Günther Anders: conservar el mundo para transformarlo

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

Tuvo que pasar casi un cuarto de siglo para que Günther Anders (1902-1992) pusiese el punto final a la gran obra de su vida. Anders ­-judío polaco exiliado en Estados Unidos, pensador en la órbita de la Escuela de Frankfurt, activista antinuclear, marido de Hannah Arendt- filosofaba con la prensa del día sobre la mesa, y dejó escrito que “un filósofo que solo escribe para filósofos es tan absurdo como un panadero que solo hace pan para otros panaderos”. El suyo es un pensamiento que parte siempre de una experiencia concreta-un paseo por los suburbios, una conversación de autobús, un encontronazo con la policía, el trabajo en la fábrica-para trazar un retrato amargo y perspicaz del mundo tras la bomba atómica, la televisión, el industrialismo y los campos de exterminio. Los dos volúmenes de La obsolescencia del hombre, publicados en 1956 y 1980, oscilan entre el apasionado compromiso humanista de Anders y su pesimismo trágico, mas sin caer nunca en la resignación o en la abulia cínica y claudicante. “Si estoy desesperado, ¿a mí qué me importa?”, le soltó a un periodista al final de su vida.

Ya desde los subtítulos de ambos libros se advierte el progresivo desencanto del filósofo: desde una cierta objetividad descriptiva (Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial, subtitula en 1956) hasta la constatación irremediable del desastre en curso (Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial, subtituló hace ahora cuarenta años). Del primer libro dice que es “un informe a favor de un mundo más humano-no, más modestamente: a favor de la perduración del mundo”. Al comienzo del segundo, explica su demora en terminarlo aludiendo al tiempo empleado en su activismo pacifista y antinuclear, que se le antojaba mucho más urgente que la teorización académica. “La bomba no pende solo sobre los tejados de las universidades”, ironizaba.

“Si estoy desesperado, ¿a mí qué me importa?”, le soltó a un periodista al final de su vida.

En ambos tomos está muy presente la cuestión atómica y el potencial autodestructivo que nos confiere, un tema al que dedicó también otros de sus libros (El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia, que recoge su correspondencia con Claude Eatherly). Pero La obsolescencia del hombre es mucho más que una diatriba contra el mundo nuclearizado. A lo largo de sus 700 páginas desmenuza la experiencia del hombre contemporáneo en el mundo industrial y consumista, y lo hace con tal precisión y sensibilidad que sus reflexiones siguen siendo pertinentes para entender nuestro autismo digital, el desprestigio de la verdad, las trampas de la “libertad individual” o las patologías de la política autoritaria.

Lo fácil sería atribuirle a Anders dotes premonitorias y relegar su pensamiento al desván de la intuición y la profecía. Sus libros son en realidad un excelente remedio contra la soberbia histórica -esa sensación tan nuestra de habitar en la cima de los tiempos- y las ilusiones del progreso. El mundo en el que Anders vive y piensa es esencialmente el mismo en el que vivimos e intentamos pensar nosotros; y en La obsolescencia del hombre tenemos ya un esbozo de los rasgos capitales de nuestra época. Él denunciaba “la deserción del hombre”, acomplejado e impotente ante sus máquinas y dispuesto a convertirse en “aparato para los aparatos”. Esa “deserción” era entonces un proceso inconsciente, como una inercia fatal de la civilización técnica. Hoy, en cambio, existen potentísimas corrientes culturales y filosóficas, el transhumanismo y otros mesianismos tecnológicos, que defienden activamente una deserción definitiva de nuestra humanidad para fundirnos con la máquina.

La obsolescencia del hombre es en buena medida el desarrollo minucioso de tres tesis principales: “No estamos a la altura de la perfección de nuestros productos”; “producimos más de lo que podemos imaginar y tolerar”; “creemos que lo que podemos, también nos está permitido-no: lo debemos; no: tenemos que hacerlo”. Y excavando estas grietas va iluminando las galerías subterráneas de la modernidad industrial. Anders se mueve con soltura por las cavidades y descubre conexiones insólitas entre ellas: Auschwitz, la televisión, las fábricas, Beckett, Hiroshima, el totalitarismo, el trabajo, el tiempo…

Sostiene que la realidad palpable y sensible se convierte en un fantasma, un ente vaporoso y confuso que los medios de masas nos sirven a domicilio

Anders, que tuvo a Heidegger y Husserl entre sus maestros, recibió una notable influencia de la fenomenología, una corriente filosófica afanada en el estudio de las experiencias subjetivas. En “El mundo como matriz y fantasma. Consideraciones filosóficas sobre radio y televisión”, el capítulo más extenso del primer volumen, recurre al estilete fenomenológico para destripar la transformación de la conciencia en el mundo audiovisual. Sostiene que la realidad palpable y sensible se convierte en un fantasma, un ente vaporoso y confuso que los medios de masas nos sirven a domicilio. Nos volvemos “eremitas de masas”, todos solos y aislados pero consumiendo las mismas imágenes.

Günther Anders y Hannah Arendt

“El hombre es hecho pasivo y educado para confundir realidad y apariencia”. “Los acontecimientos se conforman cada vez más a las exigencias de la televisión, de manera que el mundo se convierte en imagen reproducida de imágenes”. Poco ha cambiado desde entonces.  Solo la aceleración y el perfeccionamiento de los dispositivos que nos aíslan y alejan del mundo, ahora ubicuos e imprescindibles en nuestra vida cotidiana. La digitalización total, equivalente a una vigilancia absoluta, está ahora en la agenda pospandemia de bancos, empresas y gobiernos. Tal vez sea un buen momento para revisar las observaciones de Anders.

Günther Anders fue tachado con frecuencia de romántico y reaccionario, y una suerte parecida le esperará a quien lo reivindique en 2020. Él era en realidad un revolucionario, pero un revolucionario de una estirpe muy particular, que pensaba que primero había que conservar el mundo para aspirar luego a cambiarlo: “Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros. Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros”. Pero de momento las cosas se parecen más a la canción aquella de Siniestro Total: “Juntos de la mano hacia la extinción”.

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