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Covid-19

La gripe del fin del mundo

Por primera vez somos, en tanto que colectividad globalizada, un mismo sujeto paciente sufriendo una misma pandemia

Gripe de 1918. Hospital de Kansas.

La literatura del confinamiento

Entre los primeros recuerdos literarios que guardaré de esta primera pandemia, estará un mensaje de móvil que parecía el fragmento de un diario de la cuarentena, decía algo así como “Segundo día de confinamiento: Llevo cinco meses sin follar”. El mensaje de móvil será el género por excelencia de las pandemias. A falta de mejor distracción, muchos esperan la visita de las musas durante el confinamiento del Covid-19. Ahora es su momento, tiempo tienen asgaya.

Marcel Proust experimentó algo parecido a una vida mundana durante la primera mitad de su existencia y se encerró la segunda para contarlo. Otros escritores, más aventureros o distraídos, anotaban sus vivencias a lomos de caballo, sobre cuadernos de bitácora, en las trincheras o borrachos por tugurios mal iluminados. Por supuesto los proustianos, pero también los demás, tuvieron que renunciar a mucha vida por la literatura. Las pandemias vinieron a alterar esta situación, ya no hay que renunciar a casi nada, la vida es sosa y sinsustancia, el resto es literatura. Así surge el boom literario de los años veinte, una literatura Ikea salpicada de miradas al móvil.

Lo habíamos presentido con aquel volcán islandés que colapsó las líneas aéreas de medio mundo, lo vimos claro el mes en que los chinos se pusieron a toser. La globalización ha empequeñecido el planeta hasta lo asfixiante, atenta contra la diversidad biológica y social, reduce la inteligencia a un puñado de eslóganes y simplifica los discursos políticos hasta solipsismos desesperantes. No dejan de sorprender la ignorancia y las imprevisiones de un sistema económico que crece imprimiendo billetes de monopoly para países ricos mientras se refugia en el oro —antes lo hizo en los cauris que vienen a ser lo mismo— que extrae de los países pobres. Durante la reclusión, se están escribiendo millones de diarios donde se explican estas y otras cosas con más o menos gracia. Ojalá que de este confinamiento salieran ensayos como los que escribió confinado Montaigne, aunque de esta peste tan cutre no me atrevo a esperar “El séptimo sello”, sólo memes y muchas temporadas de series.

Ojalá que de este confinamiento salieran ensayos como los que escribió confinado Montaigne, aunque de esta peste tan cutre no me atrevo a esperar “El séptimo sello”, sólo memes y muchas temporadas de series.

Sin embargo

Sin embargo, por lo desacostumbrado del suceso, las cuestiones acucian. Por primera vez en la historia de la humanidad algo sucede simultáneamente en todo el mundo afectando a toda la gente. Cierto que aún guardamos en nuestro inconsciente colectivo la impresión del legendario diluvio; que sabemos de las espantosas epidemias de peste que asolaron Europa en la Edad media; que nos llegaron los ecos de los temidos acercamientos del cometa Halley cada tres cuartos de siglo y que recordamos las guerras mundiales. Pero ninguno de aquellos desastrosos acontecimientos concentró de tal modo, en tan poco tiempo y tan dilatado espacio, las causas y los efectos. Por primera vez somos, en tanto que colectividad globalizada, un mismo sujeto paciente sufriendo una misma pandemia veloz e inopinada. La pregunta consecuente es: ¿tiene este único sujeto paciente capacidad para dar una respuesta unánime? o ¿somos una especie de Golem, un autómata fanfarrón confiado en su progreso tecnológico, un gigante con los pies de barro?

Nadie puede dudar que la pandemia del Covid-19 sea un desastre que está produciendo un daño enorme en vidas humanas y una crisis económica y social sin precedentes. Además, por ser sus efectos tan generalizados, alcanza a la estructura social y política de nuestras comunidades. No teníamos experiencia de algo que pudiera afectar a toda la humanidad en su conjunto y a un tiempo, y por eso nos asusta tanto. Nos asusta del mismo modo que nos produce más pánico la idea del fin del mundo que la muerte individual, aunque sea la propia.

