David “Canteli” no se apellida Canteli, sino Tejerina, aunque todo el mundo en Xixón, y buena parte de Asturies le llame así, Canteli, por ser desde hace dos décadas “el del Canteli”, histórico chigre del barrio del Carmen, hoy amenazado de cierre.
Punto de encuentro de una fiel parroquia de amantes del buen beber y el buen yantar, la pasada semana las redes sociales se llenaban de mensajes de tristeza al conocerse que el local se encuentra “en tiempo de descuento”. La propiedad ha decidido poner el edificio a la venta, por lo que la continuidad del Canteli se encuentra totalmente en el aire. “No quedarán chigres ni chigreros, solo sociedades limitadas” lamentaba en sus redes David, consciente de que lo suyo no es un caso aislado, sino un caso paradigmático del momento que atraviesa Xixón desde una pandemia que, según sus propias palabras, “lo cambió todo”.

No es la primera vez que tiene que pelear por sacar adelante su negocio. David, que mamó desde guaje la militancia y el activismo, se encerró durante el confinamiento con Tono Permuy, de Toma 3, en la Iglesia de San José, para reclamar a los poderes públicos ayudas para salvar negocios y puestos de empleo. Formaron entonces Hostelería con Conciencia, una asociación que pretendía ser la alternativa social a OTEA, la poderosa patronal hostelera que por entonces, no lo olvidemos, pedía con una mano el rescate público, y con la otra libertad para despedir a sus trabajadores…
El Canteli sobrevivió a la pandemia, pero no está tan claro que vaya a sobrevivir a lo que ha venido después de ella: la inflación, el desmadre con el precio de la vivienda, el tardeo, al que el otro día Xuan Cándano declaraba odio eterno en el pregón de las fiestas del Oviedo Antiguo, los nuevos hábitos de vida, más volcados al gym y el ocio online que a las barras de los bares, y la turistificación acelerada de un Xixón que a este paso, abrimos cita, “no lo va a conocer ni la madre que lo parió”.

Tejerina llegó a Xixón en 1992, “el año del descubrimiento”, procedente de tierras castellanas, atraído por lo mucho que entonces se cocía en esta ciudad norteña. Nacido en 1973 en Valladolid, y criado en Sanabria, este hijo de una profesora castellana y de un médico asturiano, ambos militantes del Partido del Trabajo de España, arribó con 19 años a un Xixón efervescente, en el que se entremezclaban la movida cultural y musical, las barricadas de la Naval y la lucha del movimiento juvenil contra el servicio militar.
Mientras estudiaba hostelería se implicó en el movimiento de insumisión y no tardó mucho en acabar juzgado y condenado a prisión. A su juicio fueron apoyarle no solo sus compañeros antimilitaristas, sino también muchos obreros de Naval Gijón. Era un tiempo en el que jóvenes insumisos y trabajadores de los astilleros iban de la mano en las luchas de unos y otros, en los enfrentamientos con la policía en el Natahoyo, pero también en los juicios a los jóvenes que se negaban a hacer el servicio militar y la prestación social sustitutoria. Así se forjó una vinculación con la Corriente Sindical de Izquierdas, paraguas de todo lo que se movía entonces extramuros de la izquierda institucional, que se ha mantenido hasta hoy.
Tras una breve estancia en Villabona, Tejerina monta El Barucu, punto de encuentro de las diferentes tribus de la izquierda gijonesa y asturiana
Tras medio año en la cárcel de Villabona, Tejerina monta El Barucu, punto de encuentro de las diferentes tribus de la izquierda gijonesa y asturiana. El inventó funcionó a las mil maravillas, y aunque el fundador no duró mucho tras la barra del establecimiento, la vida del Barucu se prolongaría sin él durante una década. Con el traspaso en la mano, “en un tiempo en el que el dinero duraba más”, y liberado para dedicarse a lo que le apetecía, Tejerina se embarcó en una nueva aventura: impulsar un medio de comunicación independiente. Así nació Güei, el esforzado producto de un grupo de militantes-periodistas-autodidactas para llenar un histórico vacío de la izquierda asturiana: un periódico propio.
La meritoria historia del Güei, que Pablo Batalla relató en NORTES, duró tres intensos años, y tras ellos tocó volver a currar en la hostelería. Esta vez montando El Rincón del Bierzo, un restaurante por el que pasaron muchos de los que entonces participaban en los movimientos sociales gijoneses: insumisión, asturianismo, ecologismo, izquierdas radicales varias… Nuevamente en el barrio del Carmen, donde entonces vivía gran parte del rojerío gijonés, y casi no hacía falta salir a nada, ya que todo estaba muy a mano: El Barucu, Picu Rabicu, Sestaferia, El Chigrín del Carmen, La Pepita… Un detalle: alquilar un piso en el mismo barrio en el que ahora proliferan Viviendas Turísticas y hoteles boutique, costaba de aquella 30.000 pesetas.

