En mayo de este año la periodista Caitlin Johnstone publicó un artículo titulado “Puede que las ratas estén empezando a huir del barco del Genocidio” (puede leerse en castellano en el blog de Rafael Poch de Feliú). Su tesis, basada en diferentes editoriales de medios de prensa británicos en los que se empezaba a denunciar el genocidio en Gaza, era que estos medios, que se expresaban así en editoriales y no en columnas, es decir, que mostraban su condena del genocidio como postura oficial del medio en cuestión, habían olfateado un cambio en el ambiente, habían empezado a ver modificaciones en los equilibrios internacionales y corrían para no ser los últimos en oponerse al holocausto gazatí. Había que disimular, hacer como que siempre habían condenado las atrocidades de Israel contra Palestina. El mismo movimiento, escribía la periodista, empezaba a detectarse también a título personal en algunos partidarios de Israel, como el diputado conservador Mark Pritchard, que había apoyado siempre y con firmeza la actuación israelí y que en mayo se retractó con estas palabras: “Hoy quiero decir que me equivoqué y condeno a Israel por lo que está haciendo al pueblo palestino en Gaza y en Cisjordania, y me gustaría retirar mi apoyo ahora mismo a las acciones de Israel, a lo que están haciendo ahora mismo en Gaza”.
En un caso como este, en el que los crímenes de Israel contra el pueblo palestino están documentados más allá de lo soportable, es difícil creer que uno haya podido equivocarse, pero es una posibilidad, por pequeña que sea. Y, además, una cosa es reconocer que se ha apoyado a Israel, admitir el error y condenar el genocidio, y otra es intentar colarse, caminando de perfil y disfrazado de rododendro, que diría Woody Allen, entre quienes siempre lo han condenado.
La hipocresía que se ha desplegado para no actuar contra los genocidas ha sido de tales dimensiones que la carrera de ratas a la que asistiremos en adelante va a ser frenética. Que primero poco a poco y ahora en cascada los ministros del actual gobierno (no todos todavía) hablen de genocidio, que el propio presidente le pida a Feijóo que diga “genocidio”, sería un motivo de alegría si no hubiéramos estado escuchando hasta ayer mismo que había que ser prudentes y que si era un genocidio o no ya lo dirían los tribunales. Y no se trata ahora, en absoluto, de hacer de Pepito Grillo, es que la cobardía, la hipocresía y la inacción de nuestro gobierno y del resto de gobiernos europeos han tenido consecuencias: más de 65.000 muertos, miles de desaparecidos, miles de heridos, amputados, huérfanos… Y una tierra arrasada. Y el derecho internacional en el sumidero.
Decir una cosa y la contraria según convenga está mal. Se acusaba a los sofistas de la antigua Grecia de hacerlo, pero no era exactamente así, los sofistas enseñaban retórica, tenían que proporcionar a los ciudadanos que querían ir a la asamblea y participar en política, en un momento en el que no había una educación regular, los instrumentos para hacerlo, y un buen ejercicio para aprender a ser un orador en condiciones era defender una causa y la contraria y desplegar la misma técnica, el mismo conocimiento de los recursos persuasivos en un caso como en otro. De hecho, lo más difícil es defender algo opuesto a aquello en lo que creemos. Pero una cosa son los ejercicios de retórica, inocuos, como elaborar un discurso en favor de la bella Helena y otro argumentando que por su culpa murieron miles de griegos y troyanos, y otro decir una cosa y la contraria en un parlamento y sobre un asunto como un genocidio.
Habrá que ver si las medidas que el gobierno acaba de proponer se aprueban y, una vez aprobadas, tienen la efectividad que se promete
Y hay algo que está todavía peor que decir una cosa y la contraria: decir una cosa y hacer otra. Habrá que ver si las medidas que el gobierno acaba de proponer se aprueban y, una vez aprobadas, tienen la efectividad que se promete. Lo único seguro de momento es que llegan tarde. No se trata de ser aguafiestas, de no querer reconocer que se trata de medidas necesarias y que hay que aplaudir, se trata de que todas sabíamos, desde hace casi dos años, que no se acercaba una guerra sino un genocidio. Y, por el camino, el genocidio se ejecutó. Algunos medios de comunicación, como NORTES, lo tuvieron claro desde el principio.
Veremos quién llega el último en la loca carrera de la que habla Caitlin Johnstone. Entre nosotros, el alcalde de Madrid está haciendo méritos. Genocida el último.



























