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Opinión

Arturo Pérez-Reverte y el republicanismo monárquico

España ha contado con consumados maestros en ubicarse en un impetuoso republicanismo retórico.

El Rey Felipe VI con el escritor Arturo Pérez Reverte en una entrega de premios. Foto: Casa Real.

Los republicanos españoles no hemos insistido suficientemente, en nuestra torpe agitprop, en el hecho, del que hoy disponemos de prueba fehaciente, de que la monarquía fue restaurada en nuestro país en contra de los deseos del pueblo. Lo sabemos desde hace exactamente cuatro años, cuando un periodista del canal televisivo LaSexta halló entre los materiales descartados de la famosa serie documentales laudatorios de Victoria Prego sobre la Transición, radiada en la televisión pública en 1995, un jugoso off the record en el que el expresidente Adolfo Suárez confesaba de este modo que nunca sometió a referéndum la forma del Estado porque las encuestas de las que disponía su Gobierno advertían de que los españoles preferían la República: «Cuando la mayor parte de los jefes de Gobierno extranjeros me pedían un referéndum sobre monarquía o república, hacíamos encuestas y perdíamos. Era Felipe [González] el que les estaba pidiendo a los otros que lo pidieran (risas). Entonces yo metí la palabra rey y la palabra monarquía en la ley [de Reforma Política de 1977] y así dije que había sometido a referéndum ya».

El polémico vídeo de Adolfo Suárez.

Aquella revelación que lo cambiaba todo pasó relativamente sin pena ni gloria, achicada su potencia sísmica por la maquinaria, ya no todopoderosa, pero aún muchopoderosa, de los pactos de silencio mediáticos; y en consecuencia, tampoco motivó que se explorara a mayores qué otras cosas fue significando cuarenta años atrás —pues tuvo que significar alguna más— la difícil horticultura de hacer prosperar una flor monárquica en un humus sociológico republicano; qué otras artimañas de jardinero experto (qué riegos especiales, qué injertos inopinados, qué estiércoles peculiares) tuvieron que acometerse sucesivamente con el fin de que no se marchitara, agostada por un ecosistema reticente. Bien reflexionado, puede el off the record de Suárez ser un cañón de luz inmisericorde que, derramado sobre el relato canónico de la Transición, desbarate bruscamente el juego interesado de claroscuros que lo conforma, de tal manera de ofrecerse a nuestra vista no sólo su dramaturgia sino también sus tramoyas; lo que pasó en sus ángulos muertos. Sin necesidad de enfangarse en el légamo de la conspiranoia, mucho puede decirnos, puede decírnoslo todo, una España republicana a la muerte de Franco sobre tantas cosas en las que ya barruntábamos el encierro de un gato —como el 23-F— o que no atinábamos a explicarnos cabalmente, como la cleptomanía olímpica de un monarca quizá siempre temeroso de perder un trono menos firme de lo que nos habían contado, y tener que tomar, como su abuelo Alfonso en el año treinta y uno, el tren de un exilio incierto.

Alfonso XIII y su familia.

Otros hitos de la Transición pasan a su vez, si no a explicarse de un modo completamente distinto, sí a ver enriquecida su explicación con elementos nuevos: la legalización del PCE, por ejemplo, no ya sólo, ni tanto, por la audacia y el compromiso democrático de Suárez (que, por lo demás, brillaron por su ausencia con respecto a otros partidos, algunos de ellos históricos y de militancia nutrida, a los que no se permitió concurrir a los comicios del setenta y siete, desde el carlista hasta Izquierda Republicana, pasando por los varios y rumbosos comunismos alternativos al PCE), sino también y más bien por la necesidad imperiosa de la Monarquía restaurada —en un momento en que el PSOE se declaraba republicano— de comprarse una izquierda que la apoyase como pasó a hacer el PCE de Carrillo, leal como siempre y como nadie a los pactos que firmaba, y aun a los humillantes acuerdos que posibilitaron su legalización. El Rey demostraría más tarde muchas veces entender bien —y probablemente lo entendiera ya entonces— que la estabilidad de su posición dependía mucho menos del entusiasmo del monarquismo estricto de corbata verde que de la benevolencia de unos republicanos por Juan Carlos dispuestos a avalarlo y a defenderlo sin alaridos ni genuflexiones.

Juan Carlos I con Pedro Sánchez y Felipe González. Foto: Casa Real.

