El Frente Popular: la victoria de los demócratas y progresistas frente al totalitarismo o el sueño (truncado) de un mundo mejor

El compromiso de las fuerzas progresistas es el antídoto frente a quienes quieren aprovecharse del miedo, la desesperación y la frustración de la gente

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Ángela Vallina
Ángela Vallina
Es portavoz parlamentaria de IU en la Junta General del Principado. Ha sido eurodiputada y alcaldesa de Castrillón.


Hablar del Frente Popular es hacerlo de la victoria de los demócratas y progresitas sobre el totalitarismo, sobre a la carcundia de un país que soñaba con una sociedad más justa, equitativa, solidaria y, a la vista de lo que luego vino, sin duda, más feminista. Fue una victoria que sólo se plasmó, lamentablemente, en las urnas: detentar el Gobierno, fruto de unas elecciones libres, es una cosa y ejercer el poder otra muy distinta. De éso, España sabe mucho, en una historia trágica que puede medirse en miles y miles de muertos -demasiados cadáveres aún en cunetas y fosas comunes- y también en un atraso achacable a un golpe militar, auspiciado, apoyado y financiado por el poder en la sombra, que no dudó en devastar cuanto había para mantener su privilegio.

Durante los años del tirano, ese poder que se hizo con las riendas de unos gobiernos que jamás hubiera alcanzado de forma democrática y pacífica. A través de la maquinaria de su propaganda goebbeliana, el régimen filonazi franquista trató de levantar un entramado de mentiras para justificar la ignominia del golpe militar, tachando a la II República de revolucionaria y comunista bolchevique, a pesar de que, como mucho, se trataba de un república reformista pero burguesa: ni siquiera cuando el Frente Popular logró la mayoría aplastante el 16 de febrero de 1936, planteó la nacionalización de bienes, ni una reforma agraria que pusiera a trabajar con sus propias manos a los Alba, los Medina Sidonia o los Medinaceli, si querían seguir viviendo de sus tierras.

Se habla a veces muy alegremente de lo que fue el Frente Popular y tal pareciera que se trataba de un bloque homogéneo y claramente rupturista. Nada más lejos de la realidad, pues no pasaba de ser una amalgama de partidos con ideologías dispares, que iban desde un republicanismo reformista, muy moderado, a propuestas mucho más a la izquierda, como las de comunistas y anarquistas, pero cuya impronta, tanto en el programa electoral, como en sus escasos seis meses de Gobierno sin la presión de la sublevación militar, fue muy menor. Baste pensar que frente a expropiaciones, se rechaza expresamente la nacionalización de la tierra para “darla a quien la trabaja”, como tampoco se aceptaba nacionalizar la banca, como sí pretendían las fuerzas más revolucionarias.

Y, sin embargo, los hagiógrafos del sátrapa y su régimen, buscan la justificación a su felonía en ese Frente Popular al que no dejaron gobernar, pasando a sangre y fuego -literalmente- la voluntad de la mayoría, reflejada en la fuerza de los votos, con la que obtuvo una mayoría absoluta, frente a las derechas que, del mismo modo, iban coaligadas en un cajón de sastre bajo el paraguas de la CEDA, que aglutinaba derechas localistas, agrarias, ultracatólicas, monárquicas y un largo etcétera de lo que representaba lo más reaccionario de España, pero también de una Europa en la que los movimientos fascistas y nazis campaban a sus anchas, inoculando su veneno también aquí.

Pero, si el Frente Popular era tan diverso, tan débil también por su propia fragmentación, ¿por qué esa inquina? ¿por qué el intento posterior de mimetizar la propia República Española con lo que no fue más que una coalición de partidos?

La derecha española estaba acostumbrada a mandar. La restauración borbónica fue una pantomima democrática, en la que liberales y conservadores -poca progresía había- se alternaban el poder en un modelo gatopardiano, en el que todo cambiaba (en las cabezas visibles) para que todo siguiera igual. Las fuerzas de la derecha no solo estaban acostumbradas a ganar sino que tenían muy mal perder y, cuando las cosas no iban a su gusto (al del poder en la sombra), tiraban de su control real, ya fuera con dictaduras o con dictablandas.


Acabar con la República y mimetizarla con el Frente Popular fueron dos procesos casi paralelos, aunque lo segundo se mantuvo durante todo el franquismo, el posfranquismo y, aún hoy, tiene sus druidas, que se manifiestan siempre contra la verdad, la justicia y la reparación. Esa mímesis sería parte de lo que hoy denominaríamos “el relato” de quienes pretenden justificar un régimen asesino.

Poner fin a la República tiene que verse con esos ojos del oportunismo de los poderes en la sombra para suspender, indefinidamente, la democracia. Las derechas tenían miedo del “despertar” de las clases trabajadoras, de los campesinos desheredados, de las mujeres, y aprovecharon, por un lado, a jalear los temores de un régimen bolchevique, que no estaba en la agenda, y, por otro, abrazando el auge de los totalitarismos que estaban hechos a la medida de esas fuerzas que mandan y gobiernan aunque nunca se presenten a las elecciones de forma directa.

