Recuerdos asturianos de un 27 de septiembre de 1975

Medio siglo después, antiguos militantes de la oposición rememoran cómo vivieron unas ejecuciones que aceleraron la agonía de la dictadura franquista.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

La mañana del 27 de septiembre de 1975 la dictadura franquista fusilaba en Madrid, Barcelona y Burgos, a los militantes de ETA Juan Paredes Manot “Txiki” y Ángel Otaegui, y a tres miembros de una nueva organización izquierdista, fundada tan solo dos años antes, el FRAP, Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, José Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo y Ramón García Sanz. Serían los últimos fusilamientos del régimen, tan solo dos meses antes de la muerte de Franco, ya gravemente enfermo.

Contra las ejecuciones se levantaría una enorme y variopinta oposición internacional que iría desde los principales mandatarios europeos al Vaticano, pasando por todas familias de la izquierda, unidas para salvar las vidas de los condenados. El rechazo a los fusilamientos impulsaría grandes manifestaciones en todo el mundo, así como acciones de boicot, destacando la negativa de los estibadores de varios puertos europeos a descargar buques españoles o el asalto y la quema de la embajada de España en Lisboa el propio 27 de septiembre.

La gijonesa María José Capellín, militante del PCE, exiliada entonces en Ginebra, participaría en las grandes movilizaciones convocadas en Suiza, país entonces con una importante colonia de emigrantes españoles. “Esa noche recuerdo la tensión esperando saber si había llegado un indulto o se habían atrevido. Viví una noche semejante en la que asesinaron a Miguel Angel Blanco, la espera, el desánimo, pero al mismo tiempo ese pequeño resquicio de no se atreverán” recuerda la antropóloga, ex directora de la Escuela de Trabajo Social, que todavía se emociona reviviendo la respuesta en Suiza ante la noticia de las ejecuciones: “miles y miles de personas, parecía que toda la población ginebrina había salido a la calle a gritar Franco asesino”.

También en el exterior viviría la situación Benigno Delmiro, natural de L´Entregu, estudiante de Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo/Uviéu, y que asistía en París a una reunión de militantes universitarios del PCE. Paradójicamente gracias a estar fuera lograría estar mejor informado del curso de los acontecimientos que de haber quedado en su país: “la televisión francesa informaba ampliamente de lo que estaba pasando en España”. Según Delmiro la solidaridad francesa sería impresionante y las movilizaciones multitudinarias, aunque por razones de seguridad el partido les obligaría a permanecer recluidos y no tomar parte en ellas.

Manifestación en Roma.
El primer ministro sueco, el socialdemócrata Olof Palme, manifestándose en Estocolmo en apoyo a los presos políticos de España.
Protesta frente al consulado de Amsterdam.

Al FRAP, la organización a la que pertenecían tres de los fusilados, estaba vinculada la asturiana María Roces, en aquel momento clandestina en Madrid e integrante de su aparato de propaganda. Roces lograría escapar en el verano de 1975 a la gran caída de la organización, y seguir con su actividad de producción y distribución de propaganda ilegal junto a un pequeño grupo de camaradas. Rememora que vivió la “funesta y angustiosa noche del 26 al 27 de septiembre” en una pensión de la calle Toledo, escuchando la radio, después de haber sembrado Madrid de miles de octavillas contra los fusilamientos. Por la tarde se quedaría “anonadada y con un nudo en la garganta” viendo en la televisión de un bar de la zona de Ópera como militantes de izquierdas prendían fuego en Lisboa a la embajada española.

“Viví una noche semejante en la que asesinaron a Miguel Angel Blanco, la espera, el desánimo, pero al mismo tiempo ese pequeño resquicio de no se atreverán”

Organizar la protesta asturiana

El País Vasco y Navarra serían los dos territorios en los que la movilización contra las ejecuciones tendría mayor envergadura, llegando incluso a la convocatoria de una masiva huelga general respaldada por toda la oposición, tanto nacionalista como no nacionalista. Fuera de allí la protesta sería más débil y puntual. En Asturies, el astillero de Duro Felguera, posteriormente Naval Gijón, sería una excepción dentro de la normalidad que se viviría en los centros de trabajo de la provincia. Allí sin embargo los trabajadores, entre los que destacaba un importante núcleo militante, organizarían un paro en solidaridad que acabaría con la detención y el encarcelamiento de cuatro de los dirigentes más significados del dique.

No eran tiempos fáciles para la protesta de masas. El régimen acababa de aprobar el Decreto-ley 10/1975, una medida de excepción que ampliaba la noción de terrorista a casi cualquier forma de oposición a la dictadura. No todo el mundo estaba dispuesto a jugarse la libertad, el despido, una multa o una paliza por luchar contra una dictadura cuyo final todavía resultaba incierto. A pesar de ese comprensible miedo, el antifranquismo gijonés lograría organizar una breve manifestación entre la antigua Caja de Ahorros y la Plaza del Humedal para protestar contra las penas de muerte. “Las manifestaciones de aquella eran más bien saltos. Te arrimabas a un portal o a donde buenamente pudieras y cuando alguien tocaba el pito saltabas y te manifestabas hasta que llegaba la policía y tocaba salir corriendo” explica Ana Carpintero, entonces obrera del textil y militante de la Liga Comunista Revolucionaria. Su compañero, Juan Manuel Martínez Morala, trabajador del naval, sería precisamente uno de los apresados por la policía en la protesta gijonesa contra las ejecuciones.

Manifestación unitaria por la amnistía y la democracia en el verano de 1976 en Xixón.

