Un genocidio es un genocidio

Su nombre, el de Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, sí quedará escrito con letras de oro en la Historia.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Sobre las ruinas de la ciudad palestina de Rafah el estado genocida de Israel pretende construir un campo de concentración al que llama “ciudad humanitaria”. Lo ha anunciado el ministro de Defensa del gobierno del “presunto” criminal de guerra Benjamín Netanyahu, acusado “de usar el hambre como arma de guerra, de atacar intencionadamente a civiles y de los crímenes de lesa humanidad, de asesinato, persecución y otros actos inhumanos” (cito a Amnistía Internacional). Allí quieren encerrar a los palestinos que queden con vida después del genocidio, en absoluto presunto, que está llevando a cabo el ejército sionista. Esa bestia de nombre Benjamín Netanyahu ha propuesto para el Premio Nobel de la Paz a su cómplice necesario Donald Trump, el mismo que tiene una larga lista de asuntos pendientes con la justicia.

Cuando en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial Simone Weil publicó su ensayo La Ilíada o el poema de la fuerza, tomó como punto de partida el poema griego para reflexionar sobre la fuerza que era capaz de convertir en una cosa a un ser humano todavía vivo. La fuerza que no mata, pero que es peor que la muerte. Weil mencionaba entre otros ejemplos el horror que le esperaba a Criseida, cautiva troyana, a cuyo padre, Crises, Agamenón le advirtió de que no la devolvería jamás, que la llevaría con él a la Hélade y que pasaría el resto de su vida lejos de su país, trabajando para él, ocupando su lecho. Criseida era botín de guerra, un ser humano todavía vivo tratado una cosa, como lo fue después Casandra, la princesa troyana hija de Príamo y Hécuba.

La lengua griega tiene una palabra para esto: andrápodon, un sustantivo que traducimos como “esclavo”, específicamente “esclavo tomado como botín de guerra”. Es un término neutro, que es el género de lo inanimado. La palabra andrápodon está formada a imagen de tetrápodon, tetrápodo en griego, cuadrúpedo en latín, el animal vertebrado de cuatro patas. El andrápodon es, en cambio, el que sólo tiene los pies de humano. La intención del vencedor es cosificar a la víctima y la lengua muestra huellas de este proceso, pero las evidencias que deja la historia son diferentes: quien se cosifica es el victimario. Los prisioneros palestinos a los que el ejército de Israel tortura brutalmente, muy a menudo hasta la muerte, nunca son ni serán una cosa, ese poder no está en manos de la escoria asesina. Los genocidas sí son una regresión en la evolución humana. No esconden sus intenciones, las pregonan a los cuatro vientos: limpieza étnica, asesinar a cuantos palestinos puedan y acorralar y encerrar al resto en un campo de concentración. Y Europa colaborando.

Otra palabra griega que nos enseña mucho de la guerra es aichmálotos, con la que Homero y los trágicos se referían a una esclava prisionera de guerra. Es un término compuesto, también con un significado muy preciso: indica que la mujer ha sido apresada por la lanza de manera repentina, sin posibilidad de defenderse ni resistirse. Cazada. El paradigma de todas ellas eran las troyanas tomadas como botín por los griegos tras la caída de Troya, sorteadas y asignadas a los soldados vencedores de una en una, añadiendo un nuevo dolor a los muchos que ya soportaban. Ellas habían creído que irían todas juntas, pero no, navegarían desde las costas de su patria en Asia Menor hasta la Hélade separadas, con destinos diferentes. Eurípides recreó este episodio mítico en su tragedia Troyanas en el 415 a.C. y el director Michael Cacoyannis en 1971 dirigió la mejor versión posible con las mejores actrices posibles.

Todo este vocabulario griego que he recordado aquí alude a la violencia brutal consustancial a las guerras. Entonces como ahora estamos ante bandidos repartiéndose un botín (de nuevo cito a Simone Weil), pero los criminales de hoy añaden varios grados de inmoralidad alardeando de su brutalidad y empleando para lo que hacen palabras que, o no significan nada en su boca, o significan lo contrario de lo que deberían. Un campo de concentración es una ciudad humanitaria. El facilitador de un genocidio es propuesto para Nobel de la Paz.

Trump y Netanyahu

Los asesinos sionistas, como otros genocidas en otros momentos de la historia, suponen una regresión en la cadena evolutiva. Suele decirse que el lenguaje articulado representa la principal ventaja evolutiva de nuestra especie, aunque es una idea discutible porque es obvio también que supuso la pérdida progresiva de sentidos mucho más importantes que otros animales no perdieron y siguieron desarrollando. Dejando esto, de lo que no sé nada, aparte: los genocidas no saben emplear el lenguaje, no tienen ventajas evolutivas de ningún tipo, son escoria asesina de la que nadie recordará otra cosa que sus crímenes. A Hécuba (Katharine Hepburn), o a Andrómaca (Vanessa Redgrave), incluso a Helena (Irene Papas), ¿cómo olvidarlas? A Agamenón, que ni siquiera aparecía en la película, el general victorioso al que sus compañeros de saqueo entregaron como regalo, como “flor escogida” para él, a la joven Casandra, lo mató nada más volver al hogar su esposa Clitemnestra, por cobarde, por presuntuoso y, sobre todo, por asesino, por haber sacrificado a su propia hija, Ifigenia, antes de partir a Troya. Pobres familias de los genocidas sionistas, pobre de quien tenga que compartir cama y techo con un torturador.

Un genocidio es un genocidio es un genocidio. Esta palabra significa lo que significa y es a lo que estamos asistiendo con horror mientras nuestros gobiernos consienten y colaboran. El nombre del ministro de Defensa de Israel no lo recuerdo y no me apetece buscarlo, se irá por la alcantarilla como los nombres de los asesinos de su ejército, como el del secretario de estado de los EE.UU., que ha anunciado sanciones contra Francesca Albanese. Su nombre, el de Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, sí quedará escrito con letras de oro en la Historia por su defensa de la humanidad herida en Palestina. Ella sí merece el Nobel de la Paz, si es que las palabras van a seguir significando lo que significan.

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