La despedida a «El Paisano» aquella tarde de invierno

Una condena a muerte, años de cárcel, torturas, vida en la clandestinidad durante el franquismo y su elección como diputado comunista por Asturies en dos ocasiones, forjaron la figura de Horacio Fernández Inguanzo, de cuyo fallecimiento se cumplen ahora veinticinco años.

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Una condena a muerte, años de cárcel, torturas, vida en la clandestinidad durante el franquismo y su elección como diputado comunista por Asturies en dos ocasiones durante la transición forjaron la figura de Horacio Fernández Inguanzo, de cuyo fallecimiento se cumplen ahora veinticinco años.

No me cuesta decirlo: fue uno de los momentos más emotivos que he vivido en treinta años de periodismo, uno de esos en los que se te humedecen los ojos mientras garabateas en la libreta lo que estás viendo para tratar de contarlo después con cierto distanciamiento en un periódico clásico. Varias calles del centro de Xixón, cortadas al tráfico aquella tarde de invierno, enmudecieron entre la plaza del Parchís y la plaza Mayor, y por la calle Jovellanos se colaba desde el Cantábrico un rumor más vegetal que marino, sonaba a hojas y a ramas más que a olas… Miles de personas seguían en silencio el féretro, cubierto con la bandera del Partido Comunista de España y con la bandera de Asturies, de un hombre de 84 años que sus camaradas sacaron a hombros del Centro de Cultura Antiguo Instituto, donde se había instalado la capilla ardiente. Claveles, banderas rojas, casi un centenar de coronas y ramos de flores llegados desde toda la Península… y la imagen insólita de Francisco Álvarez-Cascos (secretario general nacional del Partido Popular que en pocos meses iba a convertirse en vicepresidente primero del Gobierno de José María Aznar) caminando con mirada de respeto entre los asistentes y posando para las cámaras ante un estandarte con la hoz y el martillo.

Cuando la cabecera del cortejo fúnebre llegó a las puertas del Ayuntamiento estalló el aplauso y por la megafonía empezó a sonar El Paisano, un tema que el cantautor mierense Víctor Manuel le había dedicado en 1977: «Con su nombre y apellido, y empujando el mismo carro, hasta las piedras, si hablaran, hablarían bien de Horacio». ¿Pero por qué carajo había tanta gente, y tan variopinta, en aquella despedida a un viejo militante comunista? Pues seguramente porque «El Paisano» no se había resignado, porque había pagado el precio. Decía José Martí que «la libertad cuesta muy cara y es necesario resignarse a vivir sin ella o pagar por ella su precio». Horacio Fernández Inguanzo, y otras mujeres y hombres de su generación, pagaron el precio desorbitado de defender la libertad frente al fascismo: campos de concentración, consejos de guerra, torturas, exilio o, en muchos casos, el paredón o el tiro por la espalda al pie de una cuneta en la que el barro y la tierra sepultarían en el anonimato, quizás para siempre, sus huesos.

«El Paisano» nació en la parroquia llanisca de Pría hace 120 años, en una familia numerosa. Desempeñó diversos trabajos mientras estudiaba magisterio: empleado en la cantina de una estación ferroviaria, botones en un hotel, ordenanza y administrativo en el Orfanato Minero Asturiano… Se afilió a UGT y al estallar la guerra civil empezó a militar en el PCE, se alistó en el bando republicano, alcanzó el grado de teniente de Artillería. Su padre, Esteban Ramón Fernández, maestro y socialista, fue asesinado por las hordas franquistas en el concejo de Valdés (fusilado, según unas fuentes históricas; despeñado por un acantilado, según otras). Con la caída del frente norte, Horacio Fernández Inguanzo acabó en un campo de concentración, fue condenado a muerte en consejo de guerra, le conmutaron la pena y recuperó la libertad en 1943. Pasó un par de años apenas fuera de la cárcel, siguió militando clandestinamente en el PCE y en 1945 cayó sobre él otra sentencia, de catorce años de prisión. Después sobrevivió durante un lustro como viajante y dando clases particulares, y durante un decenio más vivió y militó en la clandestinidad, con la policía del régimen pisándole los talones y la Asturies resistente dándole apoyo: «De aldea en aldea andabas burlando a quien te buscaba, durmiendo por los pajares, desapareciendo al alba», dice la canción. Luego una nueva detención (reflejada a toda página en un periódico francés), un recibimiento a hostia limpia en las dependencias de la infame Brigada Político-Social para tratar de que delatara a otra gente, un arresto domiciliario y, tras la muerte del dictador, la amnistía general para presos y presas políticas.

durante un decenio vivió con la policía del régimen pisándole los talones

Fue secretario general del Partido Comunista de Asturias y consejero de Sanidad, Asistencia y Seguridad Social en el Gobierno preautonómico asturiano que presidió el socialista Rafael Fernández. Se ganó el acta de diputado en las elecciones de 1979 y de 1982; los tediosos viajes en tren a Madrid para coger después el metro hasta la Carrera de San Jerónimo para él, que tantos sacrificios había asumido anteriormente, eran poca cosa y así viajaba hasta el Congreso mientras algunos diputados de la misma circunscripción pero de otros partidos lo hacían en avión y en taxi, o en un coche con chófer que desde Asturies los llevaba y los dejaba a cuatro metros de los leones de la entrada del Parlamento. Los últimos años los vivió, con la humildad y discreción de siempre, sin renegar de sus principios, en Xixón, donde fue nombrado Hijo Adoptivo, donde hoy lleva su nombre una pequeña calle en el barrio de Contrueces. El cineasta gijonés Ramón Lluís Bande le dedicó en 2005 el documental El Paisano: un retrato colectivo.

Vivimos tiempos de ética escurridiza y hay quienes pretenden que demos por amortizados el reconocimiento y el agradecimiento a la gente que, desde diferentes ideologías, plantó cara al fascismo durante la guerra y durante la larga y profunda noche del franquismo. Argumentan que en los dos bandos se cometieron atrocidades, que en su momento se hizo borrón y cuenta nueva, que hay que pasar página definitivamente… Quienes quieran asumir ese discurso tramposo son libres de hacerlo, pero que quede claro que lo asumen a título individual. Porque el derecho al olvido (por llamarlo así) asiste solo a las personas, nunca a la sociedad en su conjunto, ni a los gobiernos, ni a los estados, ni a ninguna institución de raíz democrática, ni mucho menos a la Historia. La memoria colectiva que representa la lucha de quienes pagaron un precio de usura por defender la libertad frente al liberticidio no prescribe, no caduca, no puede ser abolida, ni puede ser olvidada.

Hace diez años, en un homenaje ante el nicho de «El Paisano» en el cementerio civil de El Sucu, el que entonces era coordinador general de Izquierda Unida de Asturies, Jesús Iglesias, señaló que la de Horacio fue «la generación de los bosques de robles y castaños que resistieron el vendaval de una dictadura fascista». Yo solo añadiría a eso lo que ya dejó escrito el dramaturgo asturiano de la Generación del 27, Alejandro Casona, como título de una de sus obras: «Los árboles mueren de pie». Tal vez por eso aquella tarde de febrero de 1996 entraba desde el mar hacia el centro de Xixón un rumor más vegetal que marino, como el runrún de esas hojas y ramas en apariencia frágiles pero que no es capaz de quebrar ni el huracán más violento: ni el vendaval del fascismo ni el viento devastador del olvido.

Este domingo se cumplen veinticinco años de la muerte de Horacio Fernández Inguanzo, «El Paisano».

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