El rey de una nación de republicanos también requiere una propaganda singular, distinta de la publicidad rutinaria de las monarquías consolidadas: no es imaginable acá algo como el Día del Rey —antes de la Reina— holandés, multitudinaria celebración popular del cumpleaños del soberano. Tampoco la fastuosidad imperial de cualquier festividad de la monarquía británica, con sus carruajes chapados en oro, sus pajes peripuestos, etcétera. Reinar sin realistas impone la contención en el despliegue de oropel, pero, a la vez, una mayor agresividad en la apología verbal; un citar y referirse a la República siempre imaginada como no necesitan hacerlo las propagandas de otras realezas, y hacerlo de una manera doble y paradójica: al tiempo demonizarla y abrazarla; disparar contra ella y asegurarla ya realizada bajo los auspicios del rey legítimo (recuérdese aquel «tenemos un rey muy republicano» del expresidente Zapatero). De soplar y sorber; ser antirrepublicanos y a la vez más republicanos que los propios republicanos se trata: una cuadratura del círculo que sólo hay una manera de resolver, que en España ha contado con consumados maestros: ubicarse en un impetuoso republicanismo retórico; en un ser republicanos de repúblicas distantes en el espacio y el tiempo, pero no de ésta, y excusar esa contradicción echando mano de vetustas tabarras tremendistas sobre el excepcionalismo nacional, el cainismo pertinaz y los gañanes de Goya.

Arturo Pérez Reverte en los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España. Foto: Casa Real.

Ningún maestro en este saltimbanquismo del intelecto como Arturo Pérez-Reverte, que en fechas recientes publicaba en su muy seguida columna de XLSemanal un artículo titulado «Para qué necesito un rey», paradigmática condensación de estos enjuagues republinárquicos. Reverte es —nos cuenta de esa manera suya que nos hace imaginárnoslo acodado en la barra de un bar— republicano, pero no un republicano cualquiera (de infantería, diría él), sino un republicano pata negra; un über-republicano «de la rama dura, jacobina cuando haga falta». ¿Republicano, yo? Más que el puto Robespierre, muchacho. Tan republicano es don Arturo que, ay, se ve obligado a defender la continuidad de la dinastía de Fernando VII y Alfonso XIII. Lo que a él le «pone [sic] es una república romana con sus Cincinatos, sus Escipiones y sus Gracos; o en su defecto, una república como la francesa, resultado de la que en 1789 cambió el mundo, hizo iguales a los ciudadanos, abolió privilegios gremiales, provinciales y de clase, e hizo posible que la bandera francesa ondee hoy en todas las escuelas y que, después de un atentado terrorista, en los estadios de fútbol se cante La Marsellesa». En este malhadado labrantío de caínes —lamenta el escritor—, no hay acomodo posible para esa República diamantina, por lo que no cabe sino encogerse de hombros y pedir vez en la cola del besamanos monárquico, inmediatamente detrás de un Alfonso Ussía o un José Manuel Soto, porque una cosa es amar a España más que el Capitán Trueno y otra creer que este país de mierda se merezca tener cosas más bonitas que una monarquía inviolable regida por uno de los Golfos Apandadores.

Pérez-Reverte no quiere, la duda ofende, un presidente de la República que incurra en la mezquindad de tener ideología política y presentarse a elecciones.

Un poco como a Manolito, aquel amigo de Mafalda que amaba a la humanidad pero le reventaba la gente, Arturo Pérez-Reverte ama a España, la ama mucho, venera con devoción sus gestas militares, que acostumbra a glosar con desbordante entusiasmo —da igual que se trate de los Tercios de Flandes o de la División Azul— en su columna, y le gusta el salmorejo, la tortilla de patatas y las cañitas de cerveza fresca, pero le revientan los españoles. Ni uno solo da el perfil de «presidente culto, sabio, respetado por todos», «árbitro supremo cuya serenidad y talante lo sitúen por encima de luchas políticas, intereses y mezquindades humanas», y el republicanísimo Pérez-Reverte no quiere, la duda ofende, un presidente de la República que incurra en la mezquindad de tener ideología política y presentarse a elecciones (se conoce que un Chirac, un Sarkozy o un Hollande sí son esos seres seráficos, arcángeles luminosos sin pasiones avaras). Solamente encuentra el académico ese dechado de virtudes —además de, suponemos sin miedo a equivocarnos, en él mismo— en el «bondadoso y prudente» Felipe VI, por quien pone la mano en el fuego porque una vez lo sonrió en una recepción. Après lui, le déluge: da igual que la española sea constatadamente una de las sociedades más tolerantes del mundo; da igual que la misma centuria de cenizos que hoy carga contra la República nos advirtiera, a la altura de 1975, que tampoco estábamos preparados para la democracia así en general («Dicen los viejos que este país necesita palo largo y mano dura»), y erraran de medio a medio. A Arturo Pérez-Reverte no se la dan con queso: sabe —lo sabe como Miguel Bosé sabe que Bill Gates nos quiere poner un chis— que hay un gen averiado en el ADN de cada español y que se activará indefectiblemente, como el 5G intravenoso, en cuanto se le toque una sola coma a la milagrosa Constitución del setenta y ocho, porque «los ataques actuales a la monarquía no responden a una reflexión intelectual de pensadores serios», y ya se sabe (lo pone el Michelet ya casi al final) que las mercaderas que asaltaron Versalles en 1789 no arrojaron la primera piedra hasta no leerse hasta la última nota al pie de las obras completas de Locke y de Rousseau y todo el asunto de la división de poderes.

