El maestro ignorante

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Christian Ferreiro
Christian Ferreiro
Graduado en filosofía por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Inculto cinematográfico en tratamiento. Esperando ser docente de secundaria en un futuro no muy lejano.

“La historia de la pedagogía tiene ciertamente sus extravagancias. Y éstas, por lo que revelaron de la extrañeza misma de la relación pedagógica, han sido a menudo más instructivas que sus proposiciones razonables. Pero, en el caso de Joseph Jacotot, se trata de otra cosa que de un artículo más en el gran almacén de las curiosidades pedagógicas”.

El pedagogo, en la medida en que es explicador, construye la ficción de la incapacidad

Así comienza el prólogo a la 2ª edición española de la obra del filósofo francés Jacques Rancière, El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. En esta breve pero emotiva obra, Rancière presenta la historia de Joseph Jacotot, maestro de retórica durante la época de la Francia postrevolucionaria que llevó a cabo un peculiar método de enseñanza radicalmente diferente de toda pedagogía: uno basado en la igualdad de las inteligencias. A través de su historia, Rancière nos introduce en la reflexión fundamental que toda persona docente ha de hacerse: el fin de la educación.

El método del maestro ignorante

La historia del francés Joseph Jacotot comienza en la época posterior a la Revolución Francesa. Habiendo servido como artillero en el ejército de la República en 1792, llegando a ser director de la Escuela Politécnica, Jacotot fue maestro de retórica en Dijon. Tras la Restauración borbónica, se vio obligado al exilio y fue acogido en Países Bajos, donde ejerció de profesor en Lovaina.

Imagen: laertes.es

En esa escuela se dio un fenómeno muy extraño: ni el maestro sabía hablar holandés, ni el alumnado sabía hablar francés. Sin embargo, Jacotot ideó lo siguiente: utilizar la versión francesa del Telémaco de François Fénelon como objeto de estudio común, mediante el cual tanto el alumnado como el maestro aprendieron los unos de los otros, además del nuevo idioma. Día a día, observando el propio texto, repitiendo lo sabido y comparándolo con lo nuevo conocido, practicando una lectura atenta. En su azarosa experiencia holandesa, Jacotot tuvo una revelación: “se puede enseñar lo que se ignora”.

“Se puede enseñar lo que se ignora”

Jacotot logró desvelar lo que él llamó “el mito de la pedagogía”: el pedagogo, en la medida en que es explicador, construye la ficción de la incapacidad. Pero Jacotot entendió que este conocimiento adquirido por el alumnado no sería otra cosa que el conocimiento de las explicaciones del maestro, cuyo único resultado es la reproducción de esa misma relación de poder entre explicador y explicado, entre maestro e ignorante.

Joseph Jacotot. Imagen: wikipedia.org

Jacotot entendió que, si el fin de la educación debía ser la emancipación y la autonomía de las personas, entonces el fin del maestro debía ser negarse a sí mismo, llegar al punto en el que el maestro deje de ser maestro, y el alumnado deje de ser alumnado, y establecerse en pie de igualdad.

“Todo está en todo”

Jacotot se contrapone a “el Viejo” método explicador, según el cual “es necesario aprender tal cosa, y después tal otra y tal otra”: el maestro selecciona qué debe enseñarle al alumno, que parte de la ignorancia e irá adquiriendo conocimientos en una progresión hasta el infinito, dando cuenta de la eterna incompletitud de su inteligencia. En su lugar, Jacotot plantea una “Enseñanza universal”, según la cual “es necesario aprender alguna cosa y relacionar con ella todo el resto”. De manera radical, se plantea lo siguiente: “todo está en todo”. Es decir, es necesario partir de un objeto de estudio, como puede ser el Telémaco, y poner en marcha el ejercicio de la inteligencia mediante la voluntad.

“Todas las inteligencias son iguales”

A la pregunta reiterada eternamente “¿por qué hay desigualdad?”, y a su igualmente reiterada respuesta “porque tal o cual alumno tiene mayor o menor capacidad”, Jacotot se mantiene radical: no es la capacidad, sino la atención. El ser humano es voluntad servida por una inteligencia, y solo una “voluntad razonable”, guiada por el compromiso del estudio atento y de hablar con el semejante, podrá elevar a quien dice “no puedo”. La igualdad de las inteligencias no es un fin al que llegar, sino todo lo contrario: es un principio que mantener en todo momento.

“Un individuo puede todo lo que quiere”

Todo ser humano “todo lo que quiere”. Esto no debe entenderse como un mero “quien quiere, puede” vacío, pues la cuestión está en aquello que puede todo ser humano cuando se entiende como igual que los otros y entiende a los otros como iguales a él. El ser racional es aquel ser que no se engaña a sí mismo y conoce su propia potencia.

No podemos decir la verdad de manera unívoca, sino solo sentirla. Por ello, la virtud primera de la inteligencia es la poética: el poeta trabaja y se esfuerza porque espera ser comprendido por los otros tal como él mismo lo comprende. La emancipación del alumnado no es otra cosa que entender que el pensamiento propio es comunicable, y su emoción, susceptible de ser compartida con el otro.

Imagen: adesmontevideo.uy

El mal original consiste en partir de este desnivel, de esta desigualdad: maestro/discípulo, sabio/ignorante, capaz/incapaz. Y esta desigualdad comienza en Atenas: fue Sócrates –y Platón– quien quiso construir dos mundos separados, entre quienes saben y quienes ignoran, entre un método bueno y un método malo de instrucción. El “no puedo” de aquel que se cree discípulo, ignorante e incapaz tiene su origen en la infidelidad a uno mismo. “Conócete a ti mismo”: todas las inteligencias son iguales. Decir “no puedo” es olvidarse de sí mismo.

El fin de la educación

El fin de todo el alumnado de Jacotot no es otro que el de convencer al ignorante de su poder. La cuestión no es crear sabios, sino emancipar; no es sacar a nadie de su supuesta ignorancia, sino del desprecio de sí mismos. La instrucción es como la libertad: “no se da, se toma”. Si el fin de la educación, y de la política, es la emancipación –la autonomía intelectual y moral–, esta no será dada por ninguna élite, sino que justamente empezará por la negación de la necesidad de la élite misma.

La pedagogía progresista ilustrada, según Jacotot, cae en la trampa de “el Viejo” método explicador: el progreso como perfeccionamiento parte del principio de que el ser humano-niño, el pueblo-niño, que ha de ser pedagogizado –‘Pedagogía’ es eso: ‘paidós’ (‘niño’) y ‘agein’ (‘conducir’), la conducción del niño–, siempre necesitará al maestro. Más aún: que nunca lo alcanzará. Y, de esta manera, el viejo método explicador se reproduce a través de cualquier método progresista, pues parte del principio de la desigualdad de inteligencias.

El maestro ignorante es un maestro amateur, literalmente: ama los temas de los que va a hablar. Lo fundamental es el mapa para poder guiarse uno mismo y al resto, y dar cuenta que el maestro y el alumnado, para poder emanciparse, deben negarse a sí mismos: han de dejar de ser maestro y alumnado para ser, al fin, ciudadanos autónomos.

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