«¿Qué tendrá que ver el nacimiento de Jesús con este estrépito infernal que el muy honrado pueblo de Madrid mueve con furor pimpleo por calles, plazas y tabernas?». Y eso que Clarín no llegó a ver el estremecimiento de luces de Vigo. La desmesura siempre fue la lengua nativa del mal gusto. Tiene razón Clarín y tantos otros en rezongar por la paradoja de celebrar a un personaje como pobre y humilde y hacerlo con el derroche más torrencial del año. Resuenan además en estas fechas dos palabras: Belén y paz. Y esa es otra paradoja. No es paz lo que se vive en Belén. Y las aclamaciones internacionales más enfáticas suceden cuando los actos de Israel en la zona dejan niños muertos y barrios arrasados. Los símbolos revelan lo oculto tanto como ocultan lo evidente.
Pero necesitamos la Navidad o algo parecido. Nos viene bien que por unos días reine Don Carnal, soltarnos la faja, castigar la úlcera, torturar los ahorros y vivir la ficción de que nos importa el vecino y que de verdad le deseamos feliz noche. Es como un estornudo del ánimo. Necesitamos simbolizar el tiempo. No tenemos sentidos para palparlo y necesitamos repeticiones y bucles para hacerlo habitable a escala humana. Qué haríamos en una isla desierta sino crear rutinas para no enloquecer. Bien lo sabe la Iglesia, que coloniza con sus ritos los bucles que marcan el tiempo igual que colocaba sus monasterios en las laderas más fértiles y con mejores vistas. Precisamente por ser estas fechas un remanso del tiempo, son propicias para la síntesis. La foto política incluye los partidos y el magma en el que flotan.

El PSOE está en un punto de cruce dulce. Sánchez se parece a Macron, su oferta es personalista, más de plataforma que de partido, con tanta ideología o falta de ella como haga falta, líquido y adaptable, con sensación de estado y de solvencia. Diga lo que diga ahora, intentó algo así Felipe González en el 96, pero lo intentó tarde. Él mismo dijo (y luego repitió textualmente y sin comillas Pablo Iglesias en 2015) que le había faltado una semana o un debate. Puede parecer que haciendo gaseoso al PSOE diluye su base social. Pero la clientela del PSOE es peculiar. Recuerda a la letal molécula de Andrómeda, en aquella película de ciencia ficción, a la que iban a exterminar con un bombardeo nuclear, pero se dieron cuenta de que la explosión la alimentaría y dispararía su expansión. Los bombardeos más letales al PSOE hicieron reaccionar a su militancia y electorado como Andrómeda. Le dieron el nutriente para su reconstrucción. En 2014 Podemos mandaba en las encuestas, el PSOE se disolvía como un azucarillo en la taza del PP y el PASOK griego desaparecía arrasado por Syriza, partido homólogo de Podemos. El PSOE parecía en trance de desaparición. Pero Podemos no captó la peculiaridad de Andrómeda y tuvo un fallo grave de comunicación (es fácil ser profeta hacia el pasado, pero sería de necios no aprender). C’s amenazó con engullir al PP y crispó al PP (aprovechategui, llamaba Rajoy a Rivera). Pero no crispó a sus votantes. Vox es un dolor de muelas para Feijoo, pero no para sus votantes. Podemos crispó a la cúpula del PSOE (bien), pero también irritó a sus votantes (mal). Cada votante socialista se hizo un erizo antipodemita y el bombardeo provocó el efecto de recomponer el cuerpo electoral socialista. Los ataques actuales a Sánchez son de destrucción masiva: la caverna mediática, el pellejo reseco en que se convirtió parte de su vieja guardia, la derecha agitando odios dementes, manifestaciones con aires violentos en sus sedes. Y la militancia y votantes volvieron a reaccionar como Andrómeda a los bombardeos. Por eso Sánchez aúna el personalismo sin partido de Macron y una base social con un potencial de lealtad y movilización propias de un partido disciplinado. Hoy tiene frontera con cualquier partido, salvo Vox. En su analítica, no hay marcadores de derrota.

