Cuando Castilla pudo ser una confederación de repúblicas plebeyas

Miguel Martínez publica "Comuneros. El rayo y la semilla" un apasionado ensayo histórico que llama a recuperar la 'tradición rebelde' de los revolucionarios castellanos por los demócratas y progresistas del siglo XXI.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

“¿Qué le ocurriría a la novela de España si empezamos a contarla en 1520 en lugar de en 1492?”. Esto se pregunta Miguel Martínez (Valladolid, 1980) en “Comuneros. El rayo y la semilla (1520-1521)”, un ensayo histórico apasionado y apasionante, que publica la editorial asturiana Hoja de Lata justo cuando estamos a punto de que se cumpla otro V Centenario, objeto no de celebraciones a todo trapo, como aquel fastuoso 1492-1992 del “Descubrimiento de América” y el “Encuentro de Culturas”, sino de un reconocimiento institucional más bien discreto. Hablamos de los 500 años de la derrota comunera en Villalar, Valladolid, a manos del ejército del emperador Carlos V.

Martínez ha querido traernos al presente la memoria de los legendarios capitanes Padilla, Bravo y Maldonado, pero sobre todo de otros muchos comuneros anónimos, rescatando del olvido la historia de dos años que conmovieron a Castilla, y cuyo eco resonó en toda Europa. El relato histórico que traza Martínez es vibrante. “Comuneros” se lee por momentos como una novela de aventuras. No obstante estamos ante un libro eminentemente político. Un libro que quiere incidir en algunos de los grandes debates políticos del presente: la República, el federalismo, la plurinacionalidad, la articulación territorial o la idea de España. Martínez no oculta en ningún momento que esa es su intención, y así lo manifiesta el libro desde el primer momento. La elección del autor del prólogo, el historiador y ex dirigente de En Comú Podem, Xavier Domènech, no es casual.

Profesor de la Universidad de Chicago y especialista en historia de los siglos XVI y XVII, Martínez ha apostado por componer una obra, no anacrónica, pero sí deliberadamente presentista, en la que quita polvo y paja a los hechos de 1520-1521, presentándonos una auténtica revolución política y social que sacudió los cimientos del reino de Castilla, y en la que ya estaban formulados de algún modo conceptos políticos tan contemporáneos como “república”, “municipalismo” o “justicia social”. Al igual que Silvia Federicci en “Calibán y la bruja” (Traficantes de Sueños, 2010), Martínez indaga en las grandes transformaciones de la Edad Moderna como prefacio imprescindible para la posterior formación del sistema capitalista. Y al igual que Federicci descubre que el exterminio de las brujas entre los siglos XV y XVII estuvo en el origen de la privatización de los bienes comunales, el reforzamiento del patriarcado y el nacimiento de una nueva medicina en manos de los hombres y de la que quedaban excluidas las mujeres, Martínez nos recuerda que en la derrota de Villalar y las ciudades castellanas alzadas contra Carlos V se sentaron las bases del futuro Estado absolutista, del centralismo que iría acabando con el autogobierno de los municipios y los viejos reinos peninsulares, y de un nuevo fortalecimiento del poder señorial en el campo. Una idea que ya los republicanos Pi i Margall y Manuel Azaña habían manejado en el siglo XIX y XX: Castilla antes que Aragón y Catalunya sería el primer territorio en perder su autonomía y experimentar la imposición del despotismo de los Habsburgo.

Ante la vieja discusión sobre qué etiqueta histórica colgar a la también llamada Guerra de las Comunidades, ¿primera revolución moderna de Europa o reacción xenófoba y retrógrada contra el progreso representada por el Imperio de Carlos V?, Martínez se sale por la tangente y habla de los comuneros como representantes de una “tradición rebelde”. Una tradición emparentada con anteriores levantamientos populares castellanos, pero también con la revuelta de los Irmandiños gallegos, las coetáneas Germanías de Mallorca y Valencia, la Guerra de los Campesinos alemana o la Revolución Inglesa, que con la ejecución del rey Carlos I en 1649, se adelantaría en 143 años a la decapitación de Luis XVI en la Francia revolucionaria.

