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Antiespecismo a debate: reflexiones de tres ganaderas extensivas

No sólo se trata de consumir menos carne, sino sobre todo de potenciar la producción local y sostenible en toda nuestra dieta.

Asturiana de Los Valles, Posada de Llanes, Asturies. Foto: Iván G. Fernández.

Queremos aportar algunas reflexiones en torno al debate que se da en las redes y los medios alrededor del animalismo, el antiespecismo, la ganadería y la ruralidad actuales. Lo hacemos desde la percepción que dentro de la izquierda anticapitalista este debate está abierto, y a menudo no se escuchan bastante las voces vinculadas directamente con la realidad campesina y rural.

Creemos necesario generar una visión holística de todos los elementos históricos, sociológicos y económicos que nos han abocado a la situación actual. No se trata de defender la agricultura tradicional y familiar sin más, ni tampoco de asumir sin matices discursos conservacionistas o animalistas. Hay que plantear cuál es la situación actual, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir para afianzar y defender una transformación social también en la ruralidad y el campesinado.

Emma Rojas, Martina Marcet y Helena Guillen, autoras del artículo.

Por ello nos centraremos en cuatro temas: evolución de los sistemas ganaderos, dimensión ecológica de la ganadería, aspectos morales y éticos; situando la soberanía alimentaria como eje vertebrador de todos ellos. En este primer artículo nos centraremos en hablar de dónde venimos, dónde estamos y por qué creemos que la ganadería extensiva es una herramienta válida e imprescindible para la soberanía alimentaria.

Historia, población y alimentación

La agricultura y la ganadería han sido el pilar central de las sociedades antiguas y motor de transformación y de cambio desde que hace más de 8.000 años los humanos comenzamos a cultivar los cereales y domesticar los animales.

La llamada Revolución Verde buscaba la intensificación de la producción

El aumento de la población mundial con la llegada de la época moderna no supuso una tecnificación del campo, sino el aumento de los cultivos de cereales y de la ganadería, que pasó de la autosuficiencia en la producción. Entramos en el siglo XX con una tierra ya agotada y propensa a la erosión. Y el aumento monumental de los cultivos destinados a la alimentación animal situaba el inicio de una competencia clara con la alimentación humana. La implementación de las dinámicas capitalistas a escala mundial y la actitud imperialista (vigente a día de hoy) de los países del norte hacia el sur, marcaron los cambios de cultivos y el paisaje agrario de subsistencia de la mayoría de zonas rurales del mundo.

Hacia los años sesenta, la situación demográfica creciente imparable y la distribución geográfica de los cultivos así como las posibilidades de la acumulación de capital brindaban la posibilidad de aumentar la producción con los nuevos avances químicos y tecnológicos. La llamada Revolución Verde buscaba la intensificación de la producción, la implantación definitiva de las divisas y precios marcados en las exportaciones y junto con una política de contención de los precios a nivel global hundieron al campesinado con salarios irrisorios, desplazando la acumulación del capital agrario en otros sectores como la transformación y distribución de los alimentos.

Con la globalización capitalista se propició que aquellos grandes propietarios sobre todo de tierras bajas – en las zonas de montaña continuó la gestión de los comunales de pasto – dejaran de ver el cooperativismo agrario como necesario y se hicieran un hueco en el mercado con marca propia mediante la intensificación de sus producciones iniciando así una carrera en el tráfico de influencias políticas, y su crecimiento económico exponencial con grandes acumulaciones de fincas, granjas y capital (como es el caso de marcas lecheras o casas de embutidos y cárnicas).

Así pues las dinámicas capitalistas mundiales iban dejando huella en las zonas rurales, desde la concentración de tierras e intensificación de las producciones agrícolas y ganaderas, al abandono de muchas masías y tierras para ir a trabajar a las fábricas y zonas urbanas alrededor de la metrópolis en los países del norte (los años 60 más de 2 millones de personas activas en el sector abandonaron el campo por la ciudad en España). En los países del sur planetario la intensificación de ciertos tipos de producción agraria (arroz, soja, algodón, maíz…) rompieron con la biodiversidad cultivada, las estructuras y formas sociales de las comunidades indígenas locales y la implantación del monocultivo como sistema que generaría una dependencia total de las nuevas trabajadoras precarias del campo a las empresas multinacionales. 