Con el nacimiento de su primer hijo David trató de probar suerte fuera de la hostelería, pero no fue fácil… La cabra tira al monte y poco tiempo después, con su amigo Iván Lueje, se liaba la manta a la cabeza para coger el traspaso del Canteli, un lugar que la Biblia del buen comer y el buen beber en Asturies, es decir, Les Fartures, define como “una sidrería de siempre, con buena sidra, buena cocina y buena selección de vinos”.
Tejerina defiende la apuesta del Canteli por “mantener la tradición sidrera y gastronómica” en tiempos de gastrobares, hamburgueserías de diseño, cadenas de comida oriental y franquicias de comida italiana. Un menú del día potente, con fabada y cabritu guisao, sale por 20 euros. Los fines de semana 22. “En una sidrería tradicional vas a pagar menos y comer mejor que en todos esos nuevos negocios”, apunta el hostelero, que señala que su local se nutre sobre todo de los indígenas: “Conecta con cierto turismo que busca lo genuino y tiene curiosidad por descubrir el territorio, pero es invisible para la mayoría”. Los miles de turistas que desembarcan cada verano en los cruceros que llegan al Musel no paran en Canteli.
Tejerina defiende la apuesta del Canteli por “mantener la tradición sidrera y gastronómica” en tiempos de gastrobares, hamburgueserías de diseño, cadenas de comida oriental y franquicias de comida italiana
“Me preguntan a veces si vivo del turismo, y siempre digo que yo no vivo del turismo. Al contrario, el turismo me está perjudicando porque expulsa a la gente de vivir en Xixón. Lo notas cualquier día por semana. No hay gente. Sales un día por semana y hay más vida en Mieres que en Xixón” explica Tejerina, que lamenta que los precios de la vivienda están destruyendo el tejido urbano para reemplazarlo por una sucesión de franquicias y negocios pijos.

Canteli lamenta que muchos de los parroquianos habituales se han ido a otros barrios o se están marchado a pueblos, donde la vivienda es más barata, por lo que visitan menos un chigre que sigue defendiendo las virtudes de la socialización en torno a una botella de sidra o de vino: “Los chigres siempre cumplieron esa función”.
De momento no tiene más Plan B que aguantar a que pase el verano y ver qué quiere hacer la propiedad, para la que no tiene una palabra de reproche: “Siempre se portaron bien y el precio del alquiler es razonable”.
Para Tejerina poner freno a la gentrificación y turistificación es fundamental si se quiere evitar la pérdida de identidad y personalidad de las ciudades. También solucionar el problema de la vivienda, para que la gente no viva tan ahogada y pueda gastar con un poco de alegría cualquier día de la semana. “Parece que se está formando un movimiento interesante por el derecho a la vivienda. Hoy lo condiciona todo. Yo conocí una hostelería que se nutría del ocio de los trabajadores de la Naval, de la siderurgia, de la minería… Sin una vivienda digna no se puede tener una vida digna”.





