Tras la derrota de Villalar vinieron el absolutismo, el centralismo y el reforzamiento del poder señorial en el campo

Los comuneros, explica Martínez, fueron revolucionarios que hablaron a la vez el lenguaje de la tradición y de la emancipación. Que legitimaron su proyecto antagonista en las ideas de sentido común sobre lo que era justo o injusto en la Castilla del Siglo XVI.

El movimiento no sería estático en sus demandas, sino que se radicalizaría en su desarrollo, convirtiendo el rechazo a los abusos fiscales y señoriales en dos de sus principales banderas. A medida que el componente campesino y plebeyo ganaba protagonismo, la nobleza, el alto clero y los burgueses más ricos, irían abandonando el bando comunero para buscar seguridad del lado del emperador. El temor al triunfo de aquella insurrección de campesinos, artesanos, hidalgos, intelectuales humanistas y bajo clero, sembraría auténtico pánico entre los más poderosos, desatando la furia de la administración imperial, que en ausencia del monarca había quedado en manos del arzobispo flamenco Adriano de Utrecht, futuro Papa Adriano VI y antiguo preceptor de Carlos V. Utrecht aplacaría a sangre y fuego el movimiento. Los cabecillas serían ejecutados y sus casas destruidas, otros muchos perderían la vida asesinados o en prisión. Hasta finales de 1522, tras el regreso del emperador a la península, procedente de un largo periplo por sus posesiones europeas, no llegarían algunas medidas de clemencia para los derrotados.

Si bien las ciudades y pueblos castellanos no se habían sublevado contra la monarquía, sino contra los abusos, el despotismo y la corrupción de sus administradores, en su mayoría flamencos, el componente antimonárquico se iría acentuado a lo largo de los dos años de rebelión. El proyecto político de la Junta, que agrupaba a las ciudades castellanas levantadas, era incompatible con el modelo de Monarquía de la Casa de los Habsburgo. Los comuneros llegarían a ofrecer a Juana La Loca, madre de Carlos V, el trono de Castilla. Tras su rechazo, y sin Plan B, llegaría a flotar en el ambiente la idea de convertir la Corona de Castilla en una confederación de repúblicas plebeyas, de ciudades-Estado al estilo italiano, sin monarca o con un monarca con un papel meramente testimonial. La decisión del emperador de no abrir ninguna negociación con los insurrectos frustraría cualquier posible conciliación y llevaría a una guerra abierta que terminaría en octubre de 1522 con la rendición de Toledo, última ciudad rebelde, liderada por la aristócrata comunera María Pacheco.

Aunque el libro se centra en los años 1520-1521 Martínez dedica un capítulo final a lo que denomina legados comuneros en la historia contemporánea de España. Así se repasa la recuperación de los comuneros como símbolo primero del liberalismo revolucionario del siglo XIX en su lucha contra la monarquía absolutista, posteriormente del republicanismo, más tarde de socialistas, comunistas y anarquistas en la Guerra Civil, y por último de las izquierdas en la Transición, con la creación de la fiesta de Villalar de Comuneros en abril de 1976, día de la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

Martínez apuesta por mantener vivo en el siglo XXI ese hilo histórico de reivindicación progresista de los Comuneros, y lo defiende como pieza clave en la construcción de un imaginario de lo español y de lo castellano alternativos a la idea imperial y esencialista de España y Castilla difundidas por el nacionalismo español reaccionario. 1520 frente a 1492. La revolución frente a la conquista del Reino de Granada, la expulsión de los judíos y la colonización de América como mitos fundacionales de España. “El pasado comunero y agermanado ofrece una visión histórica para imaginar posibles soluciones políticas al eterno problema nacional y territorial de nuestro país” concluye Martínez, que ha puesto con este ensayo-manifiesto las bases para un redescubrimiento de esta “tradición rebelde” por los demócratas y progresistas españoles del siglo XXI.

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