Las cifras del infierno

Más de 40.000 muertos después, España sigue exportando armas a Israel, ocupa el quinto puesto, y le compra armamento que se anuncia como “probado en combate”, concretamente en Gaza

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

En el libro I de sus Historias cuenta Heródoto, hablando de los babilonios, que “a los que están enfermos los llevan a la plaza, porque no tienen médicos. Los que pasan por allí se acercan al enfermo y le dan consejos sobre su enfermedad, en caso de que alguno de ellos haya sufrido él mismo algo parecido, o haya visto a algún otro padecer lo mismo. Así, se acercan y dan consejos y recomiendan lo que les sirvió a ellos para apartar la enfermedad, o vieron que les sirvió a otros. No está permitido pasar de largo en silencio sin preguntarle al enfermo cuál es su mal”. Sin saber yo nada de la medicina en la Mesopotamia antigua, pero atendiendo a los logros de esa civilización, así en general, me atrevería a jurar que esta historia no es cierta, que no carecían los babilonios de médicos. Pero Heródoto lo cuenta como una costumbre que los honra, y ahí sí tiene razón. Parece un protocolo fácil, sencillo de cumplir por instintivo: acercarse a ayudar a quien lo necesita.

Durante la pandemia, siete mil doscientos noventa y un ancianos murieron en las residencias de Madrid, solos y sin atención sanitaria, sumando una cifra escalofriante. La decisión de que fuera así la tomó, al parecer, un gobierno autónomo que firmó unos protocolos que suponían un triaje vergonzoso, unos criterios de no derivación a hospitales que no se basaban en razones clínicas y que supusieron, a fin de cuentas, que los más débiles de entre los débiles, los más vulnerables, murieran ahogados y solos. En este caso el cumplimiento del protocolo no debió de ser fácil, según se deduce de las declaraciones del propio personal sanitario.

En Gaza el protocolo es matar indiscriminadamente a toda la población y, si hay que discriminar algo, que sea para ensañarse justo con los trabajadores de la Media Luna Roja y, en general, con las asociaciones de ayuda humanitaria y con aquellas personas a las que cuidan. El protocolo es bombardear campos de refugiados y hospitales. Un ejemplo entre mil: en Deir Al-Balah, en Gaza, el ejército de Israel ha asesinado al jefe de la Unidad de Quemados del Hospital Nasser. A él y a toda su familia. Otro centro médico, el Hospital Europeo de Gaza, en Khan Younis, cerró hace escasos días. Era el último activo en la zona, acogía a enfermos y a desplazados. El director general de la Organización Mundial de la Salud lo lamenta, dice que Gaza ya no puede permitirse perder más hospitales. Pero Israel ha ordenado evacuar Kahn Younis, sus órdenes de evacuación son terror psicológico, son continuas, los refugiados huyen ahora a un sitio, ahora a otro, ninguno de ellos seguro. Los psicólogos de Médicos sin Fronteras están desbordados, hay gente que ha sido evacuada doce veces en los últimos meses. Según la organización Save the Children, los ataques a la asistencia sanitaria en Gaza superan los de cualquier otro conflicto reciente a nivel mundial, con una media de setenta y tres ataques cada mes. Médicos sin Fronteras ofrece cifras igualmente alarmantes de hospitales destruidos, personal sanitario asesinado e infinidad de muertes indirectas por desnutrición y falta de medicamentos. Cumplir este protocolo asesino debería ser imposible para su ejecutor, el ejército de Israel, pero lo cierto es que no se les ve dudar demasiado.

Y más de cuarenta mil muertos después, nuestro país no ha dejado de exportar armas a Israel. Ocupa el quinto puesto en Europa desde el 7 de octubre. No sólo exporta, también compra a Israel armamento que se anuncia como “probado en combate”, concretamente en Gaza. Los datos, las vergonzosas cifras, pueden consultarse en el informe del Centre Delàs de Estudios por la Paz, analizado por Olga Rodríguez Francisco esta misma semana. Estamos siendo cómplices de genocidio y hay que seguir diciendo basta ya, basta de dejar morir a la gente de hambre, basta de destruir sus casas, saquear sus bienes, robar sus tierras, arrastrar con excavadoras sus cadáveres, basta de impedir la entrada de alimentos y medicinas, basta de vender armas a este ejército asesino y enloquecido.

Las cifras del infierno no son los más de cuarenta grados de temperatura que sufren ya muchas zonas de nuestro país, son esos más de cuarenta grados en tiendas de plástico, sin agua potable y sin comida. Las cifras del infierno son, sin irnos muy lejos, los siete mil doscientos noventa y un muertos sin oxígeno ni ningún tipo de asistencia; levantando un poco la mirada, los más de cuarenta mil asesinados con la ayuda (cada euro cuenta) de millones de euros de nuestro gobierno en intercambio comercial de armas. De todos ellos me acordé leyendo a Heródoto, porque, por razones diferentes, ni en un caso ni en otro, el instinto humanitario de ayudar, de asistir al enfermo, pudo encontrar salida. En un caso, a los enfermos se les encerró en sus habitaciones, en el otro se les está masacrando directamente, a ellos y a quienes tratan de aliviar su dolor. No deberíamos pasar de largo en silencio.

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