Francisco Prado Alberdi, trabajador del metal y uno de los principales dirigentes regionales de CCOO y del PCE, rememora la manifestación gijonesa como una acción que fue muy unitaria y que “nos sorprendió a todos” por la buena acogida que tuvo, yendo incluso más allá de la gente organizada y muy militante: “El pito lo tocó, me acuerdo, Claudio Hermosilla, del MC. Fue más que un salto, logramos llegar casi hasta el Humedal, donde ya empezaron a sonar las sirenas, hubo que disolverse y salir corriendo. La policía estaba muy prevenida de que íbamos a hacer algo”.

Mítines en los cines y recogidas de firmas

“Fueron días terribles” sentencia el abogado mierense Miguel Muñoz, militante del Movimientu Comunista d´Asturies, que señala que a pesar del miedo en Mieres se logró organizar una muy meritoria recogida de firmas, puerta a puerta, contra la pena de muerte. También otras acciones nocturnas tirando de spray y pintura: “los fusilamientos coincidieron con la fiesta de los Mártires de Valdecuna en Mieres, así que llenamos de pintadas los accesos”

“Fueron días terribles”

“Lo que más grabado me quedó de aquellas protestas fueron acciones coordinadas a una hora exacta en varias salas de cine de Gijón en plena proyección de la película subiendo al escenario, soltando un pequeño mitin y lanzamiento de hojas y salir pitando para no ser detenidos. Eran acciones de alto riesgo, pero había conciencia política y solidaria, aún sabiendo que nos la jugábamos” explica Cándido González Carnero, que entonces era militante del PCE, estaba despedido del astillero y trabajaba como soldador montando las esferas del gas en la Campa de Torres.

María José Capellín. Foto: Luis Sevilla
María Roces. Foto: David Aguilar Sánchez
Francisco Prado Alberdi. Foto: David Aguilar Sánchez.
Ana Carpintero. Fotografía: David Aguilar Sánchez.
Miguel Rodríguez Muñoz. Foto: Alisa Guerrero
Juan Manuel Martínez Morala y Cándido González Carnero. Foto: David F. Sabadell

Protestas estudiantiles en Oviedo

En Oviedo/Uviéu los universitarios serían el motor de las protestas contra las ejecuciones. En la Universidad el hasta entonces hegemónico PCE se acababa de romper entre un sector minoritario, afín a la línea eurocomunista de Santiago Carrillo, y los críticos, mayoritarios, agrupados en la llamada Oposición de Izquierdas. José Manuel Álvarez «Pravia», su principal dirigente, rememora una gran actividad asamblearia en las facultades, repartos de octavillas y “comandos” para interrumpir el tráfico en las calles. El más importante de ellos sería en la calle General Elorza donde unos 200 participantes colocaron cadenas y cortaron el tráfico durante casi media hora en una de las principales arterias de la capital: “Lo organizamos por grupos de diez y no detuvieron a nadie”.

Miguel Ánxel Lago, militante comunista del barrio ovetense de La Argañosa, recuerda los saltos, las asambleas, pintadas y repartos de octavillas, pero también el discurso oficial difundido a través de la televisión, entonces ya un medio de comunicación generalizado en los hogares españoles: “Na tele sacaben de contino semeyes de manifestantes delantre les embaxaes nel estranxeru y onde nun paraben de repetir que yeren antiespañoles, terroristes, comunistes, etc.. ( neso nun cambeó nada, la derecha española sigui nes mesmes)”.

“Gente Corriendo” (1975) de Juan Genovés.

Al gijonés Boni Ortiz, militante de la Organización de Izquierda Comunista, las ejecuciones le pillaron haciendo la mili en Valladolid. En el cuartel a los reclutas les tocó aguantar un pequeño mitin patriótico en el que el oficial de turno tachó de antiespañolas las protestas internacionales contra el franquismo. Boni, jugándosela, levantó la mano para preguntar qué animo antiespañol podía tener el Papa, que también había pedido a Franco el perdón de los condenados a muerte. El comentario, claro está, no gustó, pero la cosa no acabó en arresto.

El fin de una era

El régimen respondió a las protestas internacionales sacando a sus fieles a las calles. Las movilizaciones oficialistas fueron multitudinarias y bien amplificadas en los medios oficiales, pero también el canto del cisne del franquismo. El uno de octubre de 1975 un dictador gravemente enfermo protagonizaría en Madrid junto al futuro Juan Carlos I su última aparición pública.

Al apretar el gatillo el régimen no solo había disparado contra cinco jóvenes, sino también contra sí mismo. Las condenas a muerte sirvieron para recordar a la opinión pública europea que en el flanco sur del continente sobrevivía una dictadura fascista contemporánea de Hitler y Mussolini cuando ya los regímenes griego y portugués eran historia. Los sectores más lúcidos y modernos de la burguesía española, desesosos de entrar la Comunidad Económica Europea, también comprendieron que el franquismo, anteriormente tan últil para el disciplinamiento de la clase obrera, comenzaba a ser un estorbo, una mala tarjeta de presentación, y ya ninguna garantía de paz social. Y es que el miedo se estaba resquebrajando poco a poco en una sociedad acostumbrada a callar y obedecer. El 20 de noviembre de 1975 Franco moría tras una larga agonía. Pocos días después, miles de trabajadores iniciaban en toda España un ciclo huelguístico por mejoras salariales y libertades democráticas y sindicales que terminaría haciendo añicos el sueño de un franquismo sin Franco.

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