Foto: Casa Real.

Llegará el día, debiera haber llegado, en que estas matracas sobre el guerracivilismo español resulten risibles y pierdan efectividad; en que un pueblo español rebosante de autoestima sepa replicar a quienes insistan en aventarlas que la razón de que en España estallara una guerra civil en 1936 no fue ningún aciago fatum genético, sino que una masa empoderada y dispuesta a defender sus libertades decidiese resistirse a aquello a lo que los alemanes y los italianos se habían entregado inermes, y eso no debe ser motivo de vergüenza nacional, sino del más alto orgullo. Podría llegar, incluso, el día en que dejara de remitirse esta plúmbea agorería a la goyesca pelea a garrotazos, metáfora presunta de la esencia fratricida de España a través —escribe Ana Chaguaceda— de «dos villanos solos luchando a bastonazos, enterrados en la arena hasta los muslos, como si no pudiesen escapar de esta lucha». Carlos Foradada ha demostrado con argumentos inapelables, apoyándose en fotografías de la Quinta del Sordo tomadas por el francés Laurent en 1874, antes de que las pinturas fueran arrancadas y trasladadas a El Prado con gran deterioro, que el cuadro original, muy transformado por intervenciones realizadas a posteriori por restauradores torpes como Salvador Martínez Cubells, componía una escena bien distinta; y no una equiparación amarga de las dos Españas, sino, muy al contrario, una toma clara de partido por una de ellas. Así lo razonaba Foradada en una entrevista:

“Duelo a garrotazos” de Francisco de Goya (1819-1823).

«En primer lugar, el personaje de la izquierda llevaba una flor blanca en la chaqueta —probablemente una rosa por su morfología y tamaño— que con Cubells desapareció; en el cuello también se adivinaba un empaste blanco que debía de ser el cuello de su camisa descosido y fracturado por los golpes, y llevaba el pecho cubierto de sangre. El blanco es el color de la pureza, y […] en [todo] Goya es el color de la Verdad y la Razón [… y también el color] de los liberales. Por otro lado, en Duelo a garrotazos la rosa también nos habla de un personaje urbano: los ganaderos no iban a apacentar sus vacas con una rosa prendida de la solapa. Además, ese personaje lleva un chaleco de terciopelo: era lo que se ponían en la ciudad cuando salían a pasear. El cuadro también representa a la España urbana enfrentada a la rural. El personaje de la derecha, que representa a la segunda, está pintado en los mismos tonos que la tierra que se ve detrás; está como integrado en el paisaje. Goya identificaba lo rural con lo atrasado y lo urbano con lo moderno, lo que tiene cierto sentido si uno mira la historia contemporánea de España y aun la de Occidente: la Segunda República se proclamó en las ciudades; la Revolución francesa se llevó a cabo en las ciudades y en algunas ocasiones en oposición a un campo levantado en armas en defensa del absolutismo, caso de la revuelta de La Vendée, y aun hoy vemos que personajes como Donald Trump pierden estrepitosamente en las grandes ciudades de Estados Unidos y ganan en el interior rural del país. La de la ciudad progresista frente al campo conservador es la gran dialéctica del mundo contemporáneo. Otro detalle: el personaje urbano lleva la cara descubierta, pero al rural no se la vemos; y esa oposición entre la opacidad y la transparencia, entre lo abierto y lo cerrado, entre lo descubierto y lo embozado, también es muy habitual en Goya. La claridad, la transparencia, son propias de los liberales».

Podrá llegar ese día en que nos sacudamos nuestros propios complejos de inferioridad como pueblo, y podrá ser el mismo en que proclamemos finalmente la Tercera República, obligando a Pérez-Reverte y a quien sea a ser libres a cañonazos, como él mismo dejara escrito en ocasión distinta que ha de hacerse siempre con los enemigos de la libertad. No hay, no, excusa posible. España está madura para la plenitud democrática. Delenda est Monarchia, hoy igual que en 1931.

Pablo Batalla
Escrito por

Es licenciado en Historia. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Su último libro es "La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista" (Trea Ensayos).

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