El Naranco, la montaña mágica del rector Alas

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

A la memoria de Alberto Polledo, otro ovetense amante de su ciudad y de su monte.

El 20 de febrero de 1937 Leopoldo Alas Argüelles (Oviedo, 1883) era fusilado en el patio de la cárcel de Oviedo, tras un consejo de guerra que le declaró culpable de un inverosímil y delirante delito de rebelión. A pesar de que Alas, rector de la Universidad desde 1931, tenía buenas amistades entre destacados derechistas y conservadores de la ciudad, la justicia militar de los golpistas sería implacable.

En su vida, segada demasiado pronto, a la edad de 53 años, el hijo de Leopoldo García-Alas “Clarín”, autor de La Regenta, tendría tiempo a estudiar derecho, convertirse en catedrático, escribir varias obras jurídicas, vivir en Madrid y Halle, Alemania, luchar contra la dictadura de Primo de Rivera, ser diputado del Partido Radical-Socialista en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, subsecretario de justicia durante el llamado bienio progresista, defensor del perdón para los revolucionarios represaliados después del fracaso de Octubre de 1934 y rector de la Universidad de su ciudad natal. Una carrera política y profesional que compaginaría con una intensa actividad como agitador cultural y colaborador en distintos periódicos de Madrid y Asturias. Precisamente en julio de 1928, en una de sus colaboraciones en prensa, Alas llamaba la atención sobre el abandono del Monte Naranco y apoyaba la reciente fundación en Oviedo de una Sociedad de los Amigos del Naranco.

Casi un siglo más tarde, muchos de los problemas que Alas mencionaba en su artículo han cambiado para bien. El monte ha dejado de ser esa cuesta que solo se podía coronar andando o a caballo, y a cuyos monumentos de Santa María y San Miguel de Lillo había que llegar por “una mala calleja”. El Naranco no es tampoco hoy ese gran desconocido cuyos aldeanos presentaban, según Alas, “más aspecto de rusticidad y lejanía que los procedentes de otros lugares bastante más apartados”. No podía imaginar el hijo del autor de La Regenta que la ascensión al Naranco se convertiría con el tiempo en una de las etapas más importantes de la Vuelta Ciclista a España, creada en 1932, entonces como Gran Premio República, o que pasear por el monte se convertiría en una actividad cotidiana para muchos vecinos y vecinas de Oviedo. La Pista Finlandesa construida en los años 80 durante la alcaldía de Antonio Masip aprovechando la caja de un antiguo ferrocarril minero que funcionó entre 1880 y 1915 supuso en ese sentido un enorme revulsivo para que la ciudad dejara de dar la espalda al monte, tal y como señalaba Alas, y hoy es una infraestructura municipal que atrae a diario a cientos de ovetenses. También se han abierto nuevas sendas y un parque tan importante como el Purificación Tomás, el más grande de Oviedo, con 213.667 metros cuadrados.

Quizá hoy el rector se mostraría preocupado sin embargo por nuevos problemas que amenazan al monte, como la especulación inmobiliaria, el proyecto de la llamada Ronda Norte, atravesando su ladera e interponiendo una barrera de hormigón entre Oviedo y el Naranco. Tal vez pediría una moratoria para la actividad minera en su cara norte, o reclamaría desviar la carretera de los monumentos prerrománicos para poder unirlos a través de una senda verde y de ese parque del prerrománico que tantas veces propuso el recientemente fallecido Alberto Polledo.

Otros de los problemas que Alas señalaba en su artículo siguen sin embargo ahí. El principal de ellos el desdén de bastante ovetenses por su monte:

“Es Oviedo una de esas ciudades dichosas porque, situada en la misma falda del Naranco, puede escalar su cumbre cuando quiera y contemplarse a su gusto; pero a pesar de tan envidiable situación, el ovetense no prodigaba sus visitas a la montaña vecina y no gustaba mucho del placer de examinar su querida ciudad entera y desde lo alto”

El intelectual carbayón animaba a sus paisanos a visitarlo y descubrir un lugar “visto de cerca mucho más hermoso de lo que pueden figurarse aquellos que solo lo han contemplado desde una calle asfaltada cerrando el horizonte”. Una sierra llena de “rincones admirables que pagan bien el esfuerzo de haber llegado hasta ellos”.

Alas escribe su artículo en defensa del Naranco en un momento en el que el excursionismo se está popularizando en toda Europa y en España como actividad al aire libre para unas clases medias y trabajadoras que están descubriendo un nuevo concepto: el tiempo libre. Por eso anima a salir al campo y disfrutar del ocio ganado al trabajo, en un monte tan cercano y cuya cima “es un admirable mirador para contemplar la mayor parte de nuestra provincia”.

El artículo, publicado en El Sol de Madrid y en La Voz de Asturias puede consultarse íntegramente en el tomo “Obra periodística de Leopoldo Alas Argüelles (1883-1937)” compilado por Joaquín Ocampo Suárez-Valdés. Aunque cuando lo firma Alas reside en Madrid, donde ejerce de profesor en su Universidad Central, Oviedo y Asturias seguirían siempre en su pensamiento, tal y como puede comprobarse en la abundante cantidad de artículos dedicados a abordar cuestiones de su tierra. Por ello, desde la capital española Alas anima y saluda la fundación de esa Sociedad de los Amigos del Naranco y destaca que “todo buen ovetense y todo buen asturiano debe aplaudir a los iniciadores y nadie debe permanecer indiferente ante sus proyectos. Ayudarlos será trabajar en beneficio de Asturias”.

Precisamente para promocionar el conocimiento y el disfrute del Naranco, la Sociedad de Amigos del Naranco impulsaría en julio de 1929 la primera Jira al Naranco, una actividad que llegaría a ser multitudinaria, congregando en su primera edición a miles de personas en la cima del monte, donde se formaría una gran romería con “gaitas, concursos, fotógrafos del minuto y decenas de tenderetes y puestos de pasteles, avellanas, caramelos, frutas, bebidas y comidas”, tal y como recuerda una crónica periodística de la época. La Guerra Civil interrumpiría tanto la Jira del Naranco como la vida del rector Alas.

80 años después, en julio de 2017, la fiesta sería resucitada por el Ayuntamiento y la asociación Manos por el Naranco, continuadora de aquella otra fundada en 1928. La pandemia ha vuelto a interrumpir la celebración de la Jira, pero paradójicamente las restricciones sanitarias han llevado a que muchos ovetenses, limitados en su movilidad, hayan redescubierto el placer de caminar por su monte. Y es que como diagnosticaba hace un siglo Leopoldo Alas, el desconocimiento sigue siendo en 2020 el mayor enemigo del Naranco.

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