Sombras de los nazis de Sión

Que no permitamos que las imágenes de tortura, muerte y devastación se hagan familiares, inocuas.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El pasado domingo 17 de mayo entró en vigor en Israel la ley que permite ejecutar a los palestinos que causen la muerte de un israelí “con el objetivo de negar la existencia del Estado de Israel”. La acusación que recaerá sobre ellos será la de “genocidio”. Dejando de lado la indecencia que supone acusar a los palestinos de genocidio cuando son ellos los que llevan décadas sufriéndolo, se trata de una ley salvaje, discriminatoria y que permite emplear pruebas obtenidas bajo tortura.

Su impulsor, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, lucía últimamente en la solapa de su americana un pin con una soga. Se trata de la misma bestia (con perdón de absolutamente todas y cada una de las bestias que pueblan la tierra) que celebró recientemente su 50 cumpleaños con un pastel decorado igualmente con la imagen de una horca.

No sé si cuando este desecho humano era pequeño se vendía en los zocos de Israel un juguete consistente en un árabe ahorcado. En los años 60 (nada empezó el 7 de octubre del 2023) parece que sí y al Itamar niño le hubiera encantado. Un poema del palestino Salim Yubran, publicado en traducción castellana en 1969, tiene este epígrafe: Se ofrece en los zocos de Israel un juguete que representa a un árabe ahorcado. El poema, justamente titulado así, “El hombre ahorcado”, es como sigue: Un hombre ahorcado / es el mejor juguete, / la mejor distracción para los niños / que se ofrece en los zocos. / Pero no… No es en el zoco / donde se vende ya…. / Se terminó hace días… No lo busquéis. / Que lo comprendan vuestros hijos: / Se terminó hace unos días. / ¡Ay, almas de los muertos / en los presidios nazis! / No es un judío en Berlín / ese hombre ahorcado. / Es un árabe de mi pueblo, como yo, / ese hombre ahorcado. / Al que ahorcan vuestros hermanos…/ Perdón… Al que ahorcan las sombras de los nazis de Sión. / ¡Ay, almas de los muertos / en los presidios nazis!… / ¡Si supierais vosotras!… ¡Si supierais!… (puede leerse en Poetas palestinos de resistencia, traducción de Pedro Martínez Montávez y Mahmud Sobh, Madrid: Casa Hispano-Árabe, 1969). ¿Era real ese muñeco del árabe ahorcado?, ¿existió solo en el poema de Salim Yubran? La respuesta es otra pregunta, ¿nos extrañaría su existencia? Evidentemente, no.

Ahora es frecuente ver cómo a los sionistas se les llama sionazis, pero esto no es nuevo, llevan mucho tiempo ganándose a pulso ese calificativo, “sombras de los nazis de Sión”. Sigue siendo algo muy difícil de asumir y de digerir que el pueblo que sufrió las atrocidades de los nazis sea capaz de reproducirlas, corregidas y aumentadas, con el pueblo palestino, con miles de inocentes a los que tortura, priva de absolutamente todo y deja vivir entre ratas y morir entre escombros.

Normalmente, cuando veo noticias sobre el genocidio en Gaza, me vienen a la cabeza historias e imágenes del mundo griego antiguo al que me dedico. Pero otras veces, no pocas, no es así, porque no es fácil encontrar, ni siquiera en el género trágico, tan gore en ocasiones, nada parecido a la monstruosidad de los gobernantes y del ejército responsables del holocausto en curso. Este Itamar Ben-Gvir, el del pin de la soga, el de la tarta de cumpleaños con un patíbulo, es el mismo que acaba de difundir imágenes en las que humilla y maltrata a los integrantes de la flotilla solidaria con Gaza secuestrados por Israel en aguas internacionales. Algunos de los gobiernos a los que pertenecen los activistas, entre ellos el español, han condenado los hechos y pedido disculpas al gobierno de Israel que, como es natural, tiembla ante semejantes amenazas.

Muchos de los integrantes de la flotilla, cuya única misión era llevar ayuda humanitaria a Gaza, aunque Israel los acusa de colaboración con el terrorismo de Hamás, han sido puestos en libertad en condiciones deplorables, con heridas, con huesos rotos. Podemos imaginar (en realidad, no, no podemos) en qué estado estarán el cuerpo y el alma de los prisioneros palestinos que llevan en manos de la gente de Itamar Ben-Gvir años, no horas.

Un producto como Ben-Gvir requiere, imagino, una larga elaboración, una dedicación continuada al odio, quizá haya que empezar jugando de niño con el muñeco de un árabe ahorcado, o contemplando por diversión, como si se tratara de fuegos artificiales, cómo se quema vivas a familias palestinas en sus casas. Hay que acostumbrarse a que los gritos de los torturados no te rompan el alma, sino que te arranquen una sonrisa. No es fácil, imagino. Pero es posible, ahí tenemos a Itamar Ben-Gvir y a los suyos. El otro camino, el de la supervivencia de la Humanidad, tampoco es fácil, requiere también un trabajo diario, que no nos acostumbremos a gente como Itamar Ben-Gvir, que no pasemos por alto la injusticia, que no miremos a otro lado, que no permitamos que las imágenes de tortura, muerte y devastación se hagan familiares, inocuas. Que no llegue el día en el que alguien nos pregunte cómo pudo desaparecer el pueblo palestino y cómo pudimos colaborar con semejante atrocidad.

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