“¡Ay Carmela!” : varietés vs. barbarie

Recomendados

Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

¡Ay, Carmela!

De Sanchis Sinisterra

Intérpretes: Carmela Romero y Carlos Mesa

Dirección: Sandro Cordero

Teatro Jovellanos, Gijón, 17 de diciembre de 2020

Con esta pieza consiguió José Sanchis Sinisterra el reconocimiento de todos los públicos en 1987, teniendo hasta entonces el del gremio, que ya lo consideraba autor de mucho interés y un teórico experimental capaz de dotar al teatro español del rigor intelectual que se merecía, principalmente en lo concerniente a la literatura y a su relación con la escena. La posterior adaptación de Saura para el cine acrecentó su éxito a otro nivel. En ¡Ay, Carmela! repite Sanchis el modus operandi que tan buenos resultados le había dado en Ñaque, con saltos temporales, elipsis, fragmentación, discontinuidad, juegos metateatrales y una ficción enclavada en la realidad de la Guerra Civil, con dos cómicos de varietés, Carmela y Paulino, y Belchite como protagonistas. Gran parte de la fuerza y gracia de la pieza reside en la dignidad emocional de la derrota, pero también en la reivindicación de un teatro que sitúa su identidad en una materialidad de mínimos y en la trascendencia metafórica que se establece entre los personajes/intérpretes y la quiebra y fisuras del lenguaje. Como es teatro químicamente puro y homenaje a los cómicos la obra ha tenido innumerables versiones y no hay espectador aficionado con cierta edad que no haya visto unas cuantas. En Asturias –por quedarnos en casa– yo recuerdo con agrado la de Felipe Ruiz de Lara de hace muchos años, con Cristina Bravo y Julio Gutiérrez como intérpretes y, más perdida aún en el tiempo, ya en la antecámara del olvido, unos cuadros representados en la Sala Quiquilimón por Inma Rodríguez y Antón Caamaño.

Ahora Carmela Romero y Carlos Mesa han formado compañía para enfrentarse a este texto de la mano de Sandro Cordero como director. En su faceta de actor para la televisión Carlos Mesa ha conseguido gran popularidad y consolidar un savoir faire que ya es su marca de la casa y el reclamo por el que van a verle muchos espectadores. Su vis cómica y campechanía, sus reflejos y matices para el asombro, la simpleza y candidez, ligan muy bien con ese realismo ramplón de supervivencia –tan humano– que caracteriza a Paulino, el protagonista antihéroe dispuesto siempre a salvar el pellejo con una buena pedorreta. Bajo el terror no hay salida honorable para el arte ni para la convivencia, y lo sabe. Carlos defiende a ese personaje que tiene mucho de horma para su zapato sudando a raudales, a buen ritmo y con la seguridad de quien acierta y disfruta sacándole partido al brete argumental. Carmela Romero por su parte –aquí como el nombre del personaje coincide con el de la actriz el juego metateatral tiene otra vuelta– es la voz de la conciencia, el ectoplasma que nos persigue con argumentos y razones que le salen directamente del corazón y del sentido común, sin filtro alguno para librarse de las funestas consecuencias. La Carmela real encarna una Carmela personaje dulce y tierna, con encanto y naturalidad, al margen del desparpajo dominante con que de ordinario se la abandera y sin entrar a saco por ver quién lleva la voz cantante en ese tour de force, que es uno de los retos que el libreto le plantea a los directores. Y el resultado funciona igualmente, nos seduce. El humor trágico de la pareja es excelente y no baja la guardia. El homenaje que se le rinde a la República y a la profesión se salda de la mejor manera.

El humor trágico de la pareja es excelente y no baja la guardia

No es preciso mencionar el argumento porque es bien conocido. Tan sólo la iluminación para la creación de ambientes, tan simbólica, no acaba de convencerme del todo. El uso totalizador del color –cuándo rojo, azul, verde– empasta y edulcora el cuadro general de exposición, rebajando el dramatismo de la contienda y la postguerra, que requiere una luz más expresionista. La música de piano para las transiciones, tan a lo Satie (mi ignorancia en este campo no da para más), melancólica, memorialista, nos distancia de los hechos y nos los muestra como la evocación de algo que ha sucedido ya hace mucho tiempo, provocando una sensación que no sé si es la que necesita el texto. No obstante, sin duda estamos ante uno de los mejores espectáculos de esta temporada.

- Publicidad -spot_img

Actualidad

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here