Podemos está intentando quedarse con el botín simbólico de Podemos. No es un juego de palabras. La breve historia de Podemos es intensa e histórica. Si fuera una cebolla, el cogollo que queda es una parte mínima de todas las capas que fueron desapareciendo y además muy poco parecida a la original que llenó España de círculos muy movilizados. Pero lo que queda tiene el maletín y está apostando fuerte por ser la historia y símbolo que fueron todas las capas. Tiene pocas posibilidades de éxito, pero muchas de afectar a la percepción de Sumar como edulcorante del PSOE. Sumar tiene que construir su relato. El relato es el sentido que se da a datos sueltos y es más potente si se parece a una historia que si se parece a un cuerpo doctrinal. Los miembros de Sumar no son extraterrestres venidos del espacio. No es que procedan de Podemos e IU: son Podemos e IU. La historia de Podemos es la suya, la influencia de Podemos en el gobierno de Sánchez es la suya. IU es minoritaria, pero es el esqueleto más sólido y la referencia más estable. Guste o no guste, la izquierda llegará adonde llegue Sumar, no habrá Ave Fénix ni un nuevo reset del sistema. Por eso urge un relato y una afirmación ideológica enérgica, no una lista de influencias en el gobierno. Si no va a ser un partido estructurado, debe sacar beneficio de ser un montaje blando que implica en un movimiento a un montón de activismos sueltos. Necesitan sala de máquinas.
El PP está bien asentado en unas estructuras viciosas del estado en las que la democracia entró con desgana, dejando basura franquista bajo la alfombra. Pero es como una serpiente con el cuerpo demasiado largo, donde unos anillos entran en conflicto con otros. No puede acercarse al poder sin Vox y nadie pactará con ellos con Vox. Hay mayoría conservadora en el Parlamento y Feijoo se lleva bien con el PNV y no le hace ascos a Junts. Lleva todo este tiempo invirtiendo esfuerzos en Junts. La normalización política de Cataluña inducida por la amnistía normalizará un posible pacto con Junts, a quien acabará de bajar del monte el empresariado catalán, nostálgico del seny de Convergencia. Pero la derecha nacional necesita movilización, odio y una hipertrofia nacionalista que se nutre de un discurso inflamado contra nacionalismos periféricos. Con Vox prometiendo la ilegalización de PNV y Junts el PP no puede hablar con PNV y Junts. Y para quitarle los votos a Vox tiene que demonizar a PNV y Junts y sacar en manifestación a alucinados que se crean los tercios de Flandes en trance de puto defender a España. Y Feijoo tiene el problema de que el núcleo del poder conservador, Madrid DF, es el sótano que empapa de extrema derecha al partido y no va a permitir otro maricomplejines. Y Madrid DF tiene el problema de que Madrid DF es menos exportable de lo que creen. Vox tiene delante las piezas que llevaron a la ultraderecha al poder en otros sitios. Hay inestabilidad, ira, presión migratoria, marginalidad, desafectación política y un inframundo de fundamentalismo religioso bien financiado y bien incardinado en la Iglesia. Meloni sigue siendo una célula durmiente, pero ya empezó a mostrar el sectarismo religiosa. Le falta una pieza: el líder. Necesitan un político de altura como Le Pen o un intérprete creíble que haga pasar la maldad por rebeldía, como Trump, Bolsonaro o Milei. Abascal solo es un gandul, un vividor gris de poca monta.

El magma lento en el que flota el momento político es el de una democracia en descomposición y una lucha de clases en que las clases altas pelean a brazo partido, mientras las clases bajas creen que ya no hay lucha de clases. En tiempos sin senderos, hacen fortuna los discursos que predican la vuelta a casa, al refugio de la nación, la raza, la familia de siempre, los roles de género bien marcados. Las potencias se descuelgan del problema climático. La homofobia y el racismo van de la mano del aumento en la represión. No es un problema de minorías. La persecución de las brujas siempre fue para poder acusar de brujería a cualquiera. El mundo será más pobre, excluyente y autoritario. Y la lucha de clases seguirá sin ser una propuesta ideológica. Seguirá siendo un hecho. Feliz Navidad.



