Cuando llegue, el fin del mundo causará muchas menos bajas de las que lleva acumulada la historia. Soslayadas las interpretaciones religiosas, el fin del mundo será muerte sincrónica y colectiva, sólo eso. Es decir, que para cada quisque representará la misma cosa que el inevitable final particular que normalmente se asume con resignación y serenidad. La idea del fin del mundo, sin embargo, aun postpuesta ad infinitum o siquiera, a un futuro que no nos pertenece, nos aterra en grado superior a la modesta muerte individual. Quizás sea una prueba de consciencia colectiva, acaso un rayo de voluntarismo trascendente que se rebela frente a la catástrofe.

Pero ¿es realmente una catástrofe?

El término catástrofe se utiliza, sobre todo, en un par de ámbitos científicos: el matemático y el de las ciencias naturales. Desde un punto de vista matemático, la teoría de catástrofes —enfrentada o complementando al cálculo diferencial— reconoce en sistemas dinámicos normalmente estables una tendencia a manifestar discontinuidades (un ligero incremento de temperatura que derrite el hielo y lo transforma en agua), divergencias (un enfermo más que ya no cabe en la UCI de un hospital y que colapsa la organización sanitaria exigiendo otra diferente) y situaciones irreversibles (un negocio que quiebra y que ya no podrá volver a abrir). Se comprueba que, tomados a pequeñas escalas, los efectos de la pandemia pueden ser considerados catastróficos. Pero puesto que la pandemia es planetaria cabe elevar la pregunta a la escala global: ¿es la pandemia del Covid-19 una catástrofe global? ¿Serán sus efectos globalmente catastróficos? O, lo que es lo mismo: más allá de las experiencias biográficas y psicológicas particulares ¿implicará rupturas sistémicas en la organización política de los estados o en el sistema económico y financiero?

Corrientemente se emplea la palabra “catástrofe” en el sentido de “catástrofes naturales”, acontecimientos más o menos raros a la escala de la vida humana, este breve siglo en que vivimos, aunque relativamente habituales en la naturaleza. Un volcán que entra en erupción, un terremoto, un tsunami o el desbordamiento de un río se consideran pequeñas o grandes catástrofes naturales. Dejaremos para después la cuestión crucial de si esta pandemia es o no natural. De lo que no hay duda es de que esta pandemia sí es global. La escala de sus efectos es muy superior a la que alcanzaron el tsunami del Índico en diciembre de 2004 o la erupción del volcán Eyjafjallajökull en marzo de 2010, a pesar de que los efectos climáticos y económicos de ambos sucesos tuvieran gran repercusión internacional.


Grabado alusivo a una epidemia.

La filosofía natural emplea principalmente dos tipos de relatos para abordar las causas geológicas: el catastrofista y el uniformista o actualista. Este último invoca la constancia de las causas de la naturaleza para explicar los hechos geológicos. La principal aportación del catastrofismo fue mostrar lo arbitrario de tomar el presente como medida de otras épocas pues, con frecuencia, desconocemos la escala de aquellas causas, vamos, que Protágoras estaría fuera de lugar. Admitiendo la existencia de catástrofes puntuales pudo enhebrar la ciencia natural un discurso histórico. Paleontólogos como Stephen J. Gould o Derek Ager, investigaron la evolución biológica y otros procesos naturales y describieron largos períodos de estabilidad interrumpidos por episodios cortos y poco frecuentes de bifurcación evolutiva o de fenómenos catastróficos como los que atestiguan las extinciones de especies.