Y aquí, estamos, 85 años después, en un mundo que, peligrosamente, se parece a los tiempos de entreguerras, a ese lejano y demasiado cercano para muchas familias 1936. Los paralelismos son muchos, en España y en el mundo.

No es una exageración decir que hay un auge de los fascismos y ahora no como reacción a una supuesta Revolución de Octubre, sino como un paso más del poder auténtico para aumentar su control. Las políticas reaccionarias de bajada de impuestos a los más ricos, del incremento de la fiscalidad indirecta, la más injusta, el cuestionamiento de derechos que se creían consolidados como la sanidad pública, las pensiones garantizadas o una educación de calidad y gratuita forman parte de una agenda que, cada día, trata de imponerse o ya se ha impuesto.

Los mensajes de la extrema derecha van precisamente por esa vía, aprovechando el malestar de unas clases populares que han visto frustradas sus esperanzas, traicionadas por unos partidos que no han cumplido con sus programas, en una sociedad en la que las políticas neoliberales ahondan en la desigualdad, con pobres más pobres y ricos más ricos, con menos clases medias, frente al fin de las historia, de las ideologías, como proclamaba Francis Fukuyama en 1992, lo que hay es una exacerbación de las mismas, porque, y ahora cito al multimillonario Warren Buffett, hay una guerra de clases pero es la suya, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y van ganando.

Lamentablemente, eso no es una cosa patria ni desconectada. El trumpismo forma parte de esa guerra de clases y se explica del mismo modo. El histriónico Donald Trump y su América Primero, en una exacerbación de la xenofobia y la supremacía estadounidense, caló entre una población depauperada y con miedo, sin esperanza, pero para ello contribuyó de forma decisiva el Partido Demócrata, cuyos votantes se vieron, una y otra vez, defraudados, hasta traicionados. Cuando Trump ganó fue porque le votaron los desencantados, los descerebrados y buena parte de los privilegiados, sí, pero también porque una parte de los votantes demócratas se quedaron en casa, desmovilizados tras años de promesas incumplidas.

Hoy estamos en todo el mundo occidental en un escenario en el que se constata una ascensión de la extrema derecha. También aquí, en España, sucede, y las causas son coincidentes. Hay, no importa el país, lo que hemos venido en llamar desafección de la política y no es un proceso sin causas ni responsables. Desde la caída del Muro de Berlín, en 1989, las democracias occidentales iniciaron, sin prisa pero sin pausa, lo que podríamos denominar un proceso peligroso de abandono de los postulados de un modelo capitalista amable, representado en lo que todos conocemos como “Estado del Bienestar”. Esta fecha y ese símbolo que tanto se celebra en el mundo capìtalista esconde, sin embargo, un sistema que, desde entonces, ha construido más de 80 muros por todo el orbe, el último el de Donald Trump.


Pero de ésos no se habla o se hace de soslayo, como el de Gaza que, a pesar de haber sido declarado ilegal, con exigencia de derribo hace ya 15 ó 16 años, por el Tribunal de La Haya, ha convertido a todo un territorio en una inmensa cárcel a cielo abierto.

Son solo tres décadas, pero decisivas porque, desaparecido el peligro que suponía -con independencia de su bondad o perversidad- un sistema económico, político y social alternativo, como lo fue durante décadas el bloque socialista, esa amabilidad de unas democracias protectoras y sociales ha empezado a resquebrajarse.

La Europa de los pueblos se dirige sin frenos a la de los mercaderes, perdiendo aquel plus que la convertía en una tierra de oportunidades, en un referente en la defensa de los derechos humanos y proa de las democracias más avanzadas del mundo. Es obvio que Europa sigue por delante de otros territorios, tanto en derechos como garantías democráticas; nadie lo niega, ni yo tampoco. Sin embargo, es imprescindible una reflexión sobre qué está pasando y por qué, pues solo así podremos tomar decisiones para evitar que la historia vuelva a repetirse.

La victoria del Frente Popular lo fue también de la voluntad de un pueblo por liberarse de las cadenas de la peor de las tradiciones, en el sueño de construir una sociedad mejor. Hoy, 85 años después, vivimos en una España y en un mundo que está en la encrucijada: aprender de errores y defender con uñas y dientes la democracia y los derechos humanos o permitir que las fuerzas reaccionarias de la involución se aprovechen de esas equivocaciones para, una vez más, truncar ese sueño de un mundo más justo. Ese es el dilema.

En Izquierda Unida, lo tenemos claro: ante quienes quieren aprovecharse del miedo, la desesperación y la frustración de la gente, sólo un compromiso real desde las fuerzas progresistas, sin traiciones, servirá como antídoto para que, ahora sí, el Frente Popular que representa los intereses de la gran mayoría, triunfe en su sueño y anule a ese 1 por ciento que ni quiere ni necesita la democracia.

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