¿Van a servir los nuevos presupuestos asturianos para reformar un modelo territorial caduco?

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Manuel Maurín
Manuel Maurín
Es profesor titular de geografía de la Universidad de Oviedo/Uviéu y activista en diferentes movimientos por el derecho a la ciudad.

Los presupuestos que se discuten estos días en los diferentes niveles de la administración del Estado están marcados, como nunca había ocurrido antes, por un hilo conductor común e ineludible: el de la crisis sanitaria, severamente agravada por las secuelas económicas y sociales que la acompañan y por una profunda crisis ecológica y climática inseparable del mismo contexto. Por ello, también más que nunca, es necesario que los presupuestos de cada escala estén alineados y sincronizados con los de las demás, pues solo de esa manera se obtendrá un efecto sinérgico de las medidas adoptadas, lo que resultará más fructífero que el apilamiento de fondos incoherentes entre sí. Hay sumas que restan: por ejemplo invertir en la Ronda Norte del Naranco y al mismo destinar más dinero a la conservación de los monumentos prerrománicos que quedarían a escasa distancia de esa autopista.

Hay sumas que restan: por ejemplo invertir en la Ronda Norte y en el prerrománico del Naranco

Parece lógico, además, que siendo comunes los problemas más graves lo sean también los instrumentos para hacerles frente, sin menoscabo de las características particulares de cada región y comarca, que también deben ser tenidas en cuenta para adaptar la estrategia general a las necesidades y potencialidades concretas de cada territorio.

Terrenos por los que discurriría la Ronda Norte del Naranco. Foto: Iván G. Fernández.

En fin, lo que interesa observar es hasta qué punto el proyecto presupuestario asturiano se ajusta a los tres retos básicos que, desde una perspectiva territorial, se habrían de afrontar en una situación tan especial como la actual: la complementariedad respecto a las inversiones procedentes del Estado y de la UE (cuestión de escala), la atención a los rasgos singulares del modelo productivo regional (cuestión de soberanía) y la intervención ajustada a las diferentes condiciones subregionales o comarcales (cuestión de inclusión)

Sobre la primera cuestión, la complementariedad o el alineamiento, es indudable que los nuevos fondos europeos Next Generation EU y los Presupuestos Generales del Estado apuntan a políticas expansivas y anticíclicas con un peso notable del gasto público, pero también a una aceleración de la transición ecológica y de la inclusión social y de género que venían impulsándose a nivel internacional desde la aprobación de la Agenda 2030 o de la Nueva Agenda Urbana de la ONU.

Las comunidades autónomas más avanzadas ya incluyeron estas referencias en sus presupuestos de los últimos años y se disponen a seguir avanzando en la misma dirección, mientras en Asturias han pasado desapercibidas hasta el punto de ser la única comunidad en la que no se ha aprobado una estrategia específica para la aplicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible incluidos en la Agenda 2030, pudiéndose encontrar aún en la página oficial del Principado como toda aportación a este tema que “en Asturias estamos ya trabajando en ello” (en el cumplimiento de la Agenda). Demasiada lentitud para sumarse con éxito a la corriente transformadora que atraviesa el continente.

Respecto a la necesidad de adaptar las previsiones presupuestarias a los rasgos singulares del modelo productivo asturiano y su ineludible transición hacia una economía más verde, diversificada, social y autosuficiente, ello requeriría partir de un diagnóstico sincero sobre el problema la especialización productiva regional y la acusada dependencia exterior en ramas como la ganadería vacuna dependiente de la PAC, la industria básica electrointensiva en manos de multinacionales, la nueva dependencia energética tras el colapso definitivo del modelo basado en el carbón o la creciente terciarización vinculada al ocio y el turismo.

Factoría ArcerlorMittal (Avilés) Foto: Iván G. Fernández

¿Se van a atrever los responsables de las cuentas a cuestionar por una vez ese modelo caduco cuyo mantenimiento asistido nos ha traído hasta el fondo de saco en el que nos encontramos hoy?  ¿Aprovecharán el incremento del gasto para afianzar un modelo de mayor soberanía basado en el uso de los recursos autóctonos o se limitarán a seguir satisfaciendo las demandas de los poderes económicos desanclados del territorio?

Y, en tercer lugar, si hablamos de estrategias de intervención en el ámbito subregional no es posible olvidar que -junto con el de transición ecológica- uno de los conceptos clave de la recuperación es el de la inclusión, cuya connotación social se manifiesta también en el plano territorial, pues las principales fracturas que afectan al territorio asturiano están relacionadas con el desequilibrio y la exclusión.

Las alas de Asturias se despueblan al quedar excluidas de un modelo de desarrollo que históricamente se volcó en el área central y, dentro de esta área, las cuencas mineras has sido marginadas en los proyectos de renovación territorial y urbana, de la misma manera que les ocurre a los barrios populares de cada una de las ciudades.

Sería grato encontrar en el debate presupuestario asturiano referencias y propuestas para la inclusión social y territorial, para “no dejar a nadie atrás (no one letf behind)” y para alcanzar otros objetivos que se plantean también en las agendas citadas, en los propósitos de los PGE y en los proyectos presupuestarios de otras comunidades autónomas, como la relación entre la economía rural y la urbana, las acciones para la inclusión de los núcleos y barrios marginados y contra la gentrificación o los planes para la recuperación del patrimonio cultural y el paisaje como recursos comunes y señas de identidad e integración territorial.

No parece fácil que, en ausencia de una política territorial explícita (que requeriría actualizar los propios instrumentos y la legislación sobre ordenación del territorio y urbanismo) todos estos propósitos se vayan a encauzar en un proyecto equilibrado y coherente, pero habrá que esperar unas semanas para ver, si al menos, se corrige el rumbo y se avanza en la nueva dirección

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