En un libro precioso, La historia del mundo en 100 objetos (Debate, 2012), Neil MacGregor, que fue director del British Museum, comenta, en el vigésimo primero de sus cien capítulos, unos paneles de piedra que adornaban el palacio de Senaquerib, rey de Asiria a inicios del siglo VII a.C. El palacio estaba en Nínive, cerca de la actual Mosul (Iraq). Los paneles, de unos dos metros y medio de altura, representan la toma de la ciudad judía de Laquis (actual Tell ed-Duweir, a 40 kilómetros al sudoeste de Jerusalén) por parte del ejército asirio. Los soldados asirios avanzan, escalan las murallas, toman Laquis. Y los ocupantes, vencidos, huyen de la ciudad en llamas. “Estas filas de personas, acarreando sus pertenencias camino de la deportación, probablemente constituyan una de las primeras representaciones de refugiados que existan. Resultan casi insoportablemente conmovedoras. Es imposible, mirándolas de cerca, no pensar en los millones de refugiados y desplazados que esta misma región ha presenciado a lo largo de los siglos, y sigue presenciando todavía”, escribe Neil MacGregor. Y dice más, recuerda las palabras de un diplomático británico curtido en los Balcanes: “Siempre hay guerras, siempre hay muertes, siempre hay refugiados. Normalmente los refugiados son como los desechos y los restos del naufragio de la guerra”. Las ciudades implicadas en la historia que representan estos relieves asirios siguen resonando hoy a guerra. Los pueblos vencidos pueden ser vencedores siglos después y otros refugiados desfilan ante nuestros ojos.
Pero también hay diferencias de entonces a ahora. Hay relatos asirios que recogen las palabras supuestamente dichas por el rey Senaquerib, alardeando del número de mujeres, hombres, caballos, mulas, asnos, camellos, bueyes y ovejas que se llevó de las ciudades tomadas. Y la propia Ilíada no deja de ser un poema maravilloso por recoger la desvergüenza con la que los griegos disfrutan de su botín formado por jóvenes muchachas, trípodes de bronce, armas y caballos. En la actualidad, en cambio, el botín, que sigue siendo la finalidad de las guerras, se oculta cínicamente. A los refugiados no podemos taparlos, aunque basta con que no se hable de ellos durante unos días en la prensa o la televisión para que los olvidemos, pero del botín no se hace alarde. Hay que buscar mucho en artículos de periodistas que se dejan el alma rastreando la pista de los negocios armamentísticos, de sus sucias implicaciones con la política, y de los negocios de las empresas de reconstrucción (recuérdese Iraq).
“Hoy en día, un misil balístico puede llegar perfectamente desde Rusia a España”, ha dicho Margarita Robles. Como se le ha recordado rápidamente, esto no es ninguna novedad, sino un hecho desde la Guerra Fría. La necedad de esta afirmación viene no sólo de presentar como algo nuevo lo ya sabido, sino porque da la impresión de que eso, que nos caiga un misil, nos va a pasar por estar distraídas regando las plantas, que dice la ministra que somos unas inconscientes. Seguro que si, en cambio, preparamos bien la guerra y alimentamos los fondos de Defensa, lo que nos caiga del cielo sean besos y abrazos. Estas cosas no se dicen porque se nos tome por imbéciles, sino porque, tristemente, funcionan. Son algo parecido a lo que uno de los filósofos de moda, Slavoj Žižek, llama “fantasía ideológica”, que consiste en que sabemos muy bien cómo son las cosas, pero hacemos como si no lo supiéramos, consintiendo un doble engaño: ignoramos la ilusión (ilusión en el sentido de falsedad) que está estructurando nuestra relación con la realidad. En este caso la “ilusión” sería la asquerosa máxima “si quieres la paz, prepara la guerra”. Sabemos que es mentira, pero tiramos para adelante.
No somos tan idiotas como para dejarnos asustar por Margarita y sus misiles, no necesitamos más guerras, sino que se acaben las que ya hay, y nos siguen espantando los ejércitos y su brutalidad patológica, como en el caso del genocidio en Palestina. Necesitamos nombrar a los que se reparten el botín y necesitamos crear nuevas fantasías ideológicas, hacer como que creemos que la paz es posible, que es posible la rendición de cuentas y, sobre todo, que es posible decir NO. Hasta que lo creamos dará igual lo que digamos.

Los griegos en la Ilíada luchaban por el botín, lo decían sin complejos, pero al menos los que arriesgaban su vida y los que se repartían los despojos de la ciudad tomada eran los mismos. Y, además, podían decir no. En un momento de cólera con uno de los jefes del ejército, que le había arrebatado parte del botín (una mujer, por cierto, botín de guerra entonces como ahora) Aquiles dejó claro que él no tenía nada contra los troyanos, que no habían cometido ninguna falta contra él, que estaba allí luchando por los intereses de otros y que su única recompensa era el botín: si se lo quitaban, él se retiraba. Y así lo hizo. Se fue a su tienda a tocar la lira mientras Patroclo escuchaba. Si luego volvió al combate fue por razones que no caben aquí.
Estamos siempre transigiendo. Yo misma lo he hecho al comenzar este texto, hablando de un libro del que he dicho que es precioso, porque lo es, sin cuestionar que esos “100 objetos” con los que el elegante Neil MacGregor reconstruye la historia del mundo son también, casi en su totalidad, un “botín” del British Museum. Si no transigiéramos de vez en cuando nuestra salud saltaría por los aires. Pero el NO a la guerra es innegociable, demasiados refugiados hemos visto ya desde la toma de Laquis por el rey Senaquerib. Toquemos la lira con Aquiles hasta que dejen de oírse los tambores de guerra.



