La escala de sus efectos es muy superior a la que alcanzaron el tsunami del Índico en diciembre de 2004 o la erupción del volcán Eyjafjallajökull en marzo de 2010, a pesar de que los efectos climáticos y económicos de ambos sucesos tuvieran gran repercusión internacional

El geólogo Kent C. Condie, al indagar sobre la posibilidad y el tipo de vida que podría haber en otros planetas apuntó una docena de factores cuya mínima alteración habría hecho imposible la vida que hoy conocemos en la Tierra: la distancia al Sol precisa y una órbita casi circular por lo que se recibe el calor justo del Sol de manera constante; una masa terrestre con una gravedad tal que sin dejar que el agua y la atmósfera se escapan de la Tierra tampoco nos aplasta; la tectónica de placas que permite la coexistencia de océanos y continentes; el campo magnético adecuado para salvarnos de los rayos cósmicos; la capa de ozono protectora de la radiación ultravioleta; la inclinación axial y la influencia de la Luna que garantizan una rotación sin tambaleos; el enorme campo de gravedad de Júpiter que nos protege capturando los meteoritos; incluso la extinción de los dinosaurios por colisión de asteroides hace 65 millones de años despejó el camino que recorrió después la especie humana. Que se repita la conjugación de factores que hace posible nuestra vida maravillosa es altamente improbable, mientras que una alteración porcentualmente ínfima de cualquiera de los factores mencionados arriba daría al traste definitivamente con la liga de fútbol profesional. Y obsérvese que sólo se han relatado elementos geológicos y planetarios cuya mínima alteración podría suponer una catástrofe definitiva para la vida humana, a estos habría que añadir un número muy superior de factores biológicos y médicos para acabar de definir el nivel de estabilidad o de provisionalidad de nuestro sistema dinámico, la fragilidad de nuestra especie.

Y por último ¿quién es la plaga?

Queda pendiente la cuestión de si la pandemia del Covid-19 es o no natural. Están publicándose muchos artículos que vinculan la aparición de este coronavirus con “la deforestación, la urbanización y la industrialización desenfrenadas con las que hemos dotado a esos microbios de medios para llegar hasta el cuerpo humano y adaptarse” (Sonia Shah, Le Monde diplomatique, marzo 2020). El burladero que separaba la naturaleza de la cultura ya no nos protege ni nos exime de responsabilidad. Aun así, afirmar que la especie humana sea una plaga sobre el planeta supone un punto de vista intolerablemente excéntrico ya que somos lo que somos porque estamos donde estamos. Pero no me resisto a citar una carta que Rousseau escribió a Voltaire en 1756 replicando la impiedad de este último a propósito del terremoto de Lisboa, acaecido el año anterior. Rousseau pone el dedo sobre la llaga y señala cual era la causa de tantas víctimas:

El terremoto de Lisboa de 1755 en un grabado de la época.

“No entiendo que se vaya a buscar la fuente del mal en otra parte que no sea en el hombre libre… los males físicos son inevitables en cualquier sistema del que el hombre haga parte y la mayoría de nuestros males son obra nuestra… En Lisboa, por ejemplo, no fue la naturaleza quien agrupó veinte mil casas de seis o siete pisos. Si los habitantes de esa gran ciudad hubieran estado más dispersos, el daño hubiera sido mínimo, tal vez nulo. ¿Cuántos desgraciados habrán fallecido por querer recoger sus cosas, sus vestidos, sus papeles o su dinero?”

Mas regresemos a nuestro confortable confinamiento. El comportamiento de los descoordinados estados políticos —que, en globalizada competencia económica, se han propuesto crecer y crecer sin admitir más reglas que las del libre mercado— recuerda al comportamiento de un chiquillo malcriado al que le dijeron, y lo creyó, que era el centro del Universo, el rey de la creación, el hijo de Dios, el dueño de una Tierra de la que podía disponer libremente y que, si el juguete se rompía, le regalarían otro.

La pandemia es una advertencia o, si se prefiere, una amenaza, otra plaga como las de Egipto, a la que convendría atender antes de que fuera demasiado tarde. Esta sería la enseñanza que debería sacarse. Es una señal más, la mayor hasta el momento, ya hemos desoído unas cuantas y vendrán más. Pensémoslo así: que la pandemia del Covid-19 tuviera efectos catastróficos para el sistema podría tener su lado benéfico.

Evaristo Álvarez
Escrito por

(Oviedo, 1958), geólogo y doctor en filosofía. Bibliotecario en la Universidad de Oviedo.

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