gonzalo Wilhelmi, que apunta a la necesidad de integrar a una clase trabajadora más femenina, más migrante y más fragmentada.
Este Primero de Mayo, esa tensión volverá a hacerse visible en las calles. Mientras los sindicatos tradicionales celebran sus movilizaciones, otros colectivos, como el de las trabajadoras del hogar, organizan sus propias convocatorias. “Hace años que hacemos nuestro propio Primero de Mayo porque no nos sentíamos incluidas”, explica Rafaela Pimentel.
La imagen resume el momento actual. Una clase trabajadora que ya ha cambiado, que se organiza como puede y donde puede, y que plantea un desafío directo al sindicalismo. Porque sin los trabajadores migrantes, buena parte de la economía, y especialmente del sistema de cuidados, no funcionaría. La cuestión es si también tendrán un lugar central en quienes negocian sus derechos.



