En Cataluña la llegada de la revolución verde se manifestó en tres grandes procesos. La especialización, la tecnificación y la integración en el proceso industrial.

Fuente: Greenpeace

Hablemos de ganaderías

Hoy pues podemos hablar de diferentes tipologías de ganadería en nuestro territorio. La ganadería de autosuficiencia tan diversificada como en el siglo XX es a día de hoy inexistente. Es necesario pues poner el foco de la cuestión en la dimensión de las explotaciones y su sistema de manejo ya que encontraremos diferencias abismales – bajo nuestro juicio, que dista de la definición por ley – tanto desde un punto de vista ecológico, de impacto en el entorno inmediato, como de bienestar animal y condiciones sociolaborales.

La ganadería intensiva de escala familiar es una víctima directa de la industria cárnica

La ganadería extensiva es aquella que utiliza los recursos del entorno para transformarlos en un producto cárnico / lácteo u otros. Los pastos en prados sembrados, prados permanentes, sotobosque y rastrojo constituyen la alimentación de los animales que, si tienen, al cerrado o cubierto sólo duermen (y se les aporta un complemento cuando la estación del año lo requiere y si lo requiere). Este tipo de ganadería se puede combinar con sistemas semi-extensivos, que implican tener animales encerrados un tiempo, o unas épocas del año, para acelerar el engorde o aumentar la productividad. Hablaremos en este caso de modelos semi-extensivos.

Por otra parte, la ganadería intensiva es aquella en la que la alimentación de los animales depende total o casi totalmente de la aportación de forrajes, ensilados y piensos en el corral. En este régimen el pasto es inexistente. Hay que diferenciar aquí entre la ganadería intensiva industrial (mayoritaria) y la de escala familiar (menor). Cuando se habla de ganadería intensiva industrial estamos hablando de grandes empresas que gestionan con economía de escala toda la producción ganadera, desde la producción de cereales en los mataderos, y que en la mayoría de casos deberíamos hablar de industria cárnica y no de ganadería. 

La producción agrícola intensiva está fuertemente subvencionada (…) Así se consigue vender productos de origen animal a precios muy bajos

La ganadería intensiva de escala familiar es una víctima directa de la industria cárnica. En muchos casos proviene de explotaciones extensivas tradicionales que por presiones del mercado han acabado asumiendo un sistema de cría de animales intensivo, hasta el punto que acaban «integrados», es decir, arrendándose (mano de obra y tierras y instalaciones) a grandes empresas cárnicas que controlan la producción.

Fuente: espaciociencia.com

Los principales impactos de la ganadería intensiva son sociales, económicos y ecológicos: 

A nivel social, la intensificación e industrialización de la ganadería concentra la producción en pocas manos, reduce la necesidad de mano de obra gracias a una mecanización extrema al tiempo precariza los trabajadores para ajustar los costes. Esto ha expulsado de manera continuada mano de obra de las zonas rurales, que se ha marchado de estas zonas para ir a buscar trabajos en las metrópolis, provocando despoblación rural.  

Económicamente hablando, hay que tener en cuenta que la producción agrícola intensiva está fuertemente subvencionada, por lo que la materia prima es muy barata, y no se pagan las externalidades negativas (básicamente ambientales) de su actividad. Así se consigue vender productos de origen animal a precios muy bajos. Además, al ser sistemas orientados a producir en gran cantidad, esta producción no suele vender a través de canales cortos ya menudo -como en el caso del sector porcino en Cataluña- se dedica a la exportación ya la especulación, provocando auténticas distopías alimentarias.

En cuanto al impacto ecológico, la ganadería intensiva es un tipo de ganadería que consume muchos recursos, y que genera muchos residuos concentrados en lugares concretos. Cuando hablamos de la contaminación que causa la ganadería (por purines, por gases de efecto invernadero…) nos referimos mayoritariamente a este tipo de ganadería, ya que es el mayoritario actualmente. Del mismo modo, los datos sobre litros de agua o kilos de comida necesarios para un kilo de carne o litro de leche, también son datos hechos a partir de este modelo de industria cárnica. Muchos factores favorecen este elevado consumo y contaminación: concentración y confinamiento de muchos animales, sistemas de cría, de alimentación y de instalaciones que producen purín, crecimientos rápidos de los animales etc.

