La política es una actividad cruel, injusta y desagradecida, no apta para corazones delicados. También es azarosa y locamente imprevisible, en la que se puede ganar y perderlo todo a un mismo tiempo -que se lo pregunten a Feijóo- pero con una regla de oro: cuando pierdes, pierdes. No es justo y mucha gente valiosa se ha ido quedando por el camino, olvidados y marchitos, agotados en las luchas políticas que siempre son peores cuando se dan entre aliados y compañeros. De la política se sale con cicatrices, siempre. Es más divertido hablar de ella que practicarla, y sin embargo tiene un encanto de sirena que sigue conduciendo a muchos de los desdichados que escuchan su melodía directos a estrellarse contra las rocas en mitad de la tormenta. Quizás porque sintetiza lo más elevado y lo más miserable de la condición humana: la ambición, los celos, el ego, la codicia, el idealismo, el altruismo, la solidaridad, la empatía… y por eso nos sigue fascinando y atrayendo.
Pero por encima de ambiciones personales e ideologías, la mayoría de nosotros somos conscientes del grado de exposición pública y vulnerabilidad de quienes se dedican a la política –no solo a la institucional, también al activismo, mucho más precarizado y frecuentemente enfrentado al poder y a la política institucional, por lo que depende exclusivamente de las redes de apoyo y solidaridad entre compañeros- y del desgaste personal, especialmente en un clima tan crispado y tenso como en el que nos están colocando las derechas internacionales, que se han refugiado en el nihilismo y la demolición de los consensos nacidos tras la Segunda Guerra Mundial, en la abolición de las conquistas sociales y en el supremacismo heteromasculino y blanco frente a los complejos desafíos del siglo XXI y la diversidad de voces y matices que pueblan la conversación pública.
Bien lo saben las Ministras de Igualdad españolas Bibiana Aido y especialmente Irene Montero, que han sido el objetivo favorito de la reacción y la diana de todo tipo de burlas, desprecios y malediciencias. Cuando en el año 2020 el Ministerio pasó a manos de Montero, muchas contuvimos la respiración, pues fuimos conscientes de que un Ministerio que siempre ha estado soportando el fuego enemigo de las derechas, al caer en manos de Podemos, diana favorita de los teóricos de la conspiración y los trumpistas patrios, en el reparto de carteras del primer gobierno de coalición de la democracia, iba a verse inmediatamente acosado y asediado sin piedad. A Montero se la ha criticado y se han burlado de ella por su edad, su pareja, su género, su aspecto físico y su clase social. Ha vivido un acoso insoportable y ha sido objeto de todo tipo de rumores y calumnias. Además ha tenido que enfrentar el fuego amigo de sus compañeras de coalición, que no han llevado muy bien que se les arrebatara un Ministerio que creían suyo por derecho natural y que tomaron de rehenes los derechos de las personas trans en uno de los momentos más dolorosos que ha vivido el feminismo español, por culpa del empeño de una minoría en mantener una hegemonía que hacía mucho que habían perdido tanto en las calles como en las instituciones.
A Montero se la ha criticado y se han burlado de ella por su edad, su pareja, su género, su aspecto físico y su clase social
El Ministerio de Montero ha tenido grandes aciertos, el principal: haberse hecho eco de las reivindicaciones del feminismo “callejero”, haber escuchado las voces y las experiencias de las activistas, de la gente joven, del colectivo LGTBI… Ha sido un Ministerio valiente que se ha atrevido a sacudirse el polvo del feminismo académico y burgués, un feminismo que vive permanentemente alejado de los discursos alternativos y diversos y de las realidades sociales, ensimismado y congelado en el tiempo. Y ha sido gracias a esta sensibilidad que se han logrado sacar adelante -no sin dificultad y con un insoportable ruido de fondo y un alto desgaste personal- dos leyes fundamentales: la llamada Ley del Solo Sí es Sí y la ley que garantiza la autodeterminación de género.
Ambas leyes se aprobaron, además, en un momento político y social muy delicado, en medio de una guerra cultural que no toma prisioneros, con los grandes medios y parte de la judicatura haciendo oposición política, entre fake news, amenazas, exageraciones y amagos de pánico moral, entre falsas acusaciones de división, nacidas de la ignorancia sobre la propia Historia y las dinámicas del feminismo como movimiento político y filosófico, un movimiento crítico y en constante evolución y cuestionamiento, pero que siempre se ha sostenido sobre los hombros del trabajo y el compromiso de todas las compañeras.
El Ministerio, obviamente, también ha tenido errores de libro, y ha optado por una política comunicativa en muchas ocasiones desastrosa que se ha dejado arrastrar por el ruido de fondo y reaccionando a la defensiva cuando, quizás, lo conveniente hubiera sido tomarse un respiro y hacer más pedagogía. Tampoco ayudaron algunas colaboradoras que parecían confundir su papel institucional con el de una grupie. Nada de esto, sin embargo, ensombrecerá la labor de este Ministerio cuyos logros, políticas y memoria defenderemos con uñas y dientes.
Personalmente me hubiera gustado que el Ministerio en esta nueva legislatura hubiera quedado en manos de alguien a la izquierda del PSOE, mucho más sensible y proclive a desarrollar políticas feministas interseccionales. A la nueva ministra le deseo que mantenga y profundice las políticas que ha heredado y que tenga la valentía de continuar por esa senda, pues todavía hay muchos y complejos desafíos y tareas pendientes: los derechos de las trabajadoras sexuales o dar voz y visibilidad a las mujeres migrantes y racializadas, que han sido sistemáticamente olvidadas y silenciadas. También le deseo que pueda trabajar para todas y todes sin el insoportable ruido de fondo y el acoso que tuvieron que aguantar sus predecesoras.
Y a la ministra saliente le doy las gracias por su trabajo y compromiso y le deseo, de corazón, una vida feliz. Como feminista solo me queda recordar que la política y el activismo ni empiezan ni se acaban en el cargo institucional, que los gobiernos y los ministerios vienen y van pero que queda su legado, por eso nuestra obligación es defenderlo, porque, en cuestión de derechos, no vamos a dar un solo paso atrás ni para coger impulso.



























