No hay distopía. Son los ricos y sus perros

No estamos entrando en una distopía. Estamos viendo a los más ricos tratando de despedazar cualquier reparto de riqueza o de justicia.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Reconozca que no tiene miedo a la IA. Todos expresamos temores sobre adónde llegará esto y peroramos sobre un mundo dominado por máquinas y grandes dueños, donde los demás seremos menos que nada. Pero es hablar por hablar. No estamos realmente asustados. Lo dicen nuestras palabras, pero no es nuestro estado de ánimo. Pasamos la mayor parte de nuestra vida sin miedo a la muerte, a pesar de la certeza que tenemos de ella. Nuestro sistema cognitivo y emocional es así. Las emociones son reacciones a lo inmediato, no las provocan cosas remotas. La propaganda nos puede convencer de que las pensiones son insostenibles. El truco es sencillo. Dejas en paz a los que ya las están cobrando o les das mordiscos de poca monta. Si la jubilación te queda muy lejos, la perorata de que no habrá pensión te puede parecer injusta, pero no te induce la emoción del miedo o la indignación. Y, cuando la tienes encima, ya tragaste las pastillas de propaganda en dosis suficientes para que cuele. Así es nuestro sistema emocional y así es nuestra mente. Nuestra mente y nuestra conducta se ve más afectada por lo que requiera menos esfuerzo cognitivo. Por ejemplo, es más fácil comparar cosas próximas que comparar cosas muy distintas. Es fácil comparar la vida del que tiene un sueldo de miseria, precariedad y un alquiler imposible con la vida del que es parecido, pero tiene solucionados esos problemas, con un sueldo holgado, un trabajo fiable y un piso en propiedad. Y es más difícil compararla con la vida de Florentino Pérez o de Ana Botín, que no caben en las gráficas de los humanos corrientes. Así es fácil que la ultraderecha cuele que las élites son las clases medias, los profesores y los listillos en general y que hay que rebelarse contra esas élites y contra tanto estudiado que vive de coña y te da lecciones mientras tú no aguantas. La libertad deberíamos pensarla como la autonomía personal y lo que la hace posible, incluidas las trabas que impiden que quienes tienen ventaja te la quiten. Muy abstracto. Nuestro sistema cognitivo traslada mejor a nuestras valoraciones una idea menos costosa: la libertad es quitar reglas, soltar la faja, que cada uno haga lo que quiera. Y, claro, que cada uno se las apañe como pueda. A los matones les encantaban los recreos en libertad y sin control. Las bandas adoran la libertad como ausencia de reglas. Y nuestra mente se come la idea más simple con facilidad.

Así somos, y por eso la preocupación por la IA es racional, pero seguro que no estamos realmente asustados. Pero la IA tiene un gran valor narrativo. Este año, un grupo de inteligencias artificiales de OpenAI recibe el encargo de resolver ciertos problemas de ciberseguridad. Se les niega el acceso a internet. Las IA comprueban que el reto era imposible y buscaron soluciones. Escaparon del entorno controlado, se comunicaron con otras IA, se organizaron jerárquicamente (unas IA asumieron mando sobre otras) y jaquearon la empresa Huggins Face. Apetecen palomitas, es una película en toda regla. La propia dimensión de la fortuna y poder de los tecno oligarcas es ya una novela de ciencia ficción. Y así, un vago temor mezclado con fascinación y con un espacio de alto valor narrativo nos atrapan la atención y escuchamos hipnotizados y deslumbrados a los niños malcriados de Silicon Valley, y nos tomamos en serio sus simplezas de niños ricos malcriados. Oyendo a Peter Thiel y sus ciudades islas libertarias y sin estado y sin política nos parece ir hacia una distopía, como si estuviéramos en un mundo que empieza a ser irreconocible. Curtis Yarvin es el ensayista de cabecera de Vance, Thiel y Elon Musk, muy apreciado por Trump. No quiere estado, ni impuestos, ni periodistas, ni universidades, ni autoridad monetaria, solo criptomonedas libres. Los derechos humanos son una superstición, empezando por la igualdad de razas. Cada estado libertario debe ser dirigido por un CEO, como una empresa, sin burocracias ni servicios, una monarquía eficiente. La democracia es una rémora. Peter Thiel dice que llevamos décadas estancados y que nos detiene el Anticristo. El Anticristo es Greta Thunberg, es el Papa León XIV, son los progresistas. Elon Musk tiene el empeño de colonizar Marte. Todos creen que la tecnología hará inmortales a los que importan. La igualdad y la protección social son como la arena que masticas comiendo un bocadillo de tortilla en la playa un día de viento. Es fácil creer que estamos entrando en una distopía, en una pesadilla futurista.

Lo que es el dinero. Cualquier cosa que se diga con dinero parece que hay que tomarla en serio. Yarvin ve los ciudadanos futuros como hobbits pastoreados por Elfos dominantes (sic). Y ve Elfos oscuros en sociedades secretas de control. Ve a los delincuentes y a los inservibles confinados y conectados a una simulación, en plan Matrix. Y el otro anda con el Anticristo y su empresa Palantir, el nombre la bola negra que ve la distancia y el futuro de El señor de los anillos. Y el otro anda con colonias transhumanas en Marte. Este es su nivel mental. Tontos del culo. Son ricos haciendo lo que siempre hicieron los ricos: dominar, ganar más, mangonear. Tienen mucho dinero y poder, no son como los que vendían muchos coches y eran muy ricos. Ahora somos centauros, con medio cuerpo digital, con esos dispositivos que nos tienen en un espacio virtual cada vez más presente en la vida real. Y ellos controlan ese medio cuerpo, se sienten más que amos, se ven como otra especie. Lo que dispara su imbecilidad es que, desde su altura, creen que tienen que generar doctrina, ser filósofos. No les vale ser ricos y mandar, tienen que pontificar, oírse lo distintos que son. Hay que tomárselos en serio, porque tienen dinero y poder, pero no porque digan nada que no sean estupideces de drogota o borrachuzo. Yarvin es un mindundi, el bufón que dice cosas que ellos quieren repetir, un friki inadaptado diciendo crueldades de cómic que gustan a los amos. Que le compren un traje verde con cascabeles.

La IA es más de lo que la gente cree, desde luego. Pero no estamos entrando en una distopía. Estamos viendo a los más ricos tratando de despedazar cualquier reparto de riqueza o de justicia, cualquier atisbo de protección o de oportunidades justas, cualquier elemento de convivencia que susurre a la gente su dignidad. Como siempre hicieron los poderosos y, como siempre, con perros y bufones alrededor. Ahora necesitan que la gente no vea lo que está a la vista, a base de meter ruido y crispar, hasta que lo más sencillo quede como esas figuras de los pasatiempos ocultas en una maraña de rayas. Necesitan más que nunca lo que más embota el discernimiento y más embrutece el pensamiento: el odio. El exabrupto y la deshumanización se hacen la norma, el debate público se reduce a onomatopeyas. Concentran en las Tanxugueiras, por cantar en gallego, o sobre niños, por ser de fuera y de piel oscura, toda la ira y el odio de su raza, como el capitán Ahab sobre la joroba de la ballena blanca. Y como él, cada vez que ven a Sánchez, si su pecho fuera un cañón, le dispararían como munición su propio corazón. Agreden en Oviedo a activistas por ser de izquierdas y el alcalde dice que el agredido era un buscaproblemas y los agresores buena gente (¡si lo hiciera Bildu!). Y todo con al grito de viva España. No se olviden de que la sobreactuación con el nombre de España y su bandera es siempre odio contra compatriotas. La mala baba está en todas las intervenciones de las derechas y en todas sus terminales mediáticas y judiciales. Necesitan odio para convencer a las mayorías de que sus derechos no son ahora la prioridad, que hay algo más urgente que atender. No estamos en El señor de los anillos ni en una distopía futurista. Son los más ricos queriendo dominar y queriendo sacudirse de encima esas liendres que son las libertades y derechos de las mayorías. Es el sabor actual de la lucha de clases de siempre. Los poderosos son malos como siempre, pero ahora parecen más borrachos y atontados.

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