Como ganaderas, y personas que habitamos entornos rurales, teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente creemos que el único modelo válido para la cría de animales ambientalmente y socialmente (aparte de éticamente) es la ganadería extensiva. La ganadería extensiva aporta beneficios ambientales y permite garantizar la soberanía alimentaria de los pueblos. Pero también es evidente que no todo vale por mucho que le ponemos el apellido «extensiva»: puede tener externalidades negativas, como sería el exceso de pasturas, que contribuye a la erosión de los suelos y desertificación. 

A continuación expondremos por qué consideramos que la ganadería extensiva es ecológicamente y ecosistémicamente la mejor opción, y por qué la consideramos imprescindible para la soberanía alimentaria.

Ciclos de vida, ecosistemas y ganadería extensiva

La organización de las sociedades occidentales ha sido, desde hace miles de años, una organización vertical basada en la acumulación. Una pirámide donde los de arriba sólo cogen y los de abajo se quedan con los muelles. La culminación de esta organización llega con el capitalismo, donde tenemos un flujo claro económico de abajo hacia arriba, una acumulación de capital a las clases sociales superiores y una extracción de recursos y mano de obra a los de abajo. Es fácil entender que un flujo unidireccional necesita una extracción y un crecimiento continuo. Y es normal que, cuando miramos el mundo, lo hacemos desde un prisma humano, y desde los esquemas culturales y simbólicos que nos han socializado: de nuestros conocimientos, nuestras limitaciones y nuestros prejuicios. Miles de años de organización vertical dejan huella en nuestra mente.

Pero, ¿es válido extrapolar los conceptos de esta organización social al funcionamiento de la naturaleza? Haciendo un repaso al funcionamiento de los ecosistemas veremos que el planteamiento humano está muy alejado del funcionamiento natural. No hay flujos unidireccionales, no hay límites claros ni clases superiores, y por supuesto no hay una acumulación continua de vida, energía y materia.

Los ecosistemas son comunidades de seres vivos y el medio en el que viven que funcionan de manera cíclica, con un reciclaje continuo de materia y una creación y destrucción continua de vida. Para que se lleve a cabo este reciclaje, cada grupo animal, vegetal, fúngico, bacteriano tiene un papel clave. Como todos sabemos, las plantas utilizan la energía solar, el CO2 de la atmósfera, el agua y los minerales del suelo para crecer, reproducirse y crear materia orgánica. Pero los nutrientes del suelo son finitos, y para que continúe la vida vegetal necesario que parte de la materia orgánica que ellas mismas han creado vuelva a tierra. Vamos, que necesitan su propia muerte para que la vida continúe. Del primer paso para conseguirlo se encargan los herbívoros. Comen las plantas, las digieren, y las excretan con una proporción de Nitrógeno y Carbono más apta para que podamos pasar al siguiente paso, que consiste en mineralizar la materia orgánica: los insectos son los primeros en comenzar a alimentarse de los excrementos y los siguen los hongos y las bacterias. Este proceso va liberando los elementos de la materia orgánica, transformándolos en minerales de nuevo, por lo que las plantas pueden volver a disponer. Pero también hay una parte que queda en forma de humus: es una parte complicada de descomponer, pero primordial para dar estructura al suelo, evitar la erosión y aguantar la humedad. La mayoría de ecosistemas terrestres, sin herbívoros no podrían completar estos procesos y acabarían agotando los recursos del suelo, encaminándose así hacia la desertificación

Pero si las poblaciones de herbívoros crecieran infinitamente, la comunidad vegetal que los soportaba llegaría al colapso, provocando también erosión y desertificación. Así que el papel de los depredadores también es clave, entendiendo así que la muerte de herbívoros es necesaria para garantizar la supervivencia del ecosistema y por tanto de todas las comunidades que viven. Y las poblaciones de depredadores también deben estar bajo control; este se establece dentro de la misma especie (echando a los individuos más débiles, los machos, etc.) o bien se debe, simplemente, a la falta de alimento: si baja la población de herbívoros, baja la de depredadores: la mayoría de crías e individuos débiles no sobrevivirán, pasarán a ser alimento para insectos, hongos, bacterias, se transformarán en humus y minerales, y llegaremos al último paso: las plantas utilizarán los minerales, el carbono, el sol y el agua para crecer, reproducirse.

Zona de pastos al pie de El Cuera (Llanes). Foto: Iván G. Fernández

Todo este funcionamiento nos cuenta que la continuidad de la VIDA -con mayúsculas, porque hay que diferenciar las vidas de individuos de la VIDA como concepto global- depende del reciclaje de la materia, es decir, de la muerte en todos los grupos y especies de los ecosistemas.

Los humanos no somos una excepción: cuando producimos alimento estamos creando vida y por tanto también creamos muerte. Cuando cultivamos estamos creando ecosistemas jóvenes y muy productivos, y es necesario un reciclaje rápido de materia para garantizar la continuidad de esta productividad. Y no hay nada mejor que abonar con estiércol, imitando los sistemas de pastoreo, que son uno de los ecosistemas terrestres más productivos. Pensar que podemos prescindir de los herbívoros para cerrar los ciclos que la naturaleza ha diseñado a lo largo de millones de años es muy osado. 

La revolución verde nos hizo creer que cerrar ciclos era cosa del pasado, y la agricultura pasó a depender de combustibles fósiles y de fertilizantes químicos, rompiendo así los equilibrios, y convirtiéndose en una de las principales causas de pérdida de hábitats, de contaminación de acuíferos y de pérdida de suelo. Pero para garantizar la sostenibilidad del sistema agroalimentario la agricultura (diversificada y localizada) debe estar ligada a la pequeña ganadería extensiva, al igual que lo están, en la gran mayoría de ecosistemas terrestres, ligados los diferentes nichos ecológicos.

Lo más acertado es centrarnos en pensar cómo podemos producir nuestro alimento interaccionando de la manera más positiva posible con el medio

Conociendo pues el funcionamiento de los ciclos de los ecosistemas, podemos afirmar que la idea de que podemos alimentarnos sin matar a ningún animal es radicalmente falsa. Cualquiera que haya tenido un huerto habrá tenido que competir con roedores, insectos u otra fauna herbívora. Quien haya sembrado un campo de cereales no puede ser ajeno que para hacerlo tendrá destruido todo el ecosistema del suelo con la arada y deberá desplazado multitud de fauna, que en la mayoría de los casos habrá muerto por no encontrar un hábitat « desocupado »donde establecerse (a la vez que habrá creado un espacio idóneo para otras especies).

Ni que decir tiene que la recolección, como en algunos puntos se expone, con el volumen de población actual, no es ni siquiera una opción, ya que lo que estaríamos haciendo sería arrasar ecosistemas maduros, en general poco productivos, y competir directamente con el alimento de otra fauna, estableciendo una relación, en este caso sí, completamente extractivista con la naturaleza.

Entonces, descartando la opción de alimentarnos sin provocar la muerte de ningún animal (ya sea directa como indirectamente), creemos que lo más acertado es centrarnos en pensar cómo podemos producir nuestro alimento interaccionando de la manera más positiva posible con el medio. Es decir, trabajando por la soberanía alimentaria, y producciones agroganaderas ecológicas, localizadas y con un entorno rural vivo.

Recordando que hace miles de años que el ser humano interacciona con el medio, creando así paisajes diversos, en mosaico, alternando masas forestales, sembrados o pastos, que han ofrecido condiciones idóneas a gran diversidad de especies, podemos ver que el pasto es una muy buena representación de las relaciones simbióticas que aún se dan con el medio. Esta ayuda con la dispersión de semillas, promueve la diversidad de flora evitando la predominancia de una sola especie vegetal , lo que afecta directamente a la diversidad de fauna y toma una parte muy importante en el reciclaje de nutrientes con sus excrementos, que sirven de alimento a toda la red trófica. 

Explotación ganadera en Ortigueira, Coaña, Asturies.

En el momento actual es necesario reivindicarla, ya que estamos perdiendo la diversidad de hábitats, ganando conectividad entre masas forestales y creando así un territorio muy propenso a los grandes incendios en vez de los pequeños incendios propios del entorno mediterráneo. Los pequeños rebaños nos ayudan a disminuir la conectividad horizontal y vertical de los bosques y por lo tanto, parte de la prevención de incendios, hacen que estos sean menos virulentos y la regeneración sea más fácil. 

Hacia la soberanía alimentaria y por un cambio de paradigma alimentario

Por soberanía alimentaria entendemos el derecho de los pueblos a decidir sobre su alimentación y la producción de la misma, garantizando alimento sano y de calidad a toda la población. Para que esta situación se pueda dar entendemos que hay dos premisas necesarias: depender al mínimo de insumos externos, y aprovechar de manera eficiente y sostenible los recursos más cercanos.

En cuanto a la primera, es necesario controlar y cerrar al máximo los ciclos de nutrientes en la agricultura: para poder cultivar comida, lo primero que tiene que comer es el suelo, y para que nos hagamos una idea, en 2005 a el estado se estima que se utilizaron 24.269 toneladas de Nitrógeno en el cultivo de hortalizas. Si bien es cierto que en Cataluña tenemos un exceso de nitratos por purines, estos a su raíz provienen de la intensificación de la agricultura, y esta fue posible «gracias» al descubrimiento de cómo generar fertilizantes nitrogenados a partir del N2, proceso que necesita mucha energía para llevarse a cabo (en el estado, el 60% de los gastos energéticos de los principales cultivos provienen de estos fertilizantes). Para nosotros, los fertilizantes químicos no deberían ser una opción, debido a la gran gasto energético que conllevan, a que no aportan estructura al suelo, haciéndolo más vulnerable a la desertificación, ya que su alta disponibilidad de nutrientes contamina los acuíferos con la lixiviación.

En cambio, con el pasto los herbívoros estimulan el crecimiento de plantas, algunas de ellas leguminosas fijadoras de nitrógeno, y el manejo de los rebaños ha sido siempre un método eficaz para redistribuir esta fertilidad de los bosques y pastos en los campos de cultivo mediante sus deyecciones . Si no controlamos los ciclos de la materia, generamos fuertes dependencias externas y no seremos capaces de decidir sobre nuestro sistema alimentario y productivo. 

Referente a la segunda premisa, no todas las tierras pueden ser cultivables y, de hecho, el querer trabajar tierras en lugares inadecuados conlleva desastres ambientales relacionados con la erosión del suelo y la desertificación. En un contexto de emergencia ambiental como el que vivimos, aprovechar ecosistemas sin dañarlos para producir alimentos altamente nutritivos y de calidad para los humanos es imprescindible. Pacer es una actividad altamente compatible con la conservación de la biodiversidad, lo que da resiliencia a los ecosistemas ante los cambios que parece que llegarán antes de lo que quisiéramos.

Ganaderos en Balmori, Llanes, Asturies. Foto: Iván G. Fernández.

Finalmente, quisiéramos recalcar que ante un sistema económico que intenta controlar la alimentación mundial (no olvidemos que el 50% del comercio de cereales está en manos de dos empresas, que cinco empresas controlan el 75% del maíz y cuatro otras empresas controlan el 80 % del procesado de la soja, ya nivel estatal, 10 empresas controlan el 40% de la facturación de la industria cárnica) la pequeña ganadería extensiva descentraliza la producción de alimento aprovechando recursos poco valiosos para estas grandes empresas como son los pastos de montaña y los bosques – reductos que aún resisten la vorágine de concentración de la producción alimentaria en 4 manos-.

La soberanía alimentaria no es posible sin un cambio de dieta. Pero no sólo se trata de consumir menos carne. Se trata de que aquella que consumimos, así como el resto de productos, sean de producción local, el máximo de sostenible y el mínimo de procesados ​​posible. De entender que lo que comemos es también una opción política, ecológica y social. Y tanto para lo que compramos privadamente como lo exigimos que se compre de manera pública (comedores comunitarios de hospitales, escuelas, residencias, etc.) y lo que exigimos y limitamos a las grandes empresas agroalimentarias de nuestro país.

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