Europa y la democracia

Sería ingenuo pensar que Estados Unidos se va a desentender de la política europea.

Recomendados

Cheni Uría
Cheni Uría
Profesor jubilado de historia en enseñanzas medias

En 1919 los tratados de Versalles y Saint Germain machacaron a Alemania y Austria alimentando un ultranacionalismo pangermanista que en pocos años se convertiría en la gran amenaza para la paz y para la democracia y el factor decisivo de la política mundial. En 1991 la derrota y destrucción de la Unión Soviética sacó de su letargo al viejo nacionalismo gran ruso que adopta como primer objetivo la reunificación de las poblaciones y territorios de habla rusa y, agresivo como siempre,  vuelve hoy a ocupar un espacio principal en las relaciones internacionales.

 Durante varios años Rusia aceptó su nueva situación de debilidad y de potencia secundaria, pero pronto inició la revisión territorial según el criterio lingüístico (como en su día Alemania), incorporando Crimea y el Donbass, a la vez que marcaba como exigencia ineludible la desmilitarización de sus propias fronteras. Esa reserva fue irresponsablemente ignorada por Estados Unidos que durante la desmadrada presidencia de Bush y ante la tradicional impotencia de Europa proyectó la inclusión de Ucrania y Georgia en la OTAN. La consecuencia prevista fue la guerra.

La guerra probablemente podría haberse evitado o, en todo caso acortado, renunciando a la incorporación de Ucrania a la OTAN  

La guerra probablemente podría haberse evitado o, en todo caso acortado, renunciando a la incorporación de Ucrania a la OTAN  y con la cesión de algunos territorios pro-rusos. Lo cierto es que después de años de catástrofe humana y económica, Rusia está en mejores condiciones negociadoras que al principio. En realidad, los esparavanes de Trump son la simple constatación de la victoria de Rusia, mal que le pese a la Unión Europea, que se vio arrastrada a un conflicto que ni le interesaba ni le beneficiaba. Y el nacionalismo gran ruso resulta fortalecido y estimulado para nuevos movimientos, lo que le convierte en el factor más desestabilizador en el actual panorama internacional y la principal amenaza para la paz mundial (dejando aparte el nacionalismo genocida del Estado de Israel, históricamente confinado territorialmente en sus efectos destructivos).

Una mujer ucraniana en un refugio antiaéreo FOTO: Álex Zapico

El otro gran dato de la realidad es la crisis de la democracia y el avance de la extrema derecha. Las causas parecen múltiples. Las propias limitaciones y defectos de las democracias, la derrota de los valores y de la ideas de izquierda ya desde los ochenta del siglo pasado, los cambios sociales y el aumento de las desigualdades, la desaparición del movimiento obrero… Lo del trumpismo, lo de la extrema derecha en Europa, lo de las actitudes iliberales de la gente joven, son cosas que parecen ir muy en serio. Y de momento no se vislumbra una reacción. Si miramos a nuestro alrededor y rodeamos el planeta con nuestro catalejo, bien podemos concluir que eso de la democracia es una preocupación bastante ajena a la gran mayoría de los seres humanos y tiende a ser cada vez más una batallita sostenida por cuatro viejos discípulos del gran Diderot.

Donald Trump

Un análisis concreto de la realidad concreta, que decía el viejo Lenin, sitúa estos dos factores, la crisis de la democracia y el nacionalismo expansionista gran ruso, en el centro del panorama como elementos principales. Sin ellos es difícil hacer una interpretación razonable de la situación. Por eso cuando leo declaraciones y manifiestos tan preocupados por cuestiones como la OTAN o los gastos militares, me parece que se está dejando de lado lo más importante. Es cierto que el anuncio de la Comisión Europea de una inversión en defensa de 800.000 millones de euros parece un gran despropósito. No sé de dónde salió la calculadora, ni cuáles son los criterios, ni en qué se van a concretar tales inversiones. No tiene sentido plantear un enorme y arbitrario crecimiento del gasto militar sin previamente fijar unos objetivos y diseñar una coordinación entre los modelos de defensa nacionales ya existentes. Y pretender meter a Europa en una carrera de armamentos con Rusia es una verdadera barbaridad: no sólo porque las carreras de armamentos conducen siempre al desastre, sino porque además es impracticable. Creo que la Comisión se equivoca en el fondo y en la forma a la hora de plantear la cuestión. Los intereses particulares de Alemania, que ve en la industria de las armas un estímulo para su deteriorada economía, podrían ser una explicación de ese paso en falso. Pero, en todo caso, tomarse en serio la Unión Europea es de las pocas cosas positivas que se pueden hacer en las presentes circunstancias, lo que implica necesariamente dotarse de una política de defensa común, liberada por fin de la dependencia estadounidense. La Unión Europea es la única barrera frente a la extrema derecha y frente al expansionismo ruso. El futuro de Europa y de la democracia ( y más allá de eso, ¿por qué no seguir pensando en el socialismo?) no pueden depender de la guerra y de los ejércitos. Pero ninguna entidad política pudo existir nunca sin una capacidad de defensa y de disuasión.

Sería ingenuo pensar que Estados Unidos se va a desentender de la política europea. Son muchos los intereses económicos y militares que aquí mantiene. Las actitudes histriónicas de Trump pueden resultar desconcertantes en un primer momento, pero probablemente tengan más de presión y de chantaje que de verdadera voluntad aislacionista. En realidad, más allá del descarado apoyo a la extrema derecha y de las ganas de librarse de una guerra perdida en Ucrania, como en otros tiempos ocurrió en Afganistán o en Vietnam, los ejes centrales de su política exterior siguen siendo los de siempre: plataforma de intervención en el Oriente Próximo a través del estado genocida de Israel; atención preferente al Pacífico frente a la potencia emergente de China, como en su día fue Japón; y control de la OTAN para mantener su hegemonía en Europa y a Rusia bajo vigilancia. Pero a la vez, la camarilla ahora dominante en Washington, independientemente de sus bravatas, está reconociendo de hecho que los tiempos en que Estados Unidos era la potencia hegemónica indiscutible son cosa del pasado y se está imponiendo una realidad multipolar. En este nuevo escenario, lo que hasta ahora fue el Bloque Occidental y, más en general, las normas vigentes desde 1945 en las relaciones internacionales, comienzan a ser estorbos para los intereses estadounidenses en ámbitos como las políticas medioambientales, de regulación del comercio o de protección de los derechos humanos. Mejor, pues, distanciarse de la Unión Europea, torpedear aquellas instituciones internacionales que resulten molestas e, incluso, desplegar una política agresiva y expansionista a costa de antiguos aliados, como Canadá o Dinamarca. Así, la Unión Europea se despierta una mañana con su socio y protector tradicional convertido en un rival, un factor añadido de inestabilidad y una amenaza para su futuro democrático: más razones para plantearse nuevos avances en su integración y en su defensa colectiva.

Tampoco es la primera vez que en Estados Unidos se desencadena la caza de brujas. El racismo, la violencia y el expansionismo militarista son rasgos endémicos en aquella sociedad. De lo que allí ocurra, de las reservas democráticas existentes, dependen muchas cosas para el futuro.

Actualidad